Rosario Loyola: “Tuve cuatro infartos cerebrales, pero fue un cambio positivo en mi vida”

“Al principio el proceso de hablar y caminar fue rápido, pero recordar fue más lento y tenía un problema con la memoria reciente. No me acordaba cuántas veces le había echado sal a la comida o si me había tomado los remedios, era un poco como los viejitos con alzhéimer. En medio de eso, uno de mis primeros pololos me mandó un WhatsApp…”


Estuve dos semanas con un dolor de cabeza muy fuerte, pasé por dos neurólogas y no dieron con el diagnóstico. Le pedí a una amiga abogada que me ayudara con los seguros y las cuentas por si pasaba algo, para dejar todo ordenado. Me dijo que no fuera alharaca y me consiguió una hora con un neurocirujano quien pensó que era solo estrés.

Soy super hiperkinética y en ese momento, mayo del 2015, estaba como presidenta del Colegio de Arquitectos de Talca. Me había tocado hacer un montón de charlas, en mi oficina ganamos un proyecto grande y, motivada por mis hijos, se me ocurrió postular a un Fondart para publicar un cuento infantil. Tenía 42 años y un nivel de estrés fuerte, de mucha sobre exigencia.

Un día mis papás fueron después de almuerzo a mi casa para llevarme a mí y a mis dos hijos. Había estado varios días en reposo y no podía hacerme cargo de ellos. Mientras hacia mi bolso sentí que el tiempo se empezaba a cortar, que no era el tiempo real, como en Matrix. Se me empezaron a caer las cosas que tenía en la mano. Mi papá sintió el ruido y fui a ver qué me pasaba. Intenté hablar con él, pero no podía hablar bien.

Mi familia era dueña de una farmacia en Talca y mi papá, que siempre hablaba con doctores, me dijo clarito: Tienes una afasia, no te entiendo nada. Me llevaron a una clínica y estuve mucho rato en emergencias intentando explicar qué me pasaba. No había especialistas. Me derivaron a Santiago; como no había ambulancias disponibles, mi papá tuvo que conseguirse una. Estuve muchas horas hasta que una ambulancia pudo llevarme. Llegué a la clínica en Santiago como a las 3:30 de la madrugada y tuve la suerte de que estaba de turno el jefe de neurocirugía. Me metieron a todas las máquinas posibles para exámenes. Así pudieron ver que tenía dos infartos cerebrales grandes y dos chicos.

De ahí en adelante, todo fue a partir de cero porque dejas de hablar. Yo balbuceaba y nadie me entendía. Estuve diez días internada, pero tuve que quedarme en Santiago un mes. Estoy acostumbrada a dirigir, por mi trabajo y carácter, y cuando en esos días me preguntaban o decían cosas que no lograba entender me frustraba mucho.

Para ayudarme en la rehabilitación, cada cierto rato iban fonoaudiólogos a preguntarme cosas tipo Quién quiere ser millonario. Me pedían que les dijera algún animal y no me acordaba.

Mi hermano Tomás, que vivía en España, se vino para acompañarme en este proceso. Era el único que podía entender lo que yo trataba de decir. Un día en la fonoaudióloga me preguntó por animales y de repente le lancé: Cheetara. Ella, que era bastante joven, me dijo que no existía; y yo como soy porfiada le decía que sí. Cuando se fue mi hermano, con su humor negro, me dijo: “Cómo se te ocurre eso, Cheetara era la que corría con los Thunder Cats y realmente no existe, no seas porfiada’. Dentro de la tragedia, nos reíamos de esas tonterías.

En la clínica también me ofrecieron poner música para que recordara cosas. Me preguntaron cuál me gustaba y yo no sabía. Tuve que preguntarle a mi mamá por mis cantantes favoritos. Además, muchas personas fueron a verme a la clínica y me acordaba perfecto de sus caras, pero no de sus nombres. Aunque el cariño por ellos estaba intacto.

En los diez días que estuve internada de a poquito iba recordando y mejorando físicamente. Al principio no me podía parar porque me mareaba, después arrastraba los pies, después usaba un burrito y así.

Mis hijos se quedaron en Talca con su papá, de quien estaba separada. Tenían 8 y 10 años. Yo practicaba una frase hasta que me saliera para mandarles una grabación diciendo ‘hola niños, soy la mamá y estoy bien’. Hasta hoy se acuerdan de lo duro del mes que no estuve.

Cuando me dieron de alta y volví a Talca me fui directo a mi casa con mis hijos, apechugando. Sentía que debía volver para que los niños tuvieran su rutina. Las redes de apoyo fueron fundamentales. Mis amigas se turnaban para ir a buscar y dejar a mis niños a todos lados. Aprendí a bajar la guardia y dejar que otros te ayuden.

Tenía una pena muy adentro por la frustración de no poder hacer cosas de las que antes era capaz y no sabía cuánto tiempo me iba a demorar en recuperar. Me acordaba del cuento del Fondart, pero no de las teclas del computador, de los archivos, las carpetas, cómo funcionaban todos los pasos. Mi hermano me ayudó mucho los tres meses que estuvo acá. As mí me daba vergüenza no poder explicarme bien, no hablar de corrido o equivocarme en la redacción.

Al principio el proceso de hablar y caminar fue rápido, pero recordar fue más lento. Tenía un problema con la memoria reciente. No me acordaba cuántas veces le había echado sal a la comida o si me había tomado los remedios, era un poco como los viejitos con alzhéimer. Se me olvidaba todo y tenía que partir de cero. Tampoco me acordaba de las claves del banco, del correo, ni nada de eso. Mi hermano Andrés tuvo que hacer de hacker para recuperarlas.

Es un poco loco porque el cuento que había escrito un año antes de enfermarme se trata de un pez que come palabras y un día se come la palabra olvidar y se le olvida todo. Unos amigos sicólogos fueron un día a mi casa y me dijeron que el cuento era como una premonición. Uno no está atento a nada en el día a día y no tenía cómo adivinar lo que me iba a pasar. Hacía yoga hace ocho años y mi estilo de vida es súper sano.

Mi hermano había publicado redes sociales un mensaje diciendo que venía a Chile por un tiempo porque me había dado un infarto cerebral. Mauricio, quien fue mi pololo antes de entrar a la universidad, se preocupó y le pidió mi número. No se imaginaba que estaba tan mal y me mandaba mensajes por WhatsApp. Mi hermano Tomás, como era mi secretario, sin decirme empezó a hacerse pasar por mí y le respondía. Si Mauricio me decía que te mejores, él le decía ‘estoy mejor un besito’, y Mauricio respondía con otro. Hasta que un día mi hermano me dice que Mauricio me quería ver. Acepté, pero primero quería ir a la peluquería y hablar de corrido; me daba vergüenza verlo después de tantos años y estar tan turuleca. Estaba medio coja, me equivocaba todo el rato con las palabras, no me acordaba de los artículos, así que le pedí a Tomás que lo siguiera engrupiendo por un tiempo. El día antes que se fuera mi hermano, tres meses después de los infartos, nos reencontramos con Mauricio. Nunca más nos separamos.

Al poco tiempo me casé con él y quedé embarazada. Fuimos a Santiago a contarle a mi neurocirujano y casi nos mató. Iba a ser un embarazo de riesgo, necesitaba cuidados especiales. Yo estaba en un proceso de recuperación de algo grave que me había pasado. Estuve asustada durante el embarazo y esperaba que cuando naciera yo estuviera 100% perfecta. Tenía miedo de no estar atenta o hacer algo que no me acordara. Pero el instinto es más fuerte: se me podían olvidar cosas simples o cotidianas, pero las horas de la comida o sus cosas jamás.

Antes del infarto estaba separada y dedicada a mis niños y el trabajo. Le ponía mucha energía y sentía que era buena y reconocida. También hay un tema de ego y cuando uno tiene carencias en un lado se aboca a otro, que es lo que me pasaba. Ahora que me siento llena de amor he dejado de lado el trabajo y mis prioridades cambiaron. Estoy más dedicada a mi familia, a mi marido y mi guagua que tiene 1 año 10 meses. Renuncié a mi oficina y trabajo independiente, no tengo horarios y estoy mucho más presente como mamá.

Generalmente después de que le da un infarto a gente alrededor de los 40, que antes eran activos, se frustran mucho por no poder hacer las cosas que hacían antes y les dan antidepresivos. Yo no lo hice. Debía asumir lo que no soy capaz de hacer. No niego que me pegué unas lloradas más o menos grandes por frustración, no entiendes por qué te pasa esto, pero también me preguntaba por qué no a mí. Miras para el lado, sobre todo en la clínica, y uno ve personas mucho peor que tú. Yo sólo no me acordaba bien de cosas simples, pero estaba sana, mis hijos estaban bien y mis papás también; no podía ser tan egoísta.

Una amiga sicóloga me ayudó a hacer un duelo de mi vida antigua. Es fuerte. Cuando le empecé a contar las penas que tenía, que a veces no me acordaba de las cosas de los niños, exploté. Boté toda la pena que tenía. También tuve que asumir y que los demás asumieran que la mamá se equivocaba, que ya no era la perfecta y que me equivocaba un montón. Son como dos vidas en una: la de una persona sobreexigente, que trataba de cumplir perfecto con todo, y ahora de repente digo: sabes qué, no tengo ganas.

Por un tema de una licencia médica, en enero tuve que ir al siquiatra. Me preguntó qué era lo peor que me había pasado en la vida. Me quedé pensando mucho rato y le respondí que nada. Me miró sorprendido. Agradezco el infarto ya que hice un giro en 180 grados, revalué estar todo el día pendiente de la pega, de cumplir, de los horarios, de correr. Me di cuenta que prefería estar con la gente que es la que está cuando tienes problemas. Nunca se me va a olvidar la cara del siquiatra cuándo me dijo: ¿nada?, ¿y lo que le pasó? Si le pasa algo a mis hijos, a mi marido o a mis papás ahí es grave, lo otro gracias a Dios fue un cambio, pero absolutamente positivo en mi vida.


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