La Tercera

Roberta Alonso: “Encontré el amor en un sexshop”

“A mi mamá le costó un montón aceptar la idea. No le gustaba que estuviese con él, ni siquiera me escuchaba cuando yo le contaba lo bien que me hacía sentir o cuánto me gustaba. Es más, en la imaginación de mis papás él era un mafioso y creían que andaba por ahí con un látigo y todo”.

Habían pasado seis meses desde que había terminado con un pololo con el que llevaba más de dos años, cuando decidí venir al sex shop. Todo se acabó porque él me engañó. Me enteré porque había dejado abierta su cuenta de Facebook en mi teléfono y, cuando estaba cerrando su sesión, me apareció una conversación extraña. Yo no soy de espiar ni nada, pero justo era de una persona de la que sospechaba. Todo esto mientras estábamos sentados en la mesa con su familia. Mi corazón se aceleró como si tuviese taquicardia, pero me hice la loca y le dije que fuésemos a hablar afuera y ahí terminé con él.

Venir al local acá fue idea mía porque después de tantos meses sola necesitaba algo saludable. Recuerdo que ese día andaba sola y nunca había entrado a un sex shop, me daba miedo. Imagínate, ¿qué iban a decir de una mujer entrando acá? A mi pareja anterior nunca le interesó venir a estos lugares, pero tenía curiosidad, así que me puse a vitrinear.

Miré en varias tiendas. Paseé por aquí y por allá, me ofrecieron varios productos, pero no quise comprar nada, no me nacía entrar o no me gustaba lo que ofrecían. Hasta que llegué a este sex shop, que me dio más confianza porque se veía más bonito, más elegante. Parecía más una boutique que un sex shop, un lugar que a una mujer igual le da un poco de cosa. Es un tema supertabú, lo que puede sonar supertonto y estúpido, pero es real.

Me atendió Leandro, que es el dueño de la tienda. Fue superatento, superamable, así que nos pusimos a conversar harto rato, y no sé, me gustó, lo encontré superinteligente, supermaduro, que sabía lo que quería. Hubo química altiro, en realidad. Ese mismo día me invitó a almorzar y me contó de todo, fue totalmente transparente. Después de conversar casi toda la tarde, compré lo que venía a comprar, intercambiamos números y seguimos en contacto.

Al principio me dio nervio que trabajara acá. Me generaba muchas incógnitas, pero igual había algo encantador en el tema. En ese entonces yo estaba estudiando y por él empecé a postergar clases. Me venía al sex shop y lo ayudaba, conversábamos mucho, escuchábamos música y me fui enamorando, fue todo avanzando superrápido hasta que me pidió pololeo. Y le dije que sí.

Ese mismo día, cuando volví a mi casa, había una especie de reunión familiar y decidí contarles a todos. Se pusieron muy felices por mí, pero también empezaron a preguntar por él: quién era, cómo era, cuántos años tenía, hasta que llegaron al “¿y qué hace?”. Ahí contesté que era dueño de un sex shop, que es una tienda superlinda, muy elegante. “Ya, pero cómo lo conociste”, me preguntaron, así que dije la verdad, que había ido a comprar a su tienda. Una de mis tías que estaba ahí se quedó muda, casi se desmaya.

A mi mamá le costó un montón aceptar la idea. No le gustaba que estuviese con él, ni siquiera me escuchaba cuando yo le contaba lo bien que me hacía sentir o cuánto me gustaba. Es más, en la imaginación de mis papás él era un mafioso y creían que andaba por ahí con un látigo y todo.

En un momento, las cosas en mi casa se pusieron muy tensas, incluso sufrí un poco. Hubo un tiempo en que me veían llegar a la casa y ni siquiera me veían la cara, por momentos era asfixiante, como si estuviese haciendo algo malo. Todo explotó después de que nos fuimos a pasar juntos el fin de semana, aquel que nevó en Santiago el año pasado. Cuando volví a mi casa ese domingo, tuve una pelea con mis papás, que fueron muy duros conmigo. Llamé esa misma noche a Leandro y le pedí que me fuera a buscar porque ya no daba más. Ahí hablamos de irnos a vivir juntos y cuatro días después ya habíamos conseguido departamento, todo se dio muy rápido.

Como a la semana de irme, mi mamá fue a verme. Era la primera vez que veía a Leandro y se llevaron muy bien, quedó con muy buena impresión, se amaron. Una semana después hicimos una comida a la que invitamos formalmente a mis papás y se llevaron increíble, terminó por encantarlos a todos. Como a la tercera vez me reconocieron que estaban equivocados sobre él. Ahora son inseparables, incluso me planearon el cumpleaños juntos y para Navidad pasamos las fiestas todos juntos, ahí Leandro le pidió mi mano a mi papá, así que ya hay planes en el horizonte.

Yo creo que eso pasó porque toda la vida se imaginaron que me casaría con un ingeniero, un abogado o alguien con empresas, no con el dueño de un sex shop. Claro, ahora yo también soy en parte dueña del local y eso que tengo menos de un año de experiencia laboral.

Trabajar acá es entretenido, no se puede tener tabús, eso sí, está lleno de cosas que hay que hablarlas. A veces me siento reflejada en algunas de las niñas que vienen y que son más tímidas, que necesitan consejos para poder decidir porque no es fácil la primera vez. Yo tampoco sabía nada, así que les enseño, les ayudo, les recomiendo y les digo que antes tampoco sabía, que era como ellas. Ahí les cuento que hace un año también llegué como clienta y me enamoré. Lo cuento porque no sólo es verdad, también porque genera más empatía, porque, claro, uno no sólo está vendiendo placer, sino que también bienestar, salud y, obvio, felicidad.

*Roberta trabaja en el sex shop Adán y Eva Intime, en Paseo Las Palmas 2225, local 111.