La Tercera

El primer politrans de Santiago

EQUIPO DE IDENTIDAD DE GENERO DEL HOSPITAL SOTERO DEL RIO. EN EL CENTRO DR JOSE LUIS CONTRERAS Y A SU DERECHA LA MATRONA CYNTHIA ARANGUIZ FOTO: RUDY MUÃ?OZ / LA TERCERA

El 30 de enero, el Hospital Sótero del Río inauguró el primer programa de identidad de género de la Región Metropolitana. El objetivo es brindar atención especializada a personas trans, para que puedan acceder a un tratamiento integral sin que su condición sea considerada una enfermedad. Hoy son 120 los inscritos que buscan dejar atrás la contradicción entre sus cuerpos y su identidad, y que lo único que quieren es dejar de vivir en tránsito.

-Es mejor que te quedes callada. No lo vuelvas a decir delante de nadie más. Ni a tu papá ni a tu hermana.

Corría octubre de 2003 y Maximiliano Herrera, en ese entonces Carla, por primera vez, se confesaba con su mamá. Tenía apenas siete años. Le dijo que era hombre, que no entendía por qué tenía cuerpo de mujer. Era morena, tenía los ojos azules, el pelo largo y llevaba puesto un vestido celeste con margaritas, hasta la rodilla. Se peinaba frente al espejo, nerviosa, mientras su mamá la miraba. O lo miraba.

Tenía nombre de mujer, cuerpo de mujer, se veía como mujer, pero no se sentía mujer.

Desde ese día, Maximiliano vivió atrapado en el cuerpo de Carla. Hasta los 18 años.

Maximiliano

El jueves 14 de diciembre del año pasado fue el primer día. Maximiliano por fin podría acceder a un tratamiento hormonal gratuito. La endocrinóloga del programa de identidad de género del Sótero del Río lo atendió a las 8.30 am. Le dijo que le reducirían la progesterona y de a poco entraría en un proceso de masculinización. Pero lo primero que había que hacer, mientras esperaban los exámenes de sangre para empezar con los medicamentos, era enfocarse en el deporte y la buena alimentación. La grasa y las frituras generaban estrógeno en el cuerpo -la hormona sexual femenina-, evitando que la inyección de testosterona se sintetizara bien.

El viaje de Carla a Maximiliano había empezado.

El Hospital Sótero del Río es el más grande de Chile. Atiende a un millón y medio de personas, entre ellas a los vecinos de Puente Alto, la comuna más poblada del país.

En el pasillo 8 del Centro de Diagnóstico Terapéutico (CDT) funciona el politrans. No hay carteles ni banderas que indiquen que ahí funciona ese lugar, pero todos saben que es el primer paso. En una pequeña oficina están las fichas de los 120 usuarios que hay registrados en el programa. Ahí también está Laura Toledo. Tiene 33 años, es trabajadora social y lleva 11 en el hospital, primero en el programa de VIH. Fue entonces que conoció a las primeras personas trans. Su oficina, para no estigmatizar a la gente que vive con VIH, es la oficina “Arcoíris”. El nombre solo fue una coincidencia cuando empezó a atender a personas trans. Laura es quien les da la primera acogida a los pacientes. La mayoría de ellos, cuenta, llegan asustados.

–Y tú tampoco sabes bien cómo actuar o qué decir-. Te da mucho miedo hacer sentir mal a una persona o quizás preguntarle cuál es su nombre social. Algo que puede parecer tan simple como eso, para ellos es súper importante –explica Laura.

Cuando Maximiliano terminó cuarto medio, no quiso dar la PSU ni entrar a la universidad sin antes tener legalizado su nombre social en el Registro Civil. Cada vez que lo llamaban por “Carla” en lugares públicos, haciendo referencia a lo que sale en su carné de identidad, se avergonzaba.

Por eso, uno de los criterios más importantes que tiene el programa del hospital es tratar a los pacientes por su nombre social y no el que tienen registrado legalmente.

En la primera reunión con los pacientes, Laura les pregunta por sus vidas, sus historias y qué es lo que quieren hacerse. Maximiliano se enteró del politrans por un conocido que colaboraba con la trabajadora social. Una vez que Laura se enteró de que había un chico transgénero buscando ayuda, lo contactó por el chat de Facebook y lo citó con un amigo si quisiera para el 23 de noviembre, a las 9 de la mañana.

–Fue súper atenta conmigo y me dio mucha información del tema. Luego vi a la endocrinóloga, que me preguntó sobre mis planes, si quería tener hijos. Le conté los tratamientos que quería y me dijo que primero me tenían que revisar los exámenes para ver qué tipo y cuántas hormonas debía tomar -explica.

Pero la primera vez que se inyectó hormonas fue mucho antes de llegar al politrans, a los 19 años. Al salir del colegio entró a trabajar en una farmacia como asistente. Ahí el químico farmacéutico le enseñó el mundo de las hormonas. Hasta que decidió automedicarse. Cuando se puso la inyección, recuerda, su cuerpo reaccionó bien. Pero no siguió por miedo a asimilar mal el medicamento, sobre todo si no se había hechos exámenes todavía.

El primero en Santiago

Hoy existen tres programas de atención a personas trans en hospitales públicos de Chile. El primero fue inaugurado en 2012 por el Hospital Higueras de Talcahuano, luego vino el del Hospital Van Buren, implementado en 2015, y finalmente el recién inaugurado en el Hospital Sótero del Río. La iniciativa, que entrega tratamiento gratuito a trans, tiene capacidad de atención exclusiva para las personas de las comunas del sector suroriente de Santiago: Puente Alto, La Florida, La Granja, Pirque, San José de Maipo y La Pintana.

Todo comenzó en octubre de 2016, cuando el doctor José Luis Contreras, director del programa de identidad de género, asistió a un congreso de diversidad sexual en La Serena. Una amiga sexóloga expuso sobre la historia de la transexualidad. Contreras nunca había oído el concepto. Se tomó un café con la doctora para hablar del tema, hasta que ella le preguntó algo que parecía obvio: ¿Qué están haciendo en el Sótero del Río respecto de los trans?

Contreras llegó a Santiago y comenzó a investigar. De a poco se dio cuenta de que los trans eran una población invisibilizada, que por años se automedicaba clandestinamente. El mercado negro, dice, era gigantesco y las hormonas de mala calidad las vendían libremente en internet, en las ferias, en el centro. Tras eso, consultó en el hospital quiénes estaban interesados en hacer un seminario al respecto. El auditorio se llenó.

–Nos dimos cuenta de que había muchos profesionales interesados en el tema y que incluso habían estado trabajando en forma clandestina en esto. Ahí surgió la idea de crear un equipo y empezamos a incorporar a más gente –dice Contreras.

Cynthia Aránguiz nunca había visto a un trans. Y si lo había visto, dice, jamás se dio cuenta. Llegó en 2014 a trabajar al Servicio de Salud Sur Oriente, como matrona encargada de la gestión de distintos programas enfocados en el género. Al principio, explica, todo era muy abstracto. Eso, hasta 2017.

La llamaron del Hospital de La Florida por el caso de un hombre trans que requería atención. Cynthia, que sabía poco o nada del tema, llamó a los hospitales del sector para ver dónde podían atenderlo.

Llamó al Padre Hurtado, de San Ramón, y no sabían nada. Llamó al Sótero, le contestó el doctor Contreras y la invitó a participar del programa de identidad de género.

Hoy, en el programa participan alrededor de 15 personas. Entre ellas está el doctor Contreras, que es el director; Cynthia, que es la matrona y gestora del programa desde el Servicio de Salud Sur Oriente; Laura Toledo, como trabajadora social; la psicóloga Jeanette Noseda y el endocrinólogo Rafael Tellez.

En la oficina de Cynthia, en el segundo piso del edificio del servicio, hay una caja llena de papelógrafos enrollados. Son el recuerdo de una de las primeras capacitaciones que se realizaron sobre transexualidad y diversidad sexual en el hospital. Asistieron médicos, matronas, psicólogos, trabajadores sociales y terapeutas. La primera actividad fue simple: se formaron dos grupos y a cada uno de ellos le pasaron un papelógrafo. Les dijeron que dibujaran a una persona, que la vistieran y que le pusieran accesorios a su gusto. Luego debían escribir, en papeles aparte, qué pensaban de las personas trans.

Miedo, culpa, rechazo, homofóbico, VIH, locos, prostitución. Esas palabras las pegaron en el cuerpo que habían dibujado, que era una persona trans. Los grupos debían leerlos, pero como si se los estuvieran diciendo a ellos. Como si ellos fueran una persona trans.

En total, el equipo ha hecho 12 capacitaciones de este tipo. Y han asistido 250 personas que trabajan en atención primaria y 250 que trabajan en el CDT.

Al principio, el programa de identidad de género partió como un “policlínico de transexualidad”, pero pasó de ser policlínico a ser programa -para no patologizar la condición- y de ser transexual, a ser trans. Esos detalles, dice Cynthia Aránguiz, hacen la diferencia.

El aprendizaje del equipo, explica, ha sido autodidacta. Uno de los principales puntos es el uso del lenguaje: aprender que no son ellas o ellos, también son “elles”.

–Cuando nosotros hablamos se nos salen palabras y es un poco lo que les hemos dicho a los activistas. Que también tienen que entender que estamos en un proceso de aprendizaje –explica el doctor Contreras.

Shane

A los 13 años, Francisco Javier Cortés estaba en clases de biología con la profesora Gabriela, en la Escuela Paul Harris de la comuna El Bosque. En medio de la explicación de la reproducción humana, una compañera levantó la mano.

–Profesora, entonces si eso es lo normal, ¿qué es mi compañero Francisco?
–Su compañero Francisco es anormal -respondió tajante la profesora.

Luego de este episodio se masificó la violencia. Uno de los recuerdos más dolorosos que tiene Francisco fue después de esa clase, cuando los 42 alumnos del curso pusieron tres dedos de su mano izquierda en el marco de la puerta para cerrarla una y otra vez.

Hoy, con un frondoso pelo largo, ropa ajustada y barba, Francisco Javier Cortés ya no es Francisco, es Shane Cienfuegos (24). Ni hombre ni mujer. Shane es una persona trans no binaria. A sus 10 años entendió que su identidad no se asimilaba a ninguno de los géneros existentes, por lo que tomó la decisión de disociarse completamente de ellos para convertirse en activista del mundo transgénero, paciente y colaborador del programa del Sótero.

–La persona trans siente que su expresión de género no corresponde a la que le asignaron, pero piensa que existe un género. En mi caso, las personas no binarias creemos que los géneros no existen, que es una construcción social, y esto se ve reflejado cuando te das cuenta de que no quieres ser ninguno de estos dos tipos de personas, porque no te satisface –dice.

Shane es el única persona trans no binaria que participa en el programa de identidad de género del Sótero. Su rutina como paciente es ir una vez a la semana para controlar su terapia, que consta de tres medicamentos y tiene una duración de seis meses. Recién la inició el martes 28 de febrero: el primer paso es reducir de a poco la testosterona en su cuerpo, para luego generar un aumento mamario mediante la aplicación de hormonas en gel.

Como activista, la rutina de Shane es diaria. Va casi todos los días a ayudar al equipo médico, a integrar e informar a las nuevas personas que quieren ingresar derivándolas con Laura.

La consulta

De los 120 usuarios que han ingresado al programa del Sótero -que comenzó en julio de 2017-, 65 de ellos ya comenzaron su tratamiento. El promedio de edad es de 23 años. Según las cifras del Ministerio de Salud, el 37% de ellos ha llegado de forma espontánea. El 51% corresponde a transmasculinos, el 48% a transfemeninas y el 1% a trans no binarios, es decir, que no se asocian ni con el género femenino ni el masculino. El usuario más pequeño tiene 10 años y en total se atienden 12 menores de 18 años.

El tratamiento consta de varias etapas. La primera de ellas es el recibimiento de Laura Toledo, la trabajadora social. Luego, los pacientes son derivados a la psicóloga del programa, Jeanette Noseda. Ella, además de atender semanalmente a cada uno de las personas trans, es la encargada de evaluar a cada persona, debido a que las hormonas producen alteraciones emocionales.

–Hacemos una evaluación psicológica porque, por ejemplo, si hay una depresión y eso no se informa al endocrinólogo y la terapia hormonal es la de una persona que no sufre esa enfermedad, los resultados pueden ser desastrosos -explica Noseda.

El paso que sigue es la consulta con el endocrinólogo, quien luego de hacer diferentes exámenes de sangre, puede autorizar al paciente a retirar las hormonas en el hospital.

La entrega de hormonas -que son gratuitas para todos los pacientes del programa de identidad de género del Sótero- es uno de los mayores logros del doctor Contreras y su equipo. Pero no fue fácil. Fue ante el comité de farmacia del hospital que pidieron ingresar al arsenal terapéutico -es decir, todos los medicamentos que el hospital compra y mantiene en stock-, ¿ las hormonas para los tratamientos trans. Ahí surgieron los primeros cuestionamientos. Algunos médicos, cuentan en el programa, decían que no era razonable gastar recursos en las hormonas.

–Pero uno como institución de salud pública tiene que tratar y lograr atender todas las necesidades de las personas, no solo lo que nosotros llamamos comúnmente que es urgente. Esto tiene otra urgencia, distinta -dice Cynthia Aránguiz.

Finalmente, las hormonas fueron incorporadas al arsenal farmacológico. Es decir, si una persona necesita hacer un tránsito de género, su tratamiento hormonal está asegurado.

El programa incluso incluye la atención de un fonoaudiólogo, que lo que hace es enseñar -por ejemplo y en el caso de un trans femenino- los tonos de voz más agudos.

Alexandra

Desde que supo que era mujer, a los 16 años, Alexandra Palacios fue rechazada por sus cercanos. Había nacido como Eduardo Alfredo.

–Para mi abuela yo era un horror, para mis tías, también. Hubo cero apoyo de parte de mi familia, mis dos hermanos siempre fueron homofóbicos, entonces lo único que me quedó fue mi mamá –explica.

Laura Toledo, trabajadora social del llamado politrans, explica que para las familias el proceso de tránsito es difícil. –Para la familia es un duelo. Tenían una niñita y esa niñita después es niño, con una vestimenta distinta, con una forma de ser distinta, con otro nombre. Es un duelo que pasan todas las familias y que muchas veces nunca lo comprenden o aceptan.

Alexandra entró al Instituto Profesional de Santiago (Utem) en 1989 a estudiar Bibliotecología y Documentación. Cuando iba a clases, sus compañeros, dice, la miraban feo y empezaron los reclamos por parte de profesores y el centro de alumnos, quienes reclamaban por su apariencia: vestimenta unisex y pelo largo. Las críticas y las actitudes de rechazo fueron tantas, que al año de estudio fue expulsada de la facultad.

Pero en 1995 llegó el momento de cambiar. Tenía 26 años y, después de haber esperado unos meses, era su turno en el Hospital Van Buren de Valparaíso. El doctor Guillermo Mac-Millan le haría una cirugía de reasignación de sexo y Alexandra podría olvidarse de su masculinidad. La cirugía denominada neovagina reconstruyó todo un genital nuevo para ella, quien en menos de cuatro días fue dada de alta.

En las etapas del tránsito de género no existe un orden cronológico sobre qué se debe hacer primero, si el cambio de nombre, el consumo de medicamentos, pasar a una cirugía de reasignación de sexo, o bien a cirugías como la eliminación de mamas. Lo cierto es que en cualquier caso, la operación de reasignación de genitales es la más difícil de alcanzar. No sólo en términos de complejidad, sino que también por recursos económicos y disponibilidad de pabellones en los hospitales.

El doctor Guillermo Mac-Millan, ícono de la cirugía transgénero en Chile, ha sido el mentor de los pocos cirujanos chilenos que hacen operaciones de reasignación de sexo. Con 40 años de experiencia, Mac-Millan ha operado a más de 300 personas en el sistema público y no duda en colaborar con el programa para trabajar formando un equipo de cirujanos que permitan concluir el proceso de tránsito de género.

–El policlínico del Sótero del Río está muy apoyado por autoridades del hospital y eso es fundamental. El acto legal les da el pase para que estas personas puedan hacer su labor y avanzar en las cirugías -asegura el doctor, quien ya se puso en contacto con el equipo médico para empezar a formar doctores que operen en el Sótero.

Sin embargo, a pesar de que es un desafío a considerar, Laura Toledo explica que las cirugías de reasignación tampoco son fundamentales a la hora de hacer un tránsito.  –No todo el mundo está disconforme con los genitales. En la sociedad se tiende a pensar que lo único que les importa es el tema de la cirugía, tener un pene o tener una vagina. Pero la verdad es que no, hay otras cirugías más importantes. Para los trans masculinos, por ejemplo, la cirugía primordial es la mastectomía, porque no pueden lidiar más con sus mamas. Es un tema muy incómodo, se fajan todo el día, toda la noche, toda la vida. Esa es una cirugía más urgente y que ojalá este año ya podamos dar una respuesta.

Han pasado 22 años desde que Alexandra dejó de ser Eduardo. Pero no del todo. A sus 49 ingresó al programa del Sótero para encontrar una solución, aunque la depresión endógena ha retrasado su tratamiento.

–Con la operación pensé que mi vida iba a cambiar, pero no hubo mayor aceptación social, todo sigue igual. No estoy orgullosa de lo que soy, no me gusta como soy, me siento incompleta. Nunca he sido feliz –explica.

En su barrio, los vecinos aún la discriminan. La manzana de Adán que tiene en su cuello sigue ahí y su voz todavía no es femenina. Por eso, Alexandra vive encerrada en su casa. Y aún está atrapada en el cuerpo de Eduardo.

Alexandra nunca ha sido Alexandra.