Los cambios de mando de don Guillermo

Trabaja en el Congreso desde 1990 y ha organizado cinco de los seis cambios de mando presidenciales que se han realizado desde el regreso a la democracia. Ad portas de una nueva investidura, el jefe de relaciones públicas, ceremonial y protocolo del Senado abre las puertas a su mundo. El mundo detrás de la cortina.


Traje marengo, camisa blanca, corbata roja. Reloj con aplicaciones doradas y azules. Poco pelo, perfectamente peinado. Guillermo Miranda (55) camina lentamente por un vacío Salón de Honor en el Congreso Nacional. Es martes y unos carabineros lo observan desde el palco sur, mientras un fotógrafo lo captura en acción. “Me está sacando más fotos que si fuera candidato a diputado”, dice.

Posa serio, rígido. Sigue hablando para disipar los nervios. No está acostumbrado a recibir tanta atención. “Sólo las visitas y autoridades se sientan en los sillones. Todo el resto va sentado en sillas, porque sólo aquí abajo tengo que colocar a 900 personas y en total son como 1.300”, explica. Cada sillón tiene un bolsillo, aún vacío, donde se colocará una tarjeta con el nombre de cada invitado. Un trámite que se hace este sábado en la tarde, después del ensayo general del cambio de mando, cuando tienen la lista definitiva de asistentes. “Ya tenemos un 95% de confirmación”, agrega.

Empieza a recitar de memoria quién va en cada asiento: “Aquí va el presidente de la Corte Suprema, aquí la señora del presidente electo. Después, el arzobispo de Santiago, el representante de las iglesias evangélicas, la ortodoxa, la judía. Luego el ex presidente Frei con su señora, el presidente Lagos con su señora, el contralor, el fiscal nacional, el presidente del Tribunal Calificador de Elecciones (recupera el aliento). Al frente el primero es el vicepresidente del Senado y los dos vicepresidentes de la Cámara de Diputados…”. Y sigue.

Miranda es el jefe de relaciones públicas, ceremonial y protocolo del Senado desde el año 90, aunque el primer cambio de mando presidencial posdictadura, el de Pinochet a Aylwin, lo observó como un funcionario más del Senado, trabajando como jefe de gabinete del senador Sergio Romero (RN). Al poco tiempo, le ofrecieron crear el departamento de protocolo, el que luego se fusionaría con el de relaciones públicas. Desde entonces, una de sus tareas más importantes consiste en organizar los cambios de mando y las cuentas públicas.

Hace 28 años que trabaja en la misma oficina. Llega un cuarto para las siete de la mañana y se va, fácilmente, a las once de la noche. No recibe reclamos de nadie al llegar a su casa, ubicada en Viña del Mar. Allí sólo lo espera Cookie, su perra poodle. “Estoy casado con mi trabajo”, dice sonriente.

¿Y es un buen esposo el Congreso?
Sí… pero hay que saber manejarlo…

Casi famoso
A Guillermo Miranda lo echaron del Colegio Marista de Limache por desordenado. Terminó en el Liceo A37 de la misma localidad, período que califica como “los mejores años de mi juventud”. Se junta con sus compañeros una vez al año y en 2018 celebrarán 40 años de su egreso (pone cara de impacto al dar este dato). “Nuestro profesor jefe aún está vivo, él nos junta. Tenemos un WhatsApp, pero participo re poco”.

Desde esa época supo que quería ser relacionador público. Fue presidente de curso, del centro de alumnos y organizó la fiesta de la primavera. Al titularse de cuarto medio, se fue a Viña a estudiar en la Escuela Nacional de Relaciones Públicas. “Ahora ya no hay escuelas así”, dice. Antes de llegar al Senado, fue jefe de gabinete y relacionador público de la Municipalidad de Quillota.

Cualquiera podría acusarlo de trabajólico, pero él no podría sentirse menos ofendido. Hace dos años que no se toma vacaciones y confiesa que se despierta a las cuatro de la mañana, “porque hay tantas cosas que a uno le siguen dando vueltas en la cabeza”. Se queda acostado, pero no se duerme. Toma una libreta y empieza a anotar todas las cosas que tiene que hacer durante el día. “Entonces, cuando llego a la oficina bombardeo a mi pobre secretaria, la Sarita”, agrega.

Ese 11 de marzo de 1990 en que Pinochet le entregó el mando a Aylwin, Miranda no se imaginaba que sólo cuatro años después él estaría organizando la ceremonia. Aun así, observaba todo con mucho detalle y tomaba notas mentales. “Yo visualizaba cómo quería hacer el cambio de mando”, dice.

El ambiente ese día, cuenta, era de mucha tensión y nerviosismo. “Era un momento bien simbólico, porque volvíamos a la democracia y recuperábamos la tradición republicana. Pero el salón no estaba preparado, se armó exclusivamente para el cambio de mando y no tenía las condiciones necesarias”.

Ahora Miranda ya no toma notas mentales. Antes de organizar cada nuevo cambio de mando revisa los VHS y DVD de las ceremonias anteriores que tiene en su oficina. Así ha podido determinar qué aspectos mejorar.

En la entrada del Congreso, por Pedro Montt, hay tres carabineros de guardia. Tras la reja, unas 15 personas protestan con carteles. Es un adelanto a la marcha por el Día de la Mujer y una de las muchachas grita consignas entre el ruido de las micros. “Así que tenemos protesta”, comenta Miranda, y continúa explicando: “Acá va a estar con tarimas. Donde están esas columnas va la prensa nacional y abajo, desde la columna hacia allá, la internacional. Por aquí ingresan las autoridades y está la alfombra roja. Yo soy el primero en recibirlos, en la vereda, cuando se bajan de los vehículos. Cuando llegue el Presidente Piñera lo llevo a un salón protocolar, donde él permanece hasta que la ceremonia parte. Ahí yo salgo con el secretario general a invitarlo a que ingrese al salón”.

Uno de los carabineros se acerca a saludarlo. “Don Guillermo, disculpe, no lo quería interrumpir, veo que lo están entrevistando”, dice el uniformado. “No se preocupe, ella quiere saber todo lo que yo hago aquí”, responde él. “Ah… entonces tiene harto que recorrer”, responde el policía.

El tour continúa. Allá estarán las ambulancias, acá los generadores para la prensa internacional y las cinco pantallas gigantes que estarán instaladas dentro del Salón de Honor… Al entrar a la cafetería, Miranda se encuentra con Verónica Mack, secretaria del senador Horvath, quien conversa con el senador electo Rodrigo Galilea. “Aquí está el mítico”, le dice Galilea a Miranda, y conversan unos minutos. Se ríen, se dan unas palmadas en la espalda, se despiden.

“Qué le ofrezco, don Guillermo”, dice uno de los muchachos de la cafetería. Pide un vaso con Coca Cola y se sienta por un minuto en una de las mesas. Hay un televisor a casi todo volumen; se escucha al contralor general de la República, quien está hablando sólo unos pasos más allá, en la sala.

¿Este es su momento de descanso?
Sí, pero sigo pensando en todo lo que viene. Estoy con usted, pero también estoy allá y allá.

A esta altura, Miranda ya no se ve tan rígido. Aunque está de terno y corbata, al verlo caminar por los pasillos del Senado pareciera que, al menos en espíritu, anda de pijama y pantuflas.

Señor protocolo
Tras esa breve pausa, Miranda parte a su oficina. Allí lo espera Sara Orellana, su secretaria, con innumerables recados y tareas. Suena su celular. Es la embajadora Gloria Navarrete, directora de Protocolo de la Cancillería. “Glorita, cuéntame (…). Muy bien, le voy a decir a la Sarita que te mande el listado de todo y vamos chequeando las confirmaciones. No viene Panamá, ya; ni Paraguay, okey (…). Listo, chao”. Corta.

Hay otro vaso de Coca Cola al lado de su computador. Arrinconada al otro lado de la oficina hay una cafetera, nunca usada, al parecer. El televisión está encendido, casi sin volumen. Detrás del escritorio de Miranda hay un cuadro de un barco. Arriba de la pantalla de su computador se pueden ver dos bendiciones papales, de Benedicto XVI y Francisco. Al lado, un enorme reloj de madera, que trajeron del Congreso de Santiago y que, aunque tiene un sonido hermoso, Miranda confiesa no tiene tiempo para darle cuerda. Al otro lado del escritorio hay un clóset con muchos cajones, todos con llave. Un llavero gigantesco cuelga de uno de los cerrojos.

“Sí, es un poco extraño hacer lo mismo de nuevo con las mismas personas, pero así ya todos nos conocemos, hay menos nervios”, comenta Miranda sobre el cambio de mando de mañana. Los preparativos comenzaron en noviembre y a fines de enero, antes del receso, se mandaron las invitaciones. A la banda y al coro, que suman 25 personas, también se les contrató hace meses. No hay música envasada en la ceremonia. Las banderas, que son de raso, están en proceso de planchado. Esas se ponen sólo para las ceremonias más importantes. Las flores que van en los jarrones se escogieron el mes pasado. “Es un diseño bien primaveral, para darle más vida al salón, porque el mármol absorbe mucho los colores”.

O sea que también es experto en flores.
Es que el jefe de protocolo tiene que aprender de todo y desarrollar cierta sensibilidad.

Miranda ha realizado varias modificaciones durante sus años a cargo. Lo primero fue el tema de la prensa: “Ahora todos tienen que estar acreditados y se ubican en lugares designados previamente. Es mucho más ordenado y los periodistas han sabido entender que eso les permite hacer un mejor trabajo a ellos y a nosotros”.

Por otra parte, ahora cada invitación es personalizada y viene con un color distintivo. Al ver el mapa del Salón de Honor, adjunto en la invitación, le permite saber a la persona en qué sector estará ubicada, como en los conciertos. Finalmente, está la novedad de este año: un cojín de terciopelo rojo donde la Presidenta Bachelet colocará la piocha de O’Higgins para que posteriormente el presidente del Senado la tome y la coloque en la banda presidencial del presidente Piñera (ver recuadro).

En medio de esta vertiginosa descripción, Miranda alcanza a emocionarse un poco. “Nunca me imaginé que iba a estar aquí, recibiendo a las autoridades. Saludar y conversar con personajes como Clinton, el Dalai Lama, el Rey Juan Carlos I, que viene ahora nuevamente a la ceremonia, es algo que impacta a cualquiera”. Dice que vestirá un traje azul piedra para salir del típico negro y ponerse “a tono con la moda”. Usará un juego de gemelos que le regaló Condoleezza Rice, pero sigue analizando la corbata: Está entre “una ploma con pepitas azules, una azul con una flor inca en color amarillo y otra de un solo color”.

Guillermo miranda junto a uno de los carabineros de la guardia del Congreso.

Cuenta que nació el 4 de julio, día de aniversario del Congreso Nacional, como insinuando que estaba destinado a realizar ese trabajo. Suena de nuevo su celular. Es Magdalena Díaz, jefa de gabinete del Presidente Piñera: “Magdalena (…) Muy bien, y ustedes (…) ¿Te llegaron los programas? (Risas) ¿Es una persona no más? (…) Ya, mándame RUT y nombre completo para hacerle una credencial especial, que es la misma que voy a tener yo”.

Corta. “¿Viste que esto es una locura?”.

No cabe nadie más
Miranda se demora media hora en almorzar. Tiene un grupo de 18 compañeros de trabajo con los que se junta para hacerlo. Hoy tiene una reunión y no sabe si va a alcanzar. A las ocho y media de la noche es la cena de despedida de los senadores salientes y están en medio de los preparativos y las confirmaciones.
“Sarita, ¿puedes imprimirme el listado con los que ya confirmaron para la cena?”.

Su secretaria es lo más parecido a una esposa real que tiene Guillermo Miranda. Están conectados. “Es que ella me conoce, me lee la mente ya”, dice él. Ella no se queja. “No tiene tiempo para ser mal jefe, así de simple”. Y siguen llamando a las oficinas de los senadores que aún no confirman su asistencia.

El edecán naval, Hugo Berardi, entra a visitarlo. Hablan de la ceremonia de la noche y del orden en que deben entregarse las condecoraciones. “Guillermo se lo sabe todo por libro, y si no, lo inventa”, dice antes de irse. Miranda se pone sus lentes y va contando una por una a cada persona confirmada para la cena. “El sábado no los podré contar así”, bromea.

Sube al piso 15, donde está el comedor de los senadores, junto con su equipo, Hugo Opazo y Erwin Valencia. Van poner las tarjetas con los nombres en las mesas y a recibir los arreglos florales. En el ascensor se topa con el senador Eugenio Tuma. “No me vayas a fallar a la noche”, le dice antes de bajarse.

“Aquí va el Guido (Girardi)”, le dice a Erwin, quien coloca la tarjeta al lado de un plato. “Chahuán y señora”, Hugo pone otra tarjeta, él hace un visto bueno en su lista. Es el mismo ejercicio que harán el sábado en el Salón de Honor. En este caso la idea, explican, es que vayan mezclados entre partidos políticos y también entre hombres y mujeres. De fondo se escuchan vajillas y sillas en movimiento. Terminan. Deben bajar rápido, porque hay una delegación brasileña en el Salón de Honor y tienen preguntas.

La reunión es breve. Abren la enorme puerta metálica del Salón de Honor que da a la calle, explicándoles el protocolo y resolviendo sus dudas. Al salir, se encuentran con el diputado Jorge Tarud. “Él es el que manda aquí”, les dice a los brasileños para referirse a Miranda.

Finalmente, el jefe de relaciones públicas vuelve a su escritorio, no sin detenerse a saludar a varios en el camino. Aunque lo disimula bien, está cansado y se permite unos segundos para agarrarse la frente mientras lee unos papeles. En uno de los sillones de su oficina alguien ha dejado las banderas planchadas. Detrás suyo está el famoso cojín de terciopelo. Al día siguiente llegarán las bandas presidenciales, las que deberá guardar bajo llave.

¿Cuál es su cambio de mando favorito?
No sé si favorito, pero es un hito en nuestra historia cuando la presidenta del Senado, Isabel Allende, invistió a la Presidenta Bachelet. Ver a dos mujeres ahí fue emotivo.

¿Sufre algún tipo de pánico escénico antes de empezar?
Por supuesto que me pongo un poco nervioso. Miedo de que algo falle, de que no estén los asientos como corresponde para los invitados y uno no tenga dónde sentarse.

Es difícil que eso pase.
Sí, pero ayudaría que la gente confirmara su asistencia. Hay muy poca cultura protocolar, después llegan sin haber respondido y se enojan porque no tienen un asiento asignado.

Cuál es su mejor anécdota de un cambio de mando.
¡Uf! Hay varias, pero no puedo contarlas. Cuando me jubile y escriba mi libro usted las va a poder leer.

Entonces se imagina jubilando.
Sí. Quiero viajar, reencontrarme con mis amigos y mi familia. Ha sido toda una vida acá, dedicado al Congreso, pero en algún momento tiene que terminar.

EL COJÍN

“No me parecía que la piocha de O’Higgins, símbolo del mando de la nación, se dejara encima de la testera como se dejan unas llaves sobre una mesa”, dice Guillermo Miranda para explicar la innovación de este año: un cojín de terciopelo rojo donde la Presidenta Bachelet dejará la piocha de O’Higgins para que el presidente del Senado la tome y la ponga en la banda presidencial del Presidente Piñera. Miranda había visto ceremonias en otros países donde se ocupa ese recurso y le pareció buena idea incorporarlo. Su equipo lo apoyó e inmediatamente buscaron un taller que confeccionara y bordara el cojín. “Estos cambios buscan mejorar la presentación del evento y, en consecuencia, su prestigio a nivel mundial”.

DATOS DE LA CEREMONIA

  • Hora de inicio: 12 horas
  • Asistentes: 1.300 personas (aproximadamente) dentro del Salón de Honor.
  • Prensa acreditada: 850 periodista entre medios regionales, nacionales e internacionales.
  • Funcionarios públicos trabajando ese día: Entre 120-140 personas (no incluye FF.AA).
  • Cierre perimetral: Cuatro cuadras alrededor del Congreso.

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