Edmundo Paz Soldán

Edmundo Paz Soldán

Escritor

Opinión

El regreso de John Cheever


En el mundo hispanoamericano John Cheever (1912-1982) fue reducido, con los años, a uno más de los escritores que narraban la insatisfacción de los suburbios estadounidenses. Cheever es eso, sí, pero también mucho más. La literatura se mueve a base de lugares comunes y malentendidos; por eso importan tanto las nuevas ediciones, que provocan la relectura y el reacomodo. Random ha relanzado la obra de Cheever en español: Cuentos y Cartas, en la colección Literaturas; Los Wapshot y ¡Oh, esto parece el paraíso!, en Debolsillo. Releerlo sirve para escaparnos, por un tiempo al menos, de los reduccionismos.

Lo que llama la atención de los cuentos es la facilidad con que Cheever transgredía los límites del realismo tradicional. Sin ser un posmodernista al uso, era capaz de cuentos como Un muchacho en Roma, en el que, en plena narración en primera persona de una historia que transcurre en Roma, el narrador abría un paréntesis para decir que en verdad él no era un muchacho en Roma y se preguntaba por qué prefería inventarse “un viejo grotesco, una tumba en el extranjero, una madre tonta” en vez de describir la escena sobre el río Hudson que veía desde su ventana. Era parte de su “soledad incurable”, decía, pero, ¿de dónde venía? El cuento no lo responde (para eso hay que leer sus diarios), pero abre un espacio para cuestionar ese realismo en torno al cual trabajaba.

Hay otros momentos mágicos e inverosímiles en los cuentos en que los narradores parecen hacerse la burla de este realismo: en El ángel del puente, un hombre con ataques de ansiedad al cruzar puentes intenta atravesar el Tappan Zee; los síntomas regresan en pleno puente, el narrador se detiene a la vera del camino, y de pronto aparece una jovencita que hace autoestop, abre la puerta y después de agradecerle y acomodarse en el asiento, se pone a cantar, lo cual le permite al narrador cruzar el puente: es un momento de trascendencia -de los tantos que abundan en la obra de Cheever-, en el cual el simbolismo se nos ofrece desnudo: la jovencita que hace autoestop es un “ángel” (tiene, para colmo, un arpa entre sus manos).

En La radio enorme, Jim Westcott reemplaza su vieja radio por una enorme y fea que se revela con un gran poder: permite que él y su esposa escuchen las conversaciones de sus vecinos en todo el edificio. Gracias a la radio las charlas triviales en la intimidad se convierten en instrumentos reveladores de los deseos y ansiedades de los vecinos, y de paso de ellos mismos. En El marido rural, Francis Weed sufre un terrible accidente -su avión debe aterrizar de emergencia en unos maizales-, y sin embargo llega a casa y debe enfrentarse a la rutina de siempre: sus hijos están peleándose, su mujer prepara la cena. Francis ni siquiera tiene tiempo de contar su accidente a la familia. El accidente lo es todo en este cuento -la posterior crisis de Francis es gatillada por este- y sin embargo no se vuelve a mencionar, como si algo tan dramático jamás hubiera ocurrido.

Cheever encontraba insuficiente el realismo y por ello dotaba de una pátina mítica a su suburbio. En El nadador, Neddy Merrill cruza nadando por las piscinas de sus amigos los doce kilómetros que separan su casa de aquella donde se encuentra, en Bullet Park: “Ir a casa por un camino inusual le hacía sentir un peregrino, un explorador, un hombre con un destino”. Esos viajes -esas odiseas del hombre de clase media- no siempre llegan a buen puerto; permiten, sin embargo, instantes en que esos maridos infieles y alcohólicos de Cheever se salen de sí mismos y se ven cómo son, limitados en su “propia obsolescencia… incapa[ces] de comprender las cosas que ve[n]”.

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