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Actualizado el 24/12/2017

Blog de Álvaro Bisama. Es escritor

Álvaro Bisama

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2017: cuatro imágenes

2017: cuatro imágenes

Antes de hacer un recuento del 2017 prefiero volver sobre cuatro imágenes que quizás definieron este año televisivo. En la primera, el cuerpo de una mujer flota en el fondo de un pozo; la han tirado ahí luego de asesinarla en su noche de bodas. En la segunda, un psicópata es encerrado por una de sus víctimas en una caballeriza con un toro que lo ataca y lo deja tuerto. En la tercera, un dron sobrevuela un cementerio mapuche inundado en el Alto Bío-Bío mientras los deudos miran desde la orilla. En la última, tres mujeres cruzan de noche el Santiago de la década del sesenta.
Las dos primeras imágenes pertenecen a teleseries (Perdona nuestros pecados y Amanda) y las dos últimas a un episodio de Lugares que hablan y a otro de Ramona. ¿Por qué son interesantes? Se me ocurren varias respuestas. Quizás concentran el espíritu de los shows que las contienen, cristalizándolo ante el ojo y la memoria del espectador. Quizás son lugares blandos: la tele ahí es un espejo pero también una ficción y justamente en esa indeterminación adquiere su sentido, consigue ocupar un lugar en nuestra cultura. Quizás, también, en una temporada de elecciones estos programas fueron mucho más eficaces a la hora de comprender el presente local que cualquiera de los programas de debate político que asolaron nuestras pantallas.
El contexto lo es todo: en un momento en que dos de los nueve candidatos presidenciales fueron rostros de noticiarios (y un tercero se hizo conocido como director de malas series de TV), estos programas nos ofrecieron un mapa de Chile que no esperábamos ver, un paisaje afectivo que podía resultar intolerable, sorpresivo y doloroso. De este modo, si Perdona nuestros pecados y Amanda describieron a la sociedad chilena al modo de un infierno diario narrado desde el trauma para abordar así tanto su pasado fundacional como su presente convulso, Lugares que hablan y Ramona rastrearon la pistas que podían construir un lazo, algo parecido a la silueta de una comunidad.
Gracias a lo anterior, estos programas dijeron más de la sociedad chilena que cualquier programa político. Fueron más receptivos, más profundos y más empáticos que todos esos paneles (aquella corte de milagros sin sentido donde cupieron tanto los periodistas profesionales como Mariana Aylwin y Bombo Fica) que entrevistaron a los candidatos solo para espectaculizar el debate en aras del rating. De este modo, si las preguntas que se hicieron sobre Chile en shows como Tolerancia Cero o Candidato, llegó tu hora fueron más explícitas al estar maquilladas con la sombra de la urgencia, las respuestas que dieron de Pablo Illanes, Luis Ponce, Francisco Saavedra y Andrés Wood fueron más profundas y contundentes. Eso, porque hablaron de cuerpos, casas y familias mientras se hundían de modo contradictorio en la violencia, el abuso y la ausencia de memoria pero también abordaban el asombro, el encuentro con el otro, la recuperación de la propia dignidad y la fiesta como ritual colectivo.
Creo que es mejor hacer estos cruces que elaborar el recuento de un año donde, por ejemplo, los matinales alimentaron la ignorancia hasta niveles inverosímiles. No creo que tenga mucho sentido. La principal fragilidad de la televisión abierta (como con casi todo en nuestro campo cultural) tiene que ver con que trabaja desde la lógica del olvido antes que la de novedad. En otras palabras; el espejo o la invención que hace de la sociedad está siempre sometido al cambio y su crisis tiene que ver con que ya no le quedan demasiados lugares hacia dónde crecer, su ciclo de mutaciones se agotó. Por lo mismo, lo más interesante del 2017 tuvo que venir desde otros lugares, tan inesperados como conmovedores: de un pueblo de provincia que se volvió un reflejo enfermo de la sociedad chilena, de una muchacha que buscaba venganza de sus abusadores para hacer justicia y con ello recuperar el control de su propia vida, de un hombre que salía a ver los límites de un país que no conocía y de una joven pobladora que levantaba su casa desde los escombros y con eso dibujaba el futuro.

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