Las razones que explican el declive del trabajo adolescente de verano

Antes, hace no mucho, los jóvenes se volcaban en enero y febrero a hacer trabajos temporales. Se trataba de casi una institución paralela al mochileo, el amor veraniego o el carrete propio de este período. Pero hoy todo eso parece haber quedado en el pasado: cada vez son menos los adolescentes que trabajan en esta época del año.


El estudiante de ingeniería comercial Agustín Ramos (19) partió a inicios de enero trabajando como junior y chofer en una empresa de cartonería. No es el primer verano en que lo hace: tres años atrás atendió un kiosco de playa en el Quisco, pero se aburrió rápido y duró menos de un mes. “Ahora me siento más maduro para trabajar y realmente necesito la plata. Antes era para tener unas lucas más para carretear, pero ahora es para comprarme mis cosas, pagar un viaje que hice en octubre a ver a la selección en Brasil y para que mi mamá me deje de comprar la ropa”, dice.

Agustín es una excepción, una pequeña anomalía dentro de su generación. Si hace no mucho tiempo el período estival consideraba el trabajar en un cine, repartir diarios o como junior casi como una operación Daisy de las responsabilidades de la vida adulta –y como una forma de ganarse los primeros pesos para ir a mochilear, salir o hacer lo que hace la juventud cuando no tiene que estudiar-, ahora eso está cambiando.

Hoy ese tiempo libre no se ocupa en trabajos de verano. Según los datos de empleabilidad del INE, si entre enero y marzo de 2011 el 18,6% de los jóvenes entre 15 y 19 años estaba ocupado laboralmente, esa cifra desciende al 13,9% entre enero y marzo de 2017. El fenómeno no ocurre sólo en Chile: en Estados Unidos -según datos de la Reserva Federal- en el verano de 1978 un 60 por ciento de los adolescentes entre 16 y 19 años trabajaba o buscaba trabajo y en el último período estival sólo era un 35 por ciento.

Las razones de la estampida
Hay cosas que no cambian. El verano sigue siendo el período en que más se emplea a los jóvenes. Horacio Llovet, cofundador de tuprimerapega.cl, explica que si durante el resto del año contactan entre tres y cuatro mil jóvenes con nuevos trabajos de forma mensual, entre enero y marzo esta cifra aumenta en un 50 por ciento.

Francisco Ibarra (19) es uno de los que trabaja en esta época. Acaba de salir del colegio y se prepara para entrar a estudiar administración de empresas. Mientras tanto, trabaja como garzón. “Lo hago para desarrollarme, para tener mi propia plata, para juntar e invertir. De repente compro ropa y la vendo por internet”, dice Ibarra, quien además prepara un viaje.

Según cuenta Néstor Milano, director ejecutivo de laborum.com, en verano los puestos para los que más se demandan jóvenes son cajeros, empaquetadores, reponedores, vendedores y promotores, sobre todo en sectores como el retail y el turismo. A eso se suman los ayudantes, anfitriones, operarios de cocinas, atención al cliente y vendedores.

Todos puestos de trabajo que existen. Que están ahí, esperando por ser ocupados, pero que sin embargo van a la baja entre los jóvenes. Un fenómeno que los lectores sobre 40 deben estar ya atribuyendo a la indolencia millennial. Pero, al parecer, no es tan así.

Una de las razones sería la expansión de los estudios. En un país donde según datos del Consejo Nacional de Educación (Cned) la matrícula de educación superior casi se duplicó en la última década, los jóvenes pasan más tiempo en las aulas entre escuelas de verano o los mismos colegios y universidades.

Agustín Ramos, en su trabajo de chofer.

“El estudio afecta el trabajo de los jóvenes, absolutamente”, dice Horacio Llovet, y se detiene en una cifra: el bajo porcentaje de jóvenes que estudian y trabajan al mismo tiempo en Chile, que son sólo el 21 por ciento, según datos de Clapes de la UC. En países del primer mundo ese porcentaje oscila entre el 45 y el 50 por ciento. “En Chile es casi imposible (estudiar y trabajar), tienes un ramo en la mañana, otro en la tarde y otro en la noche. Además, pagar una universidad tiene un costo tan alto que los padres prefieren que sus hijos se focalicen en los estudios y no trabajen”, dice Llovet.

Para la cientista social Kirsten Sehnbruch, investigadora del COES, la legislación tiene mucho que ver porque para evitar el maltrato y explotación infantil y juvenil se ha ido endureciendo y la ley 20.189 promulgada en 2007 estableció que las personas entre los 15 y 18 años sólo pueden firmar contratos para realizar labores ligeras que no perjudiquen su salud y desarrollo y siempre con permiso de sus padres. “O sea, una obra de construcción ya no va a emplear a un joven de 16 años, por ejemplo”, dice Sehnbruch.

Llovet explica que los dos últimos años la mayoría de las empresas con que trabajan rechazan a los postulantes de entre 15 y 17 años. “Hoy los jóvenes no pueden hacer carga y descarga de materias primas, entrar a las cámaras de frío o manipular y manejar dinero”, explica el ejecutivo.

Es más, las empresas tratan de no contratar sub 23. ¿La razón? Aparte de la norma, el poco compromiso que muestran. “Los mayores de esa edad faltan menos porque salen menos de carrete y al otro día llegan a trabajar”, cuenta el fundador de tuprimerapega.cl sobre la alta rotación generada por los más jóvenes en empleos de verano: ocho de cada diez abandonan sus labores antes de cumplir un mes y después de que en muchos casos les hicieron una inducción o les dieron un uniforme. “No es difícil encontrar jóvenes interesados en trabajar, todo lo contrario: hay filas de menores de edad que quieren trabajar, pero hoy las empresas no los están tomando. Prefieren evitarlos, aunque es algo que no van a decir nunca porque pueden jugarles en contra. Me dicen: ‘Horacio, prefiero que no porque para mí es un problema’”, señala derribando en parte el mito.

Es importante aclarar que los empleos de verano deben tener un contrato de trabajo donde quede clara su extensión (que no puede durar más de 180 días), el horario laboral y sueldo. También tiene otras obligaciones, como las imposiciones, los tiempos de colación y contemplar un seguro en caso de accidentes.

A todo esto se suma el progreso que ha experimentado el país en las últimas décadas. “Los empleadores quieren mano de obra más sofisticada y madura y hay menos trabajos consistentes sólo en repartir folletos en las calles porque el costo de mano de obra también es más caro”, detalla Sehnbruch, quien agrega que esto se empareja con el aumento del ingreso per cápita, lo que hace que hoy existan menos jóvenes dispuestos a sacrificar sus vacaciones detrás de un mostrador, limpiando un cine o reponiendo en un supermercado. Esto conlleva a que las empresas dejen fuera a todo un segmento social: justamente el más interesado en trabajar durante estos meses. “Alguien que viene de una familia con la necesidad de trabajar en verano a esa edad probablemente no les sirve para repartir folletos en la calle, por ejemplo. No se contrata a alguien que viene de un nivel socioeconómico y educativo demasiado bajo. Buscan personas que se vean bien y con buena presentación”, opina la investigadora del COES.

Aldo Sepúlveda, director comercial de Adecco, cree que el cuarto factor que influye es la irrupción de los empleos por cuenta propia. “Hoy existe un gran abandono de la formalidad en la contratación de jóvenes”, apunta sobre empleos que pueden ir desde ayudar a un familiar en una empresa de fletes hasta hacer malabarismo en un semáforo.

Trabajo para desarrollarme, para tener mi propia plata, para juntar e invertir. De repente compro ropa y la vendo por internet”, dice Francisco Ibarra, quien se desempeña como garzón.

A eso se suma la creciente llegada de inmigrantes, que en muchos casos compiten por estos puestos de trabajo y los necesitan más que muchos jóvenes. Llovet ilustra este punto con la colectividad venezolana, que en los últimos tres años aumentó sus solicitudes de visas temporales y definitivas 20 veces. “El venezolano de por sí tiene una característica muy destacada que es que viene a trabajar (no le queda otra, lo necesita) y el nivel de atención y amabilidad que tiene es bastante superior al del chileno. Ahí les ‘roba’, en el buen sentido de la palabra, muchos puestos de trabajo a los jóvenes”, opina el ejecutivo y agrega que cuando empezó trabajando en esto casi todas las empresas que asesoraba tenían una cuota del 4 al 12 por ciento del total de su plantilla compuesta por migrantes y que hoy en casi todas topan con el 15 por ciento de extranjeros que permite la ley.

Aunque, era que no, en el declive del trabajo veraniego también hay un componente millennial, la sexta y última razón. Esta es una generación que no se mueve necesariamente por la plata y eso es algo que las empresas han notado. “Los jóvenes hoy tienen ganas de trabajar donde haya responsabilidad social empresarial o un vínculo con la gente, donde haya un granito de arena que pueda llegar a mejorar el mundo y no solamente producir un número”, apunta Llovet.

A modo de resumen, Kirsten Sehnbruch dice que aunque suene obvio, la respuesta es más sencilla de lo que se cree: “Hoy probablemente los jóvenes quieren trabajar menos y también es muy posible que haya menos empleos disponibles para ellos”.

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