Los libros de Nicanor Parra: Los suyos, los que leyó, los sobre él

En “Lo que el difunto dijo de sí mismo”, uno de los poemas de Versos de salón (1962), Nicanor Parra señalaba: “Intenté deslumbrar a mis lectores / A través del sentido del humor / Pero causé una pésima impresión”. No siempre lo que el ahora efectivamente difunto —cincuenta y cinco años después, a la improbable edad de 103 años— dijera de sí mismo era del todo acertado, pero en este caso, con su inescapable agudeza, atinaba a presentar la discrepancia entre sus pretensiones y sus resultados.

Transformado desde hace años en una figura tan prestigiada como popular de la cultura chilena, ha predominado la visión de Parra como un elusivo anciano que entrega aforismos de sabiduría popular o como un creativo fabricante de ingenios. Una cruz con un letrero colgando que dice “Voy y vuelvo”, no está mal, claro, pero tampoco es una descarga metafísica; o aquello de “La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas”, se vale de trastocar los lugares comunes, pero no es una iluminación política.

Son sus obras, es cierto, pero son sólo una parte de ellas. La visión más completa es la que dan sus libros, a los que sería bueno volver. Es verdad que él a veces pareció dificultar el formato mismo. Así, parte de su labor circuló como cajas de postales o plaquettes o ediciones limitadas: Artefactos (1972), “ecopoemas” (1982), Chistes parra desorientar a la policía poesía (1982), Coplas de navidad (1983) o La sagrada familia (1997). A veces fue reacio a la publicación: su traducción de Shakespeare, Lear Rey & mendigo, debió ser negociada e insistida, así como los dos tomos de sus Obras completas & y algo + (Galaxia Gutenberg, 2006 y 2011). Las dificultades de acceso habían sido paleadas antes por la amplia labor de Ediciones UDP con libros suyos, recuperados o inéditos.

Sus libros

De sus libros, podría argumentarse, los más impresionantes como unidad son Poemas y antipoemas y los Sermones y prédicas del Cristo de Elqui.

Poemas y antipoemas (1954) significó una conmoción. Para escapar de la solemnidad o del sentimentalismo, para no sucumbir al abatimiento, el poeta usa el distanciamiento. La ironía era su principal herramienta; también la sátira sangrienta y la emoción. “Desacralización” es la palabra que asoma en la boca del crítico; más simple y quizá más pertinente sería “burla”: burla de todo y de todos, especialmente de él mismo; también ternura. Parra se reía, con risa triste, de sus tragedias. Los “poemas” y “antipoemas” dan voz a una serie de angustias inexpresadas.

Junto a la dulzura de algunos poemas de amor, como “Carta a una desconocida” o “Es olvido”, la evocación de una mujer amada de su juventud, que ha muerto (”Sólo sé que pasó por este mundo / Como una paloma fugitiva: / La olvidé sin quererlo, lentamente, / Como todas las cosas de la vida”) está la visión cáustica de sí: su “Autorretrato” como profesor en un liceo obscuro. Hay poemas de lo absurdo (”Sinfonía de cuna”, “Preguntas a la hora del té”) y otros de odio (”La víbora”). También se encuentran por primera vez esas especies de discursos, entre circenses y de predicador, que usará más tarde: “Atención, señoras y señores, un momento de atención: / Volved un instante la cabeza hacia este lado de la república,/ Olvidad por una noche vuestros asuntos personales, / El placer y el dolor pueden aguardar a la puerta”( “El peregrino”). El libro culmina en “Soliloquio del individuo”, un poema que se plantea como un viaje de la Humanidad desde la Prehistoria en adelante, pero con tal desconfianza en el progreso que el individuo piensa en volver atrás, pero ni avance ni retroceso son posibles, porque “la vida no tiene sentido”.

En los Sermones y prédicas del Cristo de Elqui, Parra adopta la figura de un personaje, más obviamente que en sus otros libros donde Parra o el “hablante lírico” puede ser también un personaje. En este caso, el “Cristo de Elqui” se inspira en la figura de Domingo Zárate Vega, obrero nortino que se convirtió en anacoreta y luego predicador, recorriendo Chile en los años 30 y 40. Parra adopta su voz en Sermones y prédicas del Cristo de Elqui (1977) y Nuevos sermones y prédicas del Cristo de Elqui (1979), lo que le permitió hablar oblicuamente de la situación de Chile tras el golpe militar de 1973, haciendo referencia a los derechos humanos o la libertad de prensa, refiriéndose supuestamente al gobierno de Ibáñez del Campo.

Sus poemas

Por su carácter mucho más fragmentario y recopilatorio, en otros de sus libros destacan poemas (o antipoemas) individuales. Habría que mencionar algunos como “Discurso fúnebre” (en Versos de salón). O bien “Un hombre”, el de un individuo que realiza un viaje menos alegórico que el del soliloquio y que va desde la búsqueda de un médico para su madre hasta la borrachera en una casa desconocida (cada tanto llora), recogido en Obra gruesa (1969), así como la añoranza de su hermana Violeta (“Dulce vecina de la verde selva / Huésped eterno del abril florido / Grande enemiga de la zarzamora / Violeta Parra”) en que le pide que se levante de su tumba a cantar: “Cántame una canción inolvidable/ Una canción que no termine nunca”.

En Hojas de Parra (1985) figuran logros como “Los profesores” o “El hombre imaginario”, uno de los poemas más conocidos y sin embargo mejores de Parra: basado en el recuerdo de un amor hacia 1978 y en que todo, desde la mujer a los árboles es adjetivado imaginario, lo único que no, lo que sigue siendo tangible, es el dolor. Una de las joyas tardías de Parra es el rap de La Sagrada Familia (1997): “En una aldea maldita / Con ínfulas de ciudat / Un viejo se enamoró / De una menor de edat”…

Sus lecturas

Por su formación matemática, sus lecturas, a diferencia de las de sus amigos (Jorge Millas, Luis Oyarzún) eran escasamente literarias. En las conversaciones con Juan Andrés Piña en 1989-90, señalaba: “El que me haya salido de los planteamientos modernistas, sin proponérmelo, se debe también a esta ignorancia”.

Su primer libro, Cancionero sin nombre (1937) mostraba la inspiración (y la lectura) de Federico García Lorca. Despúes de ese libro, le indicó a Leonidas Morales en una de sus conversaciones, entre sus lecturas más decisivas estaban Whitman y Kafka. Hablando en una entrevista de periódico sobre su formación humanista tardía, reconocía no haber leído mucho en su vida. Shakespeare, decía, lo leyó a los 30 años, por tanto antes de su viaje para estudiar en Inglaterra. Pero el tiempo en Oxford, en 1949, fue de lecturas. Por referencias directas o indirectas es posible inferir la de T. S. Eliot, Dylan Thomas, Ezra Poud, John Donne, Shakespeare de nuevo, John Keats. No sería aventurado suponer que de esas lecturas adopta algunas herramientas: el gusto por lo prosaico y lo conversacional, la adopción de “monólogos dramáticos” como personajes que hablan en primera persona, uno de los recursos mejor usados por Parra, cuando proteicamente va adoptando distintas formas: el profesor, el amante desdichado, el galán (a veces “imperfecto” a veces “incandescente”), el matemático, el bruto, el predicador; en algún momento, la de un personaje llamado “Nicanor Parra”, un anciano taimado.

En uno de sus “discursos de sobremesa”, hablando de Luis Oyarzún, señalaba que en la biblioteca de Oyarzún no estaba presente la obra de Nietzsche como, cree Parra, no lo estaba en ninguno de los escritores de la época. Pero en cierto momento Parra descubre a Nietzsche y lo adopta, lo adapta y lo absorbe para uso propio y lo transmite. A lo largo de los años se van trasluciendo claramente otras lecturas del momento convertidas en obsesiones: el Tao Te King, el Código de Manú, la ecología.

Sobre Parra

Señalan Sabine Drysdale y Marcela Escobar en Nicanor Parra, la vida de un poeta (2014), que Parra está expuesto a que llegue gente a su puerta, gente que golpea inpúdicamente para hablarle, para verlo, para entrevistarlo. Es justamente lo que hacen ellas (llevándole alfajores). En este intento biográfico las autoras optaron por la conversación (partiendo por una que tuvieron con él) para dar forma a la narración, además de entrevistar a personas relacionadas con Parra. Es un ejercicio valioso, pero hay muchos vacíos e incógnitas por resolver, quedando abierta la vía a otras aproximaciones (en el submundo literario corre el rumor de que Rafael Gumucio estaría trabajando en una biografía del poeta).

Los estudiosos de Parra han sido muchos. La academia no ha sido mezquina con él, considerando los libros de Iván Carrasco o Federico Schopf. Un gran campeón nacional e internacional de Parra, como más tarde lo sería Bolaño, ha sido José Miguel Ibáñez Langlois: baste recordar su selección de Antipoemas en Seix Barral (1972) hasta su Para leer a Parra (El Mercurio-Aguilar, 2003).

Las entrevistas han sido una fuente generosa, porque Parra fue, al menos por un tiempo, pródigo en darlas: en diarios, revistas, artículos académicos y libros, en Chile y en el extranjero. En la última edición de uno de ellos, el de Leonidas Morales, éste se preguntaba si no será Parra uno de los poetas chilenos más entrevistados. Como libro, además del de Morales (y las que han sido recogidas en libros de Faride Zerán y Juan Andrés Piña), está el conjunto de entrevistas y otros documentos reunidos en Así habló Parra en El Mercurio (El Mercurio / Aguilar, 2011), editado por María Teresa Cárdenas y la selección hecha por Lucas Costa de Chan-chu-llos: Parra antes de Las Cruces (Alquimia, 2014). Mención aparte merecen las conversaciones mantenidas en Chicago el año 1987 con el crítico René de Costa, quien hizo una edición modélica de Poemas y antipoemas (Cátedra, 1988). Conversaciones con Parra, por De Costa, está publicado por BancoEstado, con una circulación no comercial. Por esas conversaciones que De Costa guardó se pudo recuperar Temporal, un libro que Parra había extraviado u olvidado, pues allí lo lee: son comentarios sobre el desborde del río Mapocho en 1987, además de crítica social y política. Una manifestación más de la apertura de Parra a las noticias diarias que ha alimentado parte importante de su obra desde que la inició con “Noticiario 1957” en Versos de salón, donde aparecían desde una plaga de motonetas en Santiago hasta que el gobierno detiene la inflación.

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