El que se ríe se va al cuartel

Cadetes de la Escuela Héroes de la Concepción, en La Cisterna, entonando canciones militares.

No es sólo el verso de una ronda infantil. Para cerca de tres mil alumnos, es parte de su formación. En Chile hay siete escuelas premilitares autorizadas, donde además del currículum del Mineduc se enseñan técnicas militares. Sobre todo, disciplina. En siete años, las matrículas han aumentado un 200%. “Los papás nos ven como la última alternativa para enderezar a sus hijos”, dicen los inspectores a cargo.


Son las diez de la mañana y los 700 alumnos del Instituto Premilitar Subteniente Luis Cruz Martínez, en Talagante, están formados en el patio central. Visten traje militar verde oliva, bototos negros, boina burdeos. Con la mirada al frente, nadie se mueve, nadie habla. Sólo se activan cuando el brigadier mayor Saúl Carrillo, un hombre bajo de unos 60 años también vestido con traje militar, los saluda:

-¡Buenos días, instituto!

-¡Buenos días, brigadier mayor! -gritan todos, al unísono.

Luego la banda del instituto -una veintena de adolescentes armados con instrumentos de viento, percusión y, claro, una guaripola- comienza a tocar las marchas Adiós al Séptimo de Línea y Radetzky.

No es el único colegio donde pasan cosas como éstas. Escuelas donde se enseña matemática, lenguaje, arte, pero que suman entre dos y cinco horas semanales de instrucción premilitar: el paso perfecto para marchar, técnicas de mimetismo con el ambiente o primeros auxilios, entre otros asuntos.

El tema vive un boom. En los registros de la Dirección General de Movilización Nacional (DGMN), organismo asesor del Ministerio de Defensa y encargado de visar esta formación premilitar, hay siete establecimientos autorizados para hacerlo: cuatro están en la Región Metropolitana; el resto, en Valparaíso, Rancagua y Osorno. Estas escuelas son dependientes además del Mineduc en sus mallas curriculares. Según datos de ese ministerio, si en 2010 había 758 alumnos en premilitares, para 2017 el número ya alcanzaba 2.281. Un 200% de aumento.

“Hoy estos colegios no dan abasto”, cuenta el comandante (r) Claudio Gana, jefe del departamento de planificación de la DGMN y funcionario a cargo de los premilitares. “Hay mucho interés por ingresar a ellos, si abrieran dos o tres más te aseguro que se llenarían rápidamente”. De hecho, además de los siete colegios registrados, existen otros dos que funcionan sin la autorización de la DGMN. Sus matrículas también están a tope.

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Si hubiera un Instituto Nacional de los premilitares, ése sería el Subteniente Luis Cruz Martínez, en Talagante. Fue el primero, fundado en 1971 por Bernardo Acuña Maureira, un ex capitán de Ejército que se paseaba por el colegio con capa y uniforme. “Él quería formar personas con valores”, recuerda el brigadier Carrillo, quien lleva aquí 35 años.

Una sala de clases en el premilitar de Talagante.

El modelo se ha ido extendiendo a un grupo de establecimientos que prometen educar con disciplina, y cumplir el sueño de alumnos y padres de formar parte de las Fuerzas Armadas. La mayoría son particulares subvencionados -con mensualidades que van entre la gratuidad y los 80 mil pesos- y que, según la calificación de la Agencia de Calidad de la Educación, congregan a escolares del grupo socioeconómico medio (ingreso por hogar entre los 460 mil y 750 mil pesos) y medio-bajo (310 mil a 460 mil pesos). Muchos de estos colegios parten con los últimos cursos de la básica, pero hay casos, como el colegio Víctor Antonio de Valparaíso, que comienzan en kínder. Allí hasta los niños de cinco años usan uniforme militar.

Ex uniformados, autorizados por la DGMN, se encargan de la enseñanza premilitar. Son lo que en el resto de las escuelas sería un inspector de patio, pero aquí funcionan bajo denominaciones castrenses, como capitanes, brigadieres o tenientes. Los profesores que cubren el resto de las asignaturas son civiles, al igual que los auxiliares. En algunos colegios, estos últimos son reemplazados por los propios alumnos, quienes son responsables de la limpieza de las salas.

En varios, además, la figura del director recae en un civil. Como Osvaldo Talamilla, por ejemplo.

Talamilla, actual director del premilitar de Talagante, es profesor de Historia y ex árbitro de la generación de Rubén Selman y Carlos Chandía. Hace ocho años vio en el diario un anuncio que buscaba director de colegio y postuló sin saber muy bien de qué se trataba. “Acá encontré mi lugar en el mundo. Un traje a mi medida”, dice, sentado en su escritorio, bajo un cuadro del héroe de la Batalla de la Concepción que da nombre al instituto. Un cuadro que tiene una frase que no podría ser más precisa en un colegio como éste: “Luis Cruz Martínez, soldado-niño”.

El director cuenta que les ha ido bien. Que hace tres períodos de admisión, mil postulantes quedan fuera. “Esto es como un viaje a la educación de hace 30 años. Es un oasis, lo que la sociedad perdió. Acá el profesor es sagrado, el papá es sagrado y con la mamá siempre tienen la razón”, dice. “Aunque obviamente respetamos todas las leyes, en el discurso de bienvenida yo les digo a los papás que acá no hay derechos del niño. Y a ellos les encanta”.

Al hablar con los padres, la verdad es que Talamilla no exagera. Eliana Barrera, apoderada desde este año, dice: “Me gusta porque es un colegio a la antigua. Las niñas no andan con piercing ni pintadas como cualquier cosa; andan con su pelo tomado. Los niños no andan con el pantalón a medio poto o con chascas. No me asusta la disciplina, es lo que hace falta hoy en los colegios”.

Octavio -el hijo de Eliana- y Angie comparten uniforme, sala de clases en el único quinto básico del colegio y una historia parecida. Los dos llegaron escapando del bullying en otros establecimientos. “Acá no hacen bullying. Si alguien lo hace o le pone un sobrenombre a otro, lo mandan a la inspectoría al tiro”, cuenta Octavio, de 10 años.

Carmen Pasmay, la madre Angie, tiene una certeza: ésta es la única escuela donde sus hijas ecuatorianas no han sido hostigadas por ser extranjeras, ni las golpean, como le pasó a la mayor, Tailyn (16). “Por eso el colegio me encanta. Es ordenado y mis hijas no son agredidas física ni verbalmente”.

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El brigadier Carrillo mira a un grupo de alumnos trotar por la cancha de entrenamiento, mientras cantan canciones militares. Explica que hay métodos que ya no se pueden usar: “Antes los papás exigían que a sus hijos les dieran sus guascazos y tirones de oreja. Ahora no se puede hacer”. A su lado, el director Talamilla complementa: “Acá no se golpea, ni se insulta… pero pasa raspando”.

Instructores como Carrillo son los que imparten la formación premilitar en base a las pautas que entrega la DGMN, contenidas en el reglamento complementario del decreto ley 2.306. Ahí dice, entre otras cosas, que en estas instituciones se debe usar uniformes, distintivos e insignias diferentes en forma y color a los de las Fuerzas Armadas.

A los estudiantes se les puede enseñar todo lo relacionado con el mundo militar, excepto usar armas. Eso se acabó en 2002, cuando Chile adhirió a los acuerdos de Unicef sobre infancia. Entonces las ametralladoras, pistolas y corvos se despidieron de los colegios premilitares. Hoy los jóvenes van a campañas dos o tres veces al año y aprenden giros a pie firme, paso regular, paso de parada, comportamiento dentro y fuera del cuartel -en rigor, el colegio-, instrucción en cartas y brújulas, aprovechamiento del terreno en campaña, orientación por sol, sombras o estrellas y un largo etcétera.
“En algunas formaciones se desmayan niños, y el apoderado pregunta por qué lo tuvieron tanto rato de pie”, cuenta Carrillo, explicando que se trata de sólo media hora formados sin moverse para aprender técnicas de autocontrol.

A un costado de donde hablan Carrillo y Talamilla está la llamada “cancha de liderazgo”: un circuito de obstáculo que, según el director, tiene propiedades especiales. “Cuando usted tiene problemas y cae en el foso, debe salir de la dificultad. Ahí se va a sentir listo, pero después va a necesitar escalar cosas o se va a tener que arrastrar”, dice, apuntando a un par de cadetes que reptan en punta y codo. “Esto es la vida. Al final hay un muro, que los cadetes deben trepar, deben aprender a hacerlo. ¿Qué proponen las otras escuelas? Pasa cualquier cosa y ahí está la mamita, el papito, el Estado”.

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La Escuela Premilitar Capitán Ignacio Carrera Pinto está en Peñaflor y ahí se habla en jerga militar. El alumno es el cadete y la portería es “la guardia”. “Pasar a rancho” es ir al comedor a comer; “dar cuenta” es formarse antes de clases; y los viernes se “dan las órdenes”, que son los roles y turnos que tendrán los cadetes en la semana.

Un alumno del premilitar de La Cisterna, en tenida de camuflaje, durante un acto en la elipse del Parque O’Higgins.

El mayor Juan Carlos Plumas, un instructor con 22 años de experiencia en colegios premilitares, explica que “los papás nos ven como la última alternativa para enderezar a sus hijos. A veces llegan y nos dicen que no los reciben en ningún colegio, y nosotros les damos una oportunidad”. Por eso, para “enderezarlos” ocupan los “aporreos”, consistentes en sapitos, tiburones o lagartijas, una larga fauna de rutinas físicas en modo de castigo.

Muchos de los alumnos llegan porque quieren seguir una carrera militar. Así lo dicen en este colegio alumnos de sexto básico: Jofré quiere manejar un caza F16 en la Fuerza Aérea; Tapia ser infante de Marina; Arredondo, comando; y Beltrán quiere estudiar Medicina… en la Fuerza Aérea.

Aunque los números reflejan que el aporte de estos colegios al Ejército no es tan relevante. En los últimos cuatro procesos de admisión de la Escuela Militar, 12 alumnos provenientes de estas escuelas han ingresado. No es demasiado: para hacerse una idea, en el último año postularon 3.205 jóvenes y de ellos quedaron 200. Un caso similar ocurre en la Escuela de Suboficiales: en los tres últimos años han entrado 21 ex alumnos de premilitares, lo que representa un 1,4% del total de ingresos. El año en que su aporte fue más significativo fue el 2017, con el 3% de los que entraron.

Para los casos de mal comportamiento, algunos colegios premilitares cuentan con internados donde los alumnos duermen de domingo a viernes. El de Peñaflor tiene 13 alumnos en ese régimen: se levantan a las seis de la mañana para ordenar sus cosas y desayunar; y al oscurecer se acuestan a las nueve de la noche. Veinte minutos después ya están todas las luces apagadas. Esa es la rutina que vive Martín, de 14 años.

Es un chico que viene de Las Condes y que acumula una bitácora de varios colegios, problemas de conducta, déficit atencional, visitas a especialistas y fármacos para la concentración. “Los colegios hoy no se hacen cargo de los chicos que tienen déficit atencional e hiperactividad”, se queja Rodrigo Zárate, su papá. “Buscamos entonces el colegio adecuado por un tema de manejo, un lugar donde aplicarán disciplina”.

Martín no se queja. “Igual echo de menos a mis amigos de mi antiguo colegio: cuando nos escapábamos de la sala, nos copiábamos o dormíamos en clases. Acá aprendo a hacer mis cosas, levantarme temprano, ordenar”.

“Yo estoy acá para cambiar”, dice al final Martín. Es la cuarta vez que lo comenta en una conversación de 15 minutos.

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Baltazar, de 14 años, se levanta a las cinco de la mañana, lustra sus zapatos, prepara el uniforme en tonos de camuflaje y parte a un viaje de más de una hora desde su casa en Conchalí hasta la escuela premilitar en que estudia, cercana a la estación intermodal de La Cisterna. “Necesitaba que madurara, que desarrollara carácter. Cuando conversamos del tema, le hablé del carácter, del compañerismo, de la lealtad del mundo militar”, dice Andrés Valdebenito, su padre y ex uniformado.

6:45 AM. Baltazar se prepara en su casa de Conchalí para partir al premilitar donde estudia.
7:00 AM. Sale de su hogar y camina por Avenida 14 de la Fama, en Conchalí, hacia el paradero
7:45 AM. En la micro por Av. Eduardo Frei Montalva, Renca, que lo lleva hasta la estación de metro Santa Ana. Su camino terminará cerca de la intermodal de La Cisterna, donde está su premilitar.

Si el premilitar de Talagante es el más tradicional, la escuela de Baltazar -llamada Los Héroes de la Concepción- es la más grande y un símbolo de la explosión de estos establecimientos. Fue creada en 2010 en la calle Chiloé, de San Miguel, con 94 cadetes, pero este año se mudó a un recinto mucho más grande en La Cisterna para albergar a sus 1.200 alumnos. Desde que partieron, han aumentado 11 veces su matrícula.

“Acá vivimos todo lo que tiene que ver con los derechos humanos, la democracia y el aporte real de los militares a ella: la subordinación hacia la autoridad civil”, dice Carlos González, director y sostenedor de esta escuela que ha crecido tanto que la ceremonia de entrega de boinas se hizo hace tres semanas en la elipse del Parque O’Higgins. “El director viene a ser la figura del Presidente de la República”, explica, refiriéndose a sí mismo.

González cuenta que, a diferencia de otros premilitares, aquí hay centro de alumnos, centro de padres, consejos escolares y que los “aporreos” de otros establecimientos aquí prefieren llamarlos “ejercicios de dinamización”.

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El flanco débil de los premilitares es su bajo rendimiento en las pruebas que miden formación académica. Tanto el Simce como la PSU. En ambas mediciones sus resultados son magros. Por ejemplo, en la prueba Simce de segundo medio 2016 la mayoría de estos establecimientos tuvo resultados de 35 a 75 puntos debajo del promedio de los colegios con alumnos del mismo grupo socioeconómico.

Esto es algo que los padres parecen asumir al matricular a sus hijos. “Sí, no son buenos los resultados académicos, pero es porque el foco es otro”, dice Rodrigo Zárate, apoderado del premilitar de Peñaflor. Por su parte, Marcela Arancibia -madre de Baltazar, del premilitar de La Cisterna- dice que ella no ve tanta diferencia. Tiene otra hija cursando octavo en un establecimiento municipal y es todo muy parecido: “Pasan la misma materia y les piden los mismos libros, puede que en la premilitar vayan más atrasados porque tienen muchas actividades, pero les enseñan lo mismo”.

La doctrina de los colegios premilitares en el mural de una de estas escuelas: pensar y obedecer.

Ambos apoderados apuntan a una carrera militar para sus hijos, pero con plan B. “Está la idea de que Martín vaya a la FACH o la Marina, pero si no lo satisface habrá que meterlo a un preuniversitario”, cuenta Zarate.

Desde los colegios hay conciencia de este flanco débil. “Hoy el gran problema de los premilitares son los indicadores de calidad del Mineduc”, reconoce Osvaldo Talamilla. El director del premilitar de Talagante dice que lleva años de reuniones con autoridades de Educación y Defensa, además de parlamentarios.

“Me gustaría que el Estado reconociera que no somos un colegio igual que todos”, dice, y focaliza su objetivo: que los premilitares pertenezcan a una modalidad educativa distinta en el Mineduc, como los establecimientos artísticos, la educación especial o para adultos, que debido a sus necesidades específicas están autorizados para impartir otras mallas curriculares y en algunos casos no rinden Simce.

“La tipificación que tenemos ahora es injusta, porque mi objetivo como colegio lo logro. ¿Cuál es? Que los alumnos que llegan aquí sean buenas personas y logren llegar a las Fuerzas Armadas”, explica el director del Subteniente Luis Cruz Martínez, establecimiento que promedia entre 220 y 230 puntos en Simce y menos de 400 en PSU.

En el Héroes de la Concepción de La Cisterna comparten el problema, pero prefieren no dramatizar. “El Simce mide lo cognitivo y no lo físico, pero creo que ambas cosas son importantes y no hay que descuidarlas”, comenta Carlos González, quien apunta a uno de los argumentos de las premilitares: el fuerte de sus alumnos es lo físico y no lo académico.

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El director Talamilla explica que en estos años de reuniones comenzaron a resolver otro de los puntos de lo que se podría llamar la agenda política de las premilitares: su relación con las Fuerzas Armadas. “Antes no teníamos ningún vínculo con el Ejército, pero eso cambió desde esta directiva”, dice, y levanta una carpeta de su escritorio.

Se trata de un documento de no más de 15 páginas, emanado el año pasado desde el Ministerio de Defensa. Según la interpretación de del director Talamilla, eso significa que de ahora en adelante las Fuerzas Armadas están obligadas a priorizar su vínculo con las premilitares y que si un alumno de estos establecimientos queda empatado con otro en un proceso de admisión a una escuela matriz, tiene prioridad de ingreso.

Y eso, claro, él lo ve como un triunfo. “Mi anhelo es que el Estado chileno entienda que lo que se hace aquí también sirve al país”, explica.

-Pero eso no es sencillo.

-No. Hoy la disciplina tiene muy mala fama.

Los “aporreos” son los castigos de ejercicios físicos que se imponen en los premilitares.

 

Recuadro: Otras experiencias en el mundo

El país donde los colegios premilitares son más populares es Estados Unidos, donde existen desde principios del siglo XIX. Las military high school son escuelas secundarias que suman al plan de estudios regular la capacitación de cadetes en técnicas militares, incluyendo la instrucción en armas. Ejemplos son las academias militares Fork Union, Carson Long -la más antigua- o Lyman Ward.

En su mayoría son colegios privados con un costo que va entre los 30 mil y 40 mil dólares anuales (entre 18 y 24 millones de pesos chilenos, aproximadamente). Si bien no tienen una relación formal con el Ejército o la Marina estadounidense, se destacan porque la mayoría de sus alumnos entra a la universidad. Un ex alumno es el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien estudió desde los 13 años en la New York Military Academy (NYMA) después de tener problemas de conducta.

Otro país donde estas academias son populares es Rusia. Datan de 1743, en pleno Imperio Ruso. Las escuelas actuales -las academias militares Suvorov- nacieron de una política de la Unión Soviética para paliar la gran cantidad de niños huérfanos que dejó la Segunda Guerra Mundial. Hoy los suvórovtsi, como se conoce a los cadetes, participan de los desfiles en la Plaza Roja

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