Cuando la maternidad se interrumpe


Hay ocasiones en que el Día de la Madre no es sinónimo de felicidad. A veces, esa celebración duele. No sólo porque hay hijos que no pueden celebrar a sus mamás. Sino también porque hay madres que han perdido a sus hijos. La fiesta, en esas circunstancias, no existe, aunque los recuerdos y los rituales particulares de cada madre pueden atenuar ligeramente esa pérdida.

A la muerte de un hijo, en la agrupación Renacer -un espacio para madres y padres en duelo- se le llama “maternidad o paternidad interrumpida”. Le llaman así porque no hay un nombre para los padres o madres que pierden a un hijo, como lo reconoce también una de las madres en duelo que habla en este reportaje. Y si no hay definición, dice Marco Antonio Campos, sicólogo y sicoterapeuta experto en procesos de pérdida y duelo, es tal vez porque pese a que la muerte es algo absolutamente humano, “es antinatura que padres tengan que presenciar el entierro de uno o más de sus hijos”.

En la página web de Renacer mensualmente llega una decena de mensajes de madres que piden ayuda o sólo quieren contar su historia para recibir una respuesta. Uno de esos mensajes, que llegó hace dos meses, contenía la reflexión de una mujer que perdió a su hija en 2015. Decía: “En estos años lo que más me molesta es que la gente que te ve te dice: ‘yo no sé qué haría en tu lugar’, ‘si yo me pusiera en tu lugar, me muero’. Chuta, yo tampoco sé qué es lo que hago, sólo me levanto todos los días porque hay que hacerlo; y segundo, ojalá me hubiera muerto yo”. La invitación para que ella asistiera a uno de los grupos que funcionan en diferentes comunas de Santiago y el país no tardó en llegar. “Aquí se acoge a quienes necesitan escuchar a alguien que entienda lo que están viviendo”, dice Campos.

En su consulta, lo que este sicólogo más ha oído es que una madre que pierde un hijo tiene un síntoma físico descrito por todas de una manera parecida: un desgarro, un dolor interno, y la sensación de haber perdido el pedazo de su propio cuerpo.

La muerte es una experiencia humana transversal. Culturalmente se aborda de diferentes maneras el destino que tendrá el cuerpo que yace, así como el propósito, para los que quedan vivos, que tuvo la existencia de la persona que ya no está. Pero, según Campos, trabajar la ausencia, el duelo y adaptarse al quiebre que genera la muerte de un hijo no sólo no tiene definición, tampoco responde a explicación cultural, religiosa, ni mítica que pueda sopesar la pérdida. “Lo que sí se puede es redefinir los ejes de la propia vida para sobrellevar el sentimiento de aflicción, el ensimismamiento y la necesidad de estar con otros, así como la tristeza profunda vinculada con esa muerte”.

Aquí, cuatro mujeres que han pasado por esta situación, que han visto morir a sus hijos en distintas circunstancias y en distintas etapas de la vida, cuentan qué sigue para una madre después de eso. Responden a esa pregunta que eriza la piel: ¿Qué se pierde cuando se pierde a un hijo?

Shirley Bórquez: “Me tatué su nombre pequeñito en la espalda”

Foto: Pablo Sanhueza

“Yo me enteré de la peor forma posible. Ese martes 15 de julio de 2014 me levanté muy temprano. Estaba haciendo el aseo de la casa y en eso me llama mi marido, que maneja buses aquí en Valparaíso. Me dice: ‘Shirley, la mataron, la mataron a la Nicole. Lo escuché en la radio, pon las noticias’. No entendí nada. Él llegó hasta acá con la micro y los pasajeros, me repetía lo mismo y yo le decía: ‘No, si a esta hora la Nicole está durmiendo’. Fuimos a los carabineros que están aquí cerquita, nos llevaron a la PDI. Yo no me acuerdo mucho, estaba como en shock. Ahí nos confirman todo. No se puede describir con palabras lo que sentí, es un dolor físico. Sé que caí al suelo”.

Shirley Bórquez recuerda el momento más aciago de su vida con la voz quebrada, sentada en el comedor de su casa en el cerro Cordillera. Hace casi cuatro años, su hija Nicole Sessarego, de 21 años, fue asesinada con 11 puñaladas por un desconocido. Lucas Azcona la siguió cuando esa madrugada la vio salir del metro y la atacó cuando ella estaba por entrar al edificio donde vivía en Buenos Aires. Nicole había llegado a esa ciudad cinco meses antes, gracias a una beca que se había ganado en su universidad: la Playa Ancha, donde cursaba Periodismo. Su madre viajó cinco veces a la capital argentina, hasta que en noviembre del 2016 Azcona fue finalmente condenado a 35 años de cárcel por homicidio. Entonces Shirley Bórquez (48) volvió a Valparaíso con la tarea cumplida, pero con la pena intacta, partiéndole el corazón. Con un vacío que aún no sabe cómo llenar.

-¿Aún mantienes en su habitación el ánfora con sus cenizas?

-Sí. No las quiero mover todavía. No sé qué va a pasar. Yo vivo el día a día. Soy una montaña rusa de emociones. Hay días de mucha pena. Las fechas, sobre todo. El día de la mamá. Pero hay que tener paciencia y esperar el momento.

-Cuando dices “esperar el momento”, ¿te refieres a reunirte con Nicole?

-Sí. Para mí ojalá el tiempo pase rápido, que el Diego (su otro hijo, de 18 años) crezca pronto. Bueno, uno nunca sabe cuándo a uno le tocará partir… Yo espero no tener vida larga, sino vida corta.

-¿No le tienes miedo a tu muerte?

-No. El día que esto pasó, yo morí. La Nicole era mi niña amada.

-¿La pena se mantiene, disminuye, aumenta?

-Crece. Al principio yo la buscaba en la gente, buscaba alguna niña con su pelo largo… ya no lo hago. A veces pienso que todavía no asumo esto. Tengo dolor que me duele en el pecho, pero me levanto y es por ella. Ella nunca hubiese querido verme en el suelo.

-¿Han ido variando tus sentimientos en estos cuatro años?

-Están todos mezclados. Al principio tenía rabia, porque todos los días le decía: “Nicole, no andes sola” y ella me decía: “Mamá, aquí no pasa nada”. Y mira lo que pasó porque no me hizo caso. Pero tengo tanto orgullo por ella también, fue la primera universitaria de la familia, la primera que viajó. En la universidad le dieron su título póstumo; yo lo colgué en su pieza.

-Tratas por todas las formas de mantenerla presente.

-Sí. Uso su perfume para sentir su olor. Uso sus pañuelos. Me tatué su nombre pequeñito junto a una golondrina en la espalda.

-El perfume, los pañuelos, el tatuaje. Tu hija, literalmente, pegada a tu piel.

-Por supuesto. Ella era carne de mi carne.

Cada mañana, Shirley abre las cortinas rosadas de la pieza de Nicole, en el segundo piso de la casa, junto a su taller de costura. En las noches, antes de dormir, las cierra. Mantiene también, junto al ánfora y a los pies de una virgen de yeso, un ramo de flores siempre frescas. Le deja un pijama limpio bajo la almohada. En el clóset aún están colgadas y perfectamente ordenadas sus blusas y chaquetas. Como si Nicole, en un acto de fantasía, improbable pero feliz, fuera a llegar en cualquier momento a la habitación que usó desde niña.

-¿Te sientes más tranquila hoy?

-Por el lado legal, supersatisfecha.

-Satisfecha desde un punto de vista racional, digamos. ¿Y tu corazón?

-Pésimo. No hay consuelo. No hay conformidad, nada. Esto no pudo ser voluntad de Dios, no sucedió porque Él quisiera; porque si Dios es amor, ¿cómo pudo pasar esto? Cuando un hijo muere, todo se derrumba.

-¿Cómo se reconstruye una madre después de esto?

-En mi caso, de a poco… Pero es que enterrar a un hijo es antinatural. Lo conversábamos con mi sicólogo: existe la palabra viuda, existe la palabra huérfano, pero no existe palabra para llamar a una madre que pierde a un hijo. No es natural. No le encuentro el sentido.

-Tú no quisiste ver a Nicole después de su muerte.

-Estaba la posibilidad, pero me recomendaron que no.

-Prefieres recordarla radiante a sus 21. Como la viste cuando la visitaste en Buenos Aires, un mes antes de su asesinato.

-Sí, prefiero recordarla siempre joven y linda.

-Decías hace un tiempo: “Quiero darle sentido a esto para no morirme de pena”. Si aún no le encuentras sentido, ¿entonces te estás muriendo de pena?

-Sí.

-¿Qué se pierde cuando se pierde un hijo?

-Se pierde todo. Yo creo que perdí la vida. Sigo en pie físicamente, pero perdí todo.

Flora Hermosilla: “Nunca pensé que estaría otra vez de duelo por un hijo”

“Tuve cuatro hijos y se me han muerto dos: Katherine, cuando tenía diez meses, y Sebastián, a los 12 años. Ambos murieron de fibrosis quística, y ambas muertes me han hecho sentir que un pedazo de mí ha sido arrancado a la fuerza y de manera muy dolorosa. El duelo por la pérdida de un hijo no se termina. Es una pérdida que nunca se supera.

Mi Sebita murió en diciembre. El nació con la enfermedad y desde entonces pasábamos en el Hospital Calvo Mackenna, donde él estaba hospitalizado o haciéndose exámenes. Era nuestro segundo hogar. Él tenía una sensibilidad muy fuerte conmigo y con las niñas. Tenía un grupo de tres amigas que también tenían fibrosis quística. Como los exámenes les salían malos, lograban quedar todos hospitalizados  juntos.

Cuando estaba sano hacíamos un ‘boom’. Así le llamábamos al momento en que metíamos las cosas a nuestras mochilas y nos íbamos a la playa de improviso. Cartagena era su lugar favorito. No me puedo olvidar de su sonrisa cuando nos bajábamos del bus y andábamos por la playa.

A mis 43 años, me he sacado la mugre para que mis hijos (hoy están vivos la mayor, de 22; y el menor, de 10) tengan lo que quieren. Sobre todo porque cuando murió Katherine, en 1999, aprendí que uno puede no tenerlos para siempre. Ese duelo fue muy duro. Me dio una depresión fuerte y me puse a tomar para evadir lo que pasaba. Un día, mi hija mayor me dijo: ‘Me tienes a mí todavía. ¿Acaso no me quieres?, ¿por qué haces como si yo no existiera?’. Ahí me di cuenta que la vida sigue y sólo queda aprender a vivir con el dolor.

Nunca pensé que podía repetirse esta historia y que estaría nuevamente de duelo por un hijo. Y con Sebita es distinto, porque estuve 12 años con él y nos acompañábamos. Ha sido muy duro; tanto, que a veces ni siquiera me dan ganas de hacer cosas, sólo quiero reencontrarme con él.

Aún tengo sus conversaciones de WhatsApp en mi celular y escucho las notas de voz para oírlo. Eso me hace sentirlo cerca, aunque ya no puedo contestarle.

Ir a terapia al Hospital Salvador me ha servido para sobrellevar esto, aunque sé que la pena va a estar siempre y que ahora es doble. Me he refugiado en las cosas que al Sebita le gustaban. Sigo pendiente de sus amigas del hospital. Voy todos los días al Calvo Mackenna para ayudar a sus mamás en una feria de las pulgas que organizan.

Lo que yo perdí cuando perdí a Sebita es una parte gigante de mí misma. Como si me hubiesen cortado un pedazo de mi alma y de mi cuerpo. Como si me hubiesen roto el corazón.

A Sebita lo extraño demasiado. Como a él no le gustaba verme triste y si yo lloraba él lloraba conmigo, trato de dar sonrisas y alegría, aunque por dentro siento que me estoy muriendo. Me cuesta decir que está muerto, porque yo no lo asumo todavía. He hecho cosas para sentirme mejor, trato de pensar en mis otros dos hijos que me necesitan, pero el mundo igual se me viene abajo.

Me aferro a Dios, a la Virgen de Guadalupe y a la promesa de Sebita de estar siempre conmigo. Él tenía razón en lo que decía: un hijo, aunque no esté físicamente, siempre está con uno”.

Hilde Rohland: “Una cosa es recordarla, y otra aceptar que nunca más la vas a ver”

Foto: Pablo Sanhueza

Fue una llamada, en octubre del 2009, la que cambió todo. Hilde Rohland y su marido, Luis Castillo, estaban gastando el tiempo libre en Viña. Entonces vino desde Santiago el llamado urgente de Claudia, la mayor y única mujer de sus tres hijos. Había regresado recién de viaje, fue por unas molestias a la clínica y tuvo un resultado demoledor: tenía cáncer mamario nivel IV, el más agresivo. Fue un balde de agua fría para todos. Los padres regresaron veloces a acompañarla. Vino la operación, largos meses de convalecencia, sesiones de quimioterapia, metástasis en los huesos, más quimioterapias, metástasis en el hígado y en total seis años de sobrevida, en los cuales los padres se dedicaron a esta hija que no perdía el ánimo pese a que todo se derrumbaba a su alrededor. Claudia Castillo, acompañada de Hilde y de Luis, murió el 26 de agosto de 2015. Tenía 43 años.

“El proceso al final fue demasiado rápido… La acompañé un lunes a la clínica, porque le iban a hacer un PET. Quedó hospitalizada. El resultado del examen fue nefasto”, dice Hilde Rohland (72) y se quiebra en silencio. Las lágrimas le caen espesas sobre las mejillas. El doctor nos dijo que no había nada más que hacer. Le pedimos que él se lo dijera a ella, nosotros no éramos capaces. Así se enteró la Claudia, rodeada de sus padres y sus hermanos. Luego entró en un sueño profundo, sedada para combatir el dolor. Murió la madrugada del miércoles”.

-¿Qué sentiste en ese momento?

-Yo… no sabría describirlo… Yo lo único que rogaba es que no sintiera dolor, que no sufriera. Esa noche Lucho y yo nos quedamos a dormir en la clínica con ella. Yo desperté justo antes de que ella dejara de respirar, como a las 7 de la mañana.

Fueron seis años de batalla. ¿Te habías preparado para su muerte, o eso no es posible?

-Uno nunca está preparada. Hasta hoy la echo de menos. Todos los días y a cada rato la recuerdo. En las rutinas diarias. Cuando salgo y miro al cielo y hay nubes, me acuerdo de ella. Así la siento presente, de esa forma me consuelo.

-¿Existe consuelo?

-No sé… Tengo una amiga a la que se le murió un hijo hace muchos años y dice que nunca terminas de aceptarlo. Me decía: siempre converso con él, en las cosas cotidianas. Yo ahora he aprendido a hacerlo… le hablo a la Claudia, y eso me alivia. Pero sigue siendo difícil aceptarlo y encontrarle un sentido.

-¿Has tenido rabia?

-No, porque en el fondo las cosas pasan no más. A uno les toca, a otros no.

-¿Cómo se reconstruye una madre después de esto?

-Es que un hijo es irremplazable, cada hijo es distinto y único. Por eso, uno nunca termina de cerrar el círculo. Es una herida siempre abierta. Así no funciona la ley de la vida, no somos los padres los que deben enterrar a sus hijos.

-¿Cómo se sigue adelante?

-Acompañándose con los que quedan y recordando. Vamos al cementerio dos veces al mes, le contamos lo que sucede, le celebramos el cumpleaños. Facebook nos recuerda los eventos con ella y los compartimos. Ella nos armaba todos los panoramas, era una mujer tan alegre. Como su presencia era tan grande, su ausencia es también inmensa. Se extraña tanto. Una cosa es recordarla, y otra aceptar que nunca más la vas a ver.

-¿Sueñas con ella?

-Pocas veces. De repente siento que está en el sueño, pero no la veo.

-¿Qué se pierde cuando se pierde a un hijo?

-En el fondo… (suspira)… en el fondo nos perdimos la vejez junto con ella. Nos había ofrecido cuidarnos. Y habría sido tan bonito. No alcanzamos a viajar con ella… Nosotros esperábamos poder llegar a viejos con ella cuidándonos. Y ya no hay manera. La historia quedó trunca. Ella no nos verá envejecer, tampoco la veremos envejecer a ella. Se pierde la posibilidad de saber cómo habría seguido la historia para nosotros, para ella y para los tres juntos. Quedará por siempre sin respuesta.

Verónica Rebolledo: “Es posible tener una mejor calidad de vida pese al dolor”

Foto: Pablo Sanhueza

“Felipe, mi hijo, me dejó una misión: tratar de hacer comprender a otros padres y otras madres que han perdido a sus hijos que, a pesar de todo el dolor, uno puede vivir una buena vida y ser feliz de otra forma.

Él falleció en un accidente automovilístico a los 25 años, hace más de una década. No doy más detalles, porque dejarlo así es parte de mi sanación.

Cuando se pierde un hijo es como perder un pedazo de tu cuerpo, de tu alma, de todo. Se te va un pedazo de tu vida. Eso con el tiempo uno lo va recuperando emocionalmente. Con los recuerdos, por ejemplo.

Después de la muerte de un hijo se pierde un poco el sentido de las cosas de la vida. Cambian tus valores, cambian tus prioridades. Con el tiempo hay muchas cosas que dejan de tener tanta importancia. Quienes hemos perdido un hijo vivimos la vida de otra forma. No queda otra que aprender así, de golpe y porrazo.

De él guardé cosas para recordarlo, no todo, pero hay algunas cosas simbólicas. Todos los papás que hemos perdido a un hijo lo hacemos. Lo sé porque cuatro meses después de que Felipe murió, entré a Renacer, una fundación que ayuda a padres a vivir el duelo de la pérdida de un hijo, y me di cuenta que lo que me pasaba a mí le estaba pasando a otras personas. Creo que eso, estar acompañada por esas personas que entendían, marcó un antes y un después en la manera que estaba viviendo mi pérdida.

La primera vez que fui, pensé: ¿cómo puede haber gente que sonríe después de esto tan terrible que les pasó? Luego entendí que es posible llegar a tener una mejor calidad de vida pese al dolor.

Ese dolor de perder a un hijo no se va nunca, sólo se puede aprender a vivir con él. El tiempo hace su obra y nos ayuda, aunque cada uno tiene sus propios plazos para lograr recomponerse. Hay dos certezas: que un hijo se recuerda en cada instante y que no hay tiempos definidos para estar mejor.

Siempre voy a tener una herida abierta. Cuando una madre pierde a un hijo, hay un pedazo de tu cuerpo y de tu alma que te la arrancan. Con el tiempo me he ido recuperando emocionalmente gracias a los recuerdos, gracias al apoyo de mi marido, de mi otra hija y de mis nietos. Además, estar en una fundación donde hacemos grupos de ayuda mutua y tenemos el soporte de profesionales, ha hecho que este camino sea más cálido y acompañado.

Dos años después de llegar a Renacer, empecé a ser monitora y a apoyar desde mi experiencia a otros padres que ha sufrido lo mismo que yo. Ese ha sido mi cambio y mi manera de poder vivir más en paz con esta experiencia tan dolorosa.

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