Ascanio Cavallo

Ascanio Cavallo

Periodista

Reportajes

Columna de Ascanio Cavallo: La costura

Como ocurre desde hace cien años con los regímenes totalitarios, sus defensores acuden al mismo cuco, Estados Unidos, y se apoyan en una especie de realidad paralela: tropas en las fronteras, conspiraciones imperialistas, rectitud de los 338 llamados al diálogo que ha hecho Maduro.


La situación es la siguiente: por iniciativa de República Dominicana, la oposición y el gobierno de Venezuela aceptaron sentarse en una Mesa de Diálogo cuyos primeros encuentros se produjeron en el 2016. En el curso del proceso, las partes acordaron invitar, en la implícita calidad de certificadores, a un grupo de “países amigos”. El gobierno de Nicolás Maduro solicitó a Bolivia, Nicaragua y San Vicente y las Granadinas, y la oposición pidió la participación de México y Chile.

El principal objetivo de la oposición -como el de todas las oposiciones del mundo- es obtener garantías de corrección y transparencia para las elecciones presidenciales que deben realizarse este año.

El principal objetivo de Maduro es conseguir que la oposición valide su Asamblea Nacional Constituyente y que se levanten las sanciones económicas impuestas contra dirigentes del régimen en Estados Unidos y Europa, las que, como es obvio, no dependen de la oposición, pero quizás sí de sus súplicas.

La oposición tiene razones que gran parte de Occidente ha considerado fundadas para desconfiar del régimen. Después de perder la mayoría en la Asamblea Nacional a fines del 2015, el año pasado el gobierno convocó a votar por una Asamblea Nacional Constituyente, superior a la anterior, sin que fuese elegido ningún opositor. En diciembre, el oficialismo ganó las elecciones municipales por una de esas cifras fantásticas que sólo se producían en la Albania de Enver Hoxha: 91,9% de las alcaldías del país. Acaso con cierta vergüenza por esto, hasta el proveedor del sistema electrónico reconoció abundantes irregularidades.

El segundo hombre del régimen, Diosdado Cabello, confirmó, acaso involuntariamente, el carácter cada vez más instrumental de estos procedimientos: “Si el mundo nos aplica sanciones, nosotros realizaremos elecciones”. Es una frase que pudo ser de Pinochet rechazando la condena de la ONU en 1978.

El 23 de enero, Maduro anunció que las elecciones presidenciales se realizarán en abril, al mismo tiempo que su órgano electoral reiteró que los partidos de oposición deben revalidar sus nóminas de militantes para poder participar. Ese mismo día, México anunció su retiro de la Mesa. Una semana después lo hizo Chile.

¿Qué quiere decir todo esto? Que el gobierno de Chile ha seguido la evolución venezolana desde dentro, que ha propiciado el diálogo y ha tenido la paciencia de presenciar las muy obvias maniobras de Maduro en contra de la oposición. La embajada permanece abierta en Caracas, hay un embajador que no podría ser calificado de derechista (Luis Felipe Ramírez) y las relaciones diplomáticas están vigentes hasta el grado de que se ha debido invitar a Maduro al cambio de mando.

El martes pasado, el Presidente peruano, Pedro Pablo Kuczynski, envió a Maduro la notificación de que no será bienvenido en la Cumbre de las Américas que se realizará en Lima en abril. Hizo esto cuando el Grupo de Lima -14 países reunidos justamente para analizar la crisis venezolana- determinó que los actos de Maduro han sobrepasado la legitimidad democrática y se encaminan a violentarla definitivamente. Podía entenderse esta declaración como una advertencia para que Maduro revise su apurado calendario electoral. Pero Maduro, como siempre, la entendió como un acto de injerencia y rechazó a todos los presidentes y cancilleres que participan en “ese bodrio llamado Grupo de Lima”.

En ese grupo están las autoridades chilenas. Y un partido que participa en ellas, que es parte del gobierno, el Comunista, emitió una declaración pública llamando a “defender la soberanía” de Venezuela, ante “acciones militares que se están llevando en las fronteras de nuestro país hermano”. A pesar de la redacción defectuosa, el comunicado se cuida de no hacer referencia a la diplomacia chilena. Pero sobrecaliente, algunos de sus dirigentes lanzaron bravas acusaciones sobre el canciller Heraldo Muñoz, incluyendo la de servir a los intereses de EE.UU., sin tocar, por cierto, a la Presidenta Bachelet. Es decir: que si el canciller fuera otro (por ejemplo, del PC), la Presidenta opinaría de otro modo. O: que el gobierno de la Nueva Mayoría, con el PC incluido, es rehén de un ministro que sirve a otros señores.

Quizás los comunistas piensen que esta es la manera de mostrar su solidaridad con el chavismo y al mismo tiempo seguir teniendo gente en el gabinete. No serán los primeros en tratar de repicar e ir en la procesión. Pero la verdad es que en este caso la costura se nota demasiado; es muy gruesa, grosera, casi disparatada. (Una declaración más explícita emitió el Partido País Progresista, inventado para evitar la disolución del PRO de Marco Enríquez-Ominami y el PAIS de Alejandro Navarro, pero este no está en el gobierno, no es parte de la Nueva Mayoría y Navarro…, bueno, aún oye la voz del “comandante eterno”).

Como ocurre desde hace cien años con los regímenes totalitarios, sus defensores acuden al mismo cuco, Estados Unidos, y se apoyan en una especie de realidad paralela: tropas en las fronteras, conspiraciones imperialistas, rectitud de los 338 llamados al diálogo que ha hecho Maduro. En el improbable caso de reconocer la crisis humanitaria, es culpa de algún boicot. Si se muestran cifras de criminalidad, inflación, extrema pobreza, siempre aparece otro paquete de datos inverificables que ofrece el gobierno de Caracas.

Esto es exactamente lo que Marx denominó “ideología”: no el programa de un partido, sino las racionalizaciones colectivas (“falsa conciencia” las llamó Fromm), que permiten encubrir los propósitos menos presentables. Lo que el chavismo y Maduro encubren es muy simple: no les interesa en absoluto la alternancia en el poder, tienen la convicción de que el poder no se entrega, creen que las elecciones se ganan hasta cuando se pueda, y después se ganan como sea.

Esa es la convicción del chavismo, aprendida del castrismo y dictaminada por Lenin como ley de la historia; Lenin, que repudiaba tanto la debilidad liberal como el infantilismo ultraizquierdista; Lenin, que se llevó el poder hasta el lecho de muerte y aún no se sabe si realmente lo entregó.

El hecho es que es prácticamente imposible eludir este problema en una política de alianzas entre partidos modernos, con una mínima mirada del mundo. Aquí ya no es la DC -que lo tuvo desde los remotos días de Alcide de Gasperi y Palmiro Togliatti en la Italia de posguerra-, sino cualquier fuerza que crea que la alternancia es un valor intrínseco de la democracia; que crea incluso que a veces puede ser necesaria.

Este es un anatema en la doctrina comunista. Igual como algunas religiones, los comunistas tienen la convicción de que la historia sigue una dirección y hay, en efecto, un final de los tiempos con la perfección social. Cuando se tiene una fe semejante, hay estómago para soportar ciertas aporías que, confrontadas a solas, con la conciencia nocturna, resultan infumables. Ni siquiera hay que ir tan lejos como los años de negaciones sobre el camarada Stalin: ahí está el apoyo actual a dos aristocracias hereditarias como las del Medioevo, los Castro y los Kim. Al mismo tiempo, cada vez parece más evidente que la brusca pérdida de esa fe, el vacío abrupto y vertiginoso, conduce a veces a los bordes del fascismo, como está ocurriendo en la antigua Europa de la “Cortina de Hierro” y en ciertas zonas del poder en Rusia. ¿Es acaso el fascismo la amenaza de Venezuela?

El PC dirá que sí. Maduro, que por supuesto. Los Castro, que ni hablar (“te tienen lista la jaula, Nicolás, en la que te quieren pasear”). Pero antes que eso, está la hambruna. Los derechos humanos. Las libertades públicas. Todo lo que hace 30 años se reclamaba para Chile, también desde Venezuela. Y unas elecciones precipitadas para abril. ¿Será la historia indulgente con estas cosas?

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