Francisco Cruz

Francisco Cruz

Abogado y Embajador de Chile en Panamá

Opinión

Retos de nuestra política exterior en Centroamérica


La subregión centroamericana representa para Chile un espacio relevante para potenciar nuestro liderazgo regional y global.

Al incremento del comercio internacional (sólo con Panamá, por ejemplo, en los últimos cinco años la balanza comercial se ha multiplicado 11 veces y doblado el flujo de exportaciones FOB en bienes), se suma el rol de plataforma hacia terceros mercados y la posibilidad de generar asociaciones “paretianas” entre nuestras Pymes que pueden conectar con industrias locales de similar tamaño y segmentación.

De hecho América Central, ha sido un espacio destacado para el desarrollo de las denominadas “multilatinas” o “translativas”, esto es empresas multinacionales de capital eminentemente latinoamericano. Según CEPAL, las empresas “translativas” representan hasta el 20% de la Inversión Extranjera Directa (IED) en Centroamérica particularmente en sectores de recursos naturales y manufacturas.

Por su parte, la cooperación también ha cambiado el estado de las cosas. Hoy no sólo hay transferencia técnica y programas de asistencia sino que hemos construido sinergias para un modelo triangular que ha permitido adicionar capacidades institucionales con impacto en políticas públicas de otros países. Lo ocurrido en el I Foro SICA- CHILE, celebrado hace unos meses en Santiago, en materia de seguridad para la Región es un ejemplo de aquello.

Y es que en general existe una amplia gama de temas comunes con oferta exportable: Sistema de Alta Dirección Pública (ADP) para reclutar talentos del sector privado y promover la movilidad por competencia en el Estado; políticas de concesión en modelos de Asociación Público Privada (APP) en infraestructura portuaria, vial y carcelaria; consolidación de gobiernos corporativos en empresas públicas y nuevo modelo adversarial con oralidad e inmediación en la justicia penal.

La cooperación es un acto de realismo, pero además una manifestación de complicidades globales. Con Centroamérica el binomio de ambas  es virtuoso y prospectivo. De este modo debiéramos enfrentar juntos los desafíos ODS 2030 aprovechando similar taxonomía en el tamaño de nuestras economías y construir aproximaciones compartidas en el enfoque de nuestra relación con el Asia-Pacífico.

Debemos saber leer algunos datos: China mantiene relaciones diplomáticas y comerciales, con Costa Rica y ahora Panamá. Por su parte China, Chile y Japón son usuarios Top 5 del Canal de Panamá por donde transita gran parte de nuestro comercio internacional. En este contexto la tendencia de alianzas, fusiones y consolidaciones en el sector naviero pasa necesariamente por la industria asiática y trae como reto aprovechar mejor las inversiones en zonas portuarias, generar cadenas de valor en operaciones de transbordo y reconfigurar las rutas interoceánicas para optimizar el flujo exportador y los márgenes del negocio. Sumemos además el hecho que el 63.8% de exportaciones totales de Chile tienen como destino economías APEC. 

Adelantar tendencias globales e innovar permanentemente debiera ser un imperativo. Los ciclos exportadores ya no son lineales sino conectables y dinámicos y en este sentido indexar industria y servicios nacionales a mega proyectos extranjeros que provienen de nuestros vecinos virtuales del Asia, nos permitiría construir economías de escala en la inversión centroamericana movilizando capital chileno.

Miremos además con atención que las estructuras de negocios cambian constantemente hacia un modelo de servicios comerciales globales en donde los polos de generación, deslocalización y prestación están por definición orientados a complementar capacidades asimétricas entre Asia y Latinoamérica.

El protagonismo de Chile en este cambio de paradigma será decisivo para seguir marcando pauta desde el continente en la relación hacia el Asia-Pacífico.

Abogamos por un Regionalismo Abierto de Segunda Generación que aproveche externalidades subregionales en Centroamérica y las incorpore como un activo con efecto multiplicador de nuestra política exterior, más allá del multilateralismo, con miras a una agenda estratégica y global.

 

 

 

 

 

 

 

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