Los libros de la envidia

En la semana en que murió Nicanor Parra quisimos homenajearlo hablando de libros y de leer. Les pedimos a más de 20 editores literarios que trabajan en Chile que confesaran qué título de otra editorial nacional de los últimos años les hubiera gustado tener a ellos en su catálogo. El resultado no es sólo una lista larga de textos a los que ponerles atención, sino que también tiene algo de mapa de la producción local.

María Paz Rodríguez, Neón Ediciones

Me habría encantado tener La bebedora de sangre, de Rachilde (Overol, 2017) porque me gustan sus imágenes y cómo está editado. Creo que en estos cuatro cuentos se revive un imaginario pagano de una antigüedad bíblica y la narradora construye un nuevo sentido que plasma su prosa de una modernidad adelantada. Así, el uso de un lenguaje simbólico atiende a lo poético; a una voz casi lírica que da rienda suelta a la composición de escenas sugerentes, llenas de perversión, de matices y de una especial belleza como no leía hace años. Para mí es una joya, de esos libros que no se quieren terminar de leer. O de ver.

Claudia Apablaza, Libros de la mujer rota

Más que un libro en específico hay una autora peruana publicada por editorial Estruendomudo que me encantaría tener en mi catálogo: Gabriela Wiener, nacida en Lima en 1975. Es de las primeras feministas contemporáneas que leí y la considero una especie de maestra, tanto en la escritura como en la vida.

La leo desde que ambas vivíamos en Barcelona, en 2006, y admiro su trabajo y valentía, sigo y subrayo todos sus libros. El último publicado en Chile, Dicen de mí (2017), es un ejercicio literario único donde la protagonista, la misma Gabriela, hace un perfil a partir de las entrevistas que le hace a sus cercanos sobre sí misma. Es honesta y valiente y muy comprometida con la escritura, algo importante a la hora de publicar a alguien.

Andrés Florit, Overol

Un libro que me hubiera gustado publicar es Pajarito, de Claudia Ulloa Donoso (Laurel, 2015). Me pareció muy atractiva y contemporánea su hibridez narrativa, en la que convive la crónica, la imaginación y los apuntes personales, en un montaje excelente que va delineando un carácter particular, una personalidad potente, a ratos oscura. Su vida de joven latinoamericana en Noruega (trabajos, relaciones) se mezcla con recuerdos y observaciones llenas de agudeza y de humor. Hace su propia versión del “Me acuerdo”, pero inmediatamente agrega su contraparte, el “No me acordaba”, que la complementa. También incluye pequeños cuentos que buscan ser más expresivos que perfectos o verosímiles, lo que me pareció refrescante y acertado; en ese aspecto me recordó por momentos a Leonora Carrington, pero su registro es más variado. El humor que tiene no sólo es divertido, sino que es trágico y es poético; es el de alguien que ha experimentado dolor y que busca un respiro en la escritura. Es un libro que me conmovió y que creo que voy a releer más de una vez.

Arturo Infante, Catalonia

Si debo elegir uno, sin duda es Un veterano de tres guerras. Recuerdos de José Miguel Varela, de Guillermo Parvex (Academia de Historia Militar, 2015). Me habría encantado encontrarme con su autor cuando estaba armando el libro y haberlo invitado al catálogo de Catalonia. Más allá del éxito editorial y comercial que ha tenido, que a nadie le viene mal, su origen y todas las circunstancias que llevan a darle luz me parecen enormemente atractivas y estimulantes para un editor. Encontrar a este personaje que cruza nuestra historia bélica y hacerlo transitar por décadas de cambios sociales y campos de batallas, para finalmente poner al descubierto una línea directa con la historia y la humanidad de sus protagonistas, me parecen una conjunción virtuosa de hallazgo y talento. Me habría encantado acompañar y contribuir a la optimización de su resultado editorial. Igualmente, gran alegría, por su publicación y éxito, por el libro y los lectores.

Cecilia Bettoni, Catálogo

Obituario, de Andrés Gallardo (Overol, 2015). Entre los libros raros, de esos que esquivan toda taxonomía y que incluso bordean la invención de un género, éste es un caso ejemplar. Por sus páginas desfila una galería de personajes irremediablemente chilenos, cuyos nombres y desventuras parecen sacados del guión de una película perdida de Raúl Ruiz. A esos nombres ya no los consigna ninguna partida de nacimiento. “Manuel Mena Monsalve”, “Carlos González Vargas” o “Anselmo Riquelme Felton”, últimos de su estirpe, se extinguieron en esa enorme provincia que es Chile, aguardando una muerte que a pesar de todo recaudo los tomó por sorpresa pero sin sobresaltos. El perfecto encadenamiento de las viñetas que forman esta colección me produjo una emoción paradójica: una especie de pena enternecida (eso que a veces llaman melancolía) que pocos libros consiguen con tanta eficacia y que no sólo recae en el autor, sino también, mucha veces, en la sutileza del editor.

Vicente Undurraga, Penguin Random House

Quién no querría haber publicado Diario. Notas, recuerdos y secuencias de cosas vistas, de Raúl Ruiz (Ediciones UDP, 2017) y Poesía de Violeta Parra (Editorial UV, 2016), dos libros mayores de dos chilenos irrepetibles. Fuera de eso, para el verano sugiero leer la Poesía completa de Rubén Jacob (Editorial UV, 2017), la novela No me vayas a soltar, de Daniel Campusano (La Pollera, 2017) y Familias. La vuelta del salmón (Lecturas Ediciones, 2015), el mix de prosas y poemas de Fabián Casas. Y aunque no se hayan editado en Chile, recomiendo para cualquier estación del año Revelación de un mundo y Descubrimientos, las crónicas de Clarice Lispector (Adriana Hidalgo, 2004): cada página es como un libro inolvidable.

Isabel Buzeta, Uqbar editores

Elijo Diario. Notas, recuerdos y secuencias de cosas vistas, de Raúl Ruiz (Ediciones UDP, 2017). Un libro excepcional de un creador de excepción y un trabajo editorial de gran envergadura, que se presenta en dos tomos de casi 600 páginas y a un precio muy asequible. Ecuación perfecta.

Lorena Fuente, Estruendomudo

El viento que arrasa, de Selva Almada. Es una novela preciosa y terrible: cuatro personajes reunidos por accidente, un paraje inhóspito y un relato en que se intercala el recuerdo de abandonos y familias rotas con el miedo y las tensiones del presente. Trabajar con textos así es un lujo. Habría sido un acierto en “Cuadernos esenciales”, la colección de narrativa de Estruendomudo, que además tiene un interés especial por la literatura argentina contemporánea. Lo acaba de publicar Montacerdos, a fines de 2017.

Álvaro Matus, Hueders

Me habría gustado editar Nancy , de Bruno Lloret (Cuneta, 2015), la historia de una mujer postrada, carcomida por un cáncer, que recuerda su juventud en Ch, un pueblo de schoperías, música sound, gitanos y playa. Es un personaje entrañable: libre, sensible, curiosa, sin una gota de ingenuidad ni de autocompasión; tampoco le enrostra todos sus pesares a sus papás, y eso que la madre abandona la casa y el padre abraza la religión al punto de colindar con la locura. En esa etapa de la vida en que todo es descubrimiento, Nancy es testigo del derrumbe de su mundo. Y en ese momento, claro, ella tiene el coraje de mantener los ojos bien abiertos: prefiere saber adónde va su padre cada noche, con quién vive su madre, qué hacen los gringos en la playa y, ya más grande, cómo muere su esposo en el barco japonés. Su voz se escucha como un canto ardiente en medio del desierto. Por último, quisiera agregar que fue el debut de Bruno Lloret, y no hay nada más excitante que editar una primera novela, cuando está todo por delante.

Ximena Ramos, Animita Cartonera

Las publicaciones de Javier Rebolledo, editadas primeramente por Ceibo –La danza de los cuervos (2012), El despertar de los cuervos (2013) y A la sombra de los cuervos (2015)– y luego reeditados por Planeta, que además sumó a Camaleón (2017).

Me gustaría haber editado estas investigaciones que se hunden en historias mínimas para desentrañar macrohistorias del Chile reciente; todo esto como parte de un territorio nebuloso, nauseabundo y, la mayoría de las veces, impune. Considero que sus mayores riquezas no están centradas en las propuestas de escritura, sino en las políticas, en la insolencia e interés de revelar esos relatos, que más que ejercicios de la memoria son un gesto político necesario. Y si algo es invaluable en cualquier publicación, creo, es justamente la valentía.

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Nicolás Leyton, La Pollera

Más que un libro, me habría gustado ser el editor de Nona Fernández. La razón no son los premios que han tenido sus últimas publicaciones, lo que siempre le sirve a una editorial, sino que tiene que ver con la admiración a su trabajo. La sigo desde que estudié letras en la universidad; hice mi tesis en Mapocho (Planeta, 2002), por lo que para mí sería un placer trabajar con ella. Menciono La dimensión desconocida (Penguin Random House, 2016), o Space Invaders (2013) y Chilean Electric (2015), que publicaron los amigos de Alquimia.

Paolo Primavera, Edicola

¡Más que una pregunta esto es un desafío! El listado es bastante amplio, sin embargo, elijo Hermano ciervo, de Juan Pablo Roncone, publicado por primera vez en 2011 por Los libros que leo y que ahora es una de las joyas del catálogo de editorial Laurel. Mientras lo leía me pregunté cómo era posible narrar así tantas cosas en manera lacónica y sin usar casi ningún adjetivo. Me gustan mucho las historias que narran la soledad y en Hermano ciervo, ésta invade la vida de personajes que son muy jóvenes o viejos. Pero lo que me hizo valorar completamente el libro es que toca el tema del abandono de los ancianos y que, no obstante el panorama de desamparo general, Roncone ha sido capaz de armar un constante velo desolador con un estilo muy elegante. Entendí este último aspecto cuando conocí al autor: es un logro que un escritor sólo consigue si es un lector voraz. Y Roncone lo es.

Guillermo García, Pequeño Dios Editores

A Pequeño Dios Editores le hubiese gustado editar Una conversación con Claudio Bertoni (Overol, 2017). El diálogo entre el poeta y Felipe Cussen, Daniela Escobar, Andrés Florit y Cristóbal Joannon es magnífico y se exhibe sin pretensiones: es escuchar a Claudio Bertoni hablando en un café o en su casa de Concón. Por él transitan todas las obsesiones del vate: su obra, las mujeres, la muerte y el propio Nicanor Parra. Tiene además -como si eso no bastara- un apéndice gráfico final muy bien logrado. La edición tiene el sello característico de Ediciones Overol. Mucha envidia de no tenerlo en nuestro catálogo.

Guido Arroyo, Alquimia

Confieso que tengo dos bibliotecas. Una laboral donde conviven novedades, manuscritos, diccionarios, libros de arte y de ciencias que uso de referencia. La segunda es personal. En ella sólo hay ensayos, aforismos, poesía y lo que más adoro: diarios de vida. De ahí que me haya apasionado tanto Diario. Notas, recuerdos y secuencias de cosas vistas de Raúl Ruiz, porque es desbordante y en sus dos tomos abarca los últimos 18 años de Ruiz. La forma en que el cineasta detalla sus reflexiones cotidianas alucina por la variedad de temas que aborda. De filosofía china a misticismo, teorías sobre el tiempo, el montaje o la gastronomía. Ningún área del pensamiento queda fuera de un Ruiz que, sin volverse nunca personaje cliché, detalla su vida cotidiana. Y sólo en esa vida parece normal filmar tres películas al año en lugares como Jamaica, Lisboa, o L.A., y en medio dictar clases, leer cientos de libros rarísimos o cenar a diario con Juliette Binoche o Giorgio Agamben, por citar sólo un par. También valoro de este diario los casi diez años que dedicó Bruno Cuneo a transcribirlo. Su inteligente selección que dejó afuera los aspectos técnicos de los rodajes para evitar latear al lector no especialista y de paso, dejar material para otro libro. Y algo muy importante, su breve pero contundente prólogo, donde evita ponerse por sobre el libro, dando pruebas de su pasión por el oficio de editor donde debería primar el silencio.

Como bonus track me gustaría mencionar Fuegos artificiales de Germán Marín (Lecturas, 2017); Después de vivir un siglo, una biografía de Violeta Parra, de Víctor Herrero (Lumen, 2017); El otro montaje, Coti Donoso (La Pollera, 2017) y Apuntes para un diccionario de la moda, Pía Montalva (Hueders, 2017).

Ismael Rivera, Oxímoron

Por su importancia en la poesía chilena, por ser su libro más político y autocrítico, nos habría gustado publicar Mala siembra, de Rafael Rubio (Editorial UV, 2013).

Alejandro Kandora, Tajamar

Arquitectura en el Chile del siglo XX, de Fernando Pérez Oyarzún (Ediciones ARQ, 2016). Declarándome ignorante en detalles técnicos, esta obra concebida en cuatro volúmenes, y de la que hasta ahora se han publicado dos, na que opera como historia sociocultural y económica del siglo XX. Desconozco si ha habido esfuerzos equivalentes en forma previa, pero sí creo que la sistematización que ofrece el autor nos plantea una vez más las viejas preguntas sobre la modernización. ¿Es Chile un país realmente moderno, comprendiendo en este estado las distintas dimensiones de modernidad que establece Berman en su clásico Todo lo sólido se desvanece en el aire? ¿O es más bien un país que se ha visto, desde Ambrosio O’Higgins en adelante, sujeto a distintas y reiteradas -pero parciales- “modernizaciones” que no permiten afirmar que el relato de la modernidad se haya instalado?

La mirada panorámica, integradora y coherente que da el autor a tópicos tan diversos como la importancia del rol del Estado y del desarrollo de infraestructura en el surgimiento de la arquitectura; el desarrollo tecnológico y la aparición de materiales como el cemento; los modos de habitar y la higiene, el transporte público y la unificación del territorio nacional; las vanguardias y el desarrollo de la industria, hacen que este libro nos permita leer desde una nueva perspectiva nuestra historia del siglo XX. Un esfuerzo admirable.

Paz Balmaceda, Penguin Random House

Mis elegidos son tres: Hermano ciervo, de Juan Pablo Roncone (Laurel, 2014). Me habría gustado editarlo por el placer de trabajar con esos ocho cuentos, pero sobre todo me habría gustado descubrirlo. Un autor sin ninguna publicación anterior que aparece con esta primera obra sorprendente, desconcertante. Son inolvidables sus ambientes, la aparente simpleza de su prosa, los mundos quebrados, destrozados, sus personajes y los animales que observan esas grietas casi en silencio. Uno de mis libros de cuentos favoritos de autor chileno.

Compendio de la Historia Geográfica, Natural y Civil del Reino de Chile, Abate Molina (Pehuén, 2017). Todos los libros que transmiten el espíritu de los naturalistas, sobre todo la de los científicos viajeros del periodo de las fundaciones de los países americanos, son fascinantes. Y este libro es probablemente el más importante de ese periodo chileno, el texto del jesuita que reconstruyó, exiliado y de memoria, el desarrollo del país, la geografía, los paisajes, las especies y minerales del Chile de 1700. Es un rescate valiosísimo y celebro mucho su reaparición.

Por qué escribí, Lihn (FCE, 2017). Aquí quizás mi razón es puramente sentimental. No he dejado nunca de leer a Lihn, lo he tenido desde mis catorce años en el velador. Esta antología la he comprado muchas veces, la he regalado, la he roto, le he quitado páginas, la he olvidado en viajes. Acaba de ser reeditada por el FCE y me habría gustado hacerla por la adoración total que le tengo a Lihn y por la importancia que tuvo para mí.

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Francisco Mouat, Lolita Ediciones

Envidio a Laurel, que editó el año pasado Yo recordaré por ustedes, de Juan Forn. Lolita habría sido muy feliz de tenerlo entre los suyos. El volumen reúne una selección de sus contratapas de los viernes en el suplemento Radar del diario argentino Página/12. El propio Forn lo dice así: “Escribo mis contratapas como los poetas escriben sus poemas, sólo que yo tengo todas las semanas fecha de cierre, y cada pieza debe ser una novela condensada, un cuentito que a la vez sea una reflexión, que a la vez sea un pequeño fresco sociopolítico, que a la vez sea un poema”. Uno quiere publicar libros y autores que le gustan muchísimo, y Juan Forn y ese libro es un buen ejemplo de esto. Ahí puedes leer del premio nobel de literatura Kenzaburo Oé, su señora y su hijo Hikari, que nació “con una hidrocefalia tan tremenda que parecía tener dos cabezas”, y que gracias a la medicina primero y a la música después ha podido superar su enfermedad y tener una voz propia; y también de Wislawa Szymborska, de quien resulta que Juan Forn también está enamorado, igual que yo, igual que muchos, muchísimos de los lectores que nos detenemos una y otra vez en sus poemas para buscar a veces refugio y a veces un pasaje a territorios inesperados.

Andrea Palet, Laurel

Lo siento, tengo muchos: Látigo de cien colas, de Fernando Krahn (Grafito, 2017), porque es un ilustrador soberbio que había que reintroducir en su patria; Cuentos de Manuel Rojas, revisados estupendamente por Ignacio Álvarez (Ediciones UAH, 2016); Apuntes para una historia de la poesía chilena, de Juan Cristóbal Romero (Tácitas, 2017), porque habría sabido de dónde sacó tanto dato sabroso; cualquier libro de Alejandra Costamagna, porque entrega los textos soplados; El hombre semen, de Violette Ailhaud (Edicola, 2015), porque entre tanto mirarnos el ombligo es fantástico que alguien publique aquí un texto decimonónico europeo; Poemas cesantes, de Raúl Hernández (Pez Espiral, 2016) o View Master, de Gastón Carrasco (Ajiaco, 2016), entre tanta poesía buena que tenemos; Los multipatópodos, de Yosa Vidal (Overol, 2017), porque es raro y excelente y quiero trabajar con la diseñadora Daniela Escobar alguna vez, y Ñache, de Cristian Geisse (Bordelibre, 2015), porque habla del diablo y creo ya estar en condiciones de tratar con ese señor con cola.

Diego Zúñiga, Montacerdos

Recuerdo que en 2013 los mesones de novedades de las librerías se llenaron de títulos dedicados a la dictadura. Era obvio: se cumplían 40 años. Sin embargo, lo que me llamó la atención fue que casi todo lo que se editó y reeditó correspondía a libros referenciales: mucho periodismo, algunas memorias, nada de ficción, nada de poesía.

Me acuerdo de eso ahora, porque al año siguiente, en mayo de 2014, apareció Ah! Los días felices (Ocho Libros, 2014) de Carlos Altamirano, un libro extrañísimo, a medio camino entre las artes visuales y la literatura, que pasó injustamente inadvertido. Un retrato feroz y único sobre los años de Pinochet, sobre 1977, particularmente. Un libro que Altamirano armó a partir de fotografías en blanco y negro, distintos documentos oficiales de la época, varias editoriales de El Mercurio y cuarenta relatos sobre cuarenta detenidos desaparecidos, que mientras los vamos leyendo, el tamaño de la letra va disminuyendo hasta llegar a un rectángulo negro, que cubre casi la mitad de la página: la imagen concreta de la desaparición. Un libro inquietante y extraordinario.

Julieta Marchant, Cuadro de Tiza

No imagino algo más placentero para un editor que el trabajo de archivo. O al menos a mí esa labor me interesa, porque cruza la edición con el plano investigativo. Y permite la configuración de una narrativa, fuerza a ello: a pensar una disposición, un ojo selectivo que proporcione y disponga un espacio de lectura. En ese sentido, Diarios tempranos. Donoso in Progress 1950-1965 (Ediciones UDP, 2016) me resulta seductor. Adentrarse en la enorme cantidad de diarios que escribió José Donoso y tomarle el pulso a su arrojo escritural, a la opacidad y a los destellos de su lenguaje, habría sido una tarea muy gozosa. Un trabajo de estas dimensiones con un autor póstumo tensiona también los límites de un editor, en cuanto aparece la pregunta de cómo habría construido el libro el autor de estar vivo.

Por otra parte, el trabajo de archivo con un escritor contemporáneo posee sus propios encantos: propicia el diálogo y la negociación, y mucho más si ese autor es editor. Pienso en Leo y olvido (Bastante, 2018) de Andrea Palet, como ejemplo de un archivo vital y que podría seguir construyéndose. En la experticia del ojo de Palet para editar pero además para, como columnista, leer el mundo. Y en todas las posibilidades que su archivo podría ofrecerle a un editor.

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Rosario Garrido, Bastante

Nada me provoca más que me pregunten qué libros me hubiera gustado editar. Creo que los editores vivimos bien y mal por los libros, y en mí se ha ido criando un pequeño monstruo lector interior, y respondo como ese monstruo definiendo mis once tipos de envidias, distinguiendo entre la editora y la editorial.

Como editora hay libros en los que me da envidia el trabajo editorial, por las mentes detrás o por no haber tenido acceso al trabajo. Aunque seguí de cerca el proceso y nunca hice falta como editora, me hubiera gustado participar en la edición de Para qué sirve la sed, de Antonio Machado (Ediciones UDP, 2017). Es una antología de dos grandes editores y la selección fue puro goce e inteligencia, entre la visión española de Ignacio Echevarría y la chilena de Andrés Braithwaite.

Me hubiera encantado seleccionar en la edición de Niños héroes de Diego Zúñiga (Penguin Random House, 2016), porque creo que él es un gran autor y sería un privilegio meterles cabeza a sus libros: pura envidia. Familias, la vuelta del salmón de Fabián Casas (Lecturas, 2015), porque es un muy buen libro y bien pensado. Otra envidia es no haber participado en Facsímil de Alejandro Zambra (Hueders, 2014), porque él es el escritor chileno de este siglo, lujo de autor y es una edición inteligente. Y rabieta envidiosa por no haber trabajado con Juan Forn en Yo recordaré por ustedes (Laurel, 2017). Y mis seis envidias como Ediciones Bastante: Mi libro enterrado, de Mauro Libertella (Lolita, 2015); Obituario, de Andrés Gallardo (Overol, 2015); La misma nota forever, de Iván Monalisa Ojeda (Sangría, 2014); El nervio óptico, de María Gainza, y Viñamarinos, de Catalina Porzio (ambos de Laurel); Una laboriosa curiosidad, de Ernst Gombrich (Catálogo, 2015). También envidio toda la colección de poesía que lleva Vicente Undurraga en Lumen. Ahora se me ocurren otras novelas como: Incompetentes de Constanza Gutiérrez (La Pollera, 2014), y un montón de libros de Tácitas. Y prolífica envidia.

Galo Ghigliotto, Cuneta

Jeidi, de Isabel Margarita Bustos (Laurel, 2017). Soy fan de la autora desde mucho antes de que ella publicara este libro. A fines de los 2000, en el apogeo de los blogs, ella llevaba uno llamado La muy perra, que era sencillamente genial; publicaba ahí unos textos cortos, muy imaginativos, llenos de humor, acompañados de unas fotos siempre ad hoc. Además, yo tenía una perra llamada Muy. Nunca nos conocimos, ella firmaba con seudónimo, pero una vez hablamos y, virtualmente, nos caímos bien. Con los años, por gracia del Facebook, volvimos a tomar contacto y me envió su libro, a fin de año, en los meses más atareados. Logré leerlo en enero y me pareció alucinante: ahí estaba toda esa ironía, la escritura precisa que me gustaba de su blog. Nos juntamos en un café y le pedí publicarlo, pero ella me rompió el corazón diciendo que había llegado tarde, porque estaba comprometida con Laurel. Me dolió, sí, pero Andrea Palet es una excelente editora, así que nada más la felicité… tristemente.

Josefina Alemparte, Planeta

Cincuenta sombras de Freud, de Constanza Michelson (Catalonia, 2015). Por el título y la portada, probablemente nunca le hubiera entrado, pero una amiga muy entusiasta me lo recomendó y le di una oportunidad. Me carga subrayar los libros, no lo hago nunca, pero en este no me quedó otra: en cada página me encontraba con algo que en ese momento me pareció revelador y dicho con tanta precisión, inteligencia y humor. Aunque suene pretencioso, encontré en este libro una forma –para mí– nueva de leer el mundo: las relaciones humanas, las estructuras de poder, la cultura, etc. Y eso es siempre estimulante, que alguien te saque de tu lugar de confort y te plantee una perspectiva diferente para entender eso que ves todos los días. Tras terminarlo, me hiperventilé y quise que todas mis amigas lo leyeran para después comentar… y desde entonces que empezamos a llamar a Constanza Michelson –medio en chiste medio en serio– la gurú. Felizmente, hoy soy su editora. El año pasado publicamos Neurótic@s y estamos trabajando en un nuevo libro de ensayos sobre lo que leen las mujeres.

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