Viajar según Sol Leyton

La periodista que mostró en televisión abierta destinos como Islandia o Haití, dice que más importante que buscar la oferta turística y cultural, ella prefiere perderse en los países que recorre hablándoles a desconocidos y buscando historias. No le importa que la critiquen por invasiva con la gente; ella no va a transar en su manera “provinciana” de abordar a las personas.

Sol Leyton no recuerda bien qué edad tenía ni adónde fue ese viaje que le hizo decir “hay mucho que conocer allá afuera”. Tal vez se confunde con las fechas porque era frecuente que su papá arrendara una casa rodante y con su mamá y sus dos hermanos partieran a recorrer el norte, el sur, la playa o donde fuera. Esas experiencias de la niñez tienen mucho que ver con sus ganas de viajar y con la dedicación que le puso a ese objetivo, que hoy la tienen como protagonista de exitosas series documentales como Islandia, tierra de hielo y fuego y Adiós Haití que en las últimas semanas han sido transmitidas por Canal 13.

La periodista -de 35 años, soltera y sin hijos- vivió hasta los 17 años en la localidad de El Monte, que está a sólo 40 kilómetros de la capital pero que hace tres décadas equivalía a vivir en pleno campo. Ahí se la pasaba arriba de los árboles, haciendo excursiones al río y conversando con cada persona que se encontraba a la vuelta de la esquina. “Yo me preguntaba cuántos lugares habrá iguales que éste en el resto del mundo. En mis viajes he visto varios pueblitos que se podrían parecer… pero no. El Monte es único”, dice.

Estudió periodismo pensando en combinar el trabajo con la posibilidad de viajar sin planear, en ese tiempo, que su labor fuera viajar. Pero la noticia y la actualidad no le despertaban la misma pasión que a sus compañeros. “Yo los veía vibrar y pensaba ‘pucha, a lo mejor no voy a ser tan buena periodista’”, dice, pero en el camino se dio cuenta de que la carrera era más versátil de lo que parecía en un principio y luego de participar en un proyecto audiovisual en la universidad sintió que ese era su camino. Más tarde complementó ese interés con estudios en cine y fotografía en la Universidad Pompeu Fabra, España, y luego de algunas experiencias en televisión creó Mandarina, la productora responsable de programas como Chile Lindo, Namaste, Un viaje a la felicidad o Islas del Mundo.

Sol sabe que tiene el trabajo que muchos sueñan y envidian: “Viajar es difícil y caro, pero el que quiere, si es busquilla, puede hacerlo, aunque no sea en las condiciones que sueña”, dice y asegura que montar su productora y vivir de eso no ha sido nada fácil, aunque la gente piense otra cosa. De hecho, recibe muchos llamados con curiosas propuestas.

“Hola, mi sueño es viajar con mi polola por Oceanía, que nos paguen y que nos auspicien…”, le han dicho por teléfono. Y ella responde: “Perdona que te quite tu sueño, pero ese no es mi foco. Partamos de nuevo para que tu idea pueda llegar a puerto: si quieres viajar para comunicar o aportar algo, lo último que importa es lo que tú quieres hacer”. Y agrega: “Hay muchas personas que aman la imagen de sí mismos viajando antes de pensar qué quieren lograr o cuánto trabajo le ponen a esa idea”.

¿Y cuál es tu foco para hacer esto?

El turismo social y la gente, me gusta escuchar sus historias. También me interesa hacerme cargo de que con mis viajes la gente aprenda, que revelen una cierta sociedad, acercarme a ella de la manera simple, con la gente común y corriente. Creo que el secreto para hacer este trabajo es ir despierta, sin perder la capacidad de sorprenderte y siempre poniendo atención. La mitad de las cosas que muestro aparecen en el camino y no las tengo programadas.

¿Cuál es tu receta para encontrar eso?
Caminar y perderse. Cuando recorres van saliendo las interacciones de manera natural y no sabes dónde puedes terminar. Me encanta conocer la oferta turística y cultural, pero lo que más le gusta es la gente, decirle hola al señor del mercado o del museo.

¿Les pones tema de conversación a los desconocidos?
Sí, creo que soy hasta latera. Siempre le hablo a la gente y por esa disposición me hablan y me invitan de vuelta. No es algo consciente o preparado; es natural, me sale espontáneo. Si voy a comprarme un jugo a la esquina, es obvio que voy a hablar con el señor que está ahí, lo hago en todas partes. Quizás es una cosa de provincia, porque nací en un lugar donde tú te saludas con toda la gente porque sí no más, por educación y porque te nace hacerlo.

Te han criticado por ser invasiva en tu trato con la gente. ¿Te sientes así?
No me pasa nada malo con eso. Me gusta, porque quiere decir que soy cariñosa. Dicen “por qué los toca”, “por qué abraza”, pero no lo veo como algo negativo. “Oye, pero se comió la comida del niño”, pero es desde la naturalidad, no es que me meta y abuse en una casa. A mí me gusta la vida así. Prefiero no dejar de ser quien soy a enfrentarme a la gente pensando a lo mejor lo voy a molestar, a lo mejor es mucho. Me gustar ser libre.

Viajera, no turista

¿Cómo explicas la moda por los programas de viajes?
Uno, porque necesitas cultura y esta es una manera entretenida de hacerlo y de acercar el mundo a otros. Dos, porque hoy existen más posibilidades de salir a descubrir el mundo y por eso hay más cariño por este tipo de contenido o más ganas de verlo porque de alguna manera estás proyectando qué lugar del mundo quieres descubrir. Y tres, porque son bonitos. Hay muchos programas, pero diferentes entre ellos y se están haciendo bien.

Sol piensa que los televidentes viajan con ella: “Hay gente que te dice que tú eres sus ojos y sus piernas para descubrir el mundo. Gente mayor, que tiene discapacidades o que no tiene los recursos para viajar, y siente que van contigo a descubrir el mundo. Eso es superloco, pero superbonito. De alguna manera, al producir contenidos que la familia puede ver junta te haces parte de ellos”.

Hay quienes opinan que estos programas son muy de “comer y viajar”. ¿Qué piensas?
Siento que no hago eso. Pero piensa que las personas comparten en torno a la comida y tú descubres lugares de una manera muy entretenida y muy rica desde sus cosas tradicionales, como la cocina. En Mandarina nos hemos distinguido por generar viajes con un contenido más allá de ir a conocer desde lo turístico o lo gastronómico. Ahora, si es una crítica generalizada a los que hacemos viajes, entonces el desafío está en nosotros, los realizadores, de generar cultura más diversa.

Para Sol, existe una diferencia de actitud en quienes viajan: se puede ser turista o viajero. Dice que al primero le gusta conocer, pero no es curioso; recibe sin dar nada de vuelta y hace lo que le dicen. El viajero, en cambio, estudia el lugar al que va, sabe cómo conocerlo, se guía por su curiosidad, por sus ganas de sorprenderse y de compartir con las personas de los lugares. “Si bien puedes tener unas vacaciones preciosas en un resort, no te olvides de que al lado hay una ciudad colonial que conocer”.

La esencia del viajero es conocer primero su país, algo que se les critica a los chilenos y ella defiende. “Me carga cuando dicen que el chileno prefiere más ir al Caribe, porque no es así. Es una posibilidad que tenemos de viajar, donde puedes ir con toda tu familia y disfrutar algo bueno. Pero quizás no es tu primera opción. Me da lata que viajar por Chile sea tan caro. Podría haber más ofertas y mayor diversidad para que toda la gente tenga acceso”.

A alguna gente le da lata encontrarse con chilenos en el extranjero, ¿te pasa?
Ah, no, yo les digo hola, feliz.

¿Tienen fama de pesados o de maleducados los chilenos?
No me ha tocado por lo menos. Yo creo que el chileno es de esencia curioso, gozador y disfruta a los lugares donde va. Tenemos un espíritu bien positivo y alegre en ese sentido.

Dice que su registro es partir cada dos meses a un viaje largo. “Lo que uno aprende en cada viaje es infinito. En conocimiento, en experiencia de vida, en lecciones de humanidad, en el respeto a la naturaleza, en solidaridad. He aprendido que lo más importante para descubrir el mundo es el respeto mutuo: escuchar, darte el tiempo para conocer, poner atención”.

Cuando llegas de vuelta a Santiago, ¿qué te pasa?
Hay mucha gente que viaja y que dice que le cuesta volver, en cambio yo pienso que estar lejos mucho tiempo te hace mirar lo tuyo con más cariño y más afecto. Cuando viajo echo de menos todo, la familia, mi camita, cosas supersencillas que uno empieza a valorar, como el agua o una ducha.

¿Cuánto dura ese efecto?
Dura. Más que un tiempo determinado, eso te va generando niveles de conciencia y ya vives desde ahí.

¿Logras sorprenderte en cada viaje?
Siempre, en todas partes. Hay veces que me repito un destino y me sorprende igual. Por eso te digo, si en tu viaje eres libre, conoces y te mezclas siempre, te vas a sorprender en un viaje. La capacidad de asombro es una herramienta de trabajo muy buena.

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