Juan Ignacio Brito

Juan Ignacio Brito

Periodista

Opinión

La ciudad de los flaites


En la ciudad de los flaites ocurren cosas como la que sucedió hace unos días, cuando alguien decidió afear el paisaje urbano rayando sin sentido la piedra ubicada en el cerro Santa Lucía donde está inscrito el texto de la carta que Pedro de Valdivia envió a Carlos V en 1545. Funcionarios municipales lavaron -literalmente- la afrenta casi de inmediato y el episodio ya quedó atrás. No hubo denuncias ni menos búsqueda del o los responsables: la falta, como tantas otras pequeñas o grandes transgresiones similares, ha quedado impune.

Es un episodio menor, pero no por ello poco sintomático. Porque es una muestra de cómo hemos ido cediendo ante quienes llenan el espacio público de groserías, fealdad, mal gusto y ordinariez. Hay lugares de Santiago y otras ciudades -pienso en Valparaíso- que lucen preciosos en las fotos y los folletos, pero que no huelen ni se ven nada bien cuando uno los visita.

La lenta y progresiva degradación del paisaje urbano parece no preocupar a nadie. Peor aún, viene en todos los tamaños y modelos.

Los flaites también visten de cuello y corbata. El otro día, al visitar la casa de mis padres, noté que en la calle faltaban árboles y que los que permanecían en pie habían sido rapados por Enel para evitar el contacto de los cables con las ramas. Seguramente debe ser caro soterrar los cables, pero ¿no sería también una solución más duradera y lógica que pasarse la vida talando árboles para dejarlos convertidos en troncos casi sin ramas luego de la inmisericorde poda por parte de operarios que actúan sin consideración estética?

El mal gusto y el feísmo se multiplican: es difícil caminar por Providencia y el centro sin toparse con vendedores que se toman las veredas; tampoco es raro encontrarse con cocinerías en la calle; las paredes de nuestra ciudad están llenas de grafitis (para qué decir las riberas del Mapocho); las micros circulan sucias y también rayadas; los quiltros pasean por todas partes; en el Metro -otrora sitio sagrado de civilidad- es cada vez más frecuente encontrarse con personas que cantan con micrófonos y parlantes y con vendedores que vocean sus productos. ¿La respuesta de la empresa? Instalar carteles en los vagones donde traspasa la responsabilidad a los usuarios, advirtiendo que está prohibido darles plata a los “artistas” y comprarles a los ambulantes. ¿No debería ella hacerse cargo?

Las autoridades están llamadas a cuidar los espacios públicos. Pero las nuestras tienen miedo, porque su incoherencia, frivolidad y los casos de corrupción las han dejado con tejado de vidrio. El vacío resultante provoca que nadie haga nada y que la ciudad acentúe su proceso de descomposición. Perdemos todos cuando los que deben hacerlo renuncian a actuar. Los flaites se han apoderado de nuestras calles, aceras, parques y monumentos. La ciudad les pertenece, ellos lo saben y hacen lo que quieren ante nuestra mirada impotente.

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