La Tercera

“Legado” del gobierno de la NM en educación

La Presidenta Michelle Bachelet firmando ayer la propuesta de nueva Constitución. Foto: Andrés Pérez

El legado del gobierno de Michelle Bachelet en educación es abundante: en creación de nuevas instituciones (dos subsecretarías, una superintendencia, dos universidades estatales, 15 centros de formación técnica, entre otras); en cambios estructurales en educación inicial, escolar y superior; en leyes, reglamentos (solo la ley llamada de inclusión tiene 16), normativas y circulares; también en comprometer nuevos recursos públicos, la mayor parte de ellos para sustituir aportes privados.
Por tanto, es razonable que dichas reformas se hayan convertido en el ejemplo para demostrar que el gobierno transitó desde “el modelo neoliberal” hacia un nuevo paradigma centrado en “garantizar derechos sociales universales” y reducir las grandes desigualdades. De hecho, la educación fue el espacio elegido para la batalla ideológica contra “los conservadores” o los “intereses mercantiles” y para fortalecer la intervención estatal poniendo límites a la oferta privada. Fue la vía para nivelar la cancha, expresada en la metáfora de los patines del ministro Eyzaguirre.

No es menor consignar que tanto la agenda como la estrategia del legado del gobierno tiene la impronta del movimiento estudiantil, cuyos líderes participaron de la gestión y como custodios desde el Congreso.
El gobierno optó por imponer su mayoría, aun a costa de la improvisación, en vez de construir consensos más amplios. De este modo, cumplió su programa con un voluntarismo obstinado, como lo demuestra el envío de la reforma al CAE la última semana.

El diseño quedó concluido. La pregunta es si el legado será el que requiere el país. ¿El nuevo “modelo” tendrá efectos en reducir desigualdad y mejorar la calidad y competencias de los estudiantes?
Las aprensiones fueron advertidas pero no escuchadas. En el caso de la gratuidad, ¿será ésta compatible con las innovaciones necesarias para igualar oportunidades y poner al día nuestra educación a los exigentes requerimientos de hoy y del futuro?; ¿está garantizado que no produzca mayor discriminación?

En el caso de la comunidades educativas, ¿será posible que la libertad, autonomía, creatividad y foco en la formación de los estudiantes puedan convivir con la frondosa legislación, planes, protocolos, supervisiones y limitaciones en la inversión de los recursos?

En síntesis, por cantidad de nuevas normas e instituciones, el legado es enorme.
Por cantidad de recursos públicos invertidos, el balance tampoco es malo.
Las consecuencias, sin embargo, son inciertas.

Porque la Nueva Mayoría no entendió que las ideas, por muy brillantes que sean, deben dialogar con la realidad. Porque desvalorizó el camino recorrido anteriormente. Porque además, despreció los anhelos de las nuevas clases medias. Porque no entendió que la improvisación y la desconfianza son trabas para avanzar. Tampoco fue capaz de entender que la política educativa requiere un clima capaz de unir en un proyecto lo más ampliamente compartido y dotar de sentido el desafío de hacer posible que las nuevas generaciones tengan acceso a una educación que permita a todos desplegar sus alas y volar alto.