Kike Ferrari: Escribo libros premiados; y en la noche limpio el subte


De adolescente quería ser Henry Miller, o Hemingway, pero escribía muy mal. Poemas muy malos y relatos que no tenían forma. Y no tenía ganas de sentarme a corregir. Lo que quería era vivir la experiencia de ser un escritor.

Desde muy chico leía historietas, cuentos, relatos. Pero cuando llegué a otros autores, algunos rusos, y sobre todo el uruguayo Juan Carlos Onetti (todavía mi favorito), sentí que me echaban de la literatura. Pensé: Yo no lo puedo hacer así. Entonces, sublimé por otro lado: militaba en una organización política y escribía los volantes, redactaba el periódico del centro de estudiantes de la escuela, tocaba el bajo en una banda y componía las letras. Y a los 25 años me pasó de todo: la banda se disolvió, mi novia me echó de la casa, falleció mi abuelo y se me fundió la camioneta: yo trabajaba de fletero, así que me quedé sin trabajo y sin vehículo.

Me fui a vivir a la casa de mis viejos. Era 1997 y en Argentina había un nivel de desocupación enorme. Una noche, buscando en los clasificados, encontré tres posibilidades de repartidor o cosas así. En el bolsillo tenía la plata para un boleto de colectivo, así que tenía que elegir uno de los tres al azar, ir a la entrevista, conseguir el trabajo y volver caminando. Pero en vez de hacerlo, bajé al kiosco (me conocían porque yo había vivido mucho tiempo ahí) y les pedí que me dieran una cerveza. Volví a mi habitación y me puse a escribir. Escribí la historia de un hombre que se baja de un colectivo, camina tres cuadras y entra a un bar. Escribí durante cinco horas y me fui a dormir. Y me desperté y no fui a buscar el trabajo, sino que terminé el primer borrador del relato.

Fue una fuga hacia adelante: la literatura es una fuga hacia adelante. Durante todas esas horas, había salido de ese mundo de mierda en el que todo estaba mal y me había ido a otro mundo. Un mundo en el que mandaba yo. Era como leer, pero mucho mejor. La vida de mis personajes no es mucho mejor que la mía, pero al menos yo decido qué pasa. Lo cual estaba bastante lejos de lo que me sucedía en ese momento. La banda se había disuelto porque mis compañeros no querían tocar más, mi pareja me había echado, la camioneta no andaba y mi abuelo se había muerto. Yo no había decidido absolutamente nada de todo eso.

Ese relato me pareció decente. Todavía hoy me parece que está bien. Y seguí escribiendo y no paré más.

Trabajé de ayudante de electricista, panadero, taxista, cortando el pasto, de lavaplatos, vendiendo seguros, como docente en un instituto de menores, un tiempo breve como periodista, atendí llamados en un call center, y siempre seguí escribiendo.

Nunca hice talleres. Los textos los trabajaba con amigos escritores a los que consultaba. Fui aprendiendo de leer, de ir corrigiendo. Empezás a leer distinto. Ricardo Piglia decía que agarrás las llaves del libro: dejás de perderte en la historia y pensás cómo se hace. Cada texto te enseña.

A los premios les doy mucha importancia, porque a los que no venimos de la academia -a duras penas terminé la secundaria en un nocturno-, necesitamos validación. Si no, te pasa como en la música. A mí, la banda en la que tocaba me encantaba, pero era una cagada. No funcionaba. Y yo me preguntaba: “¿Por qué no nos va bien si está buenísimo?”. Y pagaba para tocar, cargaba los instrumentos y parecía que tenía una banda cuando en realidad jugaba a tener una banda.

Es como ir a jugar los jueves a la pelota y pensar que sos futbolista. Con la literatura, eso te puede pasar enseguida. Un amigo te publica, juntás la plata y autoeditás unos cuentos. Así que cuando en 2009, Casa de las Américas me dieron una primera mención por la novela Lo que no fue y cuando en 2012 gané el premio Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón con la novela Que de lejos parecen moscas, que acaba de salir en Alfaguara, era un primer nivel de validación.

En 2013 entré a trabajar en mantenimiento de la estación Uruguay de la línea B del subte de Buenos Aires. Al tiempo, vino un pibe y me preguntó si me podía hacer una nota, si me podía sacar una foto con el uniforme. Después vino otro y otro, y la televisión. Y me sirvió un montón: terminé llegando a Alfaguara por una nota que salió en el Wall Street Journal titulada “El barrendero que escribe”.

Sin embargo, el contraste lo ven los otros. Cuando empecé a escribir, era fletero y hacía mudanzas. Cuando corté el pasto seguí escribiendo. Hice doscientas cosas y en paralelo escribía. Siempre tuve dos oficios. Uno que va ganando terreno y me da un poco de plata que antes no me daba y otro que es el que hago para pagar las cuentas. No son tan distintos. Uno me interesa y el otro no. Pero no creo que haya una gran diferencia entre ser carpintero y mecánico y el oficio de escribir.

Siempre lo tomé así: me gusta tener disciplina de laburo. Ahora, con mi mujer tenemos tres hijos. Hasta hace un tiempo, éramos muy buenos padres de dos hijos. Ahora, somos unos padres mediocres de tres: nunca llegamos a hacer las cosas. Por ellos abandoné mi rutina y ahora ya me resigné. Me mataba tratando de encontrar mi hora de escribir. Hasta que me di cuenta de que no iba a haber. Iba a escribir cuando pudiera. Siempre escribía en la computadora y descubrí que para mi nueva novela, que tiene cinco voces, no iba a poder hacerlo ahí. Así que me compré cinco cuadernos y en cada uno organizo una voz. Pero hubo un momento en que era un zombie. No estaba fresco. Y si no estás fresco, este oficio no se puede hacer. Es como ser carnicero: un mal movimiento y te cortás los dedos.

Quizás, el contraste que todos ven entre mis dos ocupaciones yo lo haya notado la tarde que recibí un mail de una universidad de Georgia. Porque los gringos tienen esas carreras que estudian cosas superespecíficas: dentro de la literatura, literatura de género negro en la Argentina entre 2000 y 2016. Claro que entrás: somos treinta los que hacemos eso. Me escribieron preguntándome algo de un cuento mío. Y para mí, que no vengo de la academia, que me escribieran de una universidad extranjera, que me escribieran tipos que estudiaban lo que yo había escrito, era muy impactante.

En ese momento yo trabajaba en el subte en el turno de la noche. Así que a las ocho les mando el material, ceno y a las once entro a trabajar. Baldeo la estación con mis compañeros. Terminamos de laburar a la una y tanto de la mañana, con un olor a mierda espantoso. Y cuando estamos yendo a uno de los accesos, vemos que un mendigo nos había cagado el acceso recién baldeado. Así que teníamos que sacar la caca y volver a baldear. Ahí me di cuenta de que en cuatro horas yo había pasado de contestar requerimientos de la Universidad de Georgia a limpiar mierda de homeless. Ese día sí sentí el impacto y pensé: “Nadie tendría que hacer este trabajo”

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