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Actualizado el 02/09/2017

Blog de Álvaro Bisama. Es escritor

Álvaro Bisama

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Abrazar la vida: el humano

Abrazar la vida: el humano

Habría que hacer un bestiario de los tarotistas, numerólogos, lectores de cartas, videntes, coachs ontológicos, médiums, magos, fanáticos de lo paranormal y expertos en el más allá que vienen asolando la televisión chilena por décadas. No es nada nuevo ni nada extraño. Parte del paisaje, la extrañeza y el delirio operan de modo contrario, al modo de un realismo mágico ya institucionalizado. Por el contrario, ha terminado por volverse lo más cotidiano del mundo, una especie de subcultura enquistada en la pantalla desde tiempos en que los Electrodomésticos pusieron en una de sus canciones la voz de una Yolanda Sultana que se preguntaba una y otra vez por el futuro de Chile. De hecho, el espectador ya está acostumbrado. Ya no le llaman la atención los poderes de Vanessa Daroch y Katara, las teorías incomprensibles de Alejandro Ayún o las barbaridades religiosas de Hugo Zepeda. Sus predicciones y teorías lucen como algo natural en los matinales al lado de las informaciones sobre las catástrofes del clima, la medicina bizarra del doctor Soto y sus colegas, los paneles de farándula y las noticias del día.

Pedro Engel, en ese contexto, siempre fue mucho más interesante que todos los antes mencionados pues era a la vez el más mesurado y el más compasivo, el que menos juzgaba al otro o adelantaba teorías inverosímiles, el menos delirante en un mundo de historias imposibles. Engel, que terminó de hacerse una celebridad en Bienvenidos, fue uno de los pocos que entendió que las dimensiones de su trabajo tenían que ver con la claridad y la humildad pues lo que le interesaba era escuchar al otro en vez de a sí mismo, haciendo de la pantalla una mera excusa para desplegar una conversación. Esta, casi siempre tenía que ver con preguntarse por el sentido de las relaciones que las personas entablan entre ellas, tratando con eso de pensar en los modos de reparar el daño, haciendo de la interpretación de los sueños una especie de saber tan democrático como doméstico pues Engel evitaba juzgar, predecir o sancionar; y pensando en los seres humanos como criaturas construidas a partir de sus contradicciones.

Algo de lo anterior se pierde en Abrazar la vida, su primer show personal (Canal 13, lunes a viernes a las 17:15 horas). La idea es sencilla: aunque Engel anima, el programa está dividido en dos mitades. En la primera, él recibe visitas y conversa con ellos mientras toma el té. La conversación es franca pero nunca se le escapa de las manos. El estudio está decorado con velas y objetos que le dan cierta intimidad mística. En la segunda, vemos una historia dramatizada de la realidad en la cual se puede extraer una lección de vida. El sentido de esta segunda parte es más o menos obvio: tratar de competir en el horario de la tarde con programas como Lo que callamos las mujeres.

Por supuesto, hay una distancia inquietante entre ambas secciones. Por supuesto también, la que vale la pena es la primera porque otro show de docudramas unitarios resulta a estas alturas redundante. Lo que importa es ver a Engel y uno se pregunta por qué no se ordenó un diseño que solo lo contemplase a él, sin el ruido molesto de la ficción televisiva más. No lo sé. No se entiende porque es mucho más interesante ver cómo Engel enseña, escucha y aconseja mientras sus invitados (desde Claudio Moreno a Mey Santa María, de Kenita Larraín a Francisca Merino) tratan de reflexionar sobre sí mismos en un tono menor, no despojado de verdad pero sí de cualquier estridencia. Ese es quizás su mérito, desdramatizar el trauma y pensar en la intimidad desde un tono menor; jamás imponiéndose sobre el otro y presentando sus conocimientos sin el valor de una verdad absoluta. Aquello se agradece. En momento en que los adivinos y médium campean en la pantalla de un modo tan impune como delirante, Engel es capaz de retornar a la escala humana de esos mismos saberes que los otros aprovechan con estrépito e irresponsabilidad.

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