Álvaro Matus

Álvaro Matus

Periodista

Opinión

Philip Roth: profesor del deseo

Foto. Reuters

El gigante de la literatura estadounidense ha muerto. Tenía 85 años y tuvo una trayectoria plagada de reconocimientos y también de controversias, como corresponde a todo escritor con especial talento para la provocación. Su carrera, de hecho, comenzó ocasionando el malestar de la comunidad judía, al extremo de que el rabino de Nueva York envió una carta pública en la que se preguntaba: “¿Qué se está haciendo para silenciar a este hombre?”. El motivo era un cuento sobre un adolescente que sube al techo de la sinagoga y amenaza con lanzarse a menos de que todos, arrodillados, declaren su fe en Jesucristo.
El relato, La conversión de los judíos, se publicó en 1959, dentro de Goodby, Columbus. Pero la consagración vino 10 años después con El lamento de Portnoy, una novela que escandalizó por la compulsión masturbatoria del protagonista, otro adolescente judío que se rebela al orden familiar. Como bien ha apuntado su biógrafa Claudia Roth Pierpont, este libro subversivo vino a cerrar una década subversiva.
Portnoy además instaló a Roth como el gran escritor del erotismo. Por lo mismo, no debe extrañar que una vez entrado en la sesentena, tras una severa depresión y diversas operaciones a la espalda y el corazón, se convirtiera en el narrador que explorara con mayor elocuencia y penetración la otra cara de la medalla, la del aplacamiento del deseo.
No en vano, su obra mayor es El teatro de Sabath, conjunto de recuerdos, lamentaciones y diatribas de un anciano dispuesto a dinamitar las convenciones sociales. Sabath es un gordo que acude como un devoto a masturbarse a la tumba de su antigua amante, Drenka, de tal modo que buena parte de lo que leemos son las historias sexuales de ambos, y también las de ella con sus otras parejas. También revive épocas mejores -cuando fue marinero y titiritero-, lucha con el fantasma de su madre y sufre de la próstata, todo lo cual no le impide seguir buscando una mujer, aunque sea una estela de su adorada Drenka, encarnación absoluta de la libertad.
Si bien para muchos la Trilogía americana constituye su principal legado, a mi juicio resulta más universal e imperecedero el giro que la obra de Roth tomó desde que publicó El teatro de Sabath (1995), punta de lanza para un proyecto mayor: el de un hombre enfrentado a la muerte.
Elegía, La humillación y El animal moribundo, por nombrar algunos de sus últimos títulos, parecen cubiertos por una luz otoñal en la que el sexo -imaginado, recordado, anhelado- opera como amuleto para enfrentar la decrepitud del cuerpo. Roth nunca cedió a la nostalgia y parte de su talento narrativo radica en la viveza de los flashbacks, la formidable fluidez con que lo trágico se enlaza a lo cómico, y la reserva de imaginación que conservan esos valientes que se van acercando a una zona cada vez más oscura, una zona en la que la curiosidad, la energía y el asombro ceden ante la enfermedad, la impotencia y la muerte.

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