Sexo: retrato de una adicción

Que el productor Harvey Weinstein se haya internado en una clínica para adictos al sexo abrió el debate sobre si es un adicto o un abusador. ¿Cómo se trata esta adicción en Chile? ¿Por qué no existen clínicas para internarse? ¿Qué tipo de gente se declara adicta al sexo? Este es el perfil de una adicción que, al menos en Chile, parece estar en el sótano.


Faltaban nueve millones en la cuenta. Era un hombre pasado los 55, en un matrimonio de más de 25 años. Su situación económica era buena, no es que tuviera un hoyo en la cuenta, pero faltaban nueve millones. Su señora lo encara, le pregunta qué pasó con ese dinero y el hombre sabe que debe confesar.

Esos nueve millones fueron gastados en prostitutas.

Y así, llega la hora de explicar. El hombre dice que este tipo de vida la empieza hace dos o tres años y calza con el momento en que la vida sexual con su señora se detuvo. El hombre comenzó a masturbarse, luego entró en la pornografía y luego a mirar prostitutas en portales de internet. No pasó mucho tiempo entre eso y frecuentar a cerca de 10 prostitutas mensuales. La frecuencia fue aumentando gradualmente. El dinero gastado, también.

Aunque fue sorprendido por su mujer, de pronto se da cuenta de que estaba en un camino que lo complicaba en un plano moral. Es así cómo llega a una consulta médica. Para salir de eso que llaman adicción al sexo. Para volver a ser el que fue.

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Sexo y poder. El caso del productor norteamericano Harvey Weinstein ingresando a una clínica para rehabilitarse de una supuesta adicción al sexo, luego de ser acusado de múltiples abusos que van hasta 20 años atrás, reabrió el debate sobre este tipo de adicciones: ¿Es un abusador un adicto al sexo? Para el psicólogo y sexólogo Roberto Rosenzvaig, autor del libro Demasiado Sexo, un trabajo sobre la terapia de las adicciones, este no es el caso.

“Hay que establecer una diferencia entre los abusadores y acosadores y los adictos”, dice Rosenzvaig. “No necesariamente son el mismo personaje. Muchas veces se protegen o se escudan frente a un diagnostico psiquiátrico de adicto sexual. El caso de Weinstein, de Tiger Woods o de Michael Douglas, que se reflejaron ante el público como enfermos y no como gente que tiene un déficit moral en su vida o que tiene una particular atracción por la imposición de la voluntad sobre otra persona sin considerar en lo más mínimo lo que esa persona quiere o siente. Esa es una deformación mucho mayor que la del adicto, porque el adicto, en definitiva, es un personaje bastante patético, que generalmente no es un don Juan, es un sujeto bastante poco selectivo. Cuando necesitas satisfacer una necesidad obsesiva compulsiva, tomas lo que se te ofrece. La selectividad representa un esfuerzo, un filtro, y por eso muchos adictos acuden a la prostitución”.

La psicóloga y columnista Constanza Michelson apunta en la misma dirección: “Uno puede elegir el mal y no ir a terapia”, dice. “Los más malos, por lo general, no van a terapia. Las personalidades más narcisistas se sienten súper bien haciendo lo que hacen. Un Weinstein no tiene ningún motivo para consultarse, estaba arriba de la pelota, para qué va a consultar, a no ser que quiera victimizarse. Y eso es lo que hacen los diagnósticos: te quitan responsabilidad y te victimizan”.

Para los especialistas en Chile, la adicción sexual existe, pero con matices. No todos los que se autodenominan adictos al sexo lo son. Es por eso que en una liga inferior a los abusos de Weinstein están los que se autodiagnostican como adictos para justificar comportamientos como la infidelidad.

A diferencia de Rosenzvaig, quien asegura haber atendido 61 casos de adicción al sexo (58 hombres y tres mujeres), a la consulta de Michelson los pacientes no llegan con la certeza de ser adictos. La tendencia es más a preguntar si presentan ciertos rasgos de adicción.

“Pasa que hay gente que tiene amantes y están totalmente empotados y no pueden salir de ahí”, dice Michelson. “Que a eso se le llame adicción al sexo cuando los pillan es una patudez. La adicción es una manera compulsiva de relacionarse con algo. Hay gente que es muy adictiva y todos tenemos nuestras adicciones en alguna fase y en diferentes niveles. A veces se entra en relaciones en que hay un apego sexual que no puedes parar, que es el empotamiento, pero eso no es una adicción”.

En ese sentido, Michelson relativiza sobre este tipo de diagnósticos hoy: “Hay muchos intereses de las farmacéuticas. Se hizo un manual psiquiátrico hace poco en que prácticamente todo es adicción y las farmacéuticas salen con que tienen el medicamento para tal o cual cosa. Es como las mujeres que están buscando viagra femenino porque ya no tienen ganas de tener sexo después de los 60. Ese diagnosticó nunca existió y ahora se creó una necesidad”.

Juan de Armas, médico cirujano, sexólogo y director clínico de Medical Sex Center, establecimiento especializado en temas sexuales, dice que, a diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, no hay protocolos de internación de pacientes en Chile. Todo es más bien a nivel de consultas. “Casi no llegan pacientes diciendo que son adictos al sexo, que su primer diagnóstico sea ese”, dice. “Sí ocurre que encontramos esos patrones cuando el paciente consulta por otra causa. De ahí se arma un protocolo para atenderlo”.

Desde que abrió hace cinco años, Medical Sex Center asegura haber atendido a cerca de ocho mil personas. Y los tratamientos se han orientado a las disfunciones sexuales, disfunciones eréctiles, eyaculaciones precoces, relaciones sexuales dolorosas. El equipo de la clínica está compuesto por médicos, sexólogos, urólogos, psicólogos, kinesiólogos y su fuerte son los hombres: cerca de un 80%. Natalia Guerrero, sexóloga a quien le toca atender este tipo de casos, dice que a la clínica han llegado unos 60 pa- cientes, de los cuales solo 20 han sido diagnosticados como adictos al sexo. Aquí el tema coincide con lo que dice Michelson: hablan de adicción cuando quieren justificar una vida paralela de infidelidad.

Otro lugar donde se trata este tipo de problemas es la Unidad de Adicciones de la Red de Salud UC Christus, establecimiento que no quiso entregar datos para este tema.

Aun así, los especialistas coinciden en que los números que se manejan solo representan a las personas que se animan a consultar por estas adicciones, mientras muchos potenciales adictos quizás nunca lleguen a una consulta. En ese sentido, la realidad nacional dista mucho de la de Estados Unidos, donde existen clínicas de rehabilitación para adictos y también grupos que emulan los 12 pasos de alcohólicos anónimos, pero llevados al sexo.

Constanza del Rosario, psicóloga y autora del libro Si la cama hablara, dice que en siete de años de consulta ha atendido solo cinco de estos casos, todos hombres. Una de las razones, explica, es que el chileno siente vergüenza a la hora de enfrentar este tipo de comportamientos, no están orgullosos de ese estilo de vida y sienten ansiedad de que sea descubierto.

“El chileno es mucho más reservado para exhibir sus debilidades”, complementa Rosenzvaig. “Que se arme un grupo de apoyo para adictos sexuales aquí es muy improbable”.

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Constanza del Rosario habla sobre el perfil del adicto al sexo: “Es gente generalmente insegura en la cama, con baja autoestima y altos niveles de angustia, ansiedad y tendencias depresivas que intentan evadir a través de estas compulsiones. La adicción va muchas veces asociada a rasgos obsesivo-compulsivos y personalidades límites”.

Roberto Rosenzvaig aporta otros datos. Dice que son personas que han tenido relaciones sexuales a edad temprana, por lo general, que han ocupado pornografía y se han masturbado compulsivamente desde muy temprano también. Ese tipo de masturbación precoz, dice Rosenzvaig, es normal mientras no se prolongue en el tiempo. Muchos, cerca de la mitad de sus casos, han tenido alguna experiencia de abuso.

El porcentaje de sanación es más alto cuando el adicto llega, producto de alguna crisis ética o moral, por cuenta propia a la consulta. En esos casos, los indicadores de éxito están por sobre la mitad. En cambio, dice Rosenzvaig, cuando van porque son sorprendidos es porque quieren ganar tiempo o encontrar excusas. “Si un 30% de esos pacientes logra algún tipo de progreso es mucho”, asegura.

En su libro, Demasiado Sexo, Rosenzvaig habla de un episodio en que el paciente fue prácticamente obligado a llegar a su consulta. El relato es el siguiente: hombre casado hace 15 años, un hijo, separado hace unos meses, porque su mujer no aguantó ni sus engaños, que no trataba de ocultar, ni su irritabilidad. El hombre dice: “Comencé a volverme loco hace unos 10 años, me volví putero. Mi droga es el sexo. Todas las semanas mujeres distintas, tenga que pagarles o no, en verdad me da lo mismo”. Luego cuenta que a medida que consume o que está ansioso, se pone menos selectivo. Rosenzvaig anota que el paciente confunde ataques de pánico con ansiedad aliviada por descargas sexuales. Finalmente, confiesa que un amigo lo había obligado a ir a su consulta al enterarse de que estaba pololeando con una prostituta. Luego afirma que “con ella puedo ser como soy”.

Rosenzvaig dice que la despedida fue abierta, pero que supo que ese hombre no iba a volver. Así fue. Simplemente, había cumplido con la petición de otro.

En los casos revisados por Rosenzvaig en su libro, muchas veces coinciden el engaño con vidas destruidas para satisfacer todo tipo de deseos: desde pornografía, hasta prostitución con mujeres y transgéneros hasta fiestas swinger. Es una cruz que se lleva solo. Aunque para Rosenzvaig, para cierto tipo de adicto no es ninguna cruz. “La satisfacción opera a modo de descarga y hay un altísimo nivel de ansiedad que necesita descargarse”, dice. “El adicto está encadenado a un escenario cíclico en que cada vez siente más deseo, más tensión y menos satisfacción. Está condenado. A cualquier usuario de droga o un ludópata le va a pasar lo mismo”.

Rosenzvaig tiene algo claro basado en su experiencia: no se puede trabajar bloqueando el plano sexual de un paciente. Esto ocurre en las terapias llevadas en el mundo evangélico, por ejemplo, donde se ocupa un wordbook escrito por pastores ex adictos al sexo. A Rosenzvaig le tocó asesorar a evangélicos en Chile y tuvo que desistir. “El punto de conflicto que teníamos era el punto de la culpa”, explica. “Ese todo o nada puede ser válido para otro tipo de compulsiones sexuales que dañan a otros, pero mi experiencia es que no se llega a la sanación a través de la culpa”, señala.

Michelson es más difusa a la hora de definir la adicción al sexo. “Cuando alguien dice que tiene una adicción uno tiene que ver de qué estamos hablando”, dice. “Que está poniendo el gorro, eso no es una adicción al sexo. Que se mete con putas o vea porno no es necesariamente una adicción al sexo. Depende de cómo te relaciones con ese objeto. Por ejemplo en el amor, cuando sabes que estás en una relación mala, tóxica, y no puedes parar, ahí hay una dependencia. Uno sabe cuándo se excede en algo cuando después de hacerlo se siente mal, se angustia. Esa desazón de que hay algo que se te va de las manos, que no controlo, que el bajón es más largo y la satisfacción más corta. Pero es caso a caso. No se puede generalizar”.

Michelson dice que no existen tantos casos en mujeres, porque la adicción femenina es al amor. “Las feministas critican a Frida Kahlo porque estaba pegada con Diego Rivera que la trataba mal y tenía otras mujeres, pero la mina estaba pegada, pegada. Esa es la adicción de las mujeres. Al amor, a ser amadas, aunque las mujeres también se empotan. Hay algo ahí”, reflexiona.

En su consulta la gente no se declara adicta al sexo, pero sí le pregunta si lo son, sí hay mucho porno o prostitución en sus vidas. Para Michelson, depende: a veces puede ser una microadicción, una fase, otras veces puede ser una conducta compulsiva que sí se necesite revisar.

Casos como el de Harvey Weinstein traspasan a otras esferas e incluso pueden apreciarse en actos que pueden parecer hasta juguetones. “Tener poder es un afrodisíaco para otros, y si eso se cruza con una personalidad más narcisista, te puede marear”, afirma Michelson. “Hay un video de Justin Bieber en que está con unos amigos en una habitación de hotel, y les dice a sus amigos: ‘Miren lo que puedo hacer’. Y empieza a escupir a las fans que están abajo. Nadie puede creer que tiene tanto poder, y cuando lo tienes, empiezas a ver las fisuras en otros seres humanos”.

Para Juan de Armas, el director de Medical Sex Center, hay un elemento farandulero en los casos de abusos develados en Hollywood. “Hoy en día los límites del abuso están muy bien marcados”, dice. “Muchos de esos casos son pura farándula, para llamar la atención, pero mira lo que ha generado a nivel mundial, que la gente esté hablando de esto, que casos como el de Kevin Spacey terminen cancelando una serie por algo que pasó hace 15 o 20 años; eso deja mucho que pensar, si esto es un problema que requiere atención médica o es puro marketing, pura farándula”.

Hay actividades que se prestan más para esta búsqueda, según Rosenzvaig. En el campo de la salud, por ejemplo, tiende a darse más este tipo de comportamiento. “En los depredadores hay una actitud de alerta constante para recibir las señales de disponibilidad”, explica. “Toda actividad que implica un nivel jerárquico sobre otras personas se presta para esta inclinación. Y no solo está el personal de menor rango, están las pacientes y las mamás de las pacientes”.

No todo adicto es un abusador y los abusadores tienen rasgos psicopáticos mucho más profundos que una adicción. En Chile, el tema todavía parece correr por vías subterráneas.

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