El Transiberiano

De Moscú a Ulán Bator en una versión turística del mítico tren que ya cumplió cien años. Más de siete mil kilómetros y quince días a través de la llanura siberiana, el lago Baikal y la estepa mongola.


Hace cuatro días que estoy a bordo del Transiberiano, el mítico tren que cruza Rusia. Hoy me despertó la solidez del hierro, las ruedas pisando fuerte sobre las vías, un sonido metálico rotundo que parece que viene de adentro mío: elásticos, remaches, bulones, resortes. Supe que no volvería a dormir y aunque faltaba para el amanecer me levanté y caminé hasta el espacio rectangular que divide los vagones. Salvo algunos empleados, todos dormían. Se escuchaba el silencio a pesar del hierro. Silencio muerto, como después de una noche de vodka. El espacio es pequeño, en cinco pasos llegué de una puerta a la otra y por las dos vi el amanecer de niebla y luz rosa sobre los bosques de abedules. Dentro de un rato haría calor en Siberia, la tierra donde uno se imagina el frío más frío.

En el coche 33, donde viajo, hay nueve camarotes, cada uno para cuatro personas. En la mayoría van dos, lo que resulta más caro, pero también más cómodo para moverse, cambiarse, apoyar las valijas. Es una cabina amplia, con gabinetes donde guardar cosas de tocador, percheros y un espejo de cuerpo entero que aparece al cerrar la puerta. Los asientos se hacen cama de sábanas blancas de algodón y los separa una mesa con florero. La mesa perfecta para apoyar un libro o la computadora y mirar por la ventanilla. Debería ir con mayúsculas: Mirar por la ventanilla. Es una de las principales ocupaciones de un viaje en tren. Ocurre todo el tiempo, a cualquier hora, con el propósito de hacerlo y también involuntariamente. Más de una vez durante el viaje por la llanura rusa me pesqué mirando por la ventanilla. A veces, la llegada a una estación, otras un amanecer y, siempre que pude, los bosques de abedules. Varias horas, una mañana, diez minutos. El tiempo parece más relativo en un viaje en tren.

El complejo idioma en la parada de Irkutsk.

La idea de Siberia

El Transiberiano es una red ferroviaria con distintos ramales. La mandó a construir el zar Alejandro III a fines del siglo XIX. Trabajaron campesinos, presos y soldados; rusos, chinos, persas y turcos; más de 90.000 hombres comandados por ingenieros para domar la naturaleza (en invierno la temperatura cae a los 40 bajo cero). Tardaron casi 30 años en llegar al océano Pacífico.

El ramal más extenso termina en Vladivostok: 9.288 kilómetros sin salir de Rusia y atravesando ocho husos horarios. Ese viaje lo hizo David Bowie en 1993. El ramal de esta crónica es el Transmongoliano, que después del lago Baikal entra en Mongolia y termina en Beijing, y el tercero es el Transmanchuriano, que va a China por Manchuria y también termina en Beijing.

Hay muchas formas de hacer este viaje. La que cuento es en un tren turístico que tiene dueño, el alemán Helmut Mochel, y funciona de la siguiente manera: los vagones turísticos, entre cuatro y siete, según el viaje, se enganchan en trenes de línea. Salimos de Moscú enganchados a un tren hacia Vladivostok. Unas diez o doce horas más tarde nos desenganchamos para quedarnos un día en Ekaterimburgo, el principio de Siberia. Ese día dormimos en un hotel, al día siguiente recorrimos la ciudad y luego, vuelta a engancharse y a desengancharse, y así un viaje de una semana dura quince días. Se conocen ciudades, cuesta más y desafía la esencia del tren, que nunca se queda, siempre pasa.

El alemán, que vive en Berlín y controla todo por WhatsApp y por cámaras, a veces no encuentra tren para engancharse y en esos casos alquila una locomotora por un tramo. De Novosibirsk a Krasnoyarsk, por ejemplo, fuimos cortos, apenas seis vagones y una locomotora. Hasta podríamos ser una banda de metal: Los Acoplados de Siberia.

Coche comedor del Grand Transiberian Express.

En Nizhni Novgorod, a las veinte horas del primer día, cruzamos el Volga, el río más largo de Europa, y un rato antes probé el primer de varios borsch –una sopa de verduras que tiene un color rojo intenso- y saludé a Alejandro, Alina, Rita, Eugenio y otros pasajeros. Con los días sabría más de ellos que de muchos conocidos. Qué cara tienen cuando se levantan, a qué hora van al baño, si son noctámbulos, qué comen y qué dejan, la música que escuchan. Las historias que cuentan y las que uno imagina que se guardan.

Al quinto día de viaje, la imagen de Siberia se complejiza. La tierra amorfa, inmensa y yerma adonde llevaron a los prisioneros de Stalin, el castigo por antonomasia, el destierro, la tierra más lejana que pueda existir, la región que existe gracias al Transiberiano –el tren conecta 87 ciudades– es todo eso, pero al transitarla crece. Por lo pronto, hace muchísimo calor.

A la mañana veo cómo un grupo de militares acomoda un radar enorme en un vagón y a la tarde veo trenes. Trenes cargados de carbón, gas, madera, autos, tierra, containers, pasajeros, historias. Rusia se transporta en tren. En el Museo del Ferrocarril de Novosibirsk entro a un vagón cárcel utilizado por los prisioneros de Stalin y también a un vagón hospital, donde se operaba durante la Segunda Guerra Mundial. También veo una locomotora con una pala enorme en el frente para apartar la nieve de Siberia.

Parada en Taichet, al atardecer.

Cuando cruzamos un tren, la ventanilla se oscurece o se tiñe de verde o de rojo, según el color de la formación que pasa. Los cambios de la luz marcan el viaje. No veo una marta cibelina –un tipo de comadreja– ni un armiño, pero en la espesura de la taiga hay de los dos y sus pieles se usan para abrigo.

En Siberia hay ciudades grandes: Novosibirsk, Krasnoyarsk, Irkutsk, yacimientos de gas, petróleo y oro, cadenas de hoteles cinco estrellas, estatuas de Lenin de muchos tamaños y perfiles, bares cool, iglesias con iconos tan dorados que encandilan, calles de nombre Karl Marx, fanáticos de Natalia Oreiro, la hoz y el martillo en los edificios públicos. A medida que el tren avanza, mi imagen de Siberia estalla y se vuelve a armar. Fantasía y vida real en tensión constructiva.

No me quiero bajar

Ya hace ocho días que estoy a bordo del Transiberiano. Aprendí a dormir acunada por el metal y a saludar a desconocidos en la puerta del baño. Crucé ocho husos horarios y tuve ganas de comprarme una dacha –casa de verano– a orillas del río Ob. Le pondría un cerco de madera y un invernadero para cultivar remolachas y pepinos, como tienen todas. Y acumularía la leña en un cobertizo.

Después de los abedules vino la taiga, un bosque cerrado de pinos, alerces, álamos, el bosque más grande del mundo en el país más grande del mundo.
Aprendí que para tomar vodka de un saque hay que exhalar aire antes. Después de los rubios de ojos azules vinieron los buriatos, una etnia mongola. Es raro verlos tan asiáticos, escucharlos hablar ruso, imaginarlos comiendo borsch y papas.

Monumento en Novosibirsk.

Ayer paramos toda la tarde a orillas del lago Baikal, el lago más profundo del mundo, que en invierno se congela entero y se puede patinar y atravesar en auto. Aunque estaba fresco, algunos se bañaron porque dicen que el Baikal es poderoso.

Hace ocho días que viajo a bordo del Transiberiano y veo cómo la convivencia se raja. Los españoles que sin conocerse se hicieron tan amigos y se reían fuerte y tomaban vino a escondidas ya no se soportan.

Un día antes de la frontera con Mongolia el paisaje se vuelve montañoso y verde. Tres meses verde hasta la nieve. Este tren termina en Ulán Bator, la capital de Mongolia, pero es posible conectar con otro ramal y llegar a Beijing. Hace ocho días que viajo a bordo del Transiberiano y no me quiero bajar.

 

DATOS ÚTILES: 

  • El Gran Transiberiano Express es un tren turístico de lujo de siete vagones.
    Hay tres categorías de camarotes –Standard, Silver y Gold-, vagones comedor, guías en varios idiomas, excursiones en distintas ciudades y actividades a bordo (clases de ruso e historia, entre otras).
  •  Igual que un crucero, el Grand Transiberian Express funciona con la modalidad todo incluido. Las salidas son entre junio y septiembre, y el viaje de Moscú a Ulán Bator ronda los cinco mil dólares por persona en base cuádruple.
  • Otra opción, perfecta para mochileros, es hacer el Transiberiano como lo hacen los rusos. Bastante más económico, y también más esforzado: es necesario sacar los tickets, planificar las paradas y el tiempo en cada ciudad, ya que los pasajes tienen fecha fija. Y, muy importante, estar atentos al horario de partida del tren para no perderlo (en todas las estaciones se toma la hora de Moscú). El precio de un pasaje directo de Moscú a Vladivostok es desde seiscientos dólares (www.russiantrains.com) en un camarote para cuatro personas con dos camas arriba y dos abajo y un solo baño por vagón. La aventura incluirá dosis de intuición e ingenio, ya que en el interior de Rusia pocos hablan inglés.

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