Carlos Correa

Carlos Correa

Consultor en opinión pública. Ex Secom (s)

Opinión

Los dardos tranquilizadores de Piñera


En Chile Vamos respiraron aliviados cuando finalmente se dio a conocer la lista de los subsecretarios. Esta vez, Piñera sí premió a los partidos, que se comieron calladamente las críticas a un gabinete más propio del presidente electo que de la coalición que lo sustenta. Prueba de ello son las designaciones de Alejandra Bravo, Pablo Terrazas y Loreto Recabarren, un trío significativo para los partidos menos favorecidos en el naipe ministerial. También, para no dejar ningún flanco abierto en la derecha, hizo un poderoso gesto a Manuel José Ossandón, designando a un cercano de él en La Moneda.

El mensaje para la opinión pública es que nadie viene a su gobierno a aprender. Al presidente electo se le pasaron los deseos de innovar. Los viejos chistes que hacía la izquierda sobre funcionarios del piñerismo que no conocían el centro y que nunca se habían bajado en el metro Moneda, esta vez no aplican. En el equipo de subsecretarios hay experiencia suficiente en los asuntos públicos y platos repetidos por doquier, siendo los más representativos

Rodrigo Ubilla y Claudio Alvarado Andrade, de nuevo instalados como bomberos de Palacio.
También en esta lógica de minimizar riesgos entra perfectamente la designación de Alfonso Silva, experimentado embajador que tendrá el difícil rol de acompañar a un canciller que en su primera entrevista confesó honestamente que lo poco que sabía de las relaciones exteriores era por las lecturas y la vida misma. Los asuntos delicados de la demanda boliviana en La Haya, la crisis de Venezuela, las elecciones de México y Colombia, el TPP sin EE.UU., entre tantas cosas que se ven en el horizonte externo, requieren sapiencia más allá de la pura intuición y Silva parece el indicado para pegarle en las manos al ministro cuando vuelva a meter las patas.

No hay tampoco en la lista subsecretarios con síndrome de estrellas de cine, como ha ocurrido muchas veces, y en especial en este gobierno, donde en un par de carteras, los segundos a bordo tenían demasiado al alcance el serrucho y el traje ministerial. Quizá por ello se dejó fuera de todo a Gonzalo Cordero o Andrea Molina, los grandes damnificados de las designaciones en el Ejecutivo. En cambio, se ven nombres cómodos para todos los ministros, poco conocidos en la opinión pública y con mucha experiencia en administración del Estado, como Ossa en Justicia, Figueroa en Educación, Palacios en el MOP o el abogado Riquelme en la pantanosa Subsecretaría de Pesca.

Con este equipo se está consolidando una cierta idea sobre este gobierno que circula hace tiempo. Piñera tiene plena conciencia de que no tiene piso ni mayoría parlamentaria para hacer reformas o contrarreformas profundas y, por tanto, preferirá concentrarse en construir sus políticas públicas por la vía de administrar el Ejecutivo. Así, haría proyectos de ley solo para aquellas ideas donde pueda construir acuerdos nacionales, como la niñez o la reforma a la persecución penal, asunto que se ha vuelto necesario después del bochorno Huracán.
Ese diseño tiene sus riesgos, pues el Congreso puede convertirse en un lugar más indócil aún. Pero en un primer tiempo, donde pareciera que el actual oficialismo todavía tiene mucho más que retorcerse en el dolor de la derrota, le permitiría poder avanzar rápido y evitar autogoles como el Puente Cau Cau o el Mejor Censo de la Historia. La derecha no es vista como muy dotada en materia de administración del Estado, y con esta lista Piñera espera saldar la deuda.¡

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