Mauro Salazar

Mauro Salazar

Sociológo

Opinión

Rómulo y Remo, comisarios comunistas y libertarios frente amplistas


Por estos días resulta indispensable revisar la relación entre neoliberalismo y comunicación. Ello en virtud de que la nueva “economía mediática” nos ayudaría a comprender no sólo el triunfo de la derecha (55% luego de un prolongado silencio del progresismo), sino también la irreversible decadencia ideológica de las “izquierdas espectrales” apelando a la destrucción de los cimientos culturales y simbólicos del orden normativo.

Tal tarea comprende hurgar en otros mapas cognitivos, y obviar cierta pereza intelectual (la metáfora dramática de los jacobinos y el agotado dogma del “Consenso de Washington”) donde este término persistentemente repudiado en el campo de las izquierdas contemporáneas, y parcialmente rechazado en el universo de un “progresismo promiscuo”, no resulte aritméticamente homologado al Ébola, o bien, a la lepra, tal cual aparece en los exuberantes trabajos de Michel Foucault.

Si el Neoliberalismo es una “economía mediática” fundamental para la  gobernanza hacemos mención a un conjunto de formaciones textuales-discursivos que prefiguran una realidad en estado de mutación: imágenes, liderazgos mediáticos,  violencia ciudadana, construcción visual de la gobernabilidad, couching lingüístico que ha permitido  -por ejemplo- que la ex Nueva Mayoría se haya proclamado como una fuerza de centro-izquierda, en fin, todo ello da cuenta de un orden post-social.

A la luz de este diagnóstico caleidoscópico, debemos concebir una subjetividad post-social (léase líquida para efectos editoriales) donde reverbera un sujeto plástico y ludópata que nos obliga a repensar el nuevo reparto de las subjetivaciones. Todo ello migra por oposición a unas anquilosadas identidades modernas, conceptualmente nombradas pero inservibles, típicas de un sujeto ético y disciplinado. En suma, el futuro se ha tornado brumoso; el fin de la izquierda ya no pasa por el incumplimiento de su promesa, hay que reiterarlo majaderamente, sino porque lisa y llanamente no existe “retrato de futuro”.

Pues bien, en un plano más pedestre, en los últimos días nuestro paisaje político ha puesto de relieve las fricciones mediáticas entre dos fuerzas políticas, ello sin olvidar sus predecibles pactos de gobernanza.

De un lado, la nueva izquierda mesocrática expresada en Revolución Democrática (Jackson Drago y su incurable vocación de consensos) y, de otro,  los herederos del capital cultural (Boric Font); se trata de una “generación mesocrática” que nos recuerda los sutiles eslabones que existen entre elite e insurgencia. Debemos esperar para saber si esta vez -de acuerdo a su carta fundacional- el nuevo conglomerado será capaz de sostener la disidencia y luego generar un mecanismo de institucionalización donde la protesta social sea ingresada en un nuevo sistema de alianzas sin perder el “activo” del poder constituyente. Sin embargo, y a la luz de la evidencia, el Frente Amplio abrazó la escena del antagonismo cultural contra ideólogos, “tecnopols” y poderes fácticos de la alicaída gobernabilidad, articulando temporariamente un conjunto de “movimientos de resistencia”, subjetividades litigantes que han declarado interdicto a la política institucional. Todo ello se pondrá a punto en el juego congresal y en la expansión del polo deliberativo. De acuerdo al Napoleón de “época” el frente amplismo debería impulsar la tarea de construir la imagen programática del futuro, sea por la demanda NO + AFP y otras reivindicaciones donde el progresismo PPD carece de legitimidad,  contra nuestra sacrosanta democracia de partidos e instituciones. El FA tiene la tarea de articular una “comunidad de deseos” y demandas frustradas que requieren de una “cohesión semiótica” -la consolidación de una marca- que  pueda mantener en el tiempo los imaginarios emergentes que circulan en torno a esa vocación anti-elitaria, so pena de todos los éxitos electorales del 2017…este sería su primer desafío.

Por fin la infranqueable procesión del PC, actual PPD del bajo pueblo, y comisario de los deseos de transformación, pero que durante la administración Bachellet abrazó el “conformismo burocrático” desde la política pública aportando un mazazo de empleomanía a los camaradas. Se trata de una desdibujada identidad que se afilió de bruces a una pálida imagen de centro-izquierda, apelando a un  realismo huero, sin horizonte, y aún reclama para sí (¡qué diablos¡) un privilegio patrimonial y mesiánico dentro de la izquierda chilena, fijando los términos de la nueva oposición, ¡desautorizando el potencial político del FA¡ y todo ello en nombre de grandes “acuerdos nacionales”; la vieja República, el tronco histórico y martiriológico, la UP, sus muertos en Dictadura, ¿bonos de capital político?. ¡Esperpéntico¡

Por estos días el partido de la hoz y el martillo improvisa como “PC teórico” -oportunismo mediante- y se esmera en presentar al FA como una experiencia inmadura de la política y con ello se auto-imputa una comprensión aristotélica del proceso político y una relación privilegiada con la emancipación. Mientras migran las primeras diferencias de la futura oposición, la “izquierda PC” -si acaso es posible tal rótulo- vuelve a mirar hacia “los márgenes” y promete litigar nuevamente contra la iconografía de la dominación ficcionando ser el auténtico portador de la inclusión simbólica. El PC por estos días ha despachado un conjunto de adjetivos hostiles (“matonescos”) frente a los aparatos emotivos del Frente Amplio. Tal histeria responde a su incapacidad para articular un contenido transformador y producir nuevas narrativas que gocen de apoyo ciudadano, cuestión que deja al descubierto su carácter de partido instrumental, identitariamente desdibujado y conceptualmente reaccionario. En suma,  constatamos una coalición que carece de una densidad político-cultural para pensar las transformaciones de la subjetividad, ello lo llevará a una resistencia de salón congresal y a una actitud ambigua -con prácticas de penumbra- en la protesta urbana.

La infernal rutinización del carisma partidario, el uso sovietológico de la palabra “programa”, la amnesia frente a la calle Mandelstam, su falta de libido transformador (¡la comunidad imaginada¡) y su condición edipizante frente al Estado se entremezcla con su obsesión por materializar anacrónicas alianzas partidarias. A ello se suma la ausencia de una teoría hegemónica sobre el “capitalismo cognitivo”, cuestión que responde a un vacío epistémico-discursivo que representa una letanía catastrófica y adicionalmente impide la elaboración de un horizonte común con el frente amplismo, so pena de un paquete de acuerdos instrumentales, ¡y algo más, quién sabe¡

Ahora están en juego dos escenarios, de un lado, la agudización del individualismo propietario con altos indicadores de eficiencia en la consolidación de una sociedad de bienes y servicios (el reconocido “milagro chileno” de los últimos tres decenios), o bien, el comienzo de un diseño de mixturas entre instituciones y movimientos, modernización y subjetividad, ello asumiendo la sedimentación de una democracia post-partidaria: provisoriamente la tarea del FA se debe mover en la segunda dirección, mientras el PC se refugiará en un lenguaje normativo cruzando planos incompatibles…en un universo que va desde Ignacio Walker hasta el Partido Igualdad.

Por fin dada la espantosa precariedad ideológica del “pedazo” de izquierda que aún pernocta en los “partidos progresistas”, es necesario considerar la disputa por la hegemonía cultural que se avecina.  En los últimos años han irrumpido un grupo de intelectuales neo/conservadores que descreídos y sin nostalgias pinochetistas están tratando de mapear el nuevo estado de los malestares. En parte son “hijos no deseados” de la pantalla moral del 2011 y pueden restituir una neo-derecha (de momento simbólica) con mayor eficiencia interpretativa que la intricada trama del Frente Amplio. Se trata de una “aristocracia cognitiva” pretendidamente culturalista (superación definitiva de Onofre Jarpa y el despotismo hacendal) que también se ha propuesto leer la escala de la subjetividad y mapear el campo de las transformaciones dotando de un nuevo aparato conceptual a este sector: me parece recomendable no subestimar el trabajo del IES (entre otras instituciones) y conviene considerar con toda distancia reflexiva a los nombres vinculados al proyecto post-pinochetista en construcción.   

Con todo, y pese a todo, la hegemonía sigue abierta. La conflictividad puede precipitarse en múltiples formas de micro-insurgencia si el piñerismo se empeña en una lectura fascista del 55% de apoyo ciudadano -como un target económico ganado a la causa- y no descifra la nuevas economía de las subjetividades plásticas.

Hora de resacas. Hace algún tiempo el filósofo cultural chileno, Carlos Ossa Swears,   sostenía un aforismo que hoy conviene recordar: “habitamos un tiempo de desiertos y orfandades, de luces breves y lenguas vulgares”. Tal es nuestro presente…

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