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Actualizado el 26/11/2017

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Álvaro Bisama

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Dime quién fue: la tradición desaprovechada

Dime quién fue: la tradición desaprovechada

Fue casi una ilusión óptica: el primer capítulo de Dime quién fue, la nueva nocturna de TVN, presentaba el retorno de Paulina Urrutia, Roberto Vander y Fernando Kliche al mundo de las teleseries locales. Era una idea brillante, quizás la mejor que el canal había tenido en mucho tiempo. Puro fanservice, pura historia de la televisión: Vander (Semidiós) representaba el horror de los 80; Kliche (Marrón Glacé), la levedad de los 90; y Urrutia (Fuera de control), la violencia moral del fin del siglo pasado. La trama que los traía de vuelta, además, se ambientaba en un lugar perfecto para que brillaran sus intrigas: un hotel familiar lleno de traumas y esqueletos metidos en el armario. En aquella historia -donde una muchacha volvía a vengar la muerte de su madre- Vander destacaba porque parecía no haber cambiado nada desde 1988 (cuando protagonizó Semidiós) donde interpretó a dos enemigos idénticos y, además, cantó el tema principal. Actor europeo convertido en galán de la industria mexicana, este Vander versión 2017 poseía cierto esplendor triste no exento de autoparodia pues su personaje no aparecía nunca sin un vaso de alcohol en la mano y su decadencia tenía algo de heráldico gracias a la ropa de millonario de folletín, el acento sin origen claro y aquella cara suya que parecía no haber envejecido nunca.
Era un camino interesante pero breve. Al pobre Vander lo mataron en el segundo capítulo: apareció flotando en el fondo de una piscina. Su rostro, con los ojos abiertos bajo el agua, no sólo era tal vez la peor despedida que le podían dar al personaje sino también la ejemplificación de los problemas que Dime quien fue presenta de forma estructural, acaso el modo en que una premisa atractiva puede perder el rumbo de modo tan rápido como inesperado.
Eso quizás tiene que ver con la complejidad del material. El culebrón de TVN apostaba por una idea buenísima: la mujer (Antonia Santa María) que volvía a resolver un crimen familiar era ayudada por una Claudia Di Girolamo enferma de Alzheimer, lo que implicaba a priori meter al espectador dentro de un laberinto de pistas falsas y sospechosos de toda laya. O sea, una premisa policial que aumentaba la complejidad de su drama, algo además amplificado por el hecho de que Vander, Urrutia y Kliche también funcionaban como íconos pop capaces de conectar emocionalmente con el espectador al apelar a una memoria catódica donde acechaban los fantasmas sus los culebrones pasados.
Quizás es eso lo que hace que Dime quién fue resulte decepcionante, pues se trata de algo que excede al hecho previsible de que la producción se nota a ratos más que precaria, que la pareja romántica (Santa María y Francisco Reyes) resulte extrañísima y tal vez forzada. Aquello es lamentable porque, por ejemplo, Amparo Noguera borda a una villana en estado de gracia y los momentos en que se luce (como cuando pisa las flores en la tumba de Vander, que era su marido) pasan un tanto desapercibidos.
Esa decepción quizás también descansa en que la teleserie del canal público abrió la puerta a la memoria del género para luego cerrarla de golpe, sin sacarle partido a esa biblioteca de horrores y maravillas que es la tradición del melodrama local de la que quiso presumir. Gracias a aquello, fue posible ver el destello de un acervo cultural que hablaba de los modos en que entretenimiento masivo había sido capaz de sintetizar su época en un puñado de historias atroces e inolvidables; pero fue como si nadie percibiese el valor agregado de lo que aquello representaba. Así, todo desapareció demasiado rápido y lo que quedó se nota aún descoyuntado, quizás a la deriva, frustrante en tanto oportunidad perdida, al modo del cuerpo de Vander flotando inerte desaprovechado tanto narrativa como simbólicamente. Antes de ese crimen en la ficción hubo quizás algo de esperanza: el espectador vislumbró la sombra del relato, la promesa de una narración tan oscura como urgente que quizás nunca veremos pero que por un momento fue capaz de leer hacia atrás su propio género para emerger de ahí con ideas tan clásicas como feroces.

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