Álvaro Vargas Llosa

Álvaro Vargas Llosa

Director del Centro Para la Prosperidad Global de The Independent Institute, columnista del Washington Post y autor de diez libros. Titulado de Historia Internacional en la London School of Economics, ha sido miembro del Directorio del Miami Herald Publishing Company, corresponsal del diario español ABC en Londres y colaborador del Wall Street Journal, Los Angeles Times, BBC World Service y Time Magazine. Sus artículos se publican en veinte países y da conferencias en América Latina, Europa y Estados Unidos. La revista Foreign Policy lo eligió entre los 50 intelectuales más influyentes de Iberoamérica en 2012 y fue nominado por el Foro Económico de Davos como Joven Líder Global 2007. Es inversionista individual, seguidor de la filosofía del valor.

Opinión

Wall Street y el futuro de Trump

Foto: AFP.

Esta semana quedó en evidencia lo arriesgado que es para un Presidente utilizar la Bolsa como indicador del éxito económico de su gestión. El Presidente Trump no ha parado, desde el inicio, de señalar que el ascenso del Dow Jones y otros índices reflejaba el optimismo sobre el futuro de la economía. Ahora, con caídas de 2,5% y 4,6% con pocos días de diferencia, el pánico se ha apoderado de Estados Unidos y el resto del mundo, a un costo político para Trump potencialmente enorme.

El optimismo del que hablaba Trump no era un invento. La economía real está en marcha. Pero la Bolsa casi nunca refleja la realidad en lo inmediato, sólo en el largo plazo. Lo que había -y sigue habiendo- es una sobrevaluación especulativa, en parte provocada por las tasas de interés mantenidas artificialmente bajas durante demasiado tiempo y en parte por la ingeniería financiera de hoy, que hace que cualquier burbuja se potencie mucho por la cantidad de instrumentos de inversión automatizada existentes. Las señales de alarma estaban (y siguen) ahí.

Por ejemplo, el índice CAPE, que mide la relación entre los precios de las acciones y el promedio de las utilidades empresariales de los últimos diez años, está en su nivel más alto en un siglo, con la única excepción del que tenía en 2000, en vísperas de la debacle de las “punto com”. Otro indicador elocuente -que Warren Buffett utiliza- es la relación entre la cotización de todas las empresas de la Bolsa y el tamaño de la economía. Si la Bolsa no está sobrevaluada, ambas cosas tendrían que ser muy parecidas (o, dicho de otra forma, la Bolsa dividida por la economía debería equivaler al 100%). Pues bien: la relación ahora mismo es de 140%, no muy lejos de lo que ocurría en 2000 antes de la explosión de la burbuja tecnológica, que redujo la riqueza de la gente en la Bolsa a la mitad.

Cuando estalla una burbuja, es algo que nadie puede prever. Pero lo que un Presidente de los Estados Unidos debería poder hacer es observar no sólo que la Bolsa está excesivamente excitada (¡el S&P 500 llevaba el mayor número de meses de alzas ininterrumpidas desde 1928!) sino que algunos sectores de la economía estadounidense siguen siendo muy precarios y pueden desatar pánicos en cualquier momento. Me refiero a la deuda del gobierno federal, que, medida por habitante, se ha triplicado desde el año 2000. Si a eso le sumamos que los intereses estaban artificialmente bajos (por razones esencialmente políticas), y que ahora están finalmente subiendo, tenemos un panorama que invita a la prudencia. De allí que las caídas de los últimos días sean sólo una parte de la corrección que se necesita para que las cosas no sigan fuera de quicio.

Por no medir esto, las consecuencias políticas para Trump serán serias si las fuertes correcciones continúan en las próximas semanas o meses, o lo serán cuando se produzcan. Aunque la economía vaya bien, cuando ocurre un batacazo bursátil el efecto paralizante en las familias y empresas es inevitable. ¿A quién culparán? Se suele culpar en parte al gobierno, pero en este caso mucho más: Trump ha depositado tantas expectativas en la Bolsa con su utilización política cotidiana del Dow Jones y el S&P500, que la resaca puede ser contundente. Ello, en pleno año electoral. Lo cual, por cierto, sugiere otro riesgo: que para evitar la debacle, Trump presione al nuevo Presidente del banco central (FED) a fin de mantener los intereses bajos o bajarlos más, alimentando otra futura -y peor- burbuja.

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