María de los Ángeles Fernández

María de los Ángeles Fernández

Cientista política

Opinión

Tiempos jacobinos

10.04.2018 TOMA FEMINISTA DE LA UTEM SEDE MACUL. SECCION NACIONAL. FOTO: RICHARD ULLOA / LA TERCERA

Están teniendo lugar en el mundo fenómenos que suponen un retroceso. Es el caso, por ejemplo, del secesionismo catalán. Éste asiste a una nueva etapa con la reciente elección de Joaquim Torra, xenófobo de discurso frentista, como presidente de la Generalitat. La situación tensiona a una Unión Europea que asiste a los embates del populismo al tiempo que no logra acometer su necesaria renovación.
Pero hay otros que son vistos como motores de progreso. Es el caso del movimiento feminista. Asistimos a una seguidilla de situaciones que, en distintas latitudes, e influidas por eventos tales como la “Marcha de las Mujeres” y la plataforma de denuncia del acoso sexual #Metoo, muestran una sola cosa: el hartazgo de las mujeres. ¿A quién le puede extrañar? Los casos de violencia de género se suceden uno tras otro, superándose en horror. A ello se suma que, según el WEF, la brecha de género global tardará cien años en cerrarse, mientras que la laboral no se cerrará en 217 años.

Cada uno en su contexto, el movimiento se concreta de acuerdo a distintas estructuras de oportunidades políticas. En España, mientras se constata que el feminismo ha triplicado su influencia en los jóvenes en los dos últimos años, el desafío secesionista, que ha contado con la anuencia de ciertos sectores de la izquierda, trata de subirse a su misma ola. Sir ir más lejos, Torra, para quien los españoles serían “bestias con taras genéticas”, prometió igualdad de género en su discurso de investidura. No falta quien advierte que ambos discurren por una misma senda, la del dogmatismo. Como reacción, va emergiendo un feminismo liberal postidentitario con foco en la ciudadanía y sus valores universalistas como identidad común frente a la exacerbación de la diferencia excluyente.

En Chile, que las universidades sean el foco de la protesta femenina contra el acoso sexual no es de extrañar habida cuenta de la centralidad de la educación en la agenda política de la última década. Contribuye a ello un gobierno que, nada más asumir, viene a modificar el protocolo de objeción de conciencia en la ley de aborto y exhibe sus discordias internas frente a la ley de identidad de género.
Hay diferencias, sí, pero también similitudes en su repertorio de la protesta. Junto con el recurso a la calle, están las denuncias por acoso (con aspiraciones retroactivas), así como la intolerancia frente a quienes las relativizan. Ello entra en tensión con garantías que se daban por sentadas como la presunción de inocencia o la libertad de expresión.

Al cumplirse cincuenta años de Mayo del 68, el movimiento estudiantil francés que cambió las reglas del juego político, cabe preguntarse por el impacto que tendrá el movimiento feminista. Aunque es pronto para anticiparlo, hay algo que es seguro: estamos lejos de asistir a un mero ciclo.

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