La mujer de las poesías de cárcel

Andrea Brandes tuvo un taller de poesía en la Cárcel de Alta Seguridad. En los 8 años que lo impartió por ahí pasaron, entre otros, Claudio Spiniak, Jorge Lavandero y Lenin Guardia. Ahora, junto al artista suizo-alemán Louis von Adelsheim, llevará una cárcel entera al MAC de Quinta Normal.

Sobre la pared de la casa de Andrea Brandes (60) está proyectada la imagen de una mujer en su celda de la cárcel de Valparaíso. La mujer, que está maquillada y su espacio está ordenado especialmente para la ocasión, habla sobre las circunstancias que la llevaron a prisión.

“Las mujeres están preparadas para hablar”, dice Brandes, quien después de ocho años haciendo un taller de poesía para presos en la Cárcel de Alta Seguridad, ahora trabaja en una exposición junto al artista visual suizo-alemán Louis von Adelsheim (64) que trasladará la cárcel de Valparaíso al MAC del Quinta Normal en abril del próximo año. “Los hombres son más cerrados”, prosigue Brandes. “Les cuesta mucho abrirse”.

El video que se ve sobre la pared será proyectado en el MAC simulando celdas de cárcel.

Mientras Brandes habla, Von Adelsheim va proyectando diferentes imágenes sobre la muralla que se usarán en la exposición: las ventanas de la cárcel de San Miguel, el cielo y los alambres de púas en camino La Pólvora en Valparaíso, un hombre que también cuenta su historia dentro de su celda. Un rato más tarde, Adelsheim vuelve a la mujer, ahí cruzada de piernas, contando su vida dentro del ordenado caos de su espacio. El maquillaje de la mujer ahora se empieza a correr a medida que las lágrimas caen.

La cárcel.

Andrea
Aunque estudió derecho en Chile y Alemania, a Andrea Brandes siempre le gustó escribir. A la cárcel llegó por casualidad. Había empezado a escribir un blog que llamó la atención de Pedro Arellano de la fundación Desafío de Humanidad, quien la contactó para que escribiera la historia de un convicto que había recaído. Partieron a la Cárcel de Alta Seguridad. El preso del que tenía que escribir Brandes no accedió a hablar, pero estando ahí a Brandes se le ocurrió hacer un taller. Sin dinero desarrolló un proyecto y se lo presentó al alcaide de la CAS. Le dijeron que sí. Y empezó a la semana siguiente.
Se quedó por ochos años.

“Al principio no sabía si iba a ser un taller de poesía o literatura”, dice Brandes. “Pero me di cuenta de que la poesía funcionaba mejor porque es una unidad. Por los traslados, porque se iban, por los castigos, la composición de mi clase mutaba mucho. Con la poesía cada clase podía cerrar en sí misma”, señala.

Brandes iba a la CAS una vez a la semana, de 9 a 5 de la tarde y hacía tres módulos de 15 alumnos. Es decir, 45 alumnos anuales en una cárcel para 150 personas. Brandes estima que entre el 2007 y el 2014, cuando terminó el taller, pasaron casi 200 alumnos por su taller. Muchos, especialmente los condenados a cadena perpetua, estuvieron los siete años. Otros, desaparecieron de un día para otro luego de que fueran trasladados por Gendarmería a otro penal.

El perfil de los presos de la CAS es el siguiente: hombres que han estado involucrados en crímenes emblemáticos, personas que Gendarmería considera líderes negativos, que tienen ascendente sobre la población penal. También líderes mapuches y hombres que cumplen cadena perpetua. En el taller de Brandes convivían Claudio Spiniak, condenado por facilitación de la prostitución infantil y abusos sexuales a cuatro mayores de 14 años; Jorge Lavandero, ex senador, condenado por abusos sexuales a menores; Lenin Guardia, ex mirista condenado por el caso carta-bomba a la embajada de Estados Unidos, e Israel Salazar, ex líder narco de La Legua que amenazó de muerte al ex fiscal Alejandro Peña. Desde el punto de vista carcelario, a Brandes le tocó hacerle clases a una élite penal, los presos con más “cartel”.

Por muchos años, Brandes hizo el taller sin custodia. Hasta que un director le mandó un gendarme con metralleta los últimos dos años. El gendarme se sentaba al fondo de la clase y terminó leyendo poemas, como los demás.

Pero al principio Brandes no le contaba a nadie que hacía el taller. Después de un tiempo, el tema salió en una comida. Alguien le dijo que los presos podían ocupar información en su contra para entrar en su casa o raptar a algún hijo. Sabían que vivía en Vitacura, el auto con el que llegaba a la cárcel, su composición familiar. Lo sabían todo.
Brandes se preocupó. Nunca lo había pensado. Le dio pavor. Y a la clase siguiente los sentó y les planteó el problema abiertamente. Se armó una discusión en lo que todos trataron de calmar a Brandes, de decirle que no le iba a pasar nada y que, todo lo contrario, si pasaba algo, contaba con ellos.

“A la clase siguiente, Israel Salazar, que era uno de los jefes narcos de La Legua, me entregó una carta para mi marido en la que decía que nunca jamás me pasaría nada, que no se preocupara. Yo le decía ¿por qué no me escribe a mí? El patriarcado funciona en esas cosas”, dice.

Claudio Spiniak estuvo desde el comienzo en su taller hasta que salió de prisión en 2013. Brandes lo recuerda: “Cuando yo vi a Claudio era un hombre que no hablaba nada. Completamente silencioso, casi no se movía porque estaba muy gordo. Tenía una tristeza infinita. De a poquito fue saliendo. Yo traté de explicarles a esos presos que esa familia era de empresarios brillantes. Fue una familia que se hizo su destino”.

Brandes cuenta que lo primero que escribió Spiniak en la cárcel fue un cuento sobre unas plantas de dill, una especia que se le echa a los pepinos en Europa. El cuento estaba relacionado con su familia, que hizo los Pepinos Club, unos pepinos en vinagre con dill. Su abuelo se trajo esas plantas desde Europa cuando emigró. Y las plantó en El Arrayán para hacer pepinos envasados. Ese fue el germen de las empresas relacionadas con Té Club. “A partir de eso se empezó a dar otra relación con los presos. Y Claudio empezó a florecer de nuevo. Delante mío nadie trataba mal a otro, pero yo me daba cuenta que había una tensión con Claudio, lo mismo con Lavanderos en un comienzo. Eso fue cambiando”, cuenta.

Según Brandes, uno de los tabús de la cultura carcelaria es nunca hablar del daño causado a las víctimas. “Si tratas de tocarlo, se cierran como ostras. Es una manera de sobrevivir. No dejan que el sentimiento de culpa se apodere de ellos. Un par de veces hice el intento y no había caso. Pero de a poco, al leer estos poemas en que tienes que meterte en el mundo de las emociones, de los otros, de a poco se fueron abriendo y empezaron a empatizar con las víctimas. En un mundo como las CAS, los presos cuidan el ‘cartel’, que es la fama de malo, de choro, básicamente. Cuando tú ves a un tipo con tremendo cartel acongojado porque realmente habían hecho daño, te impacta. Como a los tres años me contaron en Gendarmería que los que salían de la CAS estaban reincidiendo menos y que al cruzar los datos era por quienes habían hecho mi taller”, señala.
Brandes cuenta que en las cárceles es normal que los presos se dividan en grupos llamados carretas y que esos grupos tengan fricciones con otras carretas, que exista lucha de poder entre ellos. Con el paso del tiempo, con los poemas, se empezaron a sentar en una mesa larga que ellos llamaron la mesa del té Club. Los poemas de alguna manera empezaron a limar las asperezas. Según Brandes, el poema que más gustó fue “Adam Cast Forth”, de Borges. También leían Rilke, Rimbaud, Neruda, Violeta Parra. “Con el poema que Nicanor le escribe a Violeta, muchos se emocionaron y otros llegaron a las lágrimas”, recuerda Brandes.

Pero al final, lo que era un taller de poesía terminó siendo una suerte de terapia. “No sabían nada de las mujeres, ni de sus ciclos reproductivos ni cómo tratarlas. Me pedían consejos. Yo les decía que a las mujeres hay que escucharlas, que no hay que darles soluciones altiro. No sacas nada con acercarle una silla si no le preguntas por qué está cansada y escuchas lo que ella tiene que decir. Después me contaban sus resultados”, dice.

Una de las historias que más marcó a Brandes fue la de Manuel Tapia, un viejo choro de La Vega, con los antiguos códigos del barrio. Llevaba cerca de 27 años preso cuando lo conoció. Estaba ahí por robo con intimidación, pero al quebrantar su salido dominical y haber tenido intentos de fuga las condenas se empezaron a acumular.

Según Brandes, Tapia había aprendido a leer en la cárcel y se había leído todos los clásicos. “Me hice católico por San Pablo”, le dijo Tapia con voz de choro de barrio a Brandes. ¿Por qué? Le preguntó la profesora. “San Pablo le dio estructura a la Iglesia”, le dijo

Un día lo encontró muy enfermo. Lo llevó al doctor. Tenía cáncer. Escribió a los diarios, le escribió al entonces ministro Felipe Bulnes, y Sebastián Piñera terminó firmando un indulto.

Tapia murió como un hombre libre tres semanas después.

Brandes también celebró la Navidad con los presos. Un año llevó a algunos amigos de ella que son empresarios con sus señoras. Los presos leían oraciones. Llegó el director de la escuela Juilliard de música de Nueva York, quien tocó piano. Estaban José Luis del Río, de Homecenter; Sergio Cardone Solari, de Falabella; Carlos Aguirre, de las librerías Antártica; Aníbal Montero, de Salfa; Hernán Levy.

Los presos querían poner globos y Mickeys. Brandes negoció con ellos. “Ellos encontraban de maricones eso de poner velitas”. Querían ser machos hasta el final.

Brandes recuerda que Spiniak estaba emocionado de encontrarse con sus pares del mundo empresarial. “Los empresarios que llevé eran todos abiertos de mente, sabían que iba a estar Claudio Spiniak, que tenían que interactuar con él”, cuenta.
En marzo de 2015, Brandes llegó a la CAS para reiniciar su taller. Esta vez no la dejaron pasar. “Traté de regularizar mi situación pero nunca más me pescaron”, asegura.

No hubo explicaciones.

Louis y Andrea

El suizo-alemán Louis von Adelsheim se considera a sí mismo como un video-artista. Adelsheim ha hecho varias instalaciones en Chile. El 2010 iba a hacer una de sus exhibiciones llamada “Movimientos” en el MAC del Parque Forestal, pero el terremoto suspendió todo. Finalmente pudo llevarla a cabo en 2012.

Von Adelsheim y Brandes se conocieron al final de “Movimientos”. Brandes le ayudó como traductora con la prensa y se hicieron amigos. Al año siguiente, Von Adelsheim hacía una instalación en una cárcel en el sur de Alemania. “Inside is Outside”. La idea de Von Adelsheim era filmar la vida en prisión para luego proyectarla en los muros de la cárcel afuera a través de 40 proyectores. Al mismo tiempo, Von Adelsheim proyectaba imágenes del exterior al interior de la prisión. Cuando les preguntó a los presos qué querían ver de la vida allá afuera, los reos contestaron: “Carreras de auto y pornografía”.
Von Adelsheim ni siquiera se molestó en pedir permiso. En lugar de eso puso imágenes de sus otras exposiciones. Los presos podían ver esto desde sus ventanas.

Brandes lo visitó en Alemania para una de las exhibiciones en la cárcel en 2013.

Fue ahí que le propuso hacer un proyecto en conjunto. Le contó que Chile estaba en una etapa crítica respecto a su población penal y le dijo que replicara su proyecto de Alemania. Una vez acá, en 2014, empezaron. Ese mismo año en Gendarmería les dieron permiso para entrar a las cárceles y grabar.
Partieron con Valparaíso. “Pero nos dimos cuenta de que el mismo proyecto que hice en Alemania era impracticable en Chile”, dice Von Adelsheim. “Camino La Pólvora en Valparaíso es una zona peligrosa en la noche y nadie iría en la noche para ver proyecciones”, explica.

En el 3 x i, un encuentro de empresarios que se hizo a principios de año en Las Majadas de Pirque, organizado por la CPC, el proyecto llamó la atención, especialmente a la Cámara Chilena de la Construcción, que tiene programas de reinserción social de presos. Ellos ofrecieron financiar el 75% de la exposición. Brandes ya tenía el resto del dinero conseguido a través de una constructora.

En la exposición habrá diferentes experiencias carcelarias. La idea de Von Adelsheim es acceder a la cárcel, pero de una manera surrealista. En una sala los asistentes se podrán acostar en las camas de una cárcel y ver los sueños y miedos de los presos proyectados en el techo. En otro cuarto, llamado San Miguel, habrá un container negro que tendrá agujeros y a través de estos se podrán ver llamas en su interior.

“Como un artista extranjero, no vine a juzgar, pero sí a mostrar cosas, aspectos de la vida en la cárcel”, dice Von Adelsheim. “La realidad se discutirá en diferentes seminarios que habrá con diferentes expertos, pero la exposición es algo sensorial y atmosférico de la experiencia carcelaria”, explica. También habrá 75 proyectores apuntando a la fachada del MAC. Cuando la gente pase en la noche por el museo verá una cárcel proyectada. Y claro, el taller de Brandes también entrará dentro de la experiencia: en otro de los cuartos del museo se escucharán los mejores poemas de algunos de los alumnos del curso de poesía que ya han salido de la cárcel.

¿O sea que es probable que tengas a Claudio Spiniak leyendo sus poemas?
Brandes responde casi lacónica.
-No creo. Claudio no quiere nada público y yo he sido muy respetuosa de eso.

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