Corazones Rojos: Cuando Chile fue al Mundial

La selección nacional está fuera de Rusia 2018, torneo que parte el jueves 14. Una herida abierta para los fanáticos del fútbol. ¿Cómo fueron aquellas veces en que sí fuimos parte de la fiesta? Esta es la historia en la versión de cinco protagonistas.

Unos dicen que fue el penal de Marcelo Díaz en Bolivia. Otros sostienen que fue Juan Antonio Pizzi y su “planificación” del duelo ante Paraguay. Los comentaristas, en su mayoría, hablan de soberbia en los jugadores. ¿La realidad? Una sola: Chile no va a Rusia 2018 y ese vacío entrega una oportunidad de mirar atrás. ¿Qué pasó realmente en 1962? ¿Fue clave el golpe militar en el desempeño en 1974? ¿Por qué Austria le empata a Chile en el último minuto, en Francia 98? ¿Fue Sudáfrica 2010 el primer atisbo de la generación bicampeona de América que aún no encuentra explicación a su ausencia del Mundial?


Una guerra en Chile

-¡Párate, hueón maricón! ¡Párate! -le gritaba el capitán de La Roja al defensa italiano, tendido en el suelo.

Pero no obtenía respuesta.

Las pasiones suelen crear tempestades. Chile enfrentaba a Italia, con estadio colmado, por la segunda fecha del Grupo 2. Y en la previa ya estaba todo mal: un reportaje firmado por los periodistas Antonio Ghirelli y Corrado Pizzinelli, en el diario Il Resto del Carlino, fue considerado como una falta de respeto por el público nacional. “Chile es terrible y Santiago su más doliente expresión, tan doliente que pierde en ello sus características de ciudad anónima”, se leía en un fragmento de la nota, que destacaba la “pobreza” y “tristeza” que reinaba en el país anfitrión. El Estadio Nacional recogió el guante: los más de 66 mil espectadores que llegaron esa tarde no perdonaron a los azules. Pifias ensordecedoras, un clima hostil.

En la cancha, la historia no distó mucho. A los siete minutos, Giorgio Ferrini golpeó a Honorino Landa y fue expulsado. Sergio Navarro, capitán de La Roja en el Mundial de 1962, recuerda esos primeros pasajes: “Hubo hartas patadas, es cierto. Ellos pensaron que iban a pasarnos por encima, pero no fue así y comenzaron a golpear. Y nosotros, que no éramos tontos, que teníamos muchísima experiencia, respondimos. Ahí se armó”.

Pero lo peor llegaría 30 minutos después. El episodio que convirtió a este partido en uno de los más recordados de la historia de los mundiales: la denominada “Batalla de Santiago”.

“Yo estaba al lado. Le doy la pelota a Leonel, porque era la instrucción, y me voy en diagonal por si me la podía devolver”, recuerda Navarro. Pero el puntero izquierdo prefirió la personal. Apodado “La Calesita” por sus enganches, Sánchez encaró entonces a la defensa italiana: en la disputa, cayó con la pelota entre sus piernas. Mario David, espigado zaguero, con más ganas de lastimar que de robarle el balón, comenzó a golpear sus muslos. “Y le dolió, poh. Siempre me ha contado Leonel. Entonces, al pararse, le tiró la mano pa’ arriba y le pega preciso en el mentón”, explica el capitán.

David cayó fuera de la cancha. Leonel, hijo de Juan Sánchez, campeón de boxeo, lo había noqueado. “Yo me fui encima de David a insultarlo. Y ahí me doy cuenta de que estaba de verdad dormido. ¡Listo!”, dice Navarro, entre risas. Lo más increíble, recuerda, es cómo su amigo se salvó de una expulsión segura. Y de perderse lo que restaba de la Copa.

-El árbitro estaba haciendo la diagonal. Nadie se ha fijado en ese detalle. Y para suerte de nosotros, el guardalínea de ese lado era un mexicano, el señor Buergo. Estuvimos enero y febrero en México, jugando hexagonales en Puebla, Monterrey y Ciudad de México y nos arbitró un montón de partidos este caballero, así que nos hicimos conocidos. Me acerqué, de a poquito, para que no me vieran conversando, y le dije ‘por favor’… Viene el árbitro y le pregunta a Buergo qué pasó. Le dice que Leonel lo empujó, no más. Por eso no lo echó. Creyó que el italiano estaba haciendo teatro.

La Roja ganó ese encuentro 2 a 0 y, más tarde, consiguió un histórico tercer lugar. Un año después, Sánchez y David se cruzaron en una gira que realizó la “U” por Milán. Navarro asegura que el italiano “fue a buscar a Leonel, lo invitó a comer y lo llevó a su casa incluso. Era un hombre de calidad”.

Las crónicas posteriores destacan esa Copa del Mundo, disputada en Chile, como la más violenta de la historia. El capitán de la selección no comparte el análisis: “¿Vieron el Mundial de Inglaterra? ¿Portugal con Brasil? A los de Portugal los sacaron de la cárcel y los metieron a jugar. A Pelé lo lesionaron ahí. No pudo terminar un Mundial, porque lo lesionaron. Coluna entró a puro pegarle a Pelé. Ese sí que fue violento”.


El peso del golpe

Leonardo Véliz en el duelo de Chile ante Alemania Democrática (Alemania 1974).

Las comparaciones en el fútbol suelen ser odiosas. Injustas. Pero los integrantes de la selección que disputó la cita en Alemania, en 1974, optan por ese recurso para graficar el potencial de ese plantel. Hace un tiempo, Guillermo Páez, volante de corte, en entrevista con La Tercera, no dudaba en señalar que de la denominada Generación Dorada “solo Alexis Sánchez y Arturo Vidal podrían haber jugado con nosotros”. Leonardo Véliz, una de las figuras de esa selección, comparte el diagnóstico.

“Teníamos un caudal de jugadores técnicos. Mauricio Isla no le llega a los talones a Rolando García, tampoco a Mario Galindo. Jean Beausejour con el ‘Chino’ Arias, menos. Gonzalo Jara y Gary Medel con Elías y Quintano, ni a palos. El ‘Loco’ Páez con Marcelo Díaz, tampoco. Y así vamos para arriba y llegamos a Carlos Caszely, el ‘Negro’ Ahumada, yo mismo. Alexis sí, porque es un tipo desequilibrante, con características como las de Caszely”, asegura el “Pollo” Véliz.

Las expectativas previas a la cita mundialista eran altas. Chile confiaba en poder transformarse en la revelación, quería dar un “batacazo”. El reto no era menor: la serie en la que fue sorteada La Roja la enfrentó con Alemania Federal, Alemania Democrática y Australia. Pero el cuadro dirigido por Luis “Zorro” Álamos, con la base de Colo Colo 1973 y estrellas como Elías Figueroa, se tenía fe. “Hablábamos de que podíamos lograr cosas grandes, porque teníamos una gran selección”, recuerda Véliz.

-¿Por qué, entonces, la prematura eliminación?

-Con el pasar del tiempo uno se lo pregunta. Esto no es llegar con una selección y afrontar un campeonato. Esto viene desde atrás. Había muchos jugadores que no estaban preparados para jugar un campeonato de esa naturaleza. Yo hablo en términos ‘generales’. No te digo que Elías Figueroa, Alberto Quintano, Carlos Reinoso, no, no. También hubo otros elementos.

En Alemania, el clima que percibían los seleccionados no era el ideal. Cada actividad de La Roja sumaba algún intruso especial: permanentemente, en cada entrenamiento, en la misma concentración, guardias armados o de civil acompañaban a los jugadores. Las medidas de seguridad eran extremas: “Un día tomábamos una ruta, otro día otra y, luego, otra”, cuenta Véliz.

El bus que transportaba a la selección, contrario al de los demás seleccionados, que lucían sus colores patrios, era gris. “Éramos la Cenicienta”, dice el puntero izquierdo. Además, siempre estaba rodeado de policías. Y el sitio de concentración, asegura, destacaba por los alambres de púas que lo adornaban.

-Por ahí alguno te dirá ‘yo no sentí nada’. Y es porque quizás ignoraban que un año atrás, en las Olimpíadas de Münich, un grupo terrorista mató a algunos atletas israelíes. Por eso nuestro bus no tenía ninguna identificación, para que no fuera reconocido y pudiéramos sufrir un atentado, porque nosotros éramos representantes de un gobierno dictatorial. De un gobierno que había llegado al poder a través del bombardeo de la casa republicana.

El golpe militar del 11 de septiembre de 1973, un año antes, era uno de los elementos que afectaron indirectamente a La Roja.

El otro, asegura Véliz, tiene directa relación con la severa enfermedad que sufrió su “líder”: Luis Álamos. “Fue muy duro. Jugamos en Salamanca y ahí le vino una crisis por una diabetes muy avanzada. Prácticamente lo llevaban en andas a los entrenamientos y ahí tomó las riendas del equipo don Pedro Morales, que era del mismo corte que don Lucho, pero cuando tú ves que tu líder se enferma y lo ves tan desvalido, también afecta al grupo”.

Elías Figueroa, estrella de Chile en el certamen, se suma a la opinión del “Pollo”: “Lo de don Lucho pesó muchísimo, lo veíamos ahí y estaba muy mal. Nos golpeó”, afirma el histórico defensor.

En la cancha, Chile debutó con una derrota por 0-1 ante Alemania Federal y posteriormente sumó dos empates: primero ante Alemania Democrática y, finalmente, frente a Australia. Los seleccionados coinciden en que, precisamente ante los oceánicos, cometieron su gran error. “No teníamos los medios para tener un conocimiento más amplio. Seguramente por eso no fuimos más atrevidos en el primer tiempo. Yo no me acuerdo de ninguna instrucción de decir ‘oye, cuidemos los primeros 45 y el segundo nos vamos con todo’. Ellos nos sorprendieron, eran duros, carentes de técnica, pero físicamente muy fuertes”, sostiene Véliz.

“El diluvio que cayó en el segundo tiempo nos mató. Nunca había jugado con tanta lluvia. En un momento, el agua nos llegaba a los tobillos. La pelota no salía: había que levantarla primero para pegarle o para que avanzara. Tal vez, en un campo normal, lo hubiéramos ganado bien”, reflexiona Figueroa.

Con dos puntos, Chile regresó, prematuramente, con las manos vacías.

“Fue un fracaso, no hay otra palabra”, cierra el “Pollo” Véliz.


Presos de sí mismos

Elías Figueroa observa el tanto de Schachner en la derrota de Chile ante Austria (1982).

Cada vez que se hablaba de la mejor generación de la historia del balompié nacional -debate que recién hoy parece tener un cierto consenso en torno a la selección bicampeona- se mencionó al plantel de 1982. Ese año, Chile clasificó al Mundial de España invicto y sin sufrir goles en contra. Un empate en Guayaquil y tres triunfos, acaso el más importante conseguido en Asunción, el 7 de junio de 1981, despertaron las expectativas de los hinchas como pocas veces en la historia. El plantel, dirigido por Luis Santibáñez, y con Elías Figueroa a la cabeza, no se achicaba: aseguraban irrumpir entre los mejores del mundo.

El precipicio, a veces, está a un golpe de vista.

“Don Elías”, con 35 años, llegó a la cita mundialista como capitán. Era su tercera participación en el certamen tras la Copa de 1966, cuando daba sus primeros pasos en el profesionalismo, y la de 1974, en su mejor momento, cuando fue elegido el central más valioso de la competencia. El Mundial de España es, seguramente, el que menos quiere recordar. Rápidamente habla de soberbia. De fracaso. Dos palabras claves, precisas, que describen uno de los puntos más negros en la historia del fútbol chileno.

Oviedo y Gijón presenciaron las tres derrotas de La Roja. 0-1 frente a Austria, 1-4 contra Alemania Federal y, finalmente, 2-3 ante Argelia. Se buscaron responsables: algunos sostienen que el penal que erró Carlos Caszely en el duelo inaugural pudo cambiar la historia. Otros apuntaron sus dardos contra Mario Osbén y su magra jornada ante los germanos.

Los seleccionados, sin embargo, con los años, parecen haber encontrado un culpable: la eterna concentración.

“Yo creo que gran parte del fracaso fue por eso. Al estar tanto tiempo concentrados, uno después no le podía ver ni la cara al compañero. No veíamos a la familia nunca…, extrañábamos. Nos mató, en gran parte. Llegó un momento en que lo único que queríamos era volver a casa. Partimos un mes, dos meses antes. Fue un gran error”, sostiene Figueroa.

El Colegio Meres de Oviedo albergó el encierro. Porque no fue una concentración, destaca. Los primeros días fueron tranquilos: se entretenían con una maquinita para jugar. “La gastamos de tanto pasar el rato, había filas para poder jugar con ella”, dice. Pero con el pasar de los días, la rutina en un punto se hizo insostenible: abrió grietas en la convivencia del plantel. “Nada…, ni la maquinita nos venía bien”, comenta, entre risas.

-¿Qué fue lo peor que le tocó vivir en ese período?

-Las mismas bromas que hacíamos al principio, después eran motivo de pelea. Estar tanto tiempo separados de la familia, todos los días lo mismo nos cansó. Llegó un momento en que se formaron ‘grupitos’. Y, en esos grupos, uno hablaba mal del otro… Influyó mucho. Hubo momentos en que los que teníamos más experiencia teníamos que meter ahí la cuchara y tratar de arreglar las cosas.

Considerado el mejor futbolista chileno de todos los tiempos, “Don Elías” asume que la Copa del Mundo fue una asignatura pendiente en su carrera. Destaca que, en términos individuales, fue elegido el mejor central de un certamen y que también pudo competir contra los mejores de igual a igual. Pero siente que Chile mereció más: “La mayor espinita que me queda es no haber seguido más adelante con la selección. No haber podido mostrar que teníamos los jugadores para eso”.


La pesadilla del gol en los descuentos

Miguel Ramírez intenta frenar la arremetida de Ronaldo, en Francia 98.

Iván Zamorano entonces compartía delantera con Ronaldo en el Inter de Milán. Dos años antes se había despedido del Real Madrid con un centenar de goles, una Liga, una Supercopa y una Copa del Rey a su haber. Hace poco más de un mes, también, había gritado campeón en la Copa Uefa. Y en la selección, sumaba 27 tantos, amenazando los 29 de Carlos Caszely.

Sin embargo, fue recién a sus 31 años que llegó la oportunidad que tanto esperaba: disputar una Copa del Mundo.

El 17 de junio, ahí estaba “Bam-Bam”, como tantas otras veces, suspendido en el aire, superando a sus marcadores. Anton Polster y Anton Pfeffer, ambos más espigados, fueron vencidos. Ese cabezazo, su sello personal, permitió que, tras una esforzada reacción del meta austríaco, Marcelo Salas definiera de rebote, con la rodilla, y abriera la cuenta. A falta de 20 minutos, Chile vencía 1 a 0 a Austria, resultado que los instalaba en la cima del Grupo B y evitaba un eventual cruce ante Brasil en octavos de final.

Pero cuando el reloj marcaba el segundo minuto de descuento, una desconcentración en la defensa nacional abrió el espacio justo para que Ivica Vastić, quien había ingresado minutos antes, controlara el balón y, con la precisión de un artesano, la clavara en el ángulo superior. Nelson Tapia no pudo hacer nada. Austria, al igual que Italia antes, evitaba el triunfo chileno sobre el final.

Miguel Ramírez recuerda perfectamente la escena. Calentaba, nervioso, a unos cuantos metros del pórtico, esperando que Nelson Acosta hiciera un cambio para afirmar la defensa. No era el único: todos lo esperaban. “El partido anterior ingresé en los últimos minutos también para poder aguantar el marcador. Lo único que quería era entrar, nos atacaban con todo”, cuenta.

Pero Acosta, esa vez, no cedió. Zamorano tampoco lo entendía. Apenas unos segundos tras el pitazo final, cabizbajo, el capitán de La Roja se acercó a Ramírez. “¿Por qué no entraste, hueón?”, le preguntó. “Cheíto” le aclaró, como pudo, que él no mandaba. “Deberiái haber entrado”, insistió el delantero, impotente.

Seis días antes, Chile había dejado escapar otra victoria, en su debut, ante Italia. En ese compromiso, el más comentado de la selección en Francia 1998, el árbitro nigerino Lucien Bouchardeau cobró un discutido penal a falta de cinco minutos para el cierre. Roberto Baggio lo cambió por gol y decretó el 2 a 2 final. “Hoy, se cobra. Pero en ese momento nos sentimos perjudicados, aunque ahí estaba lo que siempre pregonamos: ante la adversidad hay que echarle pa’ adelante”, recuerda Ramírez. “Lógico que el partido con Austria fue el más doloroso”, cierra el defensor.

Ese punto se sumó al que los dirigidos por Acosta consiguieron frente a Italia y a la posterior paridad ante Camerún. Enfrentar a Brasil en octavos de final, sin embargo, supuso un desafío que Chile no pudo superar. “Estaba el convencimiento de que se podía avanzar a una segunda etapa, pero Brasil era un equipo súper fuerte. Las figuras que tenían en ese Mundial eran extraordinarias. Si hubiésemos podido evitarlos…”, dice “Cheíto”. Con un 4 a 1, finalmente, La Roja se despidió de un Mundial tras 16 años de ausencia.

Pese al doloroso adiós, el entonces zaguero de la Universidad Católica recuerda con cariño el certamen. “Para nosotros era algo nuevo. Nuestro último Mundial lo vimos por televisión. Hasta donde se llegó fue bastante positivo, después de no ir en tanto tiempo. Recuerdo que llegamos a Chile y nos recibieron en el aeropuerto todos muy contentos. Fue un sueño cumplido para muchos”, cierra.


Balada para un “Loco”

Pablo Contreras disputa el balón con Luis Fabiano (Sudáfrica 2010).

Se aparta de las luces. Asume que, en esta historia, no fue sino un actor de reparto. “Prácticamente un invitado”, precisa. Pablo Contreras, 39 años, exjugador desde hace cuatro, recuerda con nostalgia su única experiencia mundialista. Debutó con la selección adulta en 1999 y un año más tarde conquistó la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Sydney con la Sub 23. Jugó con tres generaciones de La Roja: compartió con Salas y Zamorano, pero también fue parte de los fracasos en los procesos de 2002 y 2006. Recién en 2010 tuvo su revancha.

“Tuve la suerte de encontrarme con esta generación que tanto nos ha dado, tras vivir del fracaso”, comenta, mientras observa el entrenamiento de Rodelindo Román, cuadro donde se desempeña como gerente deportivo.

Allí, sentado en las gradas del Complejo Deportivo Manutara, en La Florida, hace memoria: “Siendo el más experimentado, el de más edad, me llamaba la atención ver a Alexis diciéndonos que realmente podíamos ganar algo. Quizás tenía que ser yo el que hiciera ese tipo de convocatorias”, destaca. Tras la eliminación en octavos de final, lo mismo: “Teníamos las maletas hechas para la vuelta y, en ese momento, el grupo se juramentó clasificar al próximo Mundial. Claudio Bravo era la voz principal. Gary, Arturo y Alexis también se sumaron. Te convencían con su compromiso”, señala.

Con 31 años, Contreras fue el jugador más veterano en vestir La Roja en Sudáfrica 2010. El debut, frente a Honduras, es el partido que recuerda con más cariño. Y con más nerviosismo. Ingresó en el minuto 81, por Vidal, con la instrucción de cerrar el compromiso. Gran parte del duelo se lo perdió: al cuarto de hora lo mandaron a calentar. Pero al vestuario: no sabía lo que pasaba. De ese puñado de minutos, dice, no se acuerda; sí del pitazo final y los festejos. Tras 48 años, Chile volvía a ganar en una Copa del Mundo y él cumplía un sueño. “Cuando pasó el partido, entendimos que habíamos quedado en la historia del país”, sostiene.

En el hotel donde se hospedaba La Roja, ubicado en Nelspruit, el personal solía recibirlos con una canción. En la vuelta, tras el triunfo, y en medio de la celebración, el grupo comenzó a cantarla, recuerda Contreras. De pronto, una sorpresa: al cantito se sumó el mismísimo Marcelo Bielsa, caracterizado por su habitual tranquilidad y por evitar involucrarse en estas dinámicas. “Fue muy llamativo, en ese minuto. Ver que él compartía con nosotros fue sorprendente y gracioso, porque no era de participar mucho de nuestros momentos de felicidad”, cuenta, casi como un logro, el zaguero.

El sueño, finalmente, y al igual que 12 años atrás, culminó ante Brasil en octavos de final. “Merecimos más, sobre todo en la primera parte. Tuvimos la posesión y un ataque directo, pero todavía éramos un equipo con poca experiencia, y ahí marcaron la diferencia”, asegura. Aunque su balance fue positivo: “Dimos una demostración de vértigo tremenda, había mucho respeto hacia nuestro juego. Me lo manifestaron compañeros de otras selecciones, como David Silva y Diego Forlán”.

En ese entonces, Chile aún no ganaba títulos; Bravo seguía en Real Sociedad, Vidal en Bayer Leverkusen y Sánchez en Udinese. Pero el certamen le sirvió a Contreras para advertir un detalle: esa generación era el futuro del fútbol chileno. La personalidad que evidenciaba el grupo a tan corta edad y, principalmente, el juego que desplegaba no le dejaban espacio a dudas.

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