La Tercera

Cada generación con su historia

LAS VACACIONES

“Me iba todo el verano con mis tíos. Nos instalábamos con una carpa gigante, que tenía comedor y dormitorio, en Guanaqueros, cuando era sólo una caleta y playa. Nos bañábamos a las 12 de la noche con las luces encendidas de la camioneta, porque si no uno no sabía para dónde estaba nadando. ¡El agua estaba calentita!”.
René Tapia (78, secretario general de la Unión de Pensionados)

“Éramos bien patiperros con los niños. Mi señora hacía cocaví para el viaje, unos sanguchitos y un termo con café. Nos parábamos por ahí y comíamos en la orilla de la carretera. Después los chiquillos, más grandes, no nos aguantaban eso, les daba vergüenza y hubo que empezar a pasar al Pronto Copec”.
Waldo Guerra (68, profesor normalista)

“De adolescente, con mis amigos nos íbamos a la playa todo enero y febrero. Cuando ya no podíamos pagar una cabaña, volvíamos a Santiago a buscar carpas. Tenía que mandarle un telegrama a mi mamá para pedirle plata. Entonces iba a una agencia, mostraba el carnet y me pasaban dos mil pesos. Al final, sólo nos quedaba para el pasaje de vuelta, así que comprábamos dos kilos de papas, las poníamos en la fogata y las comíamos. ¡Las mejores papas que he comido en mi vida! Porque, claro, comías con hambre”.
Jorge Ogaz (53, administrador de empresas)

Natalia Bórquez (40, odontóloga) vivía en Chillán y su panorama de las vacaciones era venir a Santiago con su hermana mayor a estar con sus abuelas. Acá todo era novedoso, desde las escaleras mecánicas hasta el Metro. Mal no lo pasaban: iban al centro a tomar helados en el Café Paula, jugaban con sus primos y las llevaban al cine y los juegos.

“Las vacaciones eran una gran aventura en familia, aunque durmiéramos cinco en una carpa para dos, o distribuidos en la pieza de algún familiar de región. No había mucho presupuesto, pero jamás faltó verdadera comida chilena: anda a pararte de la mesa sin tu repetición de cazuela o sin bajarte -mínimo- media sandía con harina tostada”.
Alejandro Stuardo (38, publicista)

Daniela Soto (37, dibujo técnico) se iba todos los veranos a la playa, a veces a Algarrobo, otros a Pichidangui. Cuenta que el camping era lo máximo pero su gran vicio era el sol. “Iba a puro tomar sol, nada de agua, sólo sol”.

“Mis primeras salidas fueron cuando mis hermanos pudieron pagar sus propias vacaciones y me invitaban. Recuerdo una semana en Loncura, cerca de Quintero, cuando por primera vez Dinamita Show estuvo en el Festival de Viña. Me caí de la silla de tanto reírme”.
Pablo Vidal (34, diputado electo RD)

“Cuando chico, en diciembre, trabajaba envolviendo regalos con los scouts y esa plata la gastaba en las vacaciones. Un año fuimos con varios amigos y amigas a mochilear a Chiloé. Primero a Ancud en bus y después haciendo dedo, acampando y yendo a fiestas”.
José Tomás Gutiérrez (25, estudiante de ingeniería civil)

“Mis vacaciones pasadas fueron en África, en un pueblo muy chico llamado Arusha, haciendo un voluntariado de dos meses y medio. Allí hice clases en un orfanato de niños de entre 10 y 15 años. Fue un viaje increíble de aprender y conocer, sobre todo.”
Carolina Doren (23, productora de eventos).

ALMUERZO FAMILIAR DE DOMINGO

“Una vez mi pololo, Andrés, dijo en la mesa que la Clara Petacci era amante de Mussolini y mi papá le respondió que en su casa no se decía la palabra amante. Casi se murió el pobre”.
María Elvira Reyes (81)

El almuerzo era siempre a la una y media y cada uno tenía su lugar asignado en la mesa, cuenta Jorge Ogaz (53, administrador de empresas). No se comía nada especial, era la misma comida casera de los otros días de la semana, como charquicán, porotos o papas con chuchoca. Frases como “no me gusta” o “no quiero” simplemente no existían. El bistec a lo pobre, recuerda, era el plato estrella. Pero el verdadero hit era la bebida: “En ese tiempo vendían de un litro no más, entonces la repartían en esos vasos de vidrio chico y tenía que durar todo el almuerzo”.

Soledad Tagle (49, profesora) almorzaba los domingos con sus papás, hermanos, abuelos y un tío. Había de todo, pero nada en gran cantidad, y los niños eran los últimos en pedir. Primero estaban las visitas, después los mayores y al final ellos, los once niños de los cuales ella era la sexta. “Si no alcanzaba para ti, no alcanzaba nomás”, explica. Una tarde había melón de postre, y su tío le preguntó “Y usted, ¿no quiere?” a lo que ella respondió “Es que no puedo querer”. Así todos se dieron cuenta de que los chicos siempre eran últimos en decir que sí.

“La mesa chica (o del pellejo) nos hacía medio invisibles, pero siempre recuerdo las reglas básicas de la mesa: no poner los codos arriba, no hablar con la boca llena, no bostezar, comerse todo y decir ‘con permiso, muchas gracias, estaba muy rico’, una vez que terminábamos”.
Alejandro Stuardo (38, publicista)

En la casa de Catalina Corvillón (32, educadora de párvulos) lo típico del domingo era no cocinar: “O pedíamos/comprábamos comida o íbamos a un restaurante”, relata. Si alguno no estaba en la casa o no quería almorzar, tampoco sus papás se hacían problema. La única regla era que, si bajabas a almorzar, siempre tenía que ser vestidos. El pijama estaba prohibido en la mesa, por muy domingo que fuera.

El asado era un clásico de los domingos en la casa de Carolina Doren (23, productora de eventos). Como ninguno de sus papás era bueno para cocinar, era su hermano mayor el que se lucía. La regla de oro: El que no se terminaba la comida no comía postre. “Y como nunca nadie se comía todo, porque era demasiado, el postre siempre fue un mito”.

LAS FIESTAS Y EL “CARRETE”

María Elvira Reyes (81) dice que bailaban harto lento, como el foxtrot americano, y que lo más movido era la raspa. “Bailar bailar, bailar, la raspa popular”, canta entre risas. ¿De tragos? Lo más fuerte era una Primavera, al menos para una mujer, explica.

En sus noches de juventud en Ovalle, René Tapia (78, secretario general de la Unión de Pensionados) se juntaba con sus amigos basquetbolistas. Eran los famosos malones, con cooperación, que no duraban más allá de las 12 de la noche. La música se escuchaba en un tocadisco o directamente en la radio: Los Platters, Pequeña flor –“muy linda canción”–, Bert Kaempfert y su orquesta, Los Cuatro Ases, eran parte del repertorio. Y se bailaba “como bolero, pero guardando la distancia y el respeto” acota.

Angélica Bozo (74, sicóloga) tenía 15 años cuando un verano en Las Cruces unos amigos la invitaron a bailar. Sus tíos la acompañaron de chaperones y la miraron bailar toda la noche. Después salía a bailar con su pololo a lugares como La Brujas y Las Urracas, donde tomaban ponche, piscola y cubalibre. “Yo me casé a los 21, entonces no me tocó ver mujeres solas que salieran a bailar”.

“Tengo un equipo, lo guardé de colección, que es un maletín tocadiscos y tiene dos parlantes estéreo incorporados. Antes de eso, poner música implicaba toda una logística, no como ahora que llega cualquier chico con un Spotify y otro con un parlante con bluetooth y está armada la fiesta”.
Claudio Sánchez (55, comerciante de instrumentos musicales)

“Cuando llegó la onda disco uno caminaba como Tony Manero, tenías un swing. Hace poco estaba viendo la película de nuevo y pensaba ‘que era hueón, ¡cómo imitaba a ese loco tan ridículo!’”.
Jorge Ogaz (53, administrador de empresas)

“Las fiestas tenían horario, siempre hasta las 2 am y eso se respetaba. Se corrían todos los muebles del living y el comedor y se ponían sillas alrededor de la “pista de baile”. Una se sentaba y esperaba a que la sacaran a bailar, Los Prisioneros, Grease, toda esa onda. A la fiestas de cumpleaños siempre llegaban los mismos colados que dejaban alguna embarrada, como comerse un pedazo de torta antes que se cantara”.
(Soledad Tagle, 49, profesora de enseñanza básica)

Se bailaba al ritmo de un casete, recuerda la odontóloga Natalia Bórquez (40). En la universidad era con Britney Spears, Backstreet Boys y el Axé, pero antes eran New Kids on The Block, Debbie Gibson, Sidney O´Connor y A-Ha los que amenizaban las fiestas. Eran los 80 y se llevaban los pantalones amasados color caqui, las chasquillas con laca y los jopos, “que eran un trauma para mí porque yo tengo el pelo crespo y nunca me pude hacer uno”.

“De vez en cuando con mis amigos hacíamos ‘una vaca’ y nos comprábamos una botella de pisco para todos, junto con cigarros de a 10 que costaban 200 pesos en esa época. Con mis amigas salíamos a buscar fiestas en las casas de los vecinos y bailábamos Pearl Jam, Los Cadillacs. Siempre me perdía los lentos porque a mí me dejaban salir sólo hasta las 2 am”.
Daniela Soto (37, dibujante técnico)

“Yo viví los inicios del reggeton. Lo que más se escuchaba era <<La Gasolina>>, <<Ven báilalo>>, etc. Pagabas $1.500 y las fiestas duraban hasta las 12 am. El papá que nos iba a buscar a todos nos invitaba ‘a bajonear’ para que le contáramos el carrete.”
Javier Gajardo (25, Estudiante de Leyes)

“En primero medio tuve mi primera curadera, vomité en el baño de la discoteque mientras mi prima me cuidaba. Para las fiestas de colegio, la típica tenida eran los pitillos de colores, unas zapatillas blancas y un polerón de canguro. Ahí bailábamos en círculo, hasta que alguno te decía ‘¿Querí bailar conmigo?’”.
Carolina Doren (23, productora de eventos)

LOS JUEGOS Y LOS JUGUETES

En el colegio, las monjas tenían el Metrópolis y otros juegos de salón. Además jugábamos a la pelota “envenená” y yo era la reina, me llegaban a zumbar las pechugas de los pelotazos”.
María Elvira Reyes (81)

“Cada uno tenía un aro, que los sacábamos de los tambores de parafina, y les hacíamos un garfio. Con eso corríamos a dar la vuelta a la manzana a ver quién ganaba. Para las pichangas le robábamos las medias a las mamás para hacer las pelotas. Les echábamos lo que cayera: lana, pedazos de género, papel. Daban buen botecito. Después, cuando las mamás se daban cuenta que les faltaba una media, nos llegaban los coscorrones, claro”.
René Tapia (78, secretario general de la Unión de Pensionados)

“Los juguetes que uno esperaba, sobre todo en Navidad, eran bien sencillos, generalmente de madera o metal, como una flauta. Yo vivía en una zona rural y dejaba los zapatos en la ventana para que el Viejito me dejara algún regalo ahí. Al día siguiente me encontraba un billete de 5 pesos. En la escuela jugábamos a las bolitas y el que tenía una bolita de cristal era un Farkas, porque eran todas de vidrio”.
Waldo Guerra (68, profesor normalista)

“Lo más importante en mi época era tener un carro de rodamientos. Uno mismo se lo hacía y andabas en la calle, un amigo te empujaba y después te cambiabas y tú lo empujabas a él”
Jorge Ogaz (53, administrador de empresas)
“En mi colegio nos tenían prohibido jugar al elástico y cuando nos pillaban las monjas, nos lo quitaban. A una amiga una vez hasta la amarraron con elástico. Yo me salvé.”
Natalia Borquez (40, odontóloga)

Alejandro Stuardo (38, publicista) recuerda especialmente los juguetes que nunca llegaban para Navidad. El microscopio, el juego de magia de Gustavo Lorgia, o las figuritas de He-Man o Transformers. Juguetes que al día siguiente salían a ver si, tal vez, estaban en la casa de algún tío o abuelo, porque el Viejito se había equivocado. Pero no había equivocación y casi siempre recibían de regalo unos zapatos Bata”.

“En mis primeros años de colegio el juego típico era ‘a las laminitas’, que consistía en apostar las láminas repetidas del álbum del momento, como el mítico álbum de Italia 90. Se armaban un montón de láminas, que se golpeaban con la palma de la mano abierta, y todas aquellas que se volteaban pasaban a ser propiedad de ese jugador”.
Pablo Vidal (34, diputado electo RD)

Al estudiante de derecho Javier Gajardo (25) le regalaron un Woody (el personaje de Toy Story) para una Navidad. “El juguete más bacán”, dice. Lo llevaba al campo y lo amarraba a la montura del caballo. Hasta el día de hoy el muñeco está en su cama. “Esa película está hecha para mi generación. Cuando salió Toy Story 3 yo estaba saliendo de cuarto medio y es brígido, porque Andy regala sus juguetes y se va a la universidad. Era por lo mismo que yo estaba pasando, me acuerdo que lloré y todo”.

LOS AMORES DE JUVENTUD

“Siempre fuimos a Viña en los veranos, era muy entretenido. Me acuerdo que yo iba a misa a las 8 de la mañana todos los días y me decían ‘qué piadosas las santiaguinas’. No tenían idea que era puro para ir pinchar, porque ahí se juntaban todos a la salida y se armaban los panoramas, para ir a Reñaca”.
María Elvira Reyes (81)

“Era mucho más restrictivo todo. En esa época teníamos el teléfono de la casa nomás y si tú estabas almorzando y te llamaba el que te gustaba le decían que llamara después, nomás, ninguna posibilidad de que te lo pasaran”.
Angélica Bozo (74, sicóloga)
“¿Vamos a caminar por la villa?”, le dijo Jorge Ogaz (53, administrador de empresas) a una niña que le gustaba. Tenía 14 o 15 años y, detrás de la pareja, iban todos sus amigos, expectantes y vigilantes a lo que iba a pasar. Iba todo bien, relata, cuando ella se atrevió a tomarle la mano. “Ahí todos se pusieron a gritar ‘Ahhhh, están pololeando, son novios’ y yo me morí de vergüenza”. Eran cosas de cabro chico, reflexiona, en una época en que todo era más inocente y, ellos, harto más mamones.

“Yo era bien nerd. Me gustaba escribirles poemas y cartas de amor a las niñas, las que claramente lograban su efecto. Pero siempre me costó avanzar a la siguiente etapa. No sabía ni cómo dar un beso. Tan mal no me fue: las chicas tomaban la iniciativa, aunque probablemente para ellas debo haber sido un flojo”.
Alejandro Stuardo (38, publicista)

“En mi colegio se hablaba de tirar para dar un beso y agarrar era algo más comprometedor. No existía el ‘ponceo’. Primero uno ‘andaba’ y si las cosas funcionaban bien había que pedir pololeo”.
Pablo Vidal (34, diputado electo RD)

“En mi grupo de amigos todos los juegos con penitencia eran para darle un beso a la persona que te gustaba. Nada era piola, pero todos se hacían los giles”.
Nicolás Escobar (30, abogado)