Pablo Ortúzar

Pablo Ortúzar

Antropólogo social

Opinión

Mejor que el Che

Imagen del proyecto que actualmente desarrolla el arquitecto Arturo Hevia.

Nuestra Armada cumple 200 años y este 21 de mayo se celebrará en grande. Cuando O’Higgins vio zarpar la primera escuadra desde Valparaíso, el 10 de octubre de 1818, dijo: “Tres barquichuelos despachados por la Reina Isabel dieron a España el continente americano; esos cuatro barcos que acabamos de preparar le arrancarán esa importante presa”. Idea que fue estilizada como “de estas cuatro tablas penden los destinos de América”.
Pero no fue un comandante chileno el que le sacó brillo a esas tablas. Fue un aristócrata escocés venido a menos, Lord Thomas Cochrane (1775-1860), hijo de un conde inventor fracasado, portador de una pobre educación, héroe de las guerras napoleónicas, diputado de ideas radicales en la Casa de los Comunes, y un hombre público humillado y degradado en 1814 tras ser vinculado injustamente a un escándalo especulativo en la Bolsa de Londres.
Fue por orden del Príncipe regente, el luego irrelevante Rey Jorge IV, que sus títulos le fueron quitados y su estandarte de la orden del Bath fue arrancado de la iglesia de Westminster y arrojado a la calle. Además, fue expulsado del parlamento, desvinculado de la armada y condenado a prisión y al pago de una multa sideral. Pero nunca es gratis atacar a un héroe popular: en medio de disturbios callejeros Cochrane fue reelecto (lo que le daba inmunidad), la multa fue pagada mediante una colecta y el humillado Lord volvió a ser un hombre libre, aunque desgraciado.
Desilusionado por su situación, Cochrane aceptó en 1818 la invitación del gobierno chileno para comandar la escuadra libertadora. Su plan original era rescatar a Napoleón en Santa Elena y llevarlo a construir un imperio americano. Pero la situación chilena era apremiante, por lo que ese plan murió esperando.
La aventura de Cochrane en América del Sur, de la mano de Katherine, su corajuda esposa, terminó siendo incluso más épica que sus incursiones en el mediterráneo. Su doctrina era simple: una tripulación eficiente mezclada con el elemento sorpresa, el coraje y el ingenio. Botes explosivos, ataques nocturnos, cambios de bandera, camuflajes: toda la inventiva y la imaginación que arruinaron a su padre rendía frutos increíbles en la guerra, permitiéndole derribar muchos Goliat en batallas imposibles, con un bajo costo humano. Siguiendo esta doctrina tomó los puertos de Valdivia y Callao, que eran los más fortificados del Pacífico. Y terminada su misión acá -y ante las excusas para no pagarle su sueldo- partió en 1823 a comandar la flota brasileña, donde fue una pieza clave en la independencia, conquistada en 1824.
No contento con estos triunfos, volvió a Europa y combatió en la guerra de independencia griega contra los turcos, además de vivir para ver restablecido su buen nombre y sus títulos. Capitán de mil batallas, libertador de cuatro países. Un récord mucho mejor que el de Che Guevara, pero al que no se le rinde ni la mitad del tributo que el argentino y su vida militar desastrosa han recibido. No todavía, al menos.

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