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Actualizado el 11/01/2017

Blog de Pablo Collada.

Pablo Collada

Pablo Collada

El fin de las democracias ciudadanas

El fin de las democracias ciudadanas

Con el cierre de un 2016 plagado de aparentes sorpresas en varios ejercicios democráticos de alto impacto, se vuelve necesario dedicar un momento a preguntarnos: ¿estamos acaso viviendo el ocaso de las democracias, o acaso más bien necesitamos entenderlas mejor?

Respecto a la idea del “fin” como término, hay quienes empiezan a plantear algunas aproximaciones. Hace unos pocos días el New York Times publicó una investigación en la que se cuestiona la estabilidad actual de las democracias. El resultado arroja algunos números poco esperanzadores. En el análisis detallado, uno de los puntos que destacan es que los millenials se sienten cada vez menos atraídos a los valores democráticos. No es ninguna sorpresa que los más jóvenes no estén particularmente interesados en política, pero lo interesante es que no se reconoce la idea de democracia como algo indispensable para la manera en que se gobierna un país. Al pensar en cómo se ha desvalorizado este modelo, no es difícil ver el panorama “democrático” en el que miles de jóvenes han crecido en el mundo post-guerra fría y que en los últimos años se han convertido en noticia constante: una oscura relación entre el dinero y la política, derivando en conflictos de interés y tráfico de influencias; escándalos de corrupción en niveles micro y macro, algunos puntuales y aislados, y otros estructurales y sistémicos; una clase política que luce incapaz de renovarse, haciendo del poder un bastón de mando que se reparte entre pocas manos. “¿Esto es democracia? Mejor no, gracias” parecen afirmar legiones de jóvenes que prefieren mantenerse al margen de discusiones que les resultan ajenas.

El 2016 parece dar luces de la ruptura de los grandes valores integradores en el mundo con casos como Brexit, Colombia, Trump y ahora Italia. En Chile, la bajísima participación en la elección local se suma a la lista y los componentes de este escenario internacional se multiplican: La desigualdad sigue agudizándose en casi todo el planeta con bien pocas excepciones, y mientras existe cada vez más conectividad y acceso a internet, el consumo de información parece ser cooptado por una dinámica plagada de noticias falsas que los algoritmos de Facebook y Google aún no logran dominar y cuyo impacto aún no podemos medir con claridad. ¿Cómo vamos entonces a refrescar la incidencia ciudadana si los más jóvenes son los más desencantados con el modelo?

Con este panorama uno podría efectivamente empezar a pensar en que la democracia empieza a dar muestra de vejez. A mí me gusta recordar la frase de Churchill: “La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre. con excepción de todos los demás.” Y es entonces donde es necesario repensar el fin de este sistema no en su entendido de término sino en su sentido último o su finalidad. Ahí las lagunas y áreas de oportunidad afloran. En un engranaje institucional que requiere dinamismo, ¿por qué estamos presentando a los mismos candidatos? En un modelo que requiere un funcionamiento horizontal, del pueblo para el pueblo, donde todos nos podemos mirar de frente ¿por qué seguimos buscando los recovecos en las leyes de transparencia para evitar mostrar (y terminar con) las prácticas más oscuras? En un ideal que se jacta de la diversidad de pensamiento ¿por qué creemos que es una buena estrategia enfocar esfuerzos en frenar la otredad en el rostro de los migrantes? En un sistema que pretende ser justo para todas y todos ¿por qué las prácticas empresariales de colusión terminan por ser pasadas por alto bajo la consigna del libre mercado donde unos ganan y otros siempre, siempre pierden?

Si bien estas preguntas parecen abonar al sentido de pesimismo, son un ejercicio que puede cumplir con dos objetivos esenciales: Si mantenemos estas prácticas, dejaremos finalmente de sorprendernos de los fenómenos que ocurrieron este año y nos tocará ver únicamente cuál es su efecto. Por otro lado, si somos capaces de cuestionar a otros y a nosotros mismos por qué seguimos hablando de una democracia tan llena de lagunas que parecen acomodar a unos pocos, y optamos por abrir la discusión en serio para modificar los nombres, estructuras y reglas que permiten este funcionamiento, entonces quizá veremos nuevas generaciones que encuentren el encantamiento en esa cosa llamada Democracia.

Probablemente la decisión más adecuada venga justamente incorporando las voces de quienes más excluidos están hoy. Sólo así dejaremos de hablar de finales, y empezaremos a encontrar nuevas finalidades.

 

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