La casa del museo

Vista desde avenida Vitacura de la casa en construcción, con el Impala de Jorge Yarur Banna estacionado al frente.

Ese es el título del libro que acaba de publicar el historiador Alfredo Joceyn-Holt y que cuenta la historia de la casa que hoy es el Museo de la Moda, en Vitacura. Fue construida por el empresario Jorge Yarur Banna a comienzos de los 60 como residencia familiar. Según el autor, las características de esta mansión enorme, moderna y novedosa para sus tiempos habla mucho de su dueño. Aquí, un extracto del capítulo 5: “La casa de un banquero”.

Por algunos datos testimoniales que hemos podido recopilar, tenemos la impresión de que la casa de Vitacura fue siempre y, por sobre todo, de Jorge Yarur, antes bien que de cualquiera otra persona incluyendo a su entorno familiar. El primer antecedente que disponemos de la casa (antes de que se la construyera) es el croquis, dibujado en papel con el sello del hotel Castellana Hilton de Madrid de 1958, durante la luna de miel. Clemencia Sarquis Yazigi, amiga de la familia y frecuente visita de la casa, en entrevista que nos concediera, confirmó que JYB (Jorge Yarur Banna) “entendía de arquitectura”. A su vez, al preguntársele por qué un hombre sobrio se hizo una casa tan grande, Sarquis respondió de inmediato:

Los arquitectos quisieron lucirse. Jorge adoraba a Larraín (Sergio Larraín Prieto), confiaba en él, lo deja hacer con la casa, y él quiere dejar una impronta.

(…)

En vida, don Jorge era, además, el indiscutido centro de la casa que, como hemos visto, arquitectónicamente hablando, no pareciera haber tenido un eje en especial. Por eso, quizá, se vea más vacía y posiblemente hasta menos cálida que lo que debió haber sido cuando vivía. Las principales actividades sociales eran los almuerzos de los domingos durante todo el año, en que se convidaba a amigos muy íntimos, asimismo el día de su santo (por san Jorge, 23 de abril) y el de su cumpleaños (24 de diciembre), coincidiendo con las vísperas de Pascua, y al día siguiente del cumpleaños de doña Raquel, su señora, juntándose muchísima gente. En dichas celebraciones —curiosamente rituales y centradas en su persona— la casa alcanzaría su máximo esplendor. Después de su muerte, nunca más se volvería a recibir, a esa y a ninguna otra escala.

El bar junto al living de diario, que es donde él atendía personalmente a sus invitados, confirma lo que acabamos de señalar. Es coincidente con su fuerte afición por todo lo que fuera norteamericano. El cocktail bar es, desde luego, una invención norteamericana, a la vez que toda una novedad por aquel entonces en Chile, país en que se habría considerado raro destinar un único lugar físico de una residencia particular donde preparar y servir tragos (era cosa de hoteles, clubes y restaurantes, y además para ello había mozos de sobra que podían preocuparse de los invitados). El bar, sin embargo, será central en este caso, aun cuando en sí no tiene ninguna particularidad arquitectónica en especial. Ni siquiera se parece al de la casa de Reñaca que es muy producido, hecho a la medida del lugar donde está ubicado, destinándosele todo un ambiente ad hoc, con además de boiserie, un mural. El mobiliario del bar en Vitacura, en cambio, si bien es exótico, parece improvisado: semeja a una tienda de campaña de algún jefe militar de una de las Cruzadas, con toldo y lanzas (las sillas son plegables); fue diseñado por los dos mueblistas a cargo de la decoración (Luis Valdés y Mario Matta). Definitivamente no corresponde a los arquitectos, quienes simplemente se limitaron a planear una habitación más de las muchas que hay esparcidas por toda la casa. En el fondo, el bar es un eje porque Jorge Yarur con su presencia expansiva lo haría suyo (además, le gustaba hacer de barman). Estando él allí, ese era el núcleo de la casa, aunque un núcleo móvil, él siempre omnipresente. Como lo sería también en los garajes donde le gustaba oficiar de mecánico amateur, y en las salas del subterráneo donde se proyectaban películas, siendo también aficionado a filmar. Sabemos, además, que tomaba desayuno en pie en el comedor de diario, solo o acompañado por Jorge Juan cuando este, de niño, iba al colegio. Trabajaba duramente la semana entera, pasaba el día completo en el banco (era trabajólico crónico); Raquel, su mujer, se vestía y arreglaba de forma especial para recibirlo cuando llegara y durante los fines de semana se convertía en el señor de la casa, y la casa revolucionaba en torno a él. Por eso, probablemente, Jorge Juan insiste en que esta casa nunca pareció enorme. Estando su padre ahí, o momentáneamente ausente incluso, se llenaba, cumplía el propósito para la cual fue hecha.

El espacio más personal (de hecho, sigue siéndolo hoy en día) es el escritorio. La primera impresión que uno tiene es que no es un escritorio de trabajo, no es un despacho desde donde conducir negocios. A lo que más se parece es a una biblioteca donde leer tranquilo sin que nadie molestara. Está lejos de la zona de la piscina y de los dos livings; colinda con su dormitorio, mira al jardín en su sector más resguardado gracias a enormes árboles. Posee una chimenea, cortinas pesadas (con bordes de tapiz de gobelinos), grandes sillones y sofás de cuero muy cómodos, mesas bajas laterales con cubiertas de mármol, con lámparas de fierro (de fina filigrana semejando pequeñas torres o capillas neogóticas), ceniceros, enteramente rodeada la sala por grandes libreros. Estanterías repletas de enciclopedias (la Espasa y la Britannica), diccionarios (de la RAE) y libros empastados, de arte, de literatura y filosofía (The Great Books y ediciones clásicas en cuero de la Editorial Aguilar), de historia y actualidad, en español y en inglés —libros leídos, no para pura exhibición—. Hay fotografías personales, cuadros, pequeñas estatuas (sobre su escritorio, un tintero con el busto de Napoleón), porcelanas, candelabros adosados a las estanterías, y un mueble de escritorio en estilo Imperio, con cubierta de cuero y enchapados en bronce, y dos sillones estilo Luis XIV con respaldo alto. Las dos alfombras, persas. Es un espacio que llama la atención por su convencionalidad y no poca solemnidad, muy sobrio, no recargado, elegante.

(…)

Jorge Yarur Banna no es su único habitante aunque quien imprime más fuerte su sello personal. Quizá la casa se hizo tan grande para, justamente, ofrecer igual cantidad de espacios, en cuanto a holgura y libertad, a sus familiares e invitados, sin tener que además andar pisándose unos a otros los talones. Jorge Yarur era conocido por su generosidad. Muchos de sus parientes dependían de él, también sus empleados y la comunidad árabe que lo tuvo siempre como gran benefactor. Calza con su carácter rangoso y hospitalario, por tanto, el haber querido brindar a su entorno más íntimo y a sus amigos, un mismo grado de amplitud o espaciosidad de que aspiraba para sí mismo.

El plano original de la casa.

Más evidente aún -de que no sería una casa ego-centrada- es el hecho de que la casa equilibra esto de querer estar y no estar en el mundo. Permite recogerse o retraerse. Pero el haberla hecho parecer tan actual, contemporánea, a la altura de lo que se estimaba cómodo y mainstream, al día con todo lo que el mundo moderno podía ofrecer por aquel entonces, no calza con lo de un refugio o «cueva» apartada de un hombre solitario, poco menos que anacoreta. Figurativamente hablando, no es que Yarur se haya construido una «torre» desde donde auscultar el mundo a la distancia. La suya es una residencia particular que contiene todo lo que se podría haber querido poseer —en lo que respecta a comodidades— sin tener que recurrir a otros lugares para poder gozar de ellas. La casa, vista así, sería más que grande, autosuficiente y más que solitaria, integrada, partícipe del mundo y la época que le tocó.

¿Habrá incidido que a los Yarur no se les aceptara ser miembros de clubes sociales tradicionales por su origen árabe, a pesar de ser gente influyente y riquísima? Es posible, aun cuando es más probable que JYB, siendo muy inteligente, se haya anticipado al desaire construyéndose una casa como esta para poder darse a sí mismo idénticos agrados, si no mejores y más sofisticados incluso que los proporcionados por cualquier hotel o club exclusivo. Su casa ofrecía gustos que eran, por de pronto, impensables todavía en Chile (en el extranjero, tanto más al alcance). No para alardear con ellos, sino, al contrario, para poder gozarlos discretamente.

La casa, desde luego, nunca fue objeto de publicidad, no apareció en ninguna publicación. Nada indica, pues, que fuese pensada como objeto de exhibición u ostentación. Es una casa privada, íntima, sin ser una fortaleza, cortijo o refugio amurallado donde recluirse o marginarse, es decir, tampoco es que se exagerara la veta contemplativa (aunque la hay). Vista así, no es para nada un palacete faraónico con que se pudiera competir y ponerle el pie a los demás. Sí, en cambio, una necesidad (tenía que vivir en algún lugar), estando en su perfecto derecho hacerlo como se le viniera la gana. Tanto más sí, afortunadamente, una riqueza bien ganada, fruto del esfuerzo y trabajo, se lo habría de permitir. Por eso es que si, por ejemplo, había que atender a mucha gente a la que tenía que retribuir (era un empresario con extensas redes de todo tipo, sociales, comerciales y políticas), ¿por qué no habría de hacerlo en su casa?, un lugar acorde con lo que se esperaba de él, aunque curiosamente en contadísimas y fijas ocasiones del año. Al parecer, con eso bastaba y sobraba (no era, además, muy sociable, de salidas frecuentes); el resto del tiempo, la casa estaría abierta a viejos amigos muy cercanos, selectos, que apreciaban y entendían el gesto como señal de suma confianza: ser invitados cada semana, los domingos. Conforme entonces, la casa puede que haya producido la impresión de un yate a todo trapo en sus celebraciones más grandiosas, pero, proporcionemos su efecto: a lo sumo en alta mar, fuera del escrutinio público, no atracado al muelle para meramente impresionar a curiosos. No tan distinto, si uno lo piensa, a casas de fundos tradicionales en ocasiones semejantes, durante la temporada de verano, sin por eso pretender ser esta una casa grande de fundo; lo cual, por lo demás, tampoco se les cruzó por la mente a ninguno de los Yarur Banna. No les interesaba pasar por terratenientes ni por miembros del Club de Golf; no se habrían prestado a que se les respingara la nariz.

Vista actual de la terraza o deck de entrada de la casa.

(…)

Jorge Yarur Banna podrá ser un utópico, pero concedámosle que un utópico realista que parte de la idea de que las utopías son realizables. Tal el grado de confianza invertida, convencida de que hacia allá seguiría conduciéndose el mundo en que se estaba, es que esta casa en particular no le habría parecido otra cosa que algo simplemente posible; así fue como se la propuso. En esa misma entrevista en la revista Ercilla que citábamos al inicio, a modo de epígrafe de este capítulo, se le pregunta a JYB, “¿Cómo se imagina la Banca en el año 2000?”. Su respuesta lo retrata: “Abriendo sucursales en el planeta Marte”. La entrevista es de 1959, cuando se levantaba la casa, dos años después de construir el edificio del banco, y diez años antes que Neil Armstrong y Buzz Aldrin hicieran su primera caminata en la Luna. El hombre —our man, Yarur— estaba claramente en órbita, habiendo despegado hacía rato.

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