La Tercera

A prueba de mochileros

Uno de los ambientes del Hostal Providencia.

Con el aumento progresivo de visitantes, era cosa de tiempo que la industria de los hostales se consolidara en Chile para dar acogida a los viajeros más jóvenes y de bajo presupuesto. Esta es la historia de éxito de quienes están haciendo de este negocio una industria con pantalones largos.

Lo que partió para los amigos y socios Mario Hermosilla y Tomás Fache como una idea casi utópica, terminó transformándose en el negocio de sus vidas. Hace 10 años ambos veinteañeros ya habían viajado por el mundo con la plata justa y, al volver, trajeron consigo esa idea con la que todo mochilero alguna vez sueña: instalar su propio hostal. Un lugar donde mostrar cómo quieren en Chile al amigo cuando es forastero y revivir todas esas buenas experiencias que ocurren en estas pensiones de piezas y baños compartidos, que no sólo sirven para pasar la noche, sino que se transforman en un centro social, donde en una mesa y con unas cuantas cervezas se pueden encontrar amigos de todo el mundo.

Partieron desde cero, tropezando una y otra vez, primero arrendando piezas de su propio departamento de Parque Forestal a estudiantes de intercambio. Luego, gracias a la porfía y también a la suerte, lograron comprar el derecho a llave de una residencial de Vicuña Mackenna que se caía a pedazos al ritmo de la energía de sus antiguos dueños, que ya jubilados, sólo querían deshacerse de un negocio que en números se volvía cada vez más rojo.

Así nació el Hostal Providencia, ubicado justo en la esquina de Vicuña Mackenna y la calle Viña del Mar, donde una vez más la porfía de esta dupla por hacer de esta pensión un lugar digno terminó triunfando, aunque las alcantarillas apenas funcionaban y a los ratones y palomas había que darles orden de desalojo urgente.

“Partimos rompiéndonos el lomo, yo de recepcionista las 24 horas, esperando a pasajeros que poco tenían que ver con el ideario de la hostelería, ya que sólo caía uno que otro gringo perdido, por lo que terminábamos arrendando las piezas por horas como motel”, cuenta Hermosilla. Además, su equipo de trabajo no era precisamente especialista en el rubro: “Teníamos una especie de nana cuica y un transformista que de día era Raúl y de noche, Martina, pero que trabajaba con nosotros haciendo aseo a cambio de una pieza donde alojar y donde guardar sus pelucas y vestuario”, cuenta el empresario, riéndose de las anécdotas de lo que fue la génesis del que es hoy el hostal más grande de Chile.

Ante este escenario, más cercano al argumento de una película de Almodóvar que la de un proyecto hotelero, era poco lo que podía esperarse. Pero los socios siguieron dando la pelea, partiendo por el fantasma más grande de todos: la burocracia chilena. “Casi me quedé sin pelo”, dice Hermosilla cuando cuenta todas las recepciones municipales, patentes y trámites eternos que tuvo que sufrir para echar a andar el negocio y para hacerlo crecer como es hoy, es decir una marca reconocida, dueña de tres grandes casas conectadas en un edificio de cinco pisos, que da cabida a un bar dueño de su propia cerveza artesanal, cocinas para huéspedes y diversas áreas comunes para permitir eso que tanto querían sus socios: sociabilizar.

Hoy, el Hostal Providencia es una verdadera Torre de Babel, abundan los brasileros, venezolanos y argentinos, además de europeos y asiáticos, como una familia de coreanos que sentados en una de las mesas del comedor, y con el mapa de Santiago en mano, debate sobre qué ruta de atracciones visitar al día siguiente.

Durante la noche, y como en todo hostal que se precie, se arman actividades para ayudar a que todos se conozcan, como las tardes de pisco sour o de comidas comunitarias, donde por 5 mil pesos se puede probar un plato local acompañado de una cerveza. Además, corre una lista que promete llevar gratis a quien se anote al Mito Urbano, una discoteque de Manuel Montt que cada miércoles ofrece fiestas exclusivas para extranjeros, donde la entrada para los huéspedes es gratis y, además, incluye tres piscolas, para que nadie alegue de no haber vivido un verdadero carrete a la chilena.

Pero estos socios no se han quedado ahí y han hecho crecer el negocio más allá de las expectativas iniciales. Se compraron dos hostales en mal estado y optaron por “reciclarlos”, comenzando hace tres años con el Hostal Forestal, ubicado a pasos del parque, y el año pasado, con Plaza de Armas, en el último piso del Portal Fernández Concha. Este último tiene que ver con una apuesta de Hermosilla y Fache de dar vida a lugares que cualquier empresario hotelero hubiera mirado con resquemor, incluso con miedo, pero que ellos vieron como una oportunidad.

“Tenemos un trato con las “madam” del Portal –como Hermosilla se refiere a las prostitutas, que históricamente han habitado este edificio patrimonial-. Ellas usan las escaleras y nuestros huéspedes, el ascensor, para así evitar encuentros incómodos”, cuenta. Y las “madam” se han tomado bien este código no escrito, “ellas respetan nuestro negocio, así como nosotros el de ellas”.

Lo cierto es que el renovado y flamante Hostal Plaza de Armas funciona como una isla iluminada y moderna, que ha respetado el estilo arquitectónico del Portal Fernández Concha, pero que se desmarca de la decadencia en la que se encuentra sumido este ícono capitalino. El hostal cuenta con terrazas que tienen una vista privilegiada a la Catedral, Correos, el Museo Histórico Nacional y todos los espectáculos callejeros y las prédicas de pastores evangélicos, tan típicas de nuestro kilómetro cero.

Sin duda un lujo para cualquier visitante que por alrededor de 10 mil pesos y con desayuno incluido puede alojar en una habitación recién remodelada, la que sólo debe compartir con otros que probablemente andan en el mismo plan.

Es el caso de Kevin, Patrick y Devor, tres holandeses que en casi una semana han recorrido casi todo Santiago, sus atracciones clásicas y sus barrios más populares como Estación Central, Franklin y Brasil, donde según comentan se han sorprendido de sus particularidades, rarezas y su estilo único. Se muestran extrañados del hecho de que nuestra capital aún no sea dueña de la popularidad de ciudades como Buenos Aires o Ciudad de México, aunque dicen estar conscientes de la ola de premios, reportajes y reconocimientos que ha tenido la capital en los últimos años.

Huéspedes del hostal forestal.

“Santiago es una ciudad increíble que ha crecido mucho, ya no es una ciudad de paso”, agrega al paso el mánager del hostal, Edmund Lyne, inglés que vive desde hace cinco años en Chile y que asegura haber sido testigo de los cambios que la ciudad ha tenido durante este tiempo. “Sólo nos falta creernos el cuento a los propios santiaguinos del buen momento que estamos viviendo, somos secos para chaquetearnos a nosotros mismos”, concluye Hermosilla.

La gentrificación porteña
El crecimiento y sofisticación de la apuesta hostelera no se ha quedado sólo en la capital. Hace dos años en Valparaíso apareció La Joya Hostel, ubicado en un lugar improbable: la esquina de la calle Quillota y Eusebio Lillo, en pleno plan y lejos de los cerros Alegre y Concepción donde se encuentra concentrada la explotación turística.

La zona, más popular por sus apariciones en las crónicas rojas del puerto que en postales, es dueña de un relato que la hace aún más interesante. Históricamente la esquina perteneció a la familia Oroz, dueña de una popular panadería que tras un incendio que la destruyó casi por completo volvió a ser reconstruida, esta vez con un inmenso espacio en su azotea que por años sirvió de bodega para almacenar insumos y también como taller de producción.

Tras pasar por el abandono y por una serie de proyectos que nunca concluyeron, como la construcción de un loft y piezas para estudiantes, fue finalmente el hijo de la familia, Esteban, quien aconsejado por amigos decidió transformar el espacio en un hostal de estilo industrial y sofisticado, que poco tiene que envidiar a las grandes cadenas de hostales de Europa.

Junto con esto se construyó un restaurante y un bar, que sigue la misma línea de decoración y estilo que el hostal, pero que también recibe a público externo, lo que le da una atmósfera de integración que ha ayudado a revivir este sector perdido en el olvido.

La idea de Oroz es que en el lugar se arme ambiente, por esto tiene una terraza panorámica con quincho siempre disponible, además de zonas de juegos y un gran living, todo por unos 12 mil pesos diario por cama en pieza privada y algo más de 40 en habitación en suite, todas, por supuesto, con desayuno incluido.

La joya hostel en Valparaíso.

Oroz cuenta que ha tenido ciertas dificultades para lograr su objetivo, principalmente por el público local. “Hay muchos chilenos que no entienden los hostales, que creen que un hostal es lo mismo que un hotel y que no quieren interactuar con nadie”, dice crítico, frente a los huéspedes que ignoran la cultura del hostal y terminan por quejarse por el ruido o la actividad cuando pasa la medianoche.

Sin embargo, Oroz tiene claro que su objetivo es hacer de La Joya un hostal donde los huéspedes se sientan como en casa, protegidos y cómodos: “Lo que más quiero es que quienes alojen en el hostal se lleven un buen recuerdo de Valparaíso y por eso estamos trabajando siempre en mejorar la experiencia. Apostamos en transformarnos en el mejor hostal de Sudamérica”, dice con la confianza de quien está marcando una pauta en donde el precio no tiene por qué relacionarse con la calidad.