Daniela antes de Daniela

Daniela Vega, la protagonista de Una Mujer Fantástica y que el próximo domingo presenta en los Óscar, fue peluquera. Fueron poco más de cinco años en Mimos, un salón del barrio Bellas Artes donde conjugó el oficio con sus deseos de transformarse en artista. Esta es la historia de Vega de esos años contada por sus amigos y compañeros de trabajo.


“¿Te querís cortar el pelo?”. Esta es la vereda de la peluquería Mimos, en Mosqueto con Santo Domingo, barrio Bellas Artes. Ahí está Daniela Vega (28), peluquera, años antes de convertirse en Daniela Vega, actriz, cara visible de Una Mujer Fantástica, película de Sebastián Lelio nominada al Óscar como Mejor Película Extranjera y nominada o ganadora en varios premios del circuito de cine internacional.

Ahí está Daniela Vega, lentes oscuros, tomando café y fumando un cigarro con Marisol Vásquez (30), mientras miran a la gente que pasa y analizan la ropa de las mujeres. Juntas admiran a algunas y se ríen de otras.

“¿Te querís cortar el pelo?”.

Esa era la manera de conseguir clientes en las horas flojas del día, pero su amiga Marisol Vásquez también dice otra cosa: que ahí, afuera de Mimos, fumando y tomando café, lo pasaban bien. Muy bien.

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John Lambarch (30) es estilista y cuenta que fue quien llevó a Daniela Vega a Mimos en 2011. Él ya era parte del staff de la peluquería. Ambos se conocían de antes, del 2008, a través de una amiga de Lambarch. “Me dijeron que venía una amiga bastante especial a un carrete”, recuerda. “Y empezamos a ser bien partners apenas nos conocimos. Vivimos una época más o menos parecida. Yo también viví un poco la presión social en cuanto al tema de la homosexualidad mientras ella vivía su proceso de identidad sexual. Ella ya era mujer cuando la conocí”, dice.

Lambarch añade que Vega era rubia en ese tiempo, que siempre fue llamativa: “Ya tenía cercanía con la gente y nunca tuvo problemas por ser bien femenina”.

Luego Lambarch empezó a trabajar como estilista en Mimos, hasta que un par de años después Vega le dijo que necesitaba trabajar, que había estudiado peluquería en el curso de la Academia Pichara.
“Por su condición, en aquellos tiempos no era tan fácil encontrar trabajo así como así y en cualquier parte”, dice Lambarch. “Pero Miguel, el dueño de Mimos, era muy abierto de mente, muy actual, argentino. No tuvo problemas ni prejuicios”, recuerda.

Miguel es Miguel Mora, un argentino de 47 años que llegó a Chile en 2003, porque “en Argentina para vivir bien tenía que trabajar entre 14 y 15 horas diarias”. Mimos se llama así por las iniciales de Miguel Mora. Mi-Mo. “Y también de mimos, caricias. Es un doble juego”, complementa Mora sentado en uno de los sillones de cuero para cortar el pelo de su local. De fondo, suena un partido de la Champions en la televisión.

De su primer día en la peluquería, Mora recuerda esto: “Desde que llegó fue la Dani. Entró hecha toda una dama, con sus zapatos altos, su pollerita semicorta, pelo medio alocado, mucha personalidad. Y se quedó, se fue quedando”. Y prosigue: “Al toque la puse a cortar el pelo. Creo que hizo color ese día. Transpiraba, no sabés lo que transpiraba. Estaba nerviosa, yo creo que nunca se había encontrado en la situación de estar en una peluquería. Acá se fue armando, aprendió color, mechas, corte. Maquillaje ya sabía. Y la ventaja es que sabe hablar inglés, entonces todos los extranjeros que entraban se los pasábamos a ella”.

Pamela Goro (42), uruguaya, es la pareja de Mora y trabaja con él en Mimos. Están juntos desde hace nueve años. Goro llegó a Chile en 2003, porque le gustaba y porque aquí vivía su hermano, casado con chilena. Y se quedó. Goro tiene un recuerdo diferente de ese primer día de Daniela Vega en Mimos: “Llegó y le dijeron que para que se soltara, para que no estuviera nerviosa, si quería lavarle el pelo a un cliente. Lo prepara, iba todo bien, y cuando suelta el agua, le da con un chorro caliente al cliente que se paró y yo pensé que se iba. Nos tuvimos que desarmar en disculpas. Ahora el cliente sigue viniendo y preguntando por ella. La ve famosa y dice: ‘Pensar que me quemó la cabeza’”.

Para Lambarch, la historia es más larga. En esa época organizó un evento en un centro cultural -una suerte de show de varieté llamado El Sofá de las Maravillas- y le pidió a Vega que lo ayudara. “Tuvimos ayuda desde su papá hasta sus amigos”, cuenta. “Hubo un desfile de moda, la Dani peinó a todas las modelos y Miguel nos prestó Mimos. Así se hizo el vínculo para que ella llegara a trabajar”.

Mora cuenta que fue aprendiendo con facilidad, a pesar de que la vida de Vega parecía transitar por las pistas más rápidas. Dice Mora: “La Dani es una rescatada, no viene de la Iglesia, eh. Cuando vino para acá ya estaba mentalizada. Empezó a retomar el canto, el teatro, dejó la noche, se empezó a cuidar más, se empezó a hacer más mina. Acá llegó mujer, pero no dama. Era un diamante en bruto. Ahora vos la ves mina. Aquí afinó la ductilidad del movimiento, la sutileza, el encanto. Eso lo aprendió todo acá. Muchos ni se enteraron de su condición de mujer trans. Después de la película me comentaban, me decían: ‘Qué bien que la piloteó’”.

Todos coinciden en que Mimos era un lugar protegido para Vega, ahí en Bellas Artes, barrio rosa de Santiago. Nunca hubo algún incidente con algún cliente. “Acá está permitido todo”, dice Mora. “Si no aceptás como es, te vas vos”, remata.

Trabajaban después del carrete. Iban llegando a las 12, a la una. Cuando no había nada que hacer practicaba canto. “Había que decirle que se callara un poco cuando cantaba ópera”, dice Goro. “Se iba a la cocina y retumbaba todo cuando cantaba. Doy fe de que en la película es ella la que canta”.

Para los cumpleaños, su regalo era cantarle al cumpleañero. Lo hizo con todos en Mimos. Marisol Vásquez recuerda que a ella le cantó la misma canción del final de la película, que ella misma fue la que le pidió cantarla al director Sebastián Lelio.

Vásquez, su mejor amiga en la peluquería, con quien tenía un puesto de trabajo hombro a hombro, dice que nunca había conocido a una persona trans hasta Daniela Vega. “Y no me di cuenta en varios días”, dice. Ambas se hicieron amigas a través de la música, una conexión gótica que las llevaba a los galpones de la Blondie por vías separadas. En esa época Vega escuchaba bandas de electroclash, mientras Vásquez era fan de bandas post punk más clásicas, como The Cure. Así fue como empezaron a salir juntas de a poco. “La Dani le tenía un poco de miedo a la gente”, dice Vásquez. “La primera vez que salimos fue al Bar de René”.

El Bar de René es un viejo bastión del rock en Providencia. Hombres de negro y barbas descuidadas. Aun así, Vásquez dice que esa noche fue un bautizo de fuego. Y no pararon de salir juntas.

En cuanto a relaciones, en los años de Mimos, como en Una Mujer Fantástica, Vega tuvo un vínculo con un hombre mayor, que vivía en el piso de abajo suyo, en su departamento del centro. “La Dani llegaba a su casa y se ponía a cantar. Así él sabía que había llegado”, dice Vásquez.

En sus tiempos soltera, Vega tenía un gran éxito entre la clientela de Mimos. “Era una vitrina perfecta para el hueveo”, asegura Vásquez. “Le gustaban los gringos, y como los atendía, terminaba saliendo con algunos de ellos”.

Por esos años, Vega vivió con un novio de nombre Nicolás. Era una relación estable, de un par de años. Luego Nicolás pasó a llamarse Niki Raveau. Sus conocidos coinciden en que ese cambio fue difícil para ella, porque “en ojos de la Dani, él era su hombre”. Raveau se convirtió en activista por la diversidad- es directora de Transitar- y en 2016 postuló a concejal por Santiago representando al Partido Ecologista Verde. No ganó.

Cuando Daniela Vega estaba en Mimos eran cinco personas trabajando. Hasta siete incluso. Hoy, dice su dueño, son tres. “En la época en que la Dani estaba había mucha guita en Chile”, dice Mora. “Con Piñera se hizo mucha plata y ella pudo sostenerse sola ese tiempo. Nosotros hacíamos un sábado 500 mil pesos. Ahora, si llegamos a 200 lucas un sábado es mucho”.

“La Dani me traía cada personaje”, agrega Mora. “Una vez entró un pibe amigo de ella con ganas de cortarse el pelo y ella no había llegado. El pibe se pone a dar vueltas, se pone a dar vueltas y se mete una máquina de cortar pelo en el bolso. Vino la otra chica que trabajaba acá y me dice que me están robando la máquina. Justo entra la Dani. Me acerqué al chico y le digo: ‘Che, por si acaso, no se te cayó una máquina de cortar el pelo en tu bolso?’. Al toque me dice que lo estoy acusando. Yo le digo que me abra el bolso y que me muestre. El chico le dice a Dani que yo no le abra el bolso. El loco se puso denso, lo agarré del cogote y gritaba ¡Dani! ¡Dani! Me pateó al perro, me rompió un vidrio, lo tuve que sacar a trompadas. Ella me decía: ‘Miguel, no le pegués, ¡no le pegués! Estaba tomado, era mediodía y estaba tomado. La Dani no sabía dónde meterse. Ella tan pulcra y que de repente una amistad de ella arme un quilombo…”.

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Las horas de Mimos eran buenas para Daniela Vega. Flexibles. Podía entrar a trabajar pasado el mediodía, lo que le daba la posibilidad de tomar cursos de canto, de actuación.

Todos, de alguna manera, sabían que Mimos era una etapa de transición. Dice Goro: “Desde que empezó a trabajar acá dijo que no iba a parar hasta que no filmara una película con Almodóvar. Yo creo que para allá va”.

Lambarch complementa: “Le dieron hartas facilidades, trabajar en Bellas Artes le dio hartas posibilidades. La Dani era bien pretenciosa, queriéndose ver flaca, apasionada por lo que hace. Quería hacer todo al mismo tiempo, tenía ganas de mostrarse, de hacer algo mejor. Pero nunca dejó de ser preocupada, cariñosa. Incluso, me recibió un tiempo en su casa cuando tuve problemas”.

Entre 2013 y 2014 Vega rodó La Visita, su primera película. Cuando se ganó el papel, Vásquez recuerda que Vega le dijo: “De aquí en adelante las cosas cambian”.

El éxito no fue inmediato, pero sería el germen de lo que vendría.

En paralelo, Vega protagonizó una obra de teatro: La mujer mariposa. La daban en un café de José Miguel de la Barra, ahí mismo en el barrio de Bellas Artes, y en Mimos se turnaban para ir a verla. Era una obra corta, de unos 10 minutos, para una persona actuada por una persona: Daniela Vega. Goro recuerda esa obra: “Al principio había como una discusión o una pelea y al entrar estaba ella. Era la historia de un niño narrada y Daniela cantaba vestida de mariposa y se le veía solo la cara. Después comentábamos como que quedabas desorientado con lo que pasaba”.

Luego vino lo que todos saben: Vega sumándose al elenco de Lelio para Una Mujer Fantástica, y cómo, después de ser una consultora para el guión, termina tomando el papel protagónico.

En principio alternó su trabajo en Mimos con la preparación para el rodaje, que era dura. Tuvo que hacer cursos de manejo, ir al gimnasio, hacer dieta. “Ahí dejo de venir mucho”, dice Goro. “Y definitivamente paró cuando hizo la película”.

Hoy, la agenda de Daniela Vega está llena de viajes y de proyectos. La gente de Mimos dice que aunque esporádico, el contacto sigue. Lambarch se encontró con ella en Bal le Duc, un club de música new wave de Avenida Matta, hace unos meses. Bailaron y recordaron viejos tiempos. Vásquez la llamó para su cumpleaños antes de viajar a fines de enero. Y por Mimos pasó en diciembre para saludar a Mora y Gora. Fue una visita rápida, porque iba camino a otro evento.

“Ella en todo lo que hace cae parada”, reflexiona Mora. “Si no sabe, aprende. Calladita, asimila, absorbe, ejecuta”.

¿Te imaginaste que podía llegar lejos?

¿Por qué?

Es como cuando ves a alguien y piensas ‘esta va a tener éxito en la vida’. Eso yo pensé de Dani. Nunca imaginé que iba a estar en los Óscar. No dimensioné tanto.

¿Te gustó la película a ti?

Sinceramente…, no la vi. Para el cine soy un queso. Veo muy poco cine argentino; Ricardo Darín y algunos actores con los que enloquecí. Recién me está gustando el cine argentino, me va a tomar unos años para que me guste el chileno.

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