La Tercera

Las marcas del asesor preferido de Bachelet

La última fijación del sociólogo Pedro Güell -considerado el inspirador de las principales reformas promovidas por la Mandataria- es la amenaza de una contrarreforma del gobierno de Sebastián Piñera que deshaga lo logrado por la actual administración. Esta es la historia, desencuentros y victorias del asesor presidencial más influyente y polémico de La Moneda.

“Voy a contarle algo, yo hace algunas horas les pedí la renuncia a todos los ministros y me voy a dar 72 horas para tomar la decisión: quiénes se quedan, quiénes se van”. Eran pasadas las 10 de la noche cuando, sentada frente a Don Francisco, el 6 de mayo de 2015, la Presidenta Michelle Bachelet participaba en vivo del programa de televisión Qué le pasa a Chile. Con voz entrecortada y visiblemente nerviosa, la Jefa de Estado daba por televisión abierta el -hasta hoy- golpe de timón más profundo de su segundo mandato y que implicó la salida del comité político que la acompañó en el debut de su segundo mandato -ministro del Interior, Rodrigo Peñailillo, incluido- en pleno.

No pocos dudan que ese momento fue un instante estelar para el director de políticas públicas de la Presidencia, Pedro Güell, considerado al término del actual gobierno como el más influyente asesor de Bachelet.

No sólo salía del corazón de La Moneda el principal delfín político de la Mandataria -Peñailillo-, quien constituía un dique en la relación de Güell con la Presidenta, sino que mientras varios sacaban cuentas alegres por la posibilidad de un freno a las reformas impulsadas por el gobierno -como se interpretó el desembarco de Jorge Burgos en Interior y Rodrigo Valdés en Hacienda-, el sociólogo sabía que el camino iba a ser otro. Una suerte de pausa, pero para tomar impulso. El “realismo sin renuncia” que se acuñó poco después y que quedó entre las principales marcas que Güell deja en su paso por La Moneda.

Pero no sólo eso. El anuncio en televisión abierta de Bachelet constituía también la máxima expresión del consejo más recurrente del sociólogo para impulsar la popularidad de la Mandataria: “Hagamos que la Presidenta sea pop”.

Por esos días, los índices de aprobación de la administración de Bachelet iban en caída libre. La irrupción del caso Caval -que vinculó al hijo de la Mandataria, Sebastián Dávalos, y a su nuera, Natalia Compagnon, en una polémica compra de terrenos en Machalí, en la Región de O’Higgins- y el estallido del escándalo de financiamiento irregular de campañas políticas que terminó involucrando a Peñailillo y la denominada precampaña de la misma Bachelet terminaron por horadar la hasta entonces incombustible popularidad presidencial

Güell –quien ideó la puesta en escena en TV, donde se comunicó la renuncia del gabinete, pese a que cuando se le consulta directamente lo niega- confiaba en revertir ese escenario con golpes de efectos. Por esos días, la cercanía entre él y la Presidenta aumentaba cada vez más.

En La Moneda, las diversas fuentes consultadas coinciden en que durante el primer año de mandato de Bachelet la influencia del sociólogo estaba contenida. Una razón no menor de ello era la presencia de la entonces jefa de gabinete de la Mandataria, Paula Narváez, quien nunca simpatizó con Güell. La hoy ministra vocera -sin embargo- debió dejar su puesto en julio para tomar su licencia de posnatal.

Otros contrapesos del sociólogo eran el propio Peñailillo y la jefa de la Secom, Paula Walker, quienes revisaban sus discursos, una situación que lo incomodaba.

La salida del entonces ministro del Interior y la renuncia de Walker a la Secom pocos meses antes -en marzo de 2015- potenció la voz del académico de la Universidad Alberto Hurtado en los pasillos del segundo piso y el entorno presidencial. Así, Güell consolidaba su ascenso.

La tríada: un neobacheletismo

En los años de gobierno, el sociólogo ha tenido dos aliadas incondicionales: la actual jefa de gabinete de Bachelet, Ana Lya Uriarte, y la jefa de prensa de la Mandataria, Haydée Rojas.

En mayo de 2015, además, sumó al entonces vocero de gobierno, Marcelo Díaz. Los cuatro solían tomar desayuno los martes en la oficina de Uriarte -en el segundo piso de Palacio- para definir la bajada comunicacional del gobierno. El lugar era estratégico: a varios de esos desayunos de sumaba la propia Bachelet cuando los veía reunidos.

Junto a Uriarte -quien reemplazó a Narváez por el posnatal, pero que se quedó en el cargo hasta ahora- y Rojas, Güell ha logrado formar una tríada poderosa, una suerte de neobacheletismo, y al término del segundo mandato de Bachelet nadie duda que son “las llaves” para llegar a la Jefa de Estado.

Güell, afirman en el gobierno, conversa a diario con la Mandataria y opina sobre todas las materias. El tono pausado para hablar, algo condescendiente y siempre educado se ha hecho su marca registrada en La Moneda.

Nacido en Concepción, el sociólogo de 50 años militó en sus inicios en el PPD, pero hoy se define a sí mismo como un militante independiente de izquierda.

Nadie pone en duda -pese a las críticas, muchas de ellas internas- que Güell es la base intelectual del segundo gobierno de la Mandataria y quien defendió -aun en los momentos más complejos de la administración- que las reformas debían concretarse cualquiera fuera el escenario político o económico imperante.

Al amparo del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), y bajo la dirección del investigador Norbert Lechner, Güell comenzó a desarrollar, desde sus inicios como sociólogo, una tesis sobre la paradoja entre el avance económico y las desigualdades.

Es esta idea-fuerza la que, insistía en privado cuando se veía cuestionado, era el sustento de las reformas de la Presidenta Bachelet y que, por lo demás, ha estado presente en las más de cien publicaciones que ha realizado el sociólogo durante sus años académicos.

Nadie sabe con certeza en qué momento Bachelet puso sus ojos en Güell, aunque son varios los que coinciden en que fue durante la primera campaña presidencial de la Mandataria que ambos se conocen.

Quienes han trabajado estrechamente con la Jefa de Estado sostienen que la debilidad que esta tiene por los organismos internacionales fue un puente de plata para que Güell consolidara su influencia en Bachelet.

Por más de 15 años el sociólogo trabajó en el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y sus informes eran conocidos en las filas de la centroizquierda. Varios recuerdan, incluso, que Güell fue consultado en reserva, pero periódicamente, por el entonces poderoso jefe de la Secom, Juan Carvajal, acerca de distintos temas de gobierno.

El 2010, tras el término del primer gobierno de Bachelet, el sociólogo ya se había ganado un sillón en el directorio de la Fundación Dialoga, institución ligada a la Presidenta y que buscaba defender los logros de esa administración.

Ocho años después -cuando Bachelet finaliza su segundo mandato-, Güell se ha erguido como el guardián del “legado”, una palabra de la que también se le responsabiliza y que genera cierta incomodidad en un sector de gobierno donde se le considera “pretenciosa”.

Imbuido en su rol, el sociólogo no se tomó vacaciones y durante enero y febrero su pulcra y ordenada oficina en el segundo piso de La Moneda se ha convertido en el centro de operaciones donde se reúne el material que da cuenta de lo realizado en estos cuatro años de mandato. Allí, Güell está estructurando un completo mapa de las reformas de Bachelet y recopilando todos los hitos del gobierno. Además, está organizando los discursos de la Mandataria, sus cuentas públicas y la rendición de cuenta de la gestión del gobierno de la Presidenta. En esa línea, hace algunas semanas, incluso, mandó a pedir a la Segpres todos los proyectos de ley que fueron enviados y aprobados durante la gestión de Bachelet.

La gran obsesión del asesor presidencial -en todo caso- es la supuesta amenaza de una “contrarreforma” de Sebastián Piñera. Según varios de los consultados en Palacio, Güell está convencido de que el nuevo Mandatario buscará desmantelar los avances sociales de la actual administración y que hay que prepararse para defender los que considera conquistas de la ciudadanía.

“Hablar en difícil”

“Te lo digo con todo respeto, Pedro, pero si mi jefe de gabinete -que es bien inteligente- salió de tu reunión sin entender nada, es que tienes un problema grave”. Esas fueron las palabras -más o menos- con que una ministra se quejó ante el sociólogo luego de una de las habituales citas que éste sostenía con funcionarios de los distintos ministerios.

La anécdota sirve para graficar el que se considera el talón de Aquiles de Güell y una de las críticas más recurrentes de pares, subalternos y superiores: “Habla en difícil”, “no logra bajar sus propuestas”, etc.

El marcado lenguaje académico y la voz pausada, además del vicio permanente de fumar, le valieron al sociólogo uno de sus apodos en La Moneda: “El poeta alemán”.

Pero esa característica sumada a su falta de redes políticas lo han hecho blanco predilecto de dirigentes de la Nueva Mayoría, en general en medio de los vaivenes de popularidad del gobierno y, en particular, tras la derrota presidencial de noviembre de 2017.

Sus detractores le atribuyen a ese déficit las disonancias producidas entre las reformas impulsadas por Bachelet, la implementación de éstas y cómo eran percibidas por la ciudadanía. “La gente quiere reformas, son cambios que hay que hacer”, solía repetir casi como un mantra cuando los cuestionamientos se desataban, una frase con la que suele graficarse lo que se considera un “voluntarismo” a todo evento que habría debilitado su rol en el oficialismo.

Su principal sostenedora, la propia Presidenta, en todo caso, siempre sintonizó con su diagnóstico, incluso a contrapelo de la Nueva Mayoría, y cuando las encuestas le eran desfavorables, lo que generó varias tensiones al interior del gobierno.

También su idea de que “el gobierno de Bachelet no era, ni debía ser entendido por la ciudadanía como un quinto gobierno de la Concertación” generó fuertes anticuerpos por el aire refundacional, que terminó metiendo una cuña en las filas oficialistas que por estos días algunos consideran insalvables.

Las cargas del asesor

Su bajo perfil -nunca dio una entrevista mientras duró el gobierno- no lo han neutralizado para dar batallas duras en La Moneda, la mayoría de las cuales ganó.

Uno de esos episodios fue el conflicto que se vivió en diciembre de 2015 con la salida de la entonces encargada de la Unidad de Gestión de Programa de La Moneda, Patricia Poblete. Quienes conocieron en detalle la historia, aseguran que la influyente asesora de la Mandataria no cultivaba una buena relación con Güell y tampoco con la jefa de gabinete, Ana Lya Uriarte. En particular, Poblete estaba incómoda por la superposición de responsabilidades que tenía con el sociólogo. La economista DC trabajaba de manera independiente y notificaba de su trabajo en el seguimiento de políticas públicas directamente a la Presidenta. Pero Güell -cuyo cargo es director de Políticas Públicas- permanentemente pedía reportes de su trabajo. Aunque en el gobierno -en ese momento- se atribuyó su salida a problemas de salud, en La Moneda eran conocidas sus desavenencias con el sociólogo.

La mano de Güell generó especialmente desencuentros en el área de comunicaciones. Ya con Walker fuera de la Secom -debido a tempranas diferencias con Peñailillo-, el sociólogo se entrampó en una serie de tensiones con su sucesor, Carlos Correa.
Fueron varias las ideas que se encontraron con la férrea oposición de Correa que terminaron por desgastar la relación.

Una de las más recordadas fue la presión que ejerció para que -en medio de la Copa América, a mediados de 2015, y en momentos en que la Presidenta comenzaba su caída en las encuestas tras el estallido del caso Caval, Güell propuso reunir a todas las madres de los futbolistas con la Mandataria. La idea, sin embargo, no prosperó.

Poco después, en julio de ese año, Correa se sorprendió cuando en una actividad oficial de La Moneda se desplegó una gigantografía con el lema “Todos x Chile”. Desde la Presidenta a los ministros, todos portaban chapitas con el eslogan. El director de comunicaciones de gobierno se indignó. Primera vez que veía la campaña que fue trabajada con una agencia externa. Horas más tarde, Correa presentó su renuncia indeclinable.

El sucesor de Correa, Germán Berger, también debió lidiar con las ideas de Güell, aunque en Palacio se señala que, en general, la relación de ambos fue fluida. Pese a ello, Berger tampoco dio lugar a una idea del sociólogo que proponía instalar a la Presidenta Bachelet -sola- en plena Plaza Italia para encabezar la promulgación de la nueva ley de partidos políticos que, entre otros aspectos, restringía la propaganda pública en campañas.

El último desencuentro de Güell que terminó en renuncia fue con el encargado de la dirección de estudios de La Moneda, Rodrigo Uribe. El sicólogo había formado parte activa en la campaña de Bachelet, encargado principalmente del área de marketing y percepción, y había sido uno de los asesores comunicacionales más reconocidos del ex Presidente Eduardo Frei. Ambos tuvieron -aseguran en Palacio- diferencias insalvables para abordar los contenidos de gobierno.

En La Moneda, para nadie es nuevo que el sociólogo es académico obsesionado con el comportamiento de las personas. Así, por ejemplo, Güell se mezclaba entre la multitud en los actos masivos de gobierno. Fue lo que hizo en octubre de 2015, cuando cientos de personas llegaron hasta el Teatro Caupolicán para celebrar los 27 años del Triunfo del “No”, cuando vestido con ropa informal, el sociólogo se ubicó alejado de los funcionarios de gobierno y de ministros y subsecretarios que se ubicaban en lugares privilegiados y en primera fila.

Y es que, en el fondo, a pesar del cargo estratégico que ocupó en los últimos cuatro años, Güell continúa considerándose un intelectual y asegura no ser un político. Sus planes futuros tras el término del gobierno en una semana más van encaminados precisamente en esa línea: volverá a hacer clases en la Universidad Alberto Hurtado.