Ascanio Cavallo

Ascanio Cavallo

Periodista

Reportajes

Columna de Ascanio Cavallo: Cameron en Ranco

Como ocurrió en el Reino Unido, las expectativas de esta derecha se pueden ver inflamadas con la percepción de un adversario muy derrotado, incapaz de aspirar de nuevo a ganar en las urnas, que es más o menos lo que le pasa a la ex Nueva Mayoría, sin visos de reparación cercana.


En la nueva capital veraniega de la política, el lago Ranco, el presidente electo y su equipo político han estado delineando esta semana la distribución de las varias decenas de cargos que deben completar las segundas filas del gobierno. Esta tarea es vital para asegurar la cohesión de los partidos de Chile Vamos y las fracciones que lo orbitan, una retaguardia que tendría que apoyar al Ejecutivo desde el Congreso, los cores y los municipios.

No puede cometer errores tácticos en esto. Pero lo principal, lo estratégico, ya está diseñado. Piñera ha constituido su proyecto en torno a un sujeto social que ha estado desatendido en los últimos años: la familia.

Cabe imaginar que no incurrirá en la tontería de definir qué es familia según las categorías de la sociología tradicional, ni menos de los patrones religiosos. La familia de hoy, aquí y acullá, es cualquier célula mínima de personas que se reúnen para cuidarse en una vida común.

Desde este punto de vista, el último gobierno que prestó atención a la familia fue el de Michelle Bachelet entre 2006-2010, que con su intuitiva “red de protección social” llevó luz a la nocturna fragilidad de las clases medias bajas, a los escapados a arañazos de la pobreza. Por razones de atavismo ideológico, la familia está fuera del catequismo de izquierda (Marx escribió que sería necesario llegar a su abolición para eliminar la explotación de los hijos por los padres), lo que puede ser una de las razones de la frustración de Bachelet con su primer gobierno y de su giro hacia los tópicos más tradicionales de su sector, que son los intereses de los grupos de presión con sesgo anticapitalista (estudiantes, trabajadores, sindicatos).

La muestra más elocuente es la reforma educacional, apurada en responder a las demandas universitarias, aunque el problema estructural está mucho antes de esa fase. La clásica carreta delante de los bueyes.

Esta es la paradoja: el piñerismo ha llegado a la conclusión de que el verdadero “legado” de Bachelet se produjo hace ocho años, mientras que las “reformas estructurales” del segundo mandato no serían más que procesos errados e incompletos. El equipo de Piñera se ha propuesto buscar la fórmula para evitar que sus intervenciones en esas reformas sean vistas como retrocesos, retroexcavadoras puestas del revés. Ya aprendió que esa idea puede desgraciar a un gobierno.

Así, la segunda administración de Bachelet le ha dejado a Piñera el espacio para continuar con la primera de la misma Presidenta. ¿Que con ello ha “corrido el cerco”, según ese feo lugar común, de la derecha? Por supuesto: la gracia y desgracia de la democracia es que todos se muevan el cerco según toque. Pero en este caso, a Piñera le ha dado la oportunidad de moverse hacia un territorio donde puede, a la vez, confrontar a la izquierda y contener a esa derecha que no es suya, por mucho que de momento lo acompañe.

La idea de la protección de la familia está copiada casi a la letra del gobierno conservador de David Cameron, un renovador de la derecha británica equivalente a lo que fue para la izquierda Tony Blair. Copiar no es una palabra negativa en política. Lo hacen todos. Pero eso vuelve interesante entender también qué pasó con el original.

Cameron, el primer ministro más joven del Reino Unido en dos siglos, fue elegido en el 2010 y debía gobernar por unos diez años, como mínimo. Su programa se titulaba: “Strong leadership. A clear economic plan. A brighter, more secure future”. El “futuro más brillante y más seguro” venía acompañado de un plan económico diseñado para “ayudarlo a usted y su familia”, desde el nacimiento hasta “la dignidad en su jubilación”. En su aplicación local, muchas de estas ideas quedarán alojadas en el Ministerio de Desarrollo Social, que, tal como van las cosas, apunta a convertirse en el más poderoso del nuevo gobierno.

Pero en el 2016 se alzó contra Cameron, desde su mismo sector, una fracción más a la derecha, con un líder carismático y un partido inventado, el UKIP, que corrieron el cerco hacia el ultranacionalismo y la xenofobia, para llevar a los educados británicos a una de las decisiones más maleducadas de su historia: salir de la Unión Europea. Cuando una inesperada mayoría de los británicos votó en el referendo a favor del Brexit, Cameron tuvo que renunciar, a pesar de que recién iniciaba su segundo período.

Dato adicional: los conservadores siguen gobernado en Gran Bretaña, pero únicamente porque los laboristas han estado peor, con un dirigente izquierdista, Jeremy Corbyn, que sólo podría tener una oportunidad si se produce una devastación en el gobierno de Theresa May. La primera ministra dirige las negociaciones del Brexit con Bruselas, y parece probable que esa penosa tarea constituya todo su legado.

¿Habrá un UKIP para Piñera? ¿Quién será: Ossandón, José Antonio Kast, un desconocido? Nunca se sabe, pero de momento estas historias sirven para pergeñar cuáles serán las principales amenazas del segundo gobierno de Piñera, por encima de las ya muy anunciadas dificultades en el Congreso, las advertencias estudiantiles y el peso de un aparato público que se ha inflado con empleos precarios.

El primer riesgo es que, visualizando desde ya la posibilidad de un segundo mandato para Chile Vamos, se le produzca un desborde por la derecha –lo mismo que le pasó a Cameron-, con consignas populistas como las que ya se insinuaron en las primarias e incluso en la segunda vuelta presidencial.

Es un tipo de discurso que se puede amparar bien en la idea de protección a las familias, y bastaría un giro conservador y agresivo para convertirlo en el programa de una derecha “dura”, que, aunque marginalizada y a la defensiva, no ha dejado de existir.

Como ocurrió en el Reino Unido, las expectativas de esta derecha se pueden ver inflamadas con la percepción de un adversario muy derrotado, incapaz de aspirar de nuevo a ganar en las urnas, que es más o menos lo que le pasa a la ex Nueva Mayoría, sin visos de reparación cercana.

Si la política fuera una práctica perfectamente racional, lo que cabría esperar es que los sectores derrotados en una elección hagan su autocrítica, saquen sus lecciones y generen una oferta renovada. Pero suele no ser así.

En el 2010, la derrota de la Concertación no produjo ningún proceso, porque todavía estaba disponible la popularidad de la saliente Presidenta Bachelet. En cuatro años no se hizo nada más que imaginar una Nueva Mayoría para captar los 5 puntos del PC.

Esta es, precisamente, la otra amenaza para Piñera: que la frase “hay Bachelet para rato”, dicha por la propia Presidenta, se convierta de nuevo en el factor no racional para eludir la autocrítica y organizarse, simplemente, en torno a una nueva candidatura cuyo objetivo no sea explicar lo que pasó, sino ignorar que pasó.

El hemisferio de la política que alberga los sueños, buenos y malos, nunca cesa de trabajar.

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