Las sesudas investigaciones de Mariano Sigman

Son sesudas porque se refieren al cerebro, pero su autor las ha presentado de manera accesible en su libro La vida secreta de la mente. Invitado por la Fundación Generación Empresarial, el prestigiado neurocientífico argentino dará una charla gratuita el próximo jueves en Chile. Allí hablará de cómo funciona la toma de decisiones, proceso en el que inciden los detalles más impensados.


Aunque hay quienes ven un reduccionismo insoportable en considerar que el alma o la mente del ser humano estén confinadas al cerebro, lo cierto es que esa pulpa gelatinosa que cada uno lleva dentro del cráneo sigue guardando misterios y dificultades.

Siendo una de las estructuras más complejas que se conocen, los empeños científicos han intentado responder antiguas y nuevas preguntas en torno a la relación mente-cerebro, la conciencia, lo inconsciente, la función de las emociones o las decisiones. Sin embargo, todavía quedan muchas cosas por entender sobre él y sobre cómo funciona.

Dedicado justamente al estudio científico del cerebro, Mariano Sigman (1972) ha escrito un libro, La vida secreta de la mente, sobre las posibilidades, los fundamentos y las fronteras de la neurociencia (con la sicología, la filosofía, la educación), además de una puesta al día de las investigaciones más importantes y recientes (en muchas de las cuales él mismo ha intervenido) sobre el encefálico órgano.

Sigman se licenció como físico, luego estudió un doctorado en neurociencia en la Rockefeller University (Nueva York) y un posdoctorado en ciencias cognitivas en el Collège de France (París). Hoy dirige el departamento de toma de decisión del Human Brain Project, un consorcio internacional dedicado al estudio del cerebro; dirige también el Laboratorio de Neurociencia de la Universidad Torcuato Di Tella.

Además de constatar que la mayor parte de las funciones cerebrales suceden sin nuestro conocimiento (por rutinas sin una actividad voluntaria), La vida secreta de la mente se ocupa de una variedad de temas: desde cómo la mente se va formando durante la infancia (la percepción de los patrones en el lenguaje, cómo y a qué edad se desarrolla el autocontrol y un código moral) hasta la sicología cognitiva adulta, con incursiones en los enigmas del sueño, de los estados alterados o de la memoria. Dedica particular atención a los procesos de aprendizaje y de toma de decisiones. Justamente para hablar sobre este último asunto ha sido invitado a Chile para intervenir en el Seminario internacional “Cómo tomar buenas decisiones: dilemas éticos desde la perspectiva de la neurociencia” (17 de mayo), organizado por la Fundación Generación Empresarial para celebrar sus 25 años de existencia.

-La neurociencia, ¿es una disciplina o varias?
-La neurociencia, como indica su etimología, es la ciencia de las neuronas. Y luego del órgano que forman, el cerebro, y, por lo tanto, del pensamiento. Por lo tanto está conectada a la biología (el cerebro es un órgano biológico), pero también a la sicología, la informática, la filosofía, la física, la medicina… Hay muchas personas trabajando hace decenas de años en sus problemas y hemos descubierto una enorme cantidad de cosas, pero la sensación es que siempre queda por descubrir mucho más que lo que conocemos.

-¿Cuáles son los aspectos que le interesa explorar?
-Para mí el problema más difícil y fundamental es el estudio de la conciencia, o sea de cómo de un sustrato biológico, de un órgano, el cerebro, emerge aquello que somos, cada uno de nosotros, con sus características y sus diferencias, pero sobre todo con la capacidad de crear un registro subjetivo de la experiencia. Y de ahí a otros asuntos que derivan del estudio de la conciencia, como entender los sueños, la memoria, el lenguaje, el desarrollo de la cognición. Por último, en el dominio aplicado a mí me interesa especialmente el vínculo entre la neurociencia y la educación. Este ha sido un tema en el que Chile ha sido pionero en el mundo, en gran medida, por el esfuerzo de la brillante investigadora Marcela Peña. Junto con ella codirigimos la Escuela Latinoamericana de Neurociencia y Educación, que responde a la idea de avanzar con prudencia y preguntar qué cosas hemos aprendido sobre el cerebro que puedan ser útiles para mejorar la educación.

-¿De qué forma se puede mejorar el sistema educativo a partir de evidencia científica?
-Para empezar, con modestia y con respeto. Todos opinamos sobre la educación con enorme atrevimiento, cierta ligereza y, en general, pocos datos. La ciencia, en asuntos tan complejos, raramente produce recetas precisas. Para abordar seriamente el problema de la educación se requiere la colaboración de muchos sectores. En primer lugar humanistas, filósofos y la sociedad en general tiene que decidir qué espera del sistema educativo. Una vez resuelto esto, la ciencia cognitiva puede determinar, modestamente, cómo optimizar este objetivo. Se trata de aprovechar todo lo que hemos descubierto sobre cómo funciona el aprendizaje humano, la memoria, la motivación, entender por qué algunas cosas son tan sencillas de aprender y otras tan difíciles, para contribuir un grano de arena a esta gesta inmensa.

-La idea de que el cerebro no es una “tabula rasa”, ¿influye en la educación?
-Hay mucha evidencia que muestra que el cerebro no es una “tabula rasa”. Con experimentos sencillos hemos averiguado que un bebé nace con un bagaje de conceptos. Como si viniese con un sistema operativo que organiza cómo organizamos el conocimiento. Un bebé nace con intuiciones morales (predisposiciones sobre lo bueno o lo malo) o con intuiciones matemáticas bastante sofisticadas. Entender estas intuiciones, esta suerte de preconceptos y formas canónicas de aprendizaje, puede ayudarnos a pensar cómo educar más efectivamente.

Corazonadas y la razón

-Un asunto que señala en su libro es la subestimación de los fenómenos inconscientes. ¿Por eso habla de Freud?
-En general, casi por definición, cada persona conoce de su pensamiento sólo aquello de lo que es consciente. Freud no fue el primero, pero fue de los que más puso el énfasis en no equiparar el pensamiento con el pensamiento consciente. Y poner en un lugar protagónico al pensamiento inconsciente. Hoy en día, tenemos muchas maneras de ver actividad cerebral que corresponde a procesos de pensamiento inconsciente. Vemos literalmente lo que Freud adivinó en la oscuridad. Y en cierta manera se ha almacenado un cúmulo de evidencia que muestra que el pensamiento consciente es la punta del iceberg de todo el aparato mental.

-También indica como intuición infundada pensar que la biología precede al comportamiento, pues lo social afecta la biología del cerebro. ¿Cómo es eso?
-En realidad, es un círculo, ¿no? La neurociencia parte de manera tácita sobre la premisa de que el pensamiento es una consecuencia (que emerge) de la actividad cerebral. Una versión simplista y equivocada es suponer que esto confiere un determinismo biológico: como algo está localizado en el cerebro, está determinado por la biología. El error está en que el cerebro, como el resto del cuerpo, es sensible a la experiencia de vida que tenemos, la experiencia social, la experiencia cognitiva, etc. Cada cosa que hacemos con nuestro entorno -una actividad física, una relación, una frase, algo leído, una caricia- se imprime en el cerebro. Y lo modifica. Es un círculo, bastante natural. Toda la actividad cerebral y mental resulta de una mezcla permanente entre aspectos innatos y de experiencias de vida, que modifican el cerebro, que a su vez modifican las experiencias sucesivas que tenemos y ese círculo resulta en aquello que somos.

-Es curioso que en la toma de decisiones influyan aspectos como la música, las corazonadas, los olores, la apariencia física. ¿Tan irracional es decidir?
-En gran medida, sí, lo cual al mismo tiempo es lógico, considerando la cantidad de decisiones que tomamos durante el día, simplemente no tenemos tiempo para razonarlas todas. Tomamos atajos todo el tiempo. Esos atajos los percibimos como intuiciones o corazonadas, no percibimos la deliberación, o el cálculo, sino que simplemente parece emerger, de manera mágica, aquello que nos parece mejor. Pero hoy sabemos que estas “corazonadas” responden a un proceso de deliberación estereotipado, preciso, en gran manera racional. Sólo que esa deliberación sucede de manera inconsciente. Y como las decisiones conscientes, ésta también se aprende y se trabaja. A veces en la experiencia y en el tiempo de vida; y otras tantas en la historia de la especie, acumulada en genes que portan intuiciones, corazonadas que han sido cocinadas en la lenta y larga historia evolutiva.

-Menciona que hay fluctuaciones en las decisiones de las personas en distintas horas del día. ¿Es algo arbitrario?
-Las decisiones que tomamos dependen por supuesto de un montón de circunstancias, muchas de ellas irrelevantes para el asunto de la decisión. Por ejemplo, hemos aprendido que como decidimos en un examen, en un jurado o en un terreno de ajedrez depende de la hora del día. En muchos dominios uno querría que las decisiones no dependan de circunstancias como la hora o el estado de ánimo de quien decide. Un ejemplo claro son las decisiones judiciales: uno querría que el que una persona sea condenada o no condenada no dependa de eventualidades ajenas al proceso. Pero hoy sabemos que estos sesgos afectan a todo el mundo: padres, jueces, políticos. La probabilidad de que un juez condene a un acusado depende de cuánto tiempo pasó desde su último almuerzo. Esto es comprensible cuando uno entiende que esa decisión no la toma una computadora, sino un órgano que depende de su concentración de glucosa, pero es claramente indeseable. Es bueno conocer estos “sesgos” o “vicios” en la toma de decisiones, para que en aquellos casos en los que hay que ser especialmente normativo, ellos se puedan controlar.

-Los dilemas morales, ¿se pueden analizar con experimentos?
Hay experimentos en el terreno sicológico que han descubierto cosas sorprendentes sobre aquellas decisiones que más nos definen como individuos. Por ejemplo, el idioma en el que se plantea un dilema hace que la gente cambie sus posiciones morales. Como decía Groucho Marx: “Estos son mis principios, si no le gustan… tengo otros”. El juicio sobre lo correcto y lo incorrecto, aún en asuntos sensibles y decisivos, depende del tiempo que tardamos en tomar una decisión y de muchos otros detalles puntuales sobre cómo se plantea el problema. También se estudia cómo el cerebro produce los distintos criterios sobre lo que está bien y lo que está mal, y se deduce que hay distintos sustratos cerebrales que ponderan distintos valores. Fundamentalmente una componente relacionada a las emociones que funciona de acuerdo a un principio deontológico (algunas cosas que están mal, no importa la circunstancia) y otro sistema relacionado al pensamiento racional en el que se ponderan todos los hechos para optimizar el bien común.

-Afirma que su búsqueda es lograr hacer que el pensamiento humano sea transparente. ¿Se ha avanzado en ese sentido?
-Este es un aspecto en el que la neurociencia ha andado un cambio sustancial. El ejemplo más claro es el de los pacientes en un estado de coma persistente, como en la película de Almodóvar, Hable con ella. En este caso no podemos saber si la otra persona piensa, si siente, si imagina, si es consciente… Simplemente porque no podemos comunicarnos. Lo que la comunidad científica ha descubierto es que se puede descifrar -de manera muy rudimentaria aún- lo que la otra persona está pensando, leyendo la actividad cerebral. Así, se descubrió que algunos pacientes vegetativos, que durante meses habían estado literalmente encerrados en su propio pensamiento, eran capaces de comunicarse a través de dispositivos que permiten descifrar el pensamiento a partir de la actividad cerebral.

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