Roberto Méndez

Roberto Méndez

Escuela de Gobierno UC

Opinión

La ira de Roma

El primer encuentro del Papa con los obispos, en el cual Francisco les entregó el documento de 10 páginas sobre el estado de la Iglesia chilena. Foto: Vatican Media

La expresión abatida de los obispos, al volver de Roma, da cuenta de lo que allí sucedió. No era el alegre regreso de alguna de las habituales visitas al corazón de la Iglesia. Esta vez se veían humillados, avergonzados (según sus mismas declaraciones). Los periodistas los perseguían, el clima era de escándalo. No es para menos. El Papa los había acusado pública y directamente: “gravísimas negligencias en la protección de los niños/as y de los niños/as vulnerables por parte de los obispos y superiores religiosos” (sic). Así todos al voleo, los obispos fueron arrojados a un mismo fango de culpa y sospecha.

Como era de esperar tras tamaña reprimenda, renunciaron colectivamente. Algo que, hasta donde se entiende, no existe en la tradición eclesial y cuyo significado es discutible. No se sabe cómo llegaron los obispos a esta decisión: si nace de una iniciativa propia, quizás una forma callada de protesta, o fue una orden superior.

Algo está mal en la Iglesia. La pauta de abusos se repite, una y otra vez, en diferentes momentos y realidades. De Karadima a Rancagua, Boston, Australia, solo por nombrar los casos más recientes. En 2010 una minuciosa investigación de abusos sexuales en la diócesis de Los Ángeles (USA) comprobó más de 500 víctimas y nada menos que 244 sacerdotes involucrados (en 40 años).

El informe de Los Ángeles, redactado por la propia Iglesia, sugiere algo inquietante: la hipótesis de un error de fondo. “Esta dolorosa historia comienza con una confusión por parte de la Iglesia de la naturaleza del problema. La Iglesia trató el abuso sexual de los clérigos como si fuera una debilidad moral y un pecado”. Y reconoce que “lo extendido y serio de los casos ha hecho revisar esta posición y adentrarse en las razones psiquiátricas y psicológicas que puedan explicar, y sobre todo prevenir, tan extendida conducta, que ha causado tanto daño…”.

Lo que dice, me parece, es que la causa de los abusos no es la debilidad moral de los abusadores, sino algo profundamente enfermo, torcido, una forma de parafilia que seguirá apareciendo una y otra vez mientras no se modifique la forma como en la Iglesia se piensa y se vive la sexualidad, especialmente en el clero.

Investigar las causas de “tan extendida conducta”, como dice el referido informe, resulta hoy urgente, imprescindible. De lo contrario, no hay duda, los casos seguirán apareciendo. Pero claro, es necesario revisarlo todo, algo difícil para una institución con dos milenios de existencia.

Mucho se ha expuesto sobre el daño causado a las víctimas de abusos por parte de miembros del clero. Para esas víctimas solo cabe solidaridad y la reparación que sea posible. Pocos mencionan el otro daño, más amplio, al pueblo católico, a los simples mortales que tratan de vivir sus creencias, también a los sacerdotes y religiosos que se mantienen fiel a su vocación. Los efectos aquí son devastadores, extendidos, imposibles de dimensionar y, a estas alturas, quizás de remediar.

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