La Tercera

Columna de Álvaro Vargas Llosa: Los evangélicos y las urnas

"El fenómeno social del evangelicalismo sí tiene, en determinados momentos, una dimensión política, porque ciertos asuntos públicos, o determinados contextos sociales y morales, activan en muchos votantes evangélicos una respuesta que influye en las urnas".

De tanto en tanto, algún hecho político nos viene a recordar que desde hace algunos años es notorio, en América Latina, el impacto político de las iglesias evangélicas. Por lo general, se disparan las alarmas en la opinión pública y se empieza a hablar de una “conquista” del poder por parte del evangelicalismo.

Debemos tomar con un grano de sal-como dicen los anglosajones- las exageraciones, por no decir la paranoia, que esto suele provocar. Son muchos los factores que influyen en la votación de una persona, no sólo la religión, y en cualquier caso la ausencia de una estructura centralizada y jerárquica en el mundo evangélico, atomizado como está en una multitud de denominaciones e iglesias altamente autónomas y diferenciadas, hace muy improbable un tipo de conducta colectiva dirigida a partir de una “conspiración” religiosa.

Ello no obstante, el fenómeno social del evangelicalismo sí tiene, en determinados momentos, una dimensión política porque ciertos asuntos públicos, o determinados contextos sociales y morales, activan en muchos votantes evangélicos una respuesta que influye en las urnas. Hablo de algo más que la mera circunstancia de que muchos votantes que sufragan de cierta manera en un momento dado son evangélicos (como pueden ser muchas otras cosas). Me refiero a un comportamiento electoral o político que explícitamente remite al factor religioso, o por lo menos al factor moral o valórico asociado a muchas iglesias evangélicas.

En estos momentos, se da el caso de pastores evangélicos que juegan un rol muy visible en la política de la región. En Costa Rica, el predicador Fabricio Alvarado está dirimiendo con el oficialista Carlos Alvarado un peleadísimo “ballotage”: el 1 de abril podría convertirse en el próximo Presidente costarricense. En Venezuela, el pastor Javier Bertucci, discípulo de un dirigente pentecostal y representante de la iglesia Marianatha, ha anunciado su candidatura presidencial de cara a los comicios del 22 de abril organizados y controlados por Nicolás Maduro, lo que por el momento lo convierte en el único quijote dispuesto a inmolarse compitiendo con él. En Río de Janeiro hay un alcalde de formación metodista, Marcelo Crivella, que pertenece a la Iglesia Universal del Reino de Dios, la principal denominación pentecostal brasileña. Además, hay más de 90 congresistas brasileños pertenecientes a iglesias evangélicas que en ciertos asuntos han actuado como un bloque. Ellos fueron un factor, entre varios otros, en la destitución de Dilma Rousseff, pues votaron abrumadoramente por su expulsión del poder.

Estos son casos de evangélicos haciendo política, pero hay también el de candidaturas o causas plebiscitarias que en tiempos recientes han contado en algunos países latinoamericanos con el respaldo de un sector importante del evangelicalismo y aparentemente de votantes que a la hora de acudir a las urnas sí daban a su formación moral, a su visión valórica, protagonismo a la hora de decidir. En el plebiscito sobre los acuerdos de paz con las Farc realizado en Colombia en 2016, se calcula que votaron unos cuatro millones de evangélicos, de los cuales algo más de la mitad lo hicieron por el “No”, la causa que resultó, para sorpresa de muchos, triunfadora. Según el presidente de la Confederación Evangélica de Colombia, un muy gran número de votantes pertenecientes a iglesias evangélicas dicen haber optado por el “No” por el “enfoque de género” de algunas partes de los textos acordados entre el gobierno y las Farc, que habría hecho temer a estos ciudadanos por el futuro de la familia tradicional.

En Chile, donde el voto es voluntario y por tanto la capacidad de movilizar votantes de los grupos organizados de la sociedad es doblemente importante en cada cita con las urnas, fue muy visible en los comicios recientes el esfuerzo de distintos candidatos por captar votos de ciudadanos evangélicos. Todo indica que el candidato Kast, por ejemplo, fue capaz de obtener porcentajes significativos en la primera vuelta en algunas zonas donde era tradicional el voto de izquierda porque allí hay una considerable incidencia del evangelicalismo en los sectores populares y muchos votantes profesaban una sintonía con el discurso marcadamente conservador en temas familiares.

No puede hablarse de un fenómeno estrictamente reciente, por cierto. Desde los años 90 se apunta la influencia de los votantes evangélicos en toda la región. Se habló mucho, en 1990, del apoyo de grupos evangélicos a la candidatura de Alberto Fujimori en el Perú y, pocos años después, del que recibió Abdalá Bucaram en Ecuador.

En principio, nada de esto tendría que sorprender. Los protestantes evangélicos constituyen uno de cada cinco latinoamericanos (el doble en algunos países de Centroamérica), lo que significa que, si bien siguen siendo muchos menos que los católicos, constituyen ya un número muy importante. Por tanto, es lógico que en aquellas cuestiones que los mueven a votar de acuerdo con convicciones relacionadas con su fe y su pertenencia a iglesias cristianas dejen una huella visible. El protestantismo latinoamericano acompañó a estas repúblicas desde la independencia y empezó a crecer desde que la separación entre Estado e Iglesia y la libertad de cultos rompieron el monopolio oficial del catolicismo (ocurrió en momentos distintos según de qué país hablemos). Pero el crecimiento notable experimentado por el evangelicalismo sí es más reciente y se hizo notar en las últimas décadas del siglo XX.

Contribuyeron a ello muchos factores, incluyendo el traslado masivo de ciudadanos del campo a la ciudad y el surgimiento de grandes cordones periféricos en torno a las ciudades tradicionales, donde las iglesias evangélicas supieron abordar de múltiples maneras, incluyendo la asistencia social, las redes de apoyo y la renovación de la fe, la búsqueda de pertenencia de los migrantes y sus hijos. Ello coincidió con el momento en que el catolicismo, dividido como estaba y tradicionalmente cercano a las élites, perdía cierta vigencia. También predicaron un mensaje de superación personal, de éxito económico mediante la actividad empresarial, que mordió carne entre muchos habitantes de la economía informal.

Pero lo que nos ocupa es más reciente y concreto. Diversos factores influyen hoy en el surgimiento de figuras evangélicas como líderes políticos y de la “agenda moral” del evangelicalismo como protagonista electoral. Así como supieron llenar antes un vacío de referencias institucionales entre muchos pobres de América Latina que emprendían una nueva vida en la ciudad, las iglesias evangélicas se benefician hoy del clima de rechazo a la política tradicional y a las instituciones oficiales (o semioficiales) en todas partes, pues sus certezas morales, su capacidad de organización y su llegada protectora a la población entre la cual actúan ofrecen a los ciudadanos algo en que confiar.

Pero hay más. La llegada a América Latina del activismo liberal en temas valóricos, eco de corrientes mundiales, ha desconcertado a sectores de la población con menos recursos económicos y menos educación que las élites intelectuales y políticas, y los movimientos juveniles, que tienden a ser los que están más visiblemente entregados a causas como el matrimonio gay, la legalización de la droga o el aborto. Las iglesias evangélicas –con excepciones, por cierto, en todos los países- han liderado, a veces en coordinación con grupos católicos o incluso la propia jerarquía católica, la respuesta conservadora en la base social. Lo han hecho con un fuerte activismo de signo contrario, denunciando la “ideología de género” como un enemigo que pretende, bajo el disfraz de la diversidad sexual y la igualdad de ambos sexos, destruir la familia y las relaciones tradicionales entre hombres y mujeres. Aunque algunas versiones radicales del feminismo lindaban con la estupidez en su día, la abrumadora mayoría de personas o grupos liberales que quieren desterrar el oscurantismo de las leyes y las costumbres latinoamericanas no pretenden nada semejante a lo que se dice cuando se denuncia la “ideología de género”. En varios países, como México, el Perú o Colombia, campañas muy bien organizadas han paralizado esfuerzos tímidos por introducir la muy necesaria educación sexual en los colegios. Pero la polarización que esta discusión ha provocado ha servido para que ciertos movimientos evangélicos instalen en sectores sociales amplios, así como en la “agenda” electoral, su visión de la sociedad y la conducta moral.

Como se ha apuntado con razón, la respuesta de las iglesias protestantes ha sido inteligente desde el punto de vista de su causa, pues ellas han logrado establecer una alianza tácita con sectores católicos, sus antiguos rivales, y con partidos o líderes de la derecha conservadora. Algo parecido, por cierto, a lo ocurrido en Estados Unidos desde los años 60 como reacción a la “contracultura”, cuando los movimientos de cristianos “renacidos” se acercaron al Partido Republicano y a una parte del catolicismo con eficacia. Además, los grupos evangélicos y sus aliados católicos han dado una apariencia laica a su reclamo al convertir su denuncia de la “ideología de género” en una defensa de sus derechos civiles y su condición ciudadana. Por ejemplo, en muchos países latinoamericanos se ha utilizado el eslogan “con mis hijos no te metas” para denunciar a los gobiernos (y sus cómplices) supuestamente empeñados en contrabandear la “ideología de género” en las escuelas públicas.

En Costa Rica existe un cierto consenso en que el candidato Fabricio Alvarado, que obtuvo el 25% en la primera vuelta y podría ganar la segunda el 1 de abril, se vio favorecido en plena campaña electoral por el dictamen de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que tiene su sede en ese país, a favor del matrimonio gay. La discusión moral e incluso abiertamente religiosa ha dominado gran parte de la lid y todo indica que un porcentaje significativo del voto sí alberga allí, en este caso, un componente de esa índole.

No tenemos cómo saber a estas alturas si la presencia del evangelicalismo en la política latinoamericana tendrá una línea de continuidad o se interrumpirá, si alcanzará proporciones mucho más importantes que las actuales y si, como en Estados Unidos, el componente religioso acabará frenando o revirtiendo la secularización y el laicismo acelerados de sectores influyentes de la sociedad, pero no mayoritarios, que se han hecho eco en la región de corrientes internacionales. El solo hecho de que esta sea una posibilidad dice mucho, sin embargo, sobre el impacto político de sectores evangélicos.