La última mordida del “Pitbull”

FOTOS: CAMILO TAPIA

Diego Rivas, el único representante nacional en UFC, la empresa de artes marciales mixtas más importante en el mundo, asegura que cumplirá un sueño el próximo 19 de mayo, cuando la marca se presente por primera vez en Chile. Además, cuenta cómo logró llegar al octágono y cómo afrontó la lucha más difícil de su carrera: el cáncer.


Los entendidos en esta disciplina coinciden en que un rodillazo al rostro es un golpe muy difícil de entrenar en combate: por su peligrosidad, y pensando en la salud del sparring de turno, suele evitarse. Es un movimiento que se educa únicamente atacando los thai pads o el saco de boxeo. Por eso que el impacto desató la euforia de los más de siete mil espectadores que llegaron esa noche hasta el MGM Grand Garden Arena de Las Vegas. Llamó principalmente la atención que el timing, esa palabra en inglés que el español simplificaría con sincronización, fuese perfecto.

En su segundo combate oficial en Ultimate Fighting Championship (UFC), la mayor empresa de artes marciales mixtas a nivel mundial, y tras peligrar en el primer round ante la experiencia en jiu-jitsu de su contendor, a Diego Rivas, el primer chileno en pisar el octágono, le bastaron 23 segundos para dar un giro definitivo a la pelea y sorprender a propios y extraños. Un rodillazo “de manual”, inesperado y muy preciso, con dirección a la cabeza, se anticipó al intercambio de golpes y noqueó instantáneamente al israelí Noad Lahat.

La ejecución no solo significó su segunda victoria tras su debut en 2014, ante el mexicano Rodolfo Rubio. También obtuvo el premio a “Actuación de la Noche” y pese a que tuvo lugar el 6 de febrero, en uno de los primeros eventos del año, fue escogido por el sitio oficial de la compañía como uno de los 10 mejores nocauts de 2016. Instaló, además, al chileno como una de las figuras más promisorias de la actividad.

“Fue un momento que no asimilé hasta que me bajé del octágono. Hubo muchas emociones de por medio por cómo se habían dado las cosas, venía de un entrenamiento duro, con problemas personales, así que era una pelea con mucha carga emocional. Y haber ganado así fue espectacular. Lo que trabajamos se dio, la estrategia salió muy bien”, recuerda el oriundo de Cholchol.

La alegría, sin embargo, duró poco. Tras el combate, el “Pitbull”, como se le conoce, regresó a Chile para descansar un par de semanas y tratar una bursitis que afectaba precisamente su rodilla. Fue allí, tras un examen de rutina, cuando le dieron la noticia que, creyó, acabaría con todas sus aspiraciones… y también con su vida. Tenía cáncer.



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La infancia de Diego Rivas fue tranquila. En su familia lo recuerdan como un niño bastante inquieto, hiperactivo, fanático del deporte desde temprana edad. En el campo, alrededor de Cholchol, cuentan que pasaba las tardes explorando, corriendo o en bicicleta, saltando los canales junto a sus primas o jugando alguna pichanga en la multicancha con su grupo de amigos. Único hombre, el menor de tres hermanos, estudió en el pueblo hasta séptimo básico y luego se matriculó en el Liceo Pablo Neruda, de Temuco.

Pero en 2007, cuando tenía 15 años, todo cambió de golpe. Una tarde, mientras tomaba once junto a su familia, su madre, Rosa Figueroa, comenzó a sentir fuertes dolores de cabeza. Preocupados, la acompañaron rápidamente al consultorio más cercano y, posteriormente, a la clínica. Fue la última vez que la vieron: un repentino derrame cerebral acabó con su vida.

La pérdida marcó un antes y un después en la vida de Diego. Como una suerte de terapia, con el fin de mitigar el dolor, decidió incursionar en las artes marciales. Hacía tiempo que intentaba convencer a su familia de ingresar al Gimnasio Okinawa de Temuco para practicar karate, al igual que su prima Abigail Figueroa. Pero cada vez que deslizó la posibilidad, precisamente su madre, sobreprotectora, temerosa de la violencia, se lo impidió.

En el dojo, Rivas conoció la que se convertiría en su nueva pasión: las artes marciales mixtas, hasta entonces una disciplina poco conocida. Llamó su atención por el constante intercambio de golpes y la variedad de especialidades que reunía. Le aseguraba, además, mayor acción que el karate, por lo que pronto, sin avisarle a sus familiares, cambió el compromiso inicial y se dedicó por completo a este nuevo desafío.

“Empezó a meterse en las artes marciales mixtas sin decirnos. Nosotros nos enteramos cuando él ya estaba involucrado en este deporte y era su fascinación. Siempre fue muy dado a la actividad física, pero nunca se me hubiese pasado por la mente que fuese a ser peleador”, confiesa su hermana, Waleska.

Jonathan Ortega, uno de los primeros entrenadores de Rivas en su llegada al gimnasio, y aún a cargo de su preparación, recuerda que pese a sus 16 años, el aprendiz exhibía un estilo de pelea agresivo, aguerrido: “No se echaba para atrás con los golpes, era muy valiente”. Esas cualidades le valieron el apodo de “Pitbull”, pese a que no es de su completo gusto.

Cuando terminó la enseñanza media comenzaron los problemas. Diego ingresó a la Universidad de La Frontera para estudiar Ingeniería Civil Industrial, pero a esa altura su prioridad era profesionalizar su carrera como luchador. El dinero que le daba su padre lo gastaba en alimentación y suplementos. En las clases le costaba prestar atención, habitualmente tenía la mente en el gimnasio, llegaba cansado desde sus entrenamientos o, en otras ocasiones, simplemente se dedicaba a ver videos de sus referentes en la actividad.

Waleska recuerda que tuvieron varias discusiones al respecto. “Cuando él, por estar metido en el deporte, se echó un par de ramos de la universidad, conversamos y le dije que no podía dedicarse solamente a pelear, porque no iba a darle para vivir”, explica. Diego, sin embargo, no daba su brazo a torcer. Su carrera iba en franco ascenso y, tras participar en el Master Fight Championship (MFC), principal torneo criollo de artes marciales mixtas, se trazó como meta llegar aún más alto: a la UFC.

“Jamás imaginé que iba a llegar donde está. De hecho, una vez lo conversamos. Yo le decía: ‘Por favor, aterriza. Ningún chileno está en UFC, ¿adónde vas a llegar allá?, si no tenemos los recursos’. Era algo imposible de lograr. Lo veía en las competencias en Chile y le pagaban 20 mil o 30 mil pesos por una pelea. ¿Cómo iba a vivir con eso? No se podía dedicar a pelear así”, cuenta su hermana.

Pero el sueño se hizo realidad. En 2014, número uno de Chile en la categoría de 65 kilos, con un récord de cinco victorias en cinco combates, y con la ayuda de Alfredo Silva, instructor jefe del Gimnasio Okinawa, el “Pitbull” postuló a la primera versión latinoamericana de The Ultimate Fighter, reality show en que 16 peleadores profesionales compiten entre sí por un contrato en la UFC. Y el resultado fue positivo: fue seleccionado entre más de 600 participantes como parte del equipo entrenado por el luchador brasileño Fabrício Werdum.

“Cuando se me dio esta posibilidad de irme del país, era bastante arriesgado, podía perderlo todo. Era tirar una moneda al aire, probar suerte. Mi familia en un principio no estaba convencida, y en realidad fue por medio de una tía que decidí ir. Me dijo: ‘Si este es tu sueño, debes hacerlo, las oportunidades no se dan dos veces en la vida’”, recuerda Diego.

En el encierro, Rivas se enfrentó al mexicano Gabriel Benítez en uno de los mejores combates que ofreció la temporada. Y aunque fue derrotado por sumisión -se rindió ante una estrangulación- en el segundo round, su gran performance le abrió las puertas para debutar en las ligas mayores el 8 de noviembre de 2014, durante el UFC Fight Night 56. En esa pelea, su primera pelea, el “Pitbull” se jugaba su sueño: “La condición era de que si ganaba, me quedaba con un contrato. Ganaba o perdía todo”, aclara. Un triunfo por decisión unánime, ante el también mexicano Rodolfo Rubio, selló la firma.



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El 2015 fue un mal año para Diego Rivas. Lesiones en ambos hombros y diversas molestias le impidieron ir al octágono. Recién pudo regresar en 2016, en el UFC Fight Night 82, frente a Noad Lahat. El israelí de 31 años y récord 9-1 se presentaba como un duro escollo para la operación retorno. Pero el “Pitbull” resistió los embates de su oponente y, en el segundo asalto, sorprendió con un nocaut que dio vuelta el mundo.

“El primer round Diego lo perdió porque el israelí era muy bueno en jiu-jitsu. Pero nosotros nos habíamos preparado en defensa. Lo habíamos programado para que defendiera los ataques, la especialidad de él. Lo preparamos bien. Y, bueno, luego sucedió lo que sucedió, porque Diego siempre ha hecho esa rodilla”, explica Jonathan Ortega.

La euforia del triunfo se desvaneció con rapidez.

“Cuando llegué a Chile tras el combate me detectaron que tenía cáncer testicular. Y no era simple, era un cáncer bastante agresivo, que ya estaba invadiendo mi sangre y mis gánglios. Fue otro proceso muy difícil, ahora peleaba por mi vida”, detalla Rivas. Para el de Cholchol, cáncer era sinónimo de muerte. “Pensé dos cosas: no voy a pelear más y no voy a ver más a mi familia”.

A Waleska le cuesta hablar sobre el proceso. Se toma un segundo, piensa un poco más la respuesta. Tras el fallecimiento de su madre, muchas veces asumió ese rol con Diego. “Es un tema como bien, ay… -se emociona- no sé. Cuando nos enteramos obviamente te viene el susto, el miedo, porque uno escucha la palabra cáncer y dice ‘se va a morir’. Pero tratamos de tomarlo con calma, porque sabíamos que hay que transmitirle serenidad a la persona afectada, y no desesperarse uno”, dice.

Ortega, por su parte, cuenta que en principio en el equipo de trabajo de Rivas tuvieron la misma reacción, de mucho temor. Pero destaca que se tranquilizó con la actitud que mostró su pupilo. “Lo tomó muy fuerte esto. Se mantuvo tranquilo y, digamos, pasó esa etapa, la más peligrosa de su vida, bastante bien. Tuvo que tener harta entereza y coraje para asumir eso. Y claro, mientras estaba en tratamiento, tuvo que bajar la intensidad de los entrenamientos, pero igual se movía”, asegura el coach.

Su hermana Waleska tiene una percepción distinta. “Diego pasó por etapas donde se veía sereno, tranquilo. Pero, como cualquier persona que vive un proceso así, se cuestiona muchas cosas y también llega un momento donde se te acaban las fuerzas, donde dice ‘no sigo con esto’”.

Pese a que la operación fue exitosa, en efecto, el “Pitbull” no se convencía. Sentía que sus articulaciones estaban débiles, sus rodillas y sus codos especialmente. Se le salían las uñas. No perdió el cabello, pero percibía de una extraña forma que su físico no era compatible con el deporte.

“Recuerdo un día en que estaba súper bajoneado con el tema. Me decía que quizás no podía seguir en esto. Y entonces le dije: ‘¿Sabes qué? Hemos probado distintas terapias contigo y no están funcionando, así que hay que ser duro no más, hay que dejar de ser el pobrecito’. Lo reté, le dije hartas cosas, que tenía que tirar para arriba, y que tenía que salir adelante, porque en el cáncer influye mucho el tema anímico. Fue como aplicar terapia de shock con él, porque fue un proceso fuerte”, explica su hermana.



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Tras los ocho meses más duros de su vida, Diego Rivas derrotó al cáncer con el único objetivo de volver a pelear al más alto nivel. La UFC, enterada de su situación, rápidamente le ofreció un combate ante el mexicano José Quiñónez en el Fight Night 114 y el “Pitbull” aceptó el reto. Así, durante cuatro meses inició una estricta concentración, en la que, además, bajó una categoría (de 66 a 61 kilos). Pero el regreso no fue el esperado: por decisión unánime cayó por primera vez en su carrera.

“Lo que pasó fue que cambió de peso y que se mantuvo entrenando muy fuerte por un período de tiempo muy prolongado. Entrenó cuatro meses muy fuerte. Cuando pasa eso, el peak de la energía baja. Tú puedes llegar a los dos meses al máximo, y después te sobreentrenas”, explica Ortega.

Diego prefiere no dramatizar con la derrota. “Hasta el día de hoy es una pelea que no me gusta, que sentí que no era yo, pero ya pasó. Así como gané, también perdí, y ahora solamente pienso hacia adelante”, sostiene.

El futuro, en esa línea, es prometedor. Acaso en el peor momento de su carrera, tras una larga inactividad a causa del cáncer y un retorno, por decir lo menos, doloroso, la UFC volvió a golpear la puerta de Rivas. Por primera vez en la historia, y en su aniversario número 25, la compañía desembarcará el próximo 19 de mayo en Chile. El “Pitbull” podrá cumplir con el sueño de pelear de local: en la velada medirá fuerzas ante otro ex participante de The Ultimate Fighter Latinoamérica, el argentino Guido Cannetti.

“De todo lo que ha vivido en la UFC, es lo mejor que le ha pasado. Es lo que él siempre anhelaba, demostrar que aquí en Chile hay buenos preparadores, peleadores. Que se puede conseguir un buen nivel entrenando acá, y motivar a más gente que participe de esto”, dice Waleska, quien de pronto recupera el tono maternal y advierte que “el día que Diego me diga ‘no voy a pelear más’, voy a ser feliz”.

Rivas, por su parte, admite sentirse ansioso, quiere que llegue pronto el combate. “Hace tres años que no peleo acá en mi casa. Tres años que nunca he peleado con público a mi favor. Y esta vez va a ser mío, la gente va a estar gritando mi nombre, se va a sentir el “ceacheí”. Estoy muy contento, ya quiero sentir esa energía y pelear”.

Además, cree que su participación contribuyó a que la empresa se inclinara por el país para iniciar el denominado “Tour de Las Letras”. “Hubo un antes y un después. El que haya llegado ahí y peleado, que haya ganado y que la gente que ve UFC diga ‘mira, hay un chileno ahí y está peleando’. Yo creo que también, de cierto modo, con eso aporté un grano de arena para que hoy el UFC esté aquí”.

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