La revelación de Leipzig

Autor: Anita Puelma

Músico tocando Adele en piano frente a la Rathaus (Ayuntamiento).

Visitar una ciudad por casualidad y terminar cotizando arriendos, es amor a primera vista. De esos difíciles de encontrar. Leipzig es una ciudad alemana “nueva” que, pese a tener más de mil años, ha renacido luego de una temporada en el olvido. La caída del muro de Berlín la sepultó, pero la llegada de jóvenes, artistas y emprendedores está resucitando a la “pequeña París”, como Goethe la bautizó.


Que una ciudad a 170 kilómetros de la clásica, multicultural y muy poblada Berlín te guste tanto como para evaluar vivir allí, es una revelación. Y las revelaciones hay que conocerlas. Entretenida, creativa, hipster, joven, artística y barata. Así es como muchos describen a Leipzig en el grupo de Facebook “Working Holiday Alemania Chile”, espacio donde los que estamos utilizando esa visa compartimos información, especialmente los tips sobre los mejores lugares para vivir.

“Leipzig es la nueva Berlín”. Fue el título del reportaje de la revista alemana Spiegel que volvió a poner foco a esta ciudad casi olvidada luego de la caída del muro, en 1989. De allí le siguieron The New York Times y The Guardian, “Nueva Berlín o no, Leipzig tiene nueva vida”, “Alemania: ¿Es Leipzig la nueva Berlín?”. Pocas ciudades han inspirado tantas plumas en tan poco tiempo y es que esta ave fénix no ha desaprovechado ninguna de sus cenizas.

Después de acampar una semana en las cercanías de Dresde, la guinda de la torta era conocer Leipzig. Me fui en el tren y llegué pasado el mediodía. Con mi mochila a cuestas, dejé la estación sin darle una segunda mirada. Tenía hambre y quería llegar al centro. Al volver, tres días después, perdí el casillero donde guardé el bolso, lo que casi me cuesta el tren de vuelta. Allí me enteré de que esta Hauptbahnhof tiene la mayor superficie de toda Europa, con 21 andenes y más de 110 tiendas. TripAdvisor la tiene sexta dentro de las atracciones. Gracias a mi carrera desesperada, pude apreciar esta maravilla arquitectónica en toda su inmensidad.

Al salir de la estación los cinco sentidos se activan. El instinto de supervivencia emerge y te enfrenta a una marea de pies, bicicletas, Tram –tranvía- y cruces de norte a sur y de este a oeste. Los semáforos son meros accesorios en la avenida Willy Brandt Platz. No por nada esta es la segunda ciudad más poblada, con 580.000 habitantes, del estado de Sajonia.

A un par de metros, cruzando un pequeño parque, está el centro. Mientras me adapto al frenético movimiento, veo que a lo lejos flota un globo. A su lado hay trenes en blanco y negro y un montón de gente pequeña que aplaude, sostiene carteles y sonríe. Es una obra de arte que ocupa casi todo el muro de un enorme estacionamiento. Nadie conoce a su autor, ni la razón de por qué decidió crear semejante espectáculo en un espacio tan banal.

Salir de la Hauptbahnhof con apetito se resuelve rápido. En cinco minutos está la Nikolaistrasse, donde hay un mundo gastronómico para todos los gustos: comida india, italiana, cafeterías con conceptos exóticos, heladerías y pastelerías. También se mezclan tiendas y un montón de terrazas llenas de gente. Caminar allí, hambrienta, rodeada de esos olores, del “ring ring” de las bicicletas y con el soundtrack de los músicos que hay en cada esquina, me devuelven al cuerpo el alma citadina luego de siete noches durmiendo en carpa.

De a poco van a apareciendo los distintos personajes: el bohemio con la mitad del pelo rapado que toca ensimismado la cítara y no levanta la mirada para nadie, el de boina y lentes de sol rodeado por un círculo de personas que lo vitorean luego de exhibir una increíble interpretación en piano de un tema de Adele. Y el joven que, sin explicación, sostiene una caña de pescar sentado sobre un basurero. Nos sonreímos y le tomo una foto. De qué cosas se reirá uno si se quedara los 365 días del año por acá, en este lugar medio viejo, clásico, típico y a la vez moderno, pintoresco y revolucionario. Es como transitar por un nido viejo, de mil años, poblado por pájaros frescos que sobrevuelan la historia de lugares como la Nikolaikirche, épica iglesia fundada en 1165 y famosa por su rol pacífico en el régimen socialista, el ayuntamiento o la Augustusplatz, una de las plazas más grandes de Europa y, dicen, de las más bonitas antes de que fuera totalmente bombardeada en la II Guerra Mundial.

Quería llegar a la Universidad de Leipzig. Era uno de los pocos “check” que había anotado en ese cuadernito que llevo a todas partes. Entrar y ojear panfletos de sus másters no era mala idea. Tenía en mi mente los datos más fundamentales: que era la segunda universidad más antigua de Alemania, fundada en 1409, que el poeta y novelista Goethe, el filósofo Nietzsche y la actual canciller del país, Ángela Merkel, habían hecho sus estudios allí. Había leído todos los datos, pero fotografías no vi ninguna, y eso me trajo una de mis más grandes vergüenzas viajeras. Mi imaginación creó un edificio ecléctico, con tintes neogóticos, construido de piedra, antiguo y armónico, con el típico estilo del centro de una ciudad alemana.

Busqué ese edificio, di vueltas, me metí en pequeñas calles hasta que me rendí y pregunté a dos chicos que parecían estudiantes y pasaban por allí dónde estaba la famosa Universidad de Leipzig. Me miraron, se rieron y apuntaron a las letras blancas verticales que decían “Universität Leipzig”, del edificio que estaba enfrente. Mi cara de impresión les causó más gracia, y es que allí estaba la antítesis de toda mi creación mental: una estructura enorme, azulada, fría, compuesta de vidrio e ícono de una de las edificaciones más modernas que había visto en Alemania. La carta de presentación de esta nueva Leipzig, ciudad que sin olvidar su pasado, quiere ser referente del futuro.

La Universidad de Leipzig.

La otra cara

Tras salir del centro, atravesar el Karl Heine Kanal –donde se puede hacer un paseo en canoa– y el parque Clara-Zetkin, llego a la Karl Liebknecht Strasse. Le dicen Karli, de cariño. Todos conocen a Karli, pues es la avenida principal del barrio emergente, ese donde todo recién llegado quiere vivir. Karli es donde están las mejores fiestas, los restoranes menos turísticos, más baratos y los estudiantes que toman cerveza mientras estudian en la vereda. Es la gracia de Plagwitz, que otra época fue el barrio industrial más importante de Alemania.

Cruzar el Karl Heine Kanal es cambiar de país. Alemania quedó atrás. Me dicen que si algún día voy a Rusia, de aquí vendrá el déjà vu que sentiré. La calle es amplia y la edificación es de ladrillos rojizos, con múltiples pequeñas ventanas, pero no es eso lo que llama la atención, sino la cantidad de colores, grafitis y dibujos allá por donde se mire. Los papeles tapizan cada espacio desocupado. Una chica habla por su celular sentada sobre unas mesas de fierro que parecen corresponder a una taberna de mala muerte, pero en realidad es la terraza de un local vegetariano llamado Uleizscerei. El interior no es más sofisticado, pero parece ser un restorán popular. Y así aparecen, uno tras otro, varios locales de la misma temática, todos caracterizados por arte callejero y su inexistente pretensión. Parece que un amante de la carne no tiene cabida en esta zona. Y es que esta es una de las ciudades más veggie-friendly del país.

Es plena tarde. Hay más de 30 grados y el ambiente está pesado. Una fila larga sale de un heladería vegana llamada Softies. Me sumo y hablo con Harald, un alemán con poco pelo, de unos 40 años que pasea con su hijo de seis. Dice que en cinco años todo ha dado un vuelco, que las rentas, si bien siguen siendo las mejores en Alemania, no paran de subir. Que la gente no para de llegar, lo que genera más proyectos, fiestas y ruido, haciendo de la zona un lugar cada vez menos tentador para las familias, pero sí para mí, mujer joven, veinteañera y soltera.

Leipzig es la ciudad que más crece en el país. Al año llegan entre 10 y 15.000 mil habitantes. Proyectan 680.000 mil habitantes para el 2030. Y es que, cómo no, si un piso puede costar 350 euros, mientras que en Berlín con ese precio sólo se encuentra una pieza compartida, alejada del centro.

“Hypezig” fue el término que acuñó el poeta y bloguero alemán André Herrmann. Lo creó como crítica, pero hoy es usado como eslogan para atraer turistas, estudiantes, emprendedores y empresarios. Plagwitz y Lindenau, otro barrio “cool”, concentraron importantes fábricas, que fueron utilizadas a toda su capacidad luego de la II Guerra Mundial, cuando Leipzig pasó a ser parte de la República Democrática Alemana (RDA), bajo control de la Unión Soviética. Fue un hervidero de trabajadores que abandonaron la ciudad en masa luego de la caída del muro de Berlín. El aire industrial se evaporó y dejó el esqueleto de ladrillo rojizo de las edificaciones soviéticas, las que actualmente son reacondicionadas y utilizadas, tanto para proyectos como para vivir. Aún hay ciento de casas vacías.

La Westwerk está enfrente a Softies, la heladería. Es una ex fábrica de maquinarias que ahora funciona como espacio de creación. Como es plena tarde de sábado, en su interior hay una solitaria persona trabajando, pero en la noche, en ese amplio y por momentos deshabitado espacio, se celebran las mejores fiestas electrónicas y durante la semana funciona como taller y oficina de artistas. Su exterior no se escapa de la pintura y el grafiti, a estas alturas un tatuaje permanente de la zona.

Westwerk, ex fábrica de la RDA y espacio de trabajo de artistas.

Pero el corazón, el alma “hypezig” y el símbolo más evidente del cambio está a unos 10 minutos de distancia, en la Spinnereistrasse 7, y es un monstruo de 100.000 metros cuadrados, con 23 edificios. Se llama Spinnerei, y fue la fábrica de algodón más grande de Europa. “El lugar más candente del mundo”, según The Guardian. Su eslogan “From Cotton to Culture”, representa a las 14 galerías de arte, talleres e incluso, cine que hay en su interior. Es el reinado de los bohemios de Leipzig y su entrada es gratuita. Un mapa grande indica dónde está localizado todo, pero de todas formas lo mejor es caminar y perderse un par de horas por el recinto, lo que es bastante fácil.

El lugar es un poco fantasmal, aunque de vez en cuando aparece uno que otro caminante. En el centro del lugar hay una chimenea enorme, a su alrededor tres antiguas combis, una que funciona como una pequeña cafetería, y muchas sillas blancas que harán de cine bajo las estrellas en un par de horas. Galerías hay para todos los gustos: con escalofriantes esculturas, bellas fotografías, interesantes cerámicas y modernos cuadros. En la semana se puede ver a los artistas trabajando y haciendo talleres. Si se quiere, hay tour en alemán y con reservación anticipada, en inglés, por 11 euros. El español aún no está en el panorama.

Pido una cerveza en Dr. Strange, un bar que de día repara bicicletas y en la tarde funciona como un pequeño bar. El lugar no parece limpio, cálido, ni alegre. Adentro la gente fuma y conversa. Algunos toman café, otros algo más fuerte. La barwoman atiende y toma con los comensales –esos que uno sabe que son frecuentes– y pone videos en YouTube. Un tipo vestido completamente de negro se sienta a mi lado y me convida un cigarro. Me lo fumo mientras escribo un par de garabatos en mi libreta. “Mi pequeña París” es el nombre que Goethe le dio a Leipzig. Pero Leipzig de París no tiene nada. Aunque tiene de todo el resto.

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