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Actualizado el 13/01/2018

Blog de Álvaro Vargas Llosa. Es escritor y periodista

Álvaro Vargas Llosa

Álvaro Vargas Llosa

escritor y periodista
Fuego y furia

Fuego y furia

La lucha de poder entre Donald Trump y el ideólogo del “trumpismo”, Steve Bannon, arroja más luz sobre cosas importantes que sobre la “pequeña historia”, la chismografía, del quién dijo qué y quién insultó a quién y cuándo, y qué es y qué no es cierto en el libro Fire and Fury, de Michael Wolff, que tiene a Washington y a la Casa Blanca en estado de conmoción.

Bannon y Trump no eran, no son, lo mismo. Bannon persigue afiebradamente una idea, por tanto es más un ideólogo nacionalista que un populista; Trump es más un hombre de poder, por tanto más un populista que un nacionalista.

El populismo es ideológicamente gaseoso, políticamente acomodaticio, zigzagueante; el nacionalismo, como el comunismo, es ideológicamente sólido, políticamente frontal.
No quiere decir que un nacionalista no pueda tener características populistas (como Bannon) ni que un populista sea incompatible con elementos nacionalistas (Trump es una prueba de ello). Pero lo que define a Bannon es el nacionalismo y lo que define a Trump es el populismo.

Era inevitable, por tanto, que una vez instalados en la Casa Blanca, Trump y Bannon chocaran traumáticamente. Una identificación ideológica y temperamental perfecta entre ambos quizá hubiera evitado que los forcejeos de poder, sobre todo entre Bannon y tanto la hija de Trump, Ivanka, como su yerno, Jared Kushner, llegaran al extremo de obligar al asesor del Presidente a abandonar su lugar como estratega presidencial. Pero esa identificación, por lo antes mencionado, no era perfecta.

Cuando Bannon dejó la Casa Blanca, siguió manteniendo relación con Trump pero puso en marcha una estrategia que tarde o temprano tenía que poner al nacionalista en un rumbo de colisión con el populista. Porque Bannon declaró la guerra al “establishment” republicano, en este caso a los congresistas del partido, y pasó a promover abiertamente candidaturas alternativas en distintas circunscripciones.

Para el nacionalista, era preferible poner en peligro la mayoría republicana de cara a las elecciones legislativas parciales de noviembre próximo con tal de tener un bloque ideológicamente compacto. En cambio, para el populista poner en riesgo el poder era inmoral.

Aún así, Trump, que tiene problemas con su partido, coqueteó con la estrategia de Bannon y acabó apoyando a un candidato impresentable en la elección especial de Alabama al que su asesor promovía (por intuir, incorrectamente, que podía ganar).

La derrota de ese candidato -un ex juez acusado de abuso sexual contra menores- tensionó más no sólo la relación entre Trump y Bannon sino la convivencia entre la dimensión populista y la dimensión nacionalista del “trumpismo”.

Lo demás, incluyendo el libro en el que se atribuyen a Bannon ataques contra la familia de Trump, es anecdótico. Lo de fondo es lo otro. Y lo es a tal punto, que se acaba de anunciar que Trump ha logrado la salida de Bannon de Breitbart News, el grupo mediático nacionalista/populista del que el ex asesor del Presidente era alma, corazón y vida (el vehículo para desplazar a Bannon fue la patrocinadora principal del sitio web, Rebekah Mercer, quien le quitó a Bannon el financiamiento).

Ahora, el “establishment” republicano respira tranquilo porque temía mucho que Bannon, indirectamente coordinado con Trump, lograra imponer en las primarias de algunas circunscripciones a candidatos alternativos a los actuales ocupantes de los escaños republicanos.

Pero la pregunta es: ¿ha derrotado el populismo al nacionalismo del todo? ¿Ha derrotado Trump a Bannon definitivamente?
Yo creo que no. Volveremos a ver nuevos episodios de este enfrentamiento porque un importante sector del “trumpismo” sintoniza con lo que Bannon representa. Y si alguien sabe eso es el propio Trump.

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