La Tercera

¿Hacia dónde marchó la ciudadanía? De la calle a Piñera

El ex Presidente Sebastián Piñera ayer en la sede de su comando, ubicado en Las Condes.

El desdibujamiento doctrinario de los partidos políticos parece ser un fenómeno irreversible. El contexto actual está caracterizado por la disolución de los antiguos “reductos ideológicos” y la política se juega en espacios que trascienden su  propia dimensión institucional fundada en 1938 bajo el lecho de los tres tercios. A todo ello se suma el crudo cuestionamiento ciudadano a los actores políticos -un florecer de discursos anti/establishment- que puede acarrear un periodo de “inestabilidad estructural” para nuestro alicaído régimen político. Aquí sobran las preguntas, ¿estamos asistiendo al inicio de una democracia post-partidaria que implica liderazgos mediáticos y reconfiguraciones entre movimientos autonomistas y partidos de nuevo tipo? ¿Es posible tal amalgama? Lo cierto es que nos encontramos situados en un proceso de reconfiguración donde las identidades políticas responden a nuevos lineamientos discursivos y estos últimos no tienen que ser leídos -necesariamente- en una tenaz clave apocalíptica (¡fin de mundo, se termino el laguismo!). En suma, deberíamos admitir un proceso de repolitización progresiva que aún no decanta en una dirección precisa y ello no debería llevarnos a la tentación de una lectura reactiva o reaccionaria; aquí mutan algunas instituciones y deberían emergen otras -y esto no excluye la posibilidad de un ciclo de ebullición institucional.

La voces críticas del diseño transicional -más allá de caricaturas, errores, y lecturas demoniacas- han tomado nota parcialmente de un proceso que hunde sus raíces en la larga duración y han sugerido una pregunta radical; ¿porqué los partidos políticos deberían gozar de un privilegio inamovible a la hora de canalizar los nuevos malestares y preservar una ventaja a todo evento para regular la “competencia política”? Si bien, esta pregunta atormenta a la clase política y enloquece a nuestras elites, hay que recordar ligeramente la historia de Chile. El triunfo de la “Alianza Liberal” en 1920 se basó -entre otros aspectos- en el desafiante discurso de Arturo Alessandri contra la “canalla dorada”. Por aquellos  tiempos comenzaba el gradual declive del Partido Democrático. Luego vino un caos creativo que dio lugar a un fortalecimiento institucional en 1938 con Pedro Aguirre Cerda. Lo esencial es una lectura en clave de procesos -inflexiones, crisis y reconstituciones- que no atormenten la quietud de los espíritus elitarios o las ansias subversivas.  

Sin embargo, y pese a la innegable lucidez de algunos intelectuales de vocación crítica,  este proceso fue atizado por una voluptuosa biblioteca del 2011, donde el “principio de realidad” se desplomó en pocos meses: ¡ay, el modelo se cae, Asamblea Constituyente y sujeto popular por favor! y ¡ay, El Otro Modelo! porque el modelo se derrumba y los trabajadores rompen las fabricas. Aquí se deslizó velozmente un “tremendismo literario” que veía en la movilización una extensión de demandas ciudadanas que intentaban romper con la matriz socio-económica pactada a fines de los 80’ y refrendada a comienzo de los años 90’. El grito de la calle tenía un solo paradero y ello resultó espantoso.

Sin perjuicio de lo anterior, cabe aclarar que la calle también fue una revuelta mesocrática, un espacio de insospechadas microfísicas y acciones propias de un inconsciente freudiano, cuyo paradero podría ser el eventual triunfo de Sebastián Piñera –eso sí, ¡sorpresas pueden haber por el lado de un candidato tibiamente republicano! Paralelamente, la elite progresista, confiada en la fuerza auto-explicativa de los “textos literarios” para guiar los procesos sociales, comenzó a restituir “el régimen de lo público”, desde una emergente esfera ciudadana plasmada en un libro que lleva por título El Otro modelo. En cinco años de histerias debimos tolerar varios bets seller, ríos de tinta, y discrepar con una “literatura del derrumbe” –asediada por la urgencia mediática- provista por una emergente izquierda elitaria que formó parte del proceso de pactos mediáticos y redistribución de las representaciones de poder. Las escrituras públicas del 2011 concebidas para un sujeto de la desobediencia estética (estudiante de pregrado), libros y artículos, no fueron sino un largo obituario cincelado por una presuntuosa “aristocracia cognitiva”. En Chile el desencuentro elital fue determinante para estimular la rotación política y el reformismo gradual: bajo este encuadre debemos entender aquel año. Ello entrelazó con una elite que en el (pos) malestar no se pudo solapar en la teoría de la gobernabilidad, por ello participó en las reconfiguraciones del 2011. En suma, ya no bastaba con refugiarse en la democracia de consumo, la hebra hegemónica se trizo por la parsimonia cupular y ya no es posible justificar de cualquier modo el crecimiento soslayando una desigualdad estructural; he aquí la mejor interpelación a nuestras clases dirigentes.

Ahora bien, qué pasa si el piñerismo se impone en las urnas:  ¿cómo vamos a leer el grito de la calle, con sus malestares tan bullados para ensayar una comprensión que no apele a la sátira? ¿Qué se propuso leer nuestro progresismo elitario-moderado o napoleónico en las nuevas rebeldías, incluyendo el caliz de la protesta mesocrática, sin hipotecar todo en un sujeto popular? ¿No fue acaso la calle el lugar “oportuno” de grupos medios masificados aquejados por acceso a coberturas estatales, gratuidad en los aranceles de diplomados y maestrías quienes marcharon so pena de que a su vez reclaman los goces de la modernización de turno? ¿Cómo entender un reclamo –no homogéneo- donde el neoliberalismo protesta contra el propio neoliberalismo? No es posible –acaso- leer la calle como una avanzada del capital en medio de las energías de la multitud que no reclaman otro horizonte sino mejorar la bancarización de la vida cotidiana. Qué pasa si las mayorías fácticas quieren proteger el mercado en sintonía con ínfimas  reformas afines a la boutique de los servicios. ¿Un gobierno de derechas sería la tragedia de la calle, o bien la calle era tibiamente piñerista y no los percibimos?

Por fin ¡Calle insurgente, evangelizadora, emprendedora, mesocrática, jacobina y oportunista! Nada mejor que la calle y su sabia mudez.