La elegida de Francisco

Entre las 595 mujeres recluidas en el Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín, hay una que las representa a todas. Jeannette Zurita, vendedora y condenada a 15 años de prisión por tráfico de drogas, quien relata aquí su vida marcada por la cárcel y la Iglesia. Esta es su historia, la misma que contará frente al Papa Francisco, en la primera visita que éste hará a una cárcel de mujeres en Chile.


El edificio Espacio 3, en San Joaquín, es uno de los más altos de Santiago. Tiene 103 metros de altura, 36 pisos y está justo en la esquina de Capitán Prat con Av. Vicuña Mackenna, al frente de la Universidad Católica. Allí viven cientos de familias. Jeannette Zurita recuerda cuando lo vio por primera vez, en 2010. Luego se convirtió en su rutina. En la mañana, una luz. Había que levantarse para ir a trabajar, para ir al colegio. En la noche, otra luz. La familia se juntaba a tomar té.

Pero Jeannette no estaba ahí.

No estaba en su casa, no estaba con su familia, no tenía que ir a trabajar ni tampoco que ir a dejar a su hijo al colegio. Esa no era su vida. Ella simplemente miraba desde la oscuridad. Desde una ventana, asomándose entremedio de los barrotes. Aquellos que marcaban sus límites dentro del CPF de San Joaquín.

-Mi vida entera ha sido pura cárcel- dirá Jeannette antes de contar su historia completa.

Primera estación: la petición
Fue en la Navidad de 2015.

Monseñor Ricardo Ezzati, como casi todos los años, visitaba la cárcel de mujeres. Hizo una misa y ellas le dieron regalos. Él se excusó y una interna lo interrumpió.

-Queremos hacerle una petición. Le queremos pedir que si alguna vez el Papa pisa tierra chilena, usted lo traiga al CPF -recuerda Jeannette que le dijo. Aunque no sabía que solo dos años después su sueño se haría realidad y ella sería una de las protagonistas.

Sentada en el mismo lugar donde le habló al arzobispo, en la Capilla del Buen Pastor de la cárcel, esta mujer -de 35 años, ojos azules, pelo castaño claro, labios rojos y con un rosario en el cuello- dice que no era la primera vez que pedía algo difícil.

Su primer recuerdo, explica, fue en la cárcel. Quizás era Colina I o quizás Colina II. Apenas tenía un año y les rogaba todos los días a sus abuelos que, por favor, la llevaran los domingos. Ese era su día preferido. Apenas lo veía cruzar las rejas corría a sus brazos. Su héroe, dice, estaba ahí. Era John Zurita, su padre.

Jeannette es la primera de cuatro hermanos. Vivió durante toda su infancia en la Población Pablo de Rokha, en La Pintana. Allí fueron sus abuelos maternos quienes se hicieron cargo de ella. Su madre era vendedora ambulante y su padre estaba preso por robo. Cayó cuando Jeannette tenía apenas un año. Salió 18 años después de la cárcel.

-Desde que tengo un año que pisé las cárceles. Lo vi como algo normal, porque me crié en eso. Recién a los siete me di cuenta que a donde iba era la cárcel.

Los tiempos en la casa, con su padre preso, fueron difíciles. Su madre vendía artículos de temporada encima de un mantel, en las calles. No fueron pocas las veces que Carabineros le quitó la mercadería y se la llevaron presa. Era ella, junto al abuelo de Jeannette, que también era vendedor ambulante, quienes mantenían a la familia. Pero a veces una simple lluvia podía arruinarlo todo. No era extraño que un día no tuviesen qué comer, que no pudiesen comprar materiales para el colegio o que si le compraban zapatos a uno de los hermanos, al resto no.

A pesar de todo, Jeannette logró tener una vida casi normal. Terminó el colegio, estudió gráfica en un técnico-profesional, se tituló e hizo la práctica. Corría el año 2001 y su padre por fin había salido en libertad.

-Nunca lo cuestioné. Me daba mucha pena la vida de nosotros, pero no lo hice.

La familia Zurita Álvarez pasaba por buenos años. Los fines de semana se iban a la playa y en la semana él y Jeannette trabajaban en una fábrica de muebles. John Zurita la había instalado al salir de reclusión.

-Lo peor fue esperarlo tantos años, 18 años, para que después no lo tuviéramos más- dice Jeannette.

Pasó el 29 de noviembre de 2005, a las 11 de la mañana. Estaba en su casa, tranquila, hasta que sonó su celular. Al otro lado del teléfono, su madre lloraba. Alcanzó a decirle una sola frase: “Hija, a tu papá le pegaron un balazo en la cabeza. Lo mataron”.

Segunda estación: el error
Jeannette tomó el rol de su padre. Él había fallecido y, dice, no quería que su familia pasara necesidad. Su hermano más chico apenas tenía cuatro años, sus hermanas estaban estudiando. Ella tenía 22 y había quedado a cargo de la fábrica de muebles de su padre. Pero no era suficiente.

-Busqué la forma más fácil a lo mejor. La forma más rápida de generar plata, porque no es la forma más fácil. Podría haberlo hecho trabajando, pero yo traté de hacerlo de esa manera.

En 2006, Jeannette comenzó a traficar pasta base en grandes cantidades. No era microtráfico, ella era la que distribuía. Y era rentable: por cada vez que hacía el trabajo obtenía 50 millones de ganancia.

Así sustentó a su familia y compró su casa. Cuando en 2008, a los 25 años, nació su hijo, no le faltaba nada.

-Muchas veces sentí miedo, mucho miedo. Pero cada vez que sentía eso trataba de eliminar el pensamiento. Pensé en salirme del asunto, pero no es fácil. Es mucha gente la que depende de ti.

Jeannette se dividía en tres mundos: la fábrica de muebles, su hijo y el tráfico. Según ella, realizaba la operación solo tres veces al año. Por lo mismo, dice, era difícil que la detuvieran.

Eso hasta el 3 de junio de 2011.

Ese día, según el expediente de la causa, la pillaron distribuyendo cinco paquetes con cinco kilos 859,29 gramos de droga. En 2010 ya había sido investigada por un caso similar. El Sexto Tribunal de Juicio Oral en lo Penal de Santiago la condenó por el delito consumado de tráfico ilícito de estupefacientes a 10 años y un día. Pero como tenía una causa anterior, la pena fue de 15 años.

Entonces vino la cárcel.

Tercera estación: la cárcel
Esa noche, su primera noche, Jeannette llegó a los calabozos del CPF de San Joaquín. Recuerda que era un cuarto chico. Sin luz, sin baño, sin nada. Apenas había una colchoneta mojada, porque afuera llovía.

-Uno llega con miedo, con terror, con la incertidumbre de no saber nada. Con el miedo de si te van a cogotear, si te van a violar. Me cuestioné por qué, si lo tenía todo listo, no había dejado de traficar. Y fue por un tema de ambición, querís seguir obteniendo más cosas. Cuesta frenarse.

Llegó, como imputada, al patio 2. Allí algunas mujeres la esperaban porque conocían a su padre. Se fue ganando un lugar de a poco, cuando comenzó a defender a sus compañeras. Su primera lucha fue para no llegar a la Cárcel de San Miguel, que luego del incendio en 2010 fue convertida en una cárcel para mujeres imputadas. Quedó como la revolucionaria y comenzó a tener problemas con la jefatura del CPF. Ahí pasó al patio 1, con las condenadas y las presas más refractarias. Las peleas eran algo habitual para ella, porque decían que era una “gatita de chalet”, que era “fifí”. “Irse a las manos”, dice, era la única forma de defenderse.

En los patios conoció cómo se movía la droga dentro de la cárcel. Jeannette, dice, nunca vendió, solo distribuía. No veía el daño que generaba. Allí observó a mujeres que daban todo por la droga. La ropa que les llevaban sus familiares en las visitas, los artículos de aseo personal, los regalos. En el mismo patio reducían todo. Hasta las bandejas de comida.

-Sentí culpa, sentí miedo, temor a que mi familia cayera en eso. Me chocó mucho ver cómo se pierde la gente con la droga. Entendí que había hecho daño.

Las peleas y los problemas con la autoridad de la cárcel se hicieron cada vez más frecuentes. Jeannette pasaba castigada y siempre allanaban su dormitorio. Pasaban meses completos en que no veía a su familia. Se comenzó a angustiar y a sentir el peso de la cárcel. Colapsó.

Fue un domingo que la hermana Nelly León, capellana de San Joaquín, la vio. Jeannette estaba sentada en la capilla, durante la misa, y no paraba de llorar. Un día llegó a su oficina y le dijo: “Madre, no puedo más”. La hermana Nelly la acogió y la escuchó, pero sabía que Jeannette no era una persona fácil. Sabía que por su personalidad podía ser un ángel o un demonio.

Cuarta estación: la redención
Barrer, trapear y encerar. Barrer, trapear y encerar. Y repetir. Hacerse cargo de la capilla fue el primer trabajo que le dio la hermana Nelly a Jeannette. Aun cuando dudaba de sus capacidades laborales, vio que Jeannette se esforzaba, al punto de terminar con callos y ampollas en las manos luego de limpiar.

Pero así como se ganó el respeto de la capellana, perdió el de sus compañeras en los patios.

-Yo quería hacer conducta. Pero empecé a ser mirada como la pava, como la tonta.

Dentro de la Iglesia, Jeannette preparó todos sus sacramentos. Ese camino, el camino “bueno”, le costó.

Hasta que llegó al Espacio Mandela, el 16 de diciembre de 2013. Lo primero que llegaron a hacer, junto a 14 internas, fue celebrar Navidad. Fue, dice, la Navidad más feliz dentro de la cárcel. Excepto por el dolor que, como casi el ciento por ciento de las mujeres en el penal, sufría.

-Lo que más me dolía, y me duele hasta hoy, es el tema de mi hijo. Una vez me dijo que ojalá yo estuviera mil años más encerrada y casi me mató. Uno en la cárcel va perdiendo todo. Pierdes a tus hijos, a tu familia, tu vida completa. Yo me perdí el funeral de mi abuela, el de mi abuelo. Me perdí el crecimiento de mi hijo.

Pero dentro de la cárcel, Jeannette comenzó a hacer cosas para, al menos, darle un mejor pasar a su hijo. Estando libre había aprendido a hacer uñas acrílicas y uñas gel, y con su maleta llena de esmaltes recorría todos los patios de la cárcel. Se hizo conocida por ser la mejor manicurista del lugar, incluso las gendarmes se atendían con ella. Y formó parte del primer centro de belleza en una cárcel chilena. El dinero que ganaba se lo enviaba a su familia.

Así pasaron varios años, hasta que en 2017 fue trasladada a uno de los Centros de Estudio y Trabajo de Gendarmería, por su buena conducta. Después de siete años y medio tras rejas y barrotes sería un poco más, libre.

Quinta estación: la (casi) libertad
-Mayor, ¿usted me va a dejar estudiar?

-Sí, anda a inscribirte, a matricularte.

Así partió Jeannette su nuevo camino. No tenía dinero, ni tampoco contactos. Solo sabía que quería estudiar, había elegido estética profesional. Pero las cosas no fueron fáciles.

Las exigencias para ella, al igual que para todas las estudiantes, eran las mismas. Debía pagar matrícula, mensualidad y materiales. Pero la hermana Nelly la ayudó: fue su aval, juntas consiguieron una beca y en el instituto incluso le regalaron su primer kit de materiales. Eso sí, debió contarles a todos sus profesores la verdad: que estaba en la cárcel, que tenía beneficios y que aún le quedaban muchos años interna. Pero a ninguna de sus compañeras se lo contó.

-No estoy en libertad al ciento por ciento, pero sí estoy pisando la calle. Irte por el lado del barretín, por el lado malo, no sirve. A mí mi hijo me necesita, necesita a su mamá.

Una de las cosas que más marcaron a Jeannette en la cárcel tiene que ver precisamente con ser madre. Fue cuando a una de sus compañeras le avisaron que habían matado a su hijo en la calle. Ahí recién se dio cuenta del peso de la cárcel y de que tenía que salir lo más pronto posible de ahí.

¿Qué es lo que más cuesta en la cárcel?

Que uno sabe que no hay oportunidades al salir. Porque te encarcelan a ti y a tu familia también. Te equivocái y te lo remarcan toda la vida. Te sepultan, te critican una, dos, tres veces. No hay oportunidades para salir adelante. Quiero salir. No quiero que mi hijo diga “mi mamá estuvo presa”, que no tenga nada más que decir. No quiero que lo apunten con el dedo.

En 2017, cuando todo el CPF ya estaba enterado de la visita del Papa, la hermana Nelly preguntó durante un almuerzo en el salón quién debería hablar en representación de todas. La respuesta fue unánime: “La Jeannette poh, madre”.

-Y la elegimos para hablar frente al Papa, porque es una persona nueva, porque está estudiando. Y, sobre todo, porque ha hecho un proceso de fe muy bonito, desde cero en la Iglesia Católica. No es una chiquilla pechoña, no se golpea el pecho todo el día. Ella tiene un proceso de fe interno -cuenta Nelly León.

Jeannette, sentada a su lado, dice:

-Para mí igual es súper difícil esto. Porque es un proceso súper fuerte dar la cara a todo Chile. Nadie que no sea de mi familia sabe que estoy privada de libertad.

Escribió el discurso en una tarde. Jeannette se paseó por los patios hablando con internas, preguntándoles qué querían decirle al Papa. Pero cuando llegó a su pieza, cuando estaba sola y se sentó en su cama, quedó en blanco. Fue repasar toda su vida en la cárcel, y mientras escribía, lloraba.

-Me dio mucha pena escribirlo. No voy a hablar de religión, porque no soy religiosa. Voy a hablar de lo que yo he vivido en la cárcel, de lo que he visto, de lo que he sentido todos estos años privada de libertad como mamá. Lo que he sufrido, el sufrimiento de mis otras compañeras que son mamás. Ese dolor, la separación de los hijos, el sufrimiento de las familias. Cómo es pasar las fiestas solas, la Navidad encerrada.

Pero el pasado 24 de diciembre, Jeannette pasó la primera Navidad libre después de ocho años. A su hijo le regaló un erizo de tierra.

-Ahí lo está tratando de agarrar, porque se resiste, le cuesta. Es como lo que me pasa a mí con él, retomar el vínculo con un hijo cuesta tiempo.

Jeannette dice que uno de sus momentos favoritos, a pesar de que al principio la situación la atormentaba, fue cuando salió del CPF y la trasladaron al CET, que está apenas a unas cuadras. Ese día vio por última vez el edificio Espacio 3. Hoy lo ve, pero de lejos.

-Y veo otras cosas. Puedo ver los autos, la luna, las estrellas. Tengo otra vista, otra perspectiva. Ya no veo a familias haciendo su rutina. Me imagino yo haciendo la rutina. Yo levantándome a trabajar, llevando a mi hijo al colegio. Yo llegando, prendiendo la luz y comiendo con mi familia. Y puedo ver eso porque no quiero más cárcel, quiero cortar las cadenas. Quiero cambiar

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