Mindfulness para sobrevivir a las vacaciones

En los viajes, mejor concentrarse en el presente y sonreír.


En un par de semanas viajaré a la Patagonia con mi pareja y sus hijos. Iremos a San Martín de los Andes, la ciudad rodeada de bosques que mira al lago Lácar. Somos un buen grupo de paseo: nos gusta hacer juegos de palabras cuando andamos en auto, explorar, buscar amigos, contar historias y cocinar en el fuego.

Igual estoy nerviosa. Quisiera aprender a manejar situaciones que en años anteriores fueron incómodas. Ejemplo: en un hotel, uno de los niños le pide al recepcionista si puede ver tele y el recepcionista le responde que le pregunte a su mamá y me mira enarcando las cejas. Aunque inmediatamente lo aclare, es un mal momento. ¿Debería colgarme un cartelito con luces de neón que diga “no soy la mamá”? ¿O tal vez las personas que reciben “familias” podrían considerar que –por lo menos en las grandes ciudades– la mitad de los que se casan se separan, y quizás las relaciones entre el grupo que tienen enfrente no son tan obvias como padre-madre-hijos? Si hay dos mujeres y un niñito quizás no son la madre y su hermana, sino una pareja de mujeres que duerme en cama doble y, en muchos países, un matrimonio con todas las de la ley. ¿No dan esa materia en la carrera de Turismo? Familias ensambladas, señor recepcionista, nuevas familias. Para colmo, seguro que la escena de la recepción sucede con una familia tipo mirando con aires de superioridad, como diciendo nosotros somos “normales” y ustedes, “recauchutados”.

Respirar, dicen en la clase de yoga. Inspirar la belleza del mundo y exhalar la tensión, lo que no quiero. Hace un par de semanas, en el marco del Anima Film Fest de Buenos Aires, vi el documental Camina conmigo (2017) sobre el monasterio Plum Village de Francia fundado por el maestro zen, monje y poeta vietnamita Thich Nhat Hanh.

Antes de que empezara la película, un monje sentado en el frente de la sala dijo algunas palabras y al final invitó a la audiencia a cerrar los ojos y a hacer respiraciones profundas, a dejar pasar los pensamientos. Que no aniden, que pasen, como las nubes pasajeras en los días lindos. El silencio real es dejar de hablar, dice el maestro, y no se refiere a los diálogos con amigos, sino al diálogo interior.

En mi caso, a las elucubraciones a partir de una pregunta de un recepcionista. Apagar la radio interna.

Thich Nhat Hanh tiene 90 años. Por oponerse a la guerra de Vietnam debió exiliarse de su país y así llegó a Francia, donde se instaló y focalizó sus años en enseñar mindfulness a occidentales. Mindfulness es lo contrario del futuro y del pasado. El pasado ya no está, el futuro todavía no llegó. Mindfulness es concentrarse en el presente. Ser consciente del aquí y ahora. “El milagro no es caminar en el agua –escribió Thich Nhat Hanh en una poesía–, el milagro es caminar sobre el césped verde, habitando profundamente el momento presente y sintiéndose vivo”.

Luego de la breve meditación en la sala del cine y sin ni un ruido de cabritas, arrancó la película, que estaba llena de paisajes perfectos de montañas, lagos y silencio. No había ni chaquetas amarillas ni mosquitos. No volaba ni una mosca. Nada desentonaba. La escena se veía muy lejana de unas vacaciones con chicos. De repente, visualizo días con cerros de platos sucios, onomatopeyas de la Play estallando en la sala, la tabla del inodoro levantada, caprichos y peleas. Eso les pasa a todas las familias, tradicionales y ensambladas, nuevas y viejas. También le pasará, quizás, al recepcionista.

Pero por ahora no ocurrió, las vacaciones todavía no empezaron, ¿para qué desviar la energía hacia zonas oscuras?

En un momento de la película una de las hermanas del monasterio de Plum conversa con un asistente y le dice que una sonrisa puede ser un hermoso sonido a pesar de ser silenciosa. Eso voy a hacer en estas vacaciones: sonreír.

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