Las fallidas gestiones por chilenos en Rusia

El 2017, Jorge Bazáez, uno de los chilenos que varó en la Unión Soviética después del golpe, fue al consulado de Chile en Moscú y contó a las autoridades consulares la situación en que estaban estos chilenos, en particular Víctor Yáñez y Víctor Fuentes, quienes dormían en la calle.


A Jorge Bazáez se le llenan los ojos de lágrimas nada más empieza a recordar. “Ese soy yo”, dice, y apunta a la figura de un niño sentado a un extremo de la misma fotografía que ilustra la portada del libro Viaje a las estepas, cien jóvenes chilenos varados en la Unión Soviética tras el golpe, del historiador de la UDP Cristián Pérez. Investigación que dio a conocer Reportajes en su edición del domingo 27 de mayo pasado.

“Tenía entonces 17 años, solo octavo básico rendido en una escuela rural unidocente y las zapatillas rotas”, rememora al ver la fotografía que les tomaron el 4 de septiembre de 1973 en las escaleras de la sede de la Federación de Estudiantes Secundarios (Feses), en calle Dieciocho, en el centro de Santiago, donde albergaron a los jóvenes antes de partir becados a la Unión Soviética para capacitarse como técnicos agrícolas.

“Aunque entonces vivía cerca de Los Andes, nunca había viajado a Santiago, ni a ningún otro lugar. Todos proveníamos de familias muy pobres, trabajábamos de temporeros en los campos cercanos a nuestras casas”, dice Bazáez sobre quiénes partieron a la Unión Soviética por una aventura que sería, según les dijeron, de tres años, pero que nunca terminó. El golpe de Estado del 73 se desencadenó casi el mismo día en que iniciaban sus clases en el internado de la Escuela Media Técnica Profesional N° 9 de Akhtyrskiy, cerca del Mar Negro, a más de 14.000 kilómetros de sus hogares.

“De los 100 que fuimos a Rusia, apenas 25 pudieron volver a Chile décadas después”, recuerda. Y algunos lo hicieron solo por unos años. “ Lo más ingrato ha sido la reinserción en Chile”, reclama. Bazáez tardó 10 años en que el Estado chileno reconociera su título de ingeniero agrónomo obtenido en Rusia. Otros de su grupo no lo lograron jamás.

Como consultor internacional en fruticultura para empresas italianas, ha viajado tres veces a Rusia, incluso ha vuelto a Krasnodar y Akhtyrskiy para ver a sus compañeros chilenos que se quedaron. Bazáez calla un momento y la emoción se apodera otra vez de él. “Hay muchos que están enfermos, viviendo con pensiones asistenciales de menos de 200 dólares, hay algunos en situación de calle, durmiendo en albergues. Casi todos están separados y viviendo solos, casi en el olvido. Cómo lo hacen para poder volver a Chile”, relata.

El 2017, Bazáez fue al consulado de Chile en Moscú y contó a las autoridades consulares la situación en que estaban estos chilenos, en particular Víctor Yáñez y Víctor Fuentes, quienes dormían en la calle. “‘Sabemos quiénes son los chilenos que están acá’”, le respondieron con displicencia cuando pidió ayuda para repatriarlos.

“He hablado con parlamentarios de izquierda y derecha. Hablé con un diputado comunista… Qué memoria más corta, se olvidaron de este grupo que hoy pasó a ser gente extraña”, dice Bazáez molesto. “Ha existido displicencia, incluso discriminación”, afirma mientras las lágrimas humedecen una vez más sus ojos.

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