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Actualizado el 01/09/2017

Blog de Jaime Retamal Salazar.

Jaime Retamal Salazar

Jaime Retamal Salazar

Abraham Magendzo y el sentido de la educación

Abraham Magendzo y el sentido de la educación

Es motivo de alegría el Premio Nacional de Educación otorgado a Abraham Magendzo. Es un reconocimiento que simbólicamente se hace a una vocación por entender la pedagogía y la educación como un camino de formación para la vida. Camino que por cierto va más allá del desiderátum cuantitativo al que -malamente- nos tienen acostumbrados los tecnócratas de la educación chilena.

Pues sí. Se ha prácticamente naturalizado en nuestro país, desde las ciencias sociales transformadas en dispositivos tecnocráticos para la política pública, pero también desde la política entendida como sierva del patrón paradigmático del neoliberalismo educativo, que la educación es un asunto solo para mentes de inspiración economicista: que la elección de escuelas, que el management del sistema, que los resultados escolares que si suben o bajan, que las estandarizaciones por doquier, que la gratuidad y el financiamiento que alcanza o que no alcanza… un sinnúmero de asuntos, todos graves y urgentes por cierto, pero asuntos para quienes están en una refriega menor, si consideramos el verdadero sentido que debiese tener la educación.

Este reconocimiento a Abraham Magendzo es sin duda alguna un veranito de San Juan en medio de este otoño tecnocrático que vivimos hace ya décadas. La miseria de nuestra sociología de la educación o de nuestro pensar-calculante sobre la educación, no nos entrampa a la hora de reconocer que este veranito es un reconocimiento tremendamente necesario y del cual no queda más que congratularse: ¿para qué poetas en tiempos de penuria?, ¿para qué pensadores de la educación en tiempos de tecnocracia rampante?, nos decimos parafraseando a Hölderlin.

Pues bien, para preguntarse por el sentido de nuestra educación; para interrogarnos el camino y el fin que perseguimos con la escolaridad en nuestro sistema educacional; para demandarnos explícitamente una respuesta más amiga de los fines que de los medios respecto al valor en sí mismo del aprender y del educar en nuestra sociedad; para cuestionarnos si la filosofía que nos inspira cotidianamente la acción pedagógica es puramente utilitarista, de optimización de resultados, o si estamos dispuestos a crear una filosofía más dialógica con objetivos educacionales comunitarios, de revalorización del otro, de aprender a vivir en la diversidad, de compromiso con el devenir del planeta.

El camino y la vocación de este nuevo premio nacional de Educación transita más por esta vía, por la de la pregunta por el sentido profundo de la educación. Es el “currículum B”, el que no ha importado mucho durante todos estos años: es el currículum de los Derechos Humanos, de los valores que mueven al acto pedagógico, el currículum de las emociones y la convivencia escolar, el curriculum de la participación y el bienestar escolar, el currículum de una escuela sana, que transforma a sus estudiantes en ciudadanos activos y responsables.

Podemos decir con cariño que Abraham Magendzo ha estado en la “primera B” de este mundo perfectamente tecnocrático de la educación chilena. Ha sabido jugar en esas ligas y ha puesto su visión de sentido sobre la educación. Hoy es el campeón de la “primera B” y hay que celebrarlo como si fuera la Champions. El gesto de este gobierno de entregarle este Premio a Abraham Magendzo, habla bien también de él, pues finalmente –a pesar de todos los enormes errores que han cometido en educación- este gobierno abre, sin querer queriendo, el cielo para este veranito de San Juan y nos hace creer todavía que otra educación es posible.

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