La Tercera

Manifiesto de un viajero

Viajar no es lo mismo que hacer turismo. Hay intensidades, ritmos, pausas diferentes. ¿No cansa ir cuatro veces a Japón?, ¿no agota pasar tardes enteras frente al atardecer en Visviri?, ¿qué gusto tiene instalarse en la placita de Puerto Williams?, ¿cómo uno llega a una fiesta de matrimonio en Katmandú? Aquí van algunas respuestas.

No somos pocos a los que nos pasa esto: más que los tours, nos gustan los viajes. Ambos conceptos están lejos de ser sinónimos.

Y en este gusto por los viajes y no tanto por los tours, digamos que influyen dos razones. Una que podríamos llamar filosófica, casi una opción de la mente y el espíritu; y otra que es simplemente práctica.

En el área de las ideas, cada vez me queda más claro que un turista no es lo mismo que un viajero. A diferencia del primero, el viajero no sigue al pie de la letra las guías turísticas ni menos aún siente la obligación de ir a los lugares de moda que otros -los expertos de esas guías- han definido como “imperdibles” sin ni siquiera saber qué es lo que uno busca. El viajero es alguien que prefiere flotar a su ritmo. Todo lo que en un turista es apuro, en un viajero es demora. Es alguien que se mete bajo la piel de una ciudad, de un paisaje, de una construcción, de lo que sea; y lo vive sin prisas. Requiere observación, agudeza, calma, sensibilidad, pasión. Alguien que puede gastarse una tarde sentado en una plaza, simplemente viendo pasar a la ciudad -y sus habitantes- por delante. Eso jamás será para un viajero una pérdida de tiempo.

Nunca entendí mejor el alma de Marruecos que instalándome durante horas en la plaza Jemaa el-Fna, en Marrakech. Ese enorme mercado y restaurante al aire libre fueron la mejor lección sobre lo que es ese país en el borde norte de África. Y me ha pasado otras veces. Por ejemplo, esperar la puesta de sol en el altiplano, en Visviri, concentrado sólo en el cambio de luz sobre los cerros y en la respiración propia. O sentado con un café de un segundo piso, mirando toda una mañana cómo allá abajo miles de personas atravesaban al mismo tiempo el frenético cruce de Shibuya, en Tokio, el más concurrido del mundo. O desde un banquito en la única plaza de Puerto Williams, esperar cada atardecer para ver cómo caminaban apurados algunos de sus 2.000 habitantes, que a esas horas -con sol, con lluvia, con nieve, como sea- vuelven llenos de bolsas desde los escasos almacenes.
Pero hay también una razón práctica.

Un viajero necesita sus ritmos. Detesta los apuros y moverse en masa. Detesta subirse y bajarse de los buses, esclavizado por un guía. Detesta no tener todo el tiempo para sacar sus fotografías o conversar con quienes se le cruzan en el camino. Detesta estar obligado a levantarse temprano, a tomar desayuno con gente que no ha visto en su vida y a fingir que las conversaciones en la mesa le interesan. Detesta no ser dueño de sus decisiones a la hora de qué visitar o por dónde partir el día; puede, en una de esas, decidir quedarse en cama. Detesta ser parte de ese mundo cerrado de visitantes ordenados detrás de una banderita de color y que jamás se empapan del lugar que están visitando.

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Un viajero no teme repetirse. Porque en cada visita, aunque el lugar sea el mismo, siempre se descubre algo nuevo. Y entonces ese sitio se transforma y sorprende tal como lo hizo en el primer encuentro.
A veces caemos en excesos, en obsesiones incluso; pero aún así encontramos que ese ejercicio de repetición es delicioso.

He ido cuatro veces a Japón y ese país no me agota. Es cierto que ha ayudado que cada visita ha coincidido con una estación del año distinta; y eso en un país como Japón -que respeta y convive en armonía con la naturaleza- es inagotable. El Japón de cerezos en flor de primavera es tan distinto al del otoño con sus ginkgos teñidos de amarillo y sus arces rojos. O al Japón con nieve, como en una novela de Kawabata.

Pero las estaciones del año no lo explican todo. Está también la curiosidad del viajero, que hace que un país pueda parecer otro y otro y otro. Basta con atreverse. He recorrido Japón sin hablar ni una palabra de japonés ni pagar miles de yenes para que alguien me lo enseñe. Y ha sido fabuloso, viviendo en el país de verdad y no en el de postal. Canté karaoke con un grupo de quinceañeros. Caminé por templos sintoístas perdidos en el bosque, acompañado sólo de familias niponas. Comí sushi con pescado recién sacado del mar, en boliches diminutos donde no había más extranjeros. Anduve en metro y aprendí -con la rapidez que obliga la sobrevivencia- a sacar los tickets de las máquinas automáticas. Perseguí geishas en Kyoto. Fui a íntimas ceremonias del té verde, con coreografías de movimientos que se han repetido exactos por 500 años. Hice pequeñas grullas de papel con escolares para dejarlas como ofrenda en Nagasaki…

Por más que he buscado en internet, no he encontrado ni un solo tour por Japón que ofrezca todas esas pequeñas maravillas.

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Siempre hay un propósito. El viajero nunca va a un sitio por la generalidad de sólo conocerlo. Siempre se busca algo particular.

No es lo mismo recorrer a secas Estambul que hacerlo tratando de reconstruir allí los pasos del escritor turco Orhan Pamuk, siguiendo las señales que él mismo da en ese libro autobiográfico que lleva el nombre de esta ciudad que antes fue Constantinopla.

O tampoco es lo mismo haber pasado por Moscú, Beijing y Hanoi quedándose con recuerdos tan generales que hasta se confunden, que haber estado en los mausoleos de sus históricos líderes comunistas. Y no se trata de un tributo ideológico, sino de viajeros movidos por la Historia, así con mayúscula. Quienes lo han hecho sabrán cuánto se parecen los mausoleos de Lenin, Mao y Ho Chi Min; y cómo marcan sus ciudades.

A esas cosas sólo llegan los curiosos que se mueven con lo que Martín Caparrós -incansable viajero y cronista argentino- llama “la actitud del cazador cavernario”. Ese que camina siempre atento, con la vista aguda, el oído alerta, porque sabe que cualquier cosa a su alrededor, por insignificante que parezca, puede ser el alimento que le llene el cuerpo.

Fue por esa actitud, sumada a una serie de felices coincidencias, que terminé en una fiesta de tres días como invitado a un matrimonio nepalí en Katmandú. O cuando, en ese mismo viaje, pasé una tarde en silencio con una de las tres pequeñas diosas vivientes que existen en Nepal. Ella estuvo siempre con la mirada perdida en un punto lejano de la habitación; yo estuve siempre con la mirada atónita y conmovida sobre la niña santa. Nunca he podido olvidarla: se llamaba Samita, tenía 11 años.

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Un viajero se pone a prueba, se desafía a sí mismo, no le importa incomodarse.

Un viajero puede estar horas sentado sobre sus rodillas, escuchando mantras sagrados en los templos budistas de Laos. O hacer un trekking por los Himalayas, aunque no tenga un estado físico para esa aventura. Hace un par de años lo hice por lado de la cadena montañosa del Annapurna. No fue fácil, pero completé los ochos días de caminata, a punta de respirar hondo, de ignorar las rodillas maltratadas y de tomar desayunos que incluían leche de yak casi tan espesa como mantequilla y con sal. Ayudaba también a levantar el ánimo que mi sherpa, Anjan, cantaba el repertorio de Michael Jackson durante la ruta.

En diciembre, hace dos meses, fui a la Antártica por mar. Un año antes, a fines del 2016, también había ido. La primera vez me había tocado una travesía tranquila, así que me confié. Pensé que los relatos terribles de cruzar el temido Mar de Drake -donde el Atlántico se junta con el Pacífico- eran exageraciones. Gran error. Esta vez el paso por ese mar malvado fue como estar en una licuadora, sin poder levantarse del camarote, mareado y zangoloteado durante 36 horas. Pero al mirar de nuevo ese blanco único de la Antártica y disfrutar ese silencio que sólo existe allí, todo el mal rato se olvida. Si me preguntan si quiero regresar, posiblemente diré que sí. Pese al Drake.

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Un viajero, más que encargarles a otros que decidan por ellos, prefiere arreglárselas solo. Armado sólo con sus ganas, un buen mapa y -esto sí que es indispensable- mucha lectura del lugar que va a visitar. En esas lecturas, realizadas semanas o meses antes, es cuando el viajero inicia su viaje.

Las lecturas de un viajero, más que guías desbordadas de datos -que le son útiles en cosas muy puntuales-, incluyen textos de cronistas que narran los lugares desde una mirada propia. También puede ser literatura, que frecuentemente sirve de inspiración viajera.

Ir al Cabo de Hornos y leer a Francisco Coloane es un regalo. Lo mismo si uno, antes de ir a la Antártica, lee los diarios del infatigable Ernest Shackleton. O visitar Japón después de haber leído cualquier de las exquisitas novelas sobre ese país de Amélie Nothomb: si sólo hay tiempo de una, debe ser Estupor y temblores, que describe con agudeza y humor el alma nipona. O recorrer el Museo del Holocausto en Washington después de leer con el pecho apretado la crónica de Martín Caparrós llamada Memorias del subsuelo. O leer a John Hersey antes de ir a Hiroshima. O Crimen y castigo, de Dostoievsky, para imaginarse un San Petersburgo antiguo antes de enfrentarse con el actual. O esa África que tan bien describe Ryszard Kapuscinsky. O el Nueva York lleno de detalles que cuenta Gay Talese en Ciudad de cosas inadvertidas. Y así, tantos, tantos textos más.

Incluso funciona con Santiago y las breves y cáusticas crónicas de Pedro Lemebel. O las de Roberto Merino reunidas en Horas perdidas en las calles de Santiago. Porque para un viajero, hasta lo más cercano puede convertirse en una sorpresa. Hay que saber mirar. Como ese cazador cavernario que decía Caparrós. Así, hasta el barrio de uno -el de siempre- puede ser un mundo por descubrir.

Sí. Un viaje -y no un tour- puede empezar a media cuadra de tu casa.