Entre ostras y canguros por Australia

La zona sur de la Pacific Highway, la escénica ruta costera que va desde Merimbula hacia Sydney, es una metamorfosis asfaltada de 500 kilómetros que une bucólicos poblados, playas desiertas, granjas de ostras y muchos canguros, hasta la urbe más famosa de Australia.


En un pequeño bote de metal sobre el lago de Pambula, en el extremo austral del estado de New South Wales (NSW), a unos 500 kilómetros al sur de Sydney, el capitán Esponja espera animado. Pareciera el guion de un programa de Cartoon Network, pero la sonrisa plena y el fuerte apretón de una mano llena de anillos y pulseras de Brett Weingarth -alias Captain Sponge- son tan reales como las centenas de granjas de cultivos de ostras que se ubican en la superficie acuática.

Es abril y viajamos por la costa suroriental del Australia, afamada área de producción de ostras en el país. Debido a las condiciones de pureza de sus aguas, baja densidad poblacional y los bosques de manglares circundantes, ha hecho peregrinar a numerosos turistas que vienen a degustar el molusco desde su punto de origen.

Sponge, quien cuenta que su apodo se debe a su mítica capacidad para beber, nos lleva por el curso interior del lago Pambula hasta la desembocadura junto al océano. La riqueza de estas aguas que mezclan salinidad y dulzura ha permitido el cultivo de variedades de roca de Sydney y la Angasi, ambas nativas de esta zona. “Su tamaño adulto demora una media de tres años”, relata el esponjoso Brett, mientras ofrece un platón lleno de ostras recién abiertas.

La ruta del “Mmmmmmh”

La geografía de la Pacific Highway es un santuario para el cultivo de ostras. “Cada lugar tiene su propio merroir, que es similar al terroir de los vinos”, explica Shane Buckley, en las orillas del lago Wapengo y vecino del parque nacional Mimosa Rocks, en que viven koalas. El merroir vendría a definir los sabores del bivalvo, a diferenciarlo y representar el sabor del lugar.

Un colega de Buckley sale del agua con un balde donde se retuerce un diminuto pulpo de anillos morados, una de las especies más venenosas aquí. Este pulpo vive sin dramas en un ecosistema preservado por la presencia del parque nacional y que, gracias a un trabajo de granja respetuoso del medioambiente -sin químicos o pesticidas-, hace que estas ostras sean las primeras certificadas como orgánicas y cuyo sabor, dicen, difiere de todas las demás.

Comer para creer. El robusto hombre sonríe satisfecho al escuchar los “mmmmmh” de los comensales tras cada bocado. Servidas directo y sin limón, el sabor de las ostras es cremoso, potente y feliz. Mismas palabras con los que podría definirse la apacible vida de sus trabajadores que las limpian, seleccionan y lavan. Estas ostras, según Buckley, son perfectas para un maridaje con whisky, champaña o cerveza.
Will Wade, chef y dueño del restaurante Long Time no Sea, sabe de esas combinaciones. Con 29 años de edad, ha convertido a este local -media docena de mesas, a sólo 18 km al norte de Wapengo- en un lugar que desde el comienzo se hace inolvidable.

El menú consta de pequeños y numerosos platos. Los ingredientes propuestos por Wade son: mantequilla de jengibre, paté de pato, berenjenas fritas con tinta de calamar, ostras obviamente, queso parmesano fresco y un variado etcétera. Un largo “mmmmmmmmh” aprobatorio se escapa de la boca de los comensales luego de probar un trozo de atún de aleta amarilla cubierto de durazno asado. Los ventanales dan a una espléndida panorámica de tres kilómetros de la playa de Barragga Bay, mientras una manada de canguros saltan libres por las verdes colinas vecinas.

Naturaleza en primera persona

Ver canguros es como estar soñando. Pero cuando uno toca el pelaje de este mamífero, siente que es una realidad eso de estar viajando por Australia. Se hace palpable, emocional y vivo, y se anota como uno de esos recuerdos indelebles que terminará siendo parte de las tertulias viajeras con los nietos.

Este animal, uno de los 50 millones de canguros que habitan en el país, se deja querer y fotografiar manso, mientras se alimenta de pastos cercanos a las doradas playas de Pebbly, en el Parque Nacional Murramarang, una de los principales atractivos de NSW.

Las aguas de la playa de Pebbly son frías y correntosas, con murallones rocosos cubiertos de bosques de eucaliptus altísimos que desafían a los vientos del Pacífico Sur. Al canguro poco le importamos, aunque a los australianos el tema de su máximo símbolo está en debate ya que se han solicitado épocas de caza para controlar su número: son el doble de quienes residen en la isla.

Este litoral y todo este sector además han sido históricamente puntos ceremoniales en los pueblos indígenas de la zona. Australia cuenta con más de 400 culturas originarias con una conexión espiritual fuerte con la madre Tierra. Los ejemplos de esa influencia en esta ruta hacia Sydney son claros. Lo quieras o no.

Justo en las penumbras de esa mañana, antes de las 6 a.m., la naturaleza iniciaba un ritual del amanecer. En Narooma (100 km al sur de Pebbly) se encuentra la “Australia Rock”, una roca puntiaguda de origen volcánico, de gran altura y con un hoyo al medio, frente al océano. Cuando el sol despunta sobre el mar, las nubes y las tonalidades de la luz forman imágenes que obligan a fotografiarla o agradecerle, o ambas a la vez. En las aguas del muelle vecino una colonia de lobos de mar pareciera que bailase en su honor.

The best place in the world

Al día siguiente la naturaleza sigue mandando. Llueve fuerte y corre un viento frío, sin embargo Matt Cross habla convencido: “Este es el mejor lugar del mundo”. La frase se ha convertido en una especie de mantra que hemos oído en las bocas de los habitantes de la costa de NSW. Pero Cross, experto en avistamiento de delfines en la bahía de Jervis, está absolutamente convencido.

Jervis Bay es enorme. Mide 102 km2 y es un santuario de vida marina con delfines, ballenas jorobadas, francas, orcas, tiburones o mantarrayas. La lluvia se vuelve persistente y los pocos delfines que aparecen compensan el viaje tanto como las vistas sobre los poblados ribereños o del faro Point Perpendicular, que iluminó desde 1889 hasta 1993. Despejado debe de ser otra cosa, con mal tiempo es definitivamente una aventura.

Lo del “mejor lugar del mundo” se repite con mayor aceptación tras la cuarta copa de vino en la vinería Cuppit. Una casona alba ubicada en el poblado de Ulladulla, con un restaurante y vista a los viñedos circundantes. Es un emprendimiento familiar con más de una década de vida y que Rossie Cupitt, su dueña, se encarga de mostrar.

De melena corta y rubia, su charla es tan apasionada como lo que ha hecho con estas 80 hectáreas de terreno en tan poco tiempo. Junto con sus hijos, Wally y Tom, han creado una serie de vinos y cepas de chardonnay, shiraz, viognier o sauvignon-sancerre, que ya han merecido algunos premios. Además crearon una microcervecería, una fábrica de quesos artesanales -de los que Rosie ha hecho su “perlita”- y una sala de ventas donde desfilan mostos y parmesanos.

El mantra del “mejor lugar del mundo” lo repiten meseros durante una cena en medio del bosque en el restaurante Gunyah, construido al estilo palafitos y que es el epicentro de la vida en el glamping sustentable Paper Bark Camp, a 40 km de Jervis Bay.

Esta modalidad de alojamiento consta de carpas completamente acondicionadas, llenas de detalles, sin TV, con baños propios y energía solar, además de una gran cama matrimonial. Cada carpa-habitación está aislada de las otras, pero cuenta con ilustres vecinos marsupiales -como el oposum o los canguros- y ardillas. Durante la noche los eucaliptus nativos crujen con el viento y desde las ventanas de la tienda se ven algunas estrellas. El resto es oscuridad. Al despertar en medio de la naturaleza, si esto no hace creer que estamos en el mejor lugar del mundo debe, al menos, ser la mejor noche más profundamente dormida en todo el viaje por NSW.

En unas horas volveremos a Sydney, a sólo 200 kilómetros. Atrás quedarán las ostras y los canguros, que serán reemplazados por visitas al Opera House y al parque Hyde y al Jardín Botánico, dignos lugares para otro relato de una Australia desconocida y plena de atractivos e historias dignas de contar a un futuro nieto.

 

Para tener en cuenta

Llegar: Hay vuelos diarios de Santiago a Sydney. Directos o con escalas en Nueva Zelanda. Demoran poco más de 14 horas. La diferencia horaria también es de 14 horas. Hay que solicitar una visa turismo por internet: www.chile.embassy.gov.au
Estilo australiano: Para el viaje por carretera hay que recordar que el puesto del chofer va en el sentido inglés: el piloto a la derecha. Lo mismo ocurre con el sentido de las calles. Hay varios arriendos de automóviles y de casas rodantes. Un dólar australiano son $470 pesos chilenos.
Ostras en NSW: En el lago Pambula, Captain Sponge’s Magical Oyster Tours. www.magicaloystertours.com.au
En el lago Wapengo, Wapengo Rocks. www.wapengorocks.com.au
En Budd Islands, Signature Oysters. www.signatureoysters.com.au
Dormir: En Merimbula, The Coast Resort Merimbula. www.coastresort.com.au

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