La guerra de Barros

Aunque es conocido por su vínculo de años con Karadima, su protagonismo en la visita del Papa reflotó la crisis que se vive en Osorno. Esta es la historia de una ciudad sin obispo, de un cura que no camina por las calles, que realiza pocas misas y que divide a sus feligreses. A pesar de los gestos públicos y secretos de Francisco, el sacerdote sigue en guerra con su propia iglesia.


Detrás de una reja, justo antes de comenzar una misa en la Playa Lobito de Iquique, una de sus últimas actividades en Chile, con el sol en la cara, rodeado de los escoltas del Vaticano, el Papa Francisco por fin, luego de días de silencio, habló:

“El día que me traigan una prueba contra el obispo Barros, ahí voy a hablar. No hay una sola prueba en contra, todo es calumnia. ¿Está claro?”.

Dos días antes, el 16 de enero, Fidel Espinoza -presidente de la Cámara y diputado socialista por la zona de Osorno- le entregó en La Moneda a Ivo Scapolo, el nuncio apostólico, una carta de la comunidad de laicos y laicas de Osorno. Iba dirigida directamente al Papa.

“Por favor, remueva al obispo de Osorno, no se le quiere como pastor, porque no aceptamos ni los abusos sexuales a menores ni a quienes encubrieron estos crímenes. Esperamos, Su Santidad, alguna reacción suya”, dice la carta a la que tuvo acceso Reportajes.

Apenas un par de horas después del respaldo recibido del Papa, cuando éste ya iba rumbo a Perú, Juan Barros volaba a Santiago junto al resto de los obispos. Al bajar del avión, se le vio sonreír.

Batalla en Osorno

-¿Es verdad lo que le imputa Juan Carlos Cruz? –preguntó Juan Carlos Claret, vocero del movimiento laicos y laicas por Osorno.

-Con el tiempo nos vamos a ir conociendo –respondió el obispo.

Fue el sábado 10 de enero de 2015, a las 8 de la mañana, cuando los feligreses se enteraron. Juan Barros Madrid había sido nombrado por el Papa Francisco como obispo de Osorno.

La conversación telefónica entre Claret y Barros se produjo el 13 de enero de 2015, luego de que Claret le escribiera una carta al ahora obispo dos días antes. El nombre de Barros ya sonaba como posible sucesor de René Rebolledo y el ambiente en la calle era de tensión. Se sabía su vínculo con Fernando Karadima, su rol en la parroquia de El Bosque y las declaraciones de Juan Carlos Cruz acusándolo de ser testigo de los abusos.

Fueron los mismos sacerdotes los que comenzaron a preparar la llegada del nuevo obispo. Había voces que estaban en su contra por su cercanía con Karadima, condenado por la Iglesia por abusos a menores, tanto entre los mismos sacerdotes como entre los fieles. Reuniones para poder zanjar el tema e incluso pedir la renuncia inmediata de Barros fueron muchas. La más importante fue en el subterráneo del Colegio Santa Marta, el 4 de marzo de 2015, en la primera visita de Barros a Osorno. Ahí comenzó, dicen, con una actitud distante e intransigente.

Claret también estaba en la reunión.

-Me hice pasar por cura, queríamos explicarle lo que estábamos haciendo. Le dijimos que renunciara al obispado, pero que trabajara como párroco con nosotros. Nos dijo que el Papa lo había nombrado como obispo y no como un simple cura. Lo dijo tal cual, con casi 30 curas de Osorno presentes.

Así, el sábado 21 de marzo, entre los gritos y las protestas de cientos de manifestantes, Juan Barros ofició su primera misa en la Catedral de San Mateo.

Según Mario Vargas, líder de Laicos por Osorno, la crisis interna siguió con la renuncia de varios sacerdotes a sus parroquias: Óscar Escobar, Hernán Monardes, Miguel Molina y Mario Mancilla. Este último, según Juan Carlos Claret, increpó en varias ocasiones al obispo por la renuncia del padre Molina. A lo que el obispo Barros, dice, respondía: si no le gusta, se va. Y en 2017 Molina se fue.

El padre Marco Henríquez, de Riachuelo, fue uno de los últimos en irse de su parroquia. Los intentos para tener una mejor relación con Barros, en grupos y uno a uno, no resultaron. Los sacerdotes querían que mejorara la relación con la comunidad, que estaba completamente dividida.

-Pero su argumento más grande era que si tenía la bendición del Papa podía seguir. Así se defendía, dice Henríquez.

La comunidad terminó dividida en dos bandos: los que estaban en contra de Barros y los que optaron por la indiferencia. Así, el obispo se fue asentando en la diócesis.

Pero las cosas no mejoraron y las protestas de la Organización de Laicos y Laicas de Osorno siguieron. Mario Vargas recuerda la primera reunión que consiguieron con el obispo. Fue en junio de 2015.

A las 7 de la mañana sonó el celular de Vargas. Era el arzobispo de Puerto Montt, Cristián Caro, quien le solicitó una reunión. “No hay problema”, le dijo. Como condición, Vargas le pidió que asistieran Barros y al menos cuatro integrantes de la organización.

Caro, dice Vargas, solicitó que fuera en un lugar apartado. Sin periodistas, sin grabaciones ni cámaras fotográficas. La reunión se hizo en la Casa de Ejercicios Betania, ubicada a unos tres kilómetros al norte de Osorno.

La cita comenzó a las 15.30. Barros, recuerda Vargas, los esperaba con galletas y café. “Ninguno de nosotros aceptó nada, le dijimos que sólo queríamos dialogar sobre la crisis que se vive en Osorno. En esa reunión, además, le preguntamos si Karadima lo había abusado. Barros se tomó la cara con las manos, respiró profundamente y dijo: ‘Gracias a Dios, no’”, señala el laico.

Caro, además, les reforzó que no existía ningún vínculo entre Barros y Karadima y que así lo habían demostrado las investigaciones canónicas y judiciales.

-En nombre del pueblo de Osorno le solicitamos, en esa reunión, que renunciara a su estado de obispo. Su presencia sólo ha generado división en la ciudad. La organización no va a cesar la resistencia pacífica, profética y orante para reivindicar un pastor digno para la diócesis de Osorno -afirma Vargas.

Ascenso impensado

El 15 de julio de 2018, Barros cumplirá 62 años. Nació en Santiago y estudió en el Colegio San Ignacio de El Bosque. Durante esos años coincidió en los pasillos ignacianos con el padre Felipe Berríos, el ex ministro del Interior Jorge Burgos y el ex canciller Alfredo Moreno.

Quienes lo recuerdan lo describen como una persona de pocos amigos. No era bueno para el fútbol, no era bueno para las fiestas. Le decían “el care guagua”. Buen alumno, dicen, pero lejos de estar entre los mejores.

Y si bien cuando pasó a tercero medio ingresó por primera vez a la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, a varios les llamó la atención que se hiciera sacerdote. Su vocación sacerdotal, de hecho, vino años más tarde, mientras estudiaba Ingeniería Comercial en la Universidad Católica. El 12 de abril de 1977 es la fecha en que se une al Seminario Pontificio Mayor de Santiago.

De familia religiosa, quienes han conversado con Barros aseguran un fuerte vínculo con el Padre Alberto Hurtado. Entre sus pertenencias se puede ver una fotografía en la que aparece Hurtado y su padre, quien fue su alumno mientras estudiaba en el Colegio San Ignacio. “Es un regalo enorme contar con gente que lo conoció directamente”, comentó Barros en la época en que era obispo de Iquique, entre el 2001 y el 2004.

Años más tarde, el 2006, en el Patio Alpatacal de la Escuela Militar, Barros oficiaría la misa del funeral de Augusto Pinochet en su calidad de obispo castrense. Fue nombrado en ese cargo en noviembre de 2004 y estuvo hasta el 2015.

Durante esa época se reencuentra con su ex compañero de colegio Jorge Burgos, para ese entonces ministro de Defensa. “Lo recibí un par de veces en el ministerio para temas del obispado, muy genéricos. Yo lo conocía, porque fuimos contemporáneos en el Colegio San Ignacio, aunque no fui su amigo”, recuerda Burgos.

El ex ministro comenta también las versiones de la época que aseguran que habría tenido un rol clave para la salida de Barros del Ejército: “Corre una versión de que yo fui influyente para que Barros saliera del obispado castrense. No me parece sea cierto. Él llevaba muchos años en el cargo y creo que lo había desgastado su cercana relación con Karadima. Creo que su inserción en las Fuerzas Armadas era pobre, no lo querían mucho. A mí me pareció que fue una buena noticia su salida, aunque lo de Osorno fue un grave error de la jerarquía”. Asegura que no hubo despedida alguna para Barros en las Fuerzas Armadas y la que se había organizado en la Catedral Castrense se suspendió, pues había riesgo de que lo funaran.

La polémica

7 de junio de 2011:

“…Sin perjuicio de que haya habido cosas que no me gustaran, como el mal genio del padre Fernando, que incluso a mí me afectó en alguna oportunidad (…). En cuanto a la forma en que el padre Fernando Karadima ejercía dirección espiritual, algunas características del padre Fernando pudieron traducirse para algunos en imposiciones sicológicas, es decir, pudo haber sido dominante con algunas personas. Me tocó ver al padre Fernando de mal genio, pero no conozco las repercusiones que tuvo en cada quien”.

20 de noviembre de 2015:

“Yo vivía y trabajaba en otros lugares. No presencié esos hechos señalados”.

El 18 de febrero de 2011, Ricardo Ezzati declaró públicamente que la Congregación para la Doctrina de la Fe de la Santa Sede había declarado culpable a Karadima. Las únicas declaraciones que ha hecho Juan Barros en relación al caso han sido dos. La primera, el 7 de junio de 2011, y la segunda, el 20 de noviembre de 2015, en la Corte de Apelaciones de Valdivia, por la demanda civil interpuesta por los denunciantes de la Iglesia.

Respecto de lo que declaró Juan Carlos Cruz sobre los abusos, dijo que se había enterado por la prensa. Y que no era cercano ni a él ni tampoco a James Hamilton o José Andrés Murillo.

Uno de los sacerdotes que estuvieron en El Bosque hoy cuenta la relación que se veía entre Barros y Karadima. Por esos años, Barros era uno de los curas mayores del lugar. Según el ex miembro de aquella parroquia, Karadima presionaba, le pedía favores y retaba a Barros. Dicen que se sentía incómodo e incluso violentado. Ahí comenzó a alejarse de Karadima, o al menos a tratar.

Barros, dice, fue una víctima más.

-Él no es compañero delictual de Karadima. Porque él sufrió abuso de conciencia y abuso de poder de su parte. En ese sentido, es víctima. Hacía una presión psicológica en nombre de Dios que configura un abuso.

Pero, según los sacerdotes que acudían a El Bosque en esa época, en esos años ya ocurrían actos ambiguos que algunos consideraban abuso sexual.

-El problema es que Barros, pese a la distancia que ha tenido en todo este tiempo para despertar de ese abuso, no ha sido capaz de hacerlo. Él no ha sido capaz de enfrentar el hecho de que Karadima abusaba de conciencia con él y no ha podido elaborar que eso era incorrecto.

Ya en 2004, el sacerdote Eliseo Escudero comenzó la investigación eclesiástica sobre el caso Karadima.

-El nombre de Barros no aparecía en ninguna parte. Ni siquiera como testigo, nunca. A Barros nunca le pedí antecedentes.

Luego vino Osorno.

Santísima defensa

Aunque ya han pasado tres años desde su nombramiento, la opinión de varios sacerdotes sobre Barros consultados por Reportajes es categórica: no está a la altura de un pastor.

Los mismos sacerdotes de la zona comentan que no tiene presencia en la diócesis. No va a las actividades públicas. A nada. Lo que sí visita son parroquias más rurales, las más alejadas del bullicio.

Es más, dicen las mismas fuentes, se han ido acostumbrando a su presencia. Uno de ellos explica por qué sigue en Osorno: “Lo hago por seguir al Señor, no al obispo”.

El padre César Torres, de la Parroquia de la Sagrada Familia, explica que el conflicto de Barros en la ciudad al principio comenzó por el tema de Karadima, pero luego eso pasó a segundo plano.

-Tiene que ver con su personalidad misma. Es un hombre que no llama mucho la atención, que tú no sabes qué sentimientos tiene. Es poco atractivo, distante. Si le preguntas a la gente cómo él celebra la eucaristía, no motiva, no entusiasma. En otras ciudades hay un pastor que representa, un pastor que está ahí muy presente, muy pendiente de la realidad, de su zona. En cambio aquí, Barros está no más.

Pero los primeros días de julio de 2017 fue el mismo Barros el que pidió otra reunión a Mario Vargas. Fue la que estuvieron esperando por dos años y medio. Este recuerda que al comenzar el encuentro, Barros propuso rezar. “Este no es momento de rezar, es momento de aclarar”, le dijo Vargas. Según relata, la primera pregunta que le hizo al obispo fue si había crisis en la Iglesia de Osorno. En la ciudad, empezó a comentar Vargas, hay parroquias cerradas, jóvenes que no están dispuestos a ser confirmados y gente que ni siquiera desea recibir la eucaristía. Barros se quedó callado.

-Aquí en esta ciudad tenemos un gobierno eclesial acéfalo, sin jefe –dice hoy Vargas.

La segunda pregunta -siempre de acuerdo a la versión de Vargas- tenía que ver con la participación de Barros en ciertos actos en la parroquia de El Bosque. Vargas tenía antecedentes de que el obispo había participado en las correcciones fraternales (juicios en los que se atemorizaba a los jóvenes disidentes, según el mismo Vargas) que Karadima realizó a Juan Carlos Cruz. El obispo lo negó tajantemente. Otra reunión más que no había resultado. Una más dentro de tantas.

La vida en la Iglesia de Osorno, hasta hace tres días, seguía tal cual. Una ciudad dividida por el obispo, pero que ya se había acostumbrado. Eso hasta que el Papa Francisco defendió públicamente a Barros el jueves 18. Una actitud que sorprendió a los fieles de Osorno, considerando la carta que se conoció a días de su llegada a Chile.

“Muchas gracias por manifestar abiertamente la inquietud (…) respecto del nombramiento de mons. Juan Barros Madrid. Comprendo lo que me dicen y soy consciente de la situación de la Iglesia de Chile”, se lee en el documento, fechado el 31 de enero de 2015 y firmado por el Pontífice, donde, además, se refirió a la idea de pedirle un año sabático a Barros.

Pocos días después de enviada la carta, según Juan Carlos Claret, el Papa Francisco se reunió con Barros. El vocero de los Laicos de Osorno dice que Francisco Javier Errázuriz lo recibió en su casa el 12 de junio de 2015. Según la versión de Claret, en esa instancia el cardenal le habría contado una anécdota que había pasado apenas cuatro meses antes.

Fue en febrero de ese mismo año, mientras Juan Barros estaba en un retiro espiritual en España con el jesuita Germán Arana, justo antes de que llegara a Osorno y cuando ya había estallado la crisis. Según Claret, al mismo tiempo, Errázuriz se encontraba en Roma en una reunión de cardenales, con la presencia del Papa Francisco, hablando sobre la reforma de la Curia. Al finalizar, el Papa le habría dicho a Errázuriz: “Quiero hablar con Juan”. Se refería al obispo de Osorno. Barros, luego de que Errázuriz se lo pidiera, habría viajado a Roma. El Papa, cuenta Claret, le habría dicho:

-No te voy a pedir la renuncia. Pero si tú me la presentas, te la voy a aceptar.

Luego de contarle aquella historia, Errázuriz le explicó a Claret, según él mismo, que ese ha sido uno de los mayores votos de confianza que el Papa le ha dado a Barros.

Una de las mayores enseñanzas de Karadima a los párrocos de El Bosque eran los tres amores blancos. El primero era Cristo en la eucaristía; el segundo, la Virgen, y el tercero, el Papa. Un ex sacerdote de aquella parroquia grafica así la importancia de estos mandatos para Barros:

-El Papa, para Barros, es Dios. Él tiene que inmolarse hasta el final por el Papa y por la Iglesia.

Mientras, en Osorno, la mayoría de los sacerdotes coincide en una cosa: Osorno ha tenido muchos obispos, Barros es uno más. Ellos, en cambio, seguirán hasta el final.

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